Aunque resulta un poco difícil ejemplificar la complejidad de la llamada ética del discurso o “ética dialógica”, vamos a intentarlo a partir de la película “Cadena de Favores” (Warner Bros, EEUU, 2000) de Mimi Leder, una más que interesante reflexión sobre el concepto comunitario de “convivencia”, en la que un niño nos ofrece la mejor forma de organizarnos conforme a una sencilla pero valiosa “idea útil”. El trasfondo de la película muestra la necesidad del “diálogo” entre los seres humanos como forma de mejorar nuestras relaciones sociales, a la par que nos ofrece una simple argumentación que permite el contacto entre los distintos “intereses particulares” para llegar a un “acuerdo común” en el que todos obtengan un “beneficio” o una “satisfacción” personal, que es a la par tanto un beneficio propio y como un beneficio colectivo.
Os recuerdo que fue Jürgen Habermas (1929-), filósofo perteneciente a la llamada “segunda generación” de la Escuela de Fráncfort, el autor que más profundamente trabajó esta idea de “ética dialógica”. En su conocido ensayo “Teoría de la acción comunicativa” sienta las bases de un nuevo modo de entender la ética formal, al estilo kantiano. Pero si en Immanuel Kant (1724 a 1804) la fundamentación de la “norma moral” viene marcada por la razón práctica (que es la que determina la voluntad y mueve a la acción, y que es siempre individual, “monológica”), en Habermas esta fundamentación de la norma moral debe regirse por el diálogo, ha de ser “dialógica”: debe apoyarse en la “razón discursiva”, una “razón comunicativa”, y no resignarse a ser una mera “razón instrumental”. Se trata pues de una ética “formal y procedimental” a un tiempo, que no consiste en un simple “pacto estratégico”, donde los interlocutores se instrumentalizan para alcanzar metas individuales, sino de un “consenso” o “acuerdo comunicativo” que es el resultado de un diálogo en el que todos los participantes se tienen por interlocutores igualmente capacitados.
El objetivo final de Habermas es consolidar una moral que parta de este consenso en una “situación ideal de diálogo”. Esta situación de diálogo debe de cumplir una serie de requisitos: todos los afectados por una misma norma deben “participar” en su discusión; todos los participantes deben tener los mismos “derechos” y las mismas “oportunidades” de argumentar y defender sus posturas; no puede existir “coacción” de ningún tipo y todos los implicados deben intervenir en el diálogo teniendo como finalidad el entendimiento. Se consolidan así los dos principios básicos de la ética discursiva: el “principio de universalización” (que se corresponde con el imperativo kantiano de la universalidad: “la norma será válida cuando todos los afectados acepten libremente sus consecuencias”); y el “principio de la ética del discurso” (que se corresponde con la autonomía kantiana: “solo pueden pretender validez las normas que encuentran aceptación por parte de todos los afectados o participantes en el discurso”).
¿Qué pasaría si yo ayudara a otras tres personas? Tendría que ser algo “importante” para estas personas, algo que "no pudieran hacer por sí mismas" y que yo les podría solucionar “sin esperar nada a cambio” y sin recibir ninguna gratificación por ello. ¿Qué pasaría si cada una de esas tres personas ayudara a su vez a otras tres personas? ¿Qué pasaría si se siguiese una reacción a partir de una única “acción altruista y desinteresada”? Este es el punto de partida de la película que os ofrezco, en dos interesantes vídeos, en los que un profesor plantea un trabajo a sus chicos de séptimo, un joven tiene una "idea útil", y se inicia una “cadena de favores” que permite cambiar el mundo (consultad este último enlace para ver como un simple gesto puede cambiar muchas cosas en muchas personas a nuestro alrededor).