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viernes, 15 de diciembre de 2023

Toda la vida es sueño... y los sueños, sueños son


     Los seres humanos, como todos los mamíferos y la mayoría de los animales, necesitamos “dormir” para “reponer energías” tras una jornada cargada de estímulos que nos agotan tanto física como psicológicamente. Los beneficios del dormir son evidentes a nivel físico, pues funcionan como un “restaurador” de nuestros "procesos corporales": permiten que descansen nuestros "ojos y oídos" (nuestros exteroceptores básicos), relajan nuestras tensiones musculares y equilibran nuestra "columna vertebral", y permiten (en parte) descansar a nuestras neuronas y "relajar la conciencia". En la actividad de dormir se produce el “sueño”, que puede definirse como un “estado cíclico de la conciencia” (se repite cada 24 horas) que tiene una "duración" determinada (entre 6 y 8 horas) en el que se adopta una "postura" específica (normalmente horizontal... a pesar de que somos bípedos), disminuyen las respuestas a la estimulación externa y las respuestas motoras. Pero mientras dormimos “tenemos sueños” (nuestra mente produce “imágenes oníricas” totalmente ilógicas que aparentemente no tienen nada que ver con la "realidad consciente" propia de la vigilia), y esto es más difícil de explicar, como veremos a continuación.

     Durante el sueño se producen importantes “cambios fisiológicos” en nuestra actividad cerebral, una "disminución de las funciones corporales" y "cambios en el estado de la conciencia". Mientras soñamos, el pulso se acelera, la presión sanguínea y la respiración se hacen irregulares, y desaparece el tono muscular. Pero esto no nos aclara el enigma principal "¿Por qué soñamos?" Todavía ignoramos qué nos provoca los sueños y para qué nos sirven, si bien sabemos que "todos soñamos cada noche" (aunque no lo recordemos). El sueño puede ser una “respuesta adaptativa” a los acontecimientos del mundo exterior (al manifestar nuestras preocupaciones y sentimientos), o un medio de satisfacer los “deseos o emociones” no resueltas durante la vigilia. La ciencia aún desconoce todos los “procesos físico-químicos” que tienen lugar en el cerebro, pero sí sabe detectar sus manifestaciones: podemos reconocer nuestros estados psicológicos durante el sueño gracias a técnicas como el electrooculograma (EOG), que mide la actividad de los movimientos oculares, o el electromiograma (EMG), que analiza los movimientos musculares, pero el mejor sistema es sin duda el electroencefalograma (EEG), que consiste en medir la actividad eléctrica del cerebro, presentada en forma de “ondas” medidas en Hercios y clasificadas según su “frecuencia” o “ciclos por unidad de tiempo”.

     De acuerdo con los datos aportados por los EEG, sabemos que los sueños no constituyen un “proceso homogéneo y continuo”, sino que atraviesan varias “fases sucesivas y alternas”. Frente a la “fase de vigilia”, en la que la persona permanece despierta y atenta (ondas cerebrales “Alfa” de 8 a 13 Hz), la “fase de sueño" se caracteriza por una progresiva profundización en un estado de pérdida de conciencia, que podemos dividir en cuatro fases: la “Fase I” o “transición de la vigilia al sueño”, caracterizada por ondas cerebrales “Beta” de 14 a 21 Hz y que implican una disminución del latido cardíaco, relajación muscular y respiración irregular; la “Fase II” o “sueño ligero”, con ondas “Theta” de 4 a 7 Hz y aparición de “husos del sueño” y “complejos K” como respuesta a algún estímulo interno (digestión) o externo (sonidos); la “Fase III” o ”sueño profundo”, con ondas “Delta” de 0,5 a 3.5 Hz, en la que no se aprecian movimientos oculares y los músculos siguen relajados; y la “Fase IV” o “sueño profundo”, de máxima relajación a todos los niveles (es el momento en el que el sueño es “reparador”, porque restaura el cuerpo) y a cuya conclusión se produce una desescalada hacia las fases III, II y I, momento en el que se produce el “sueño paradójico” (cuando visualizamos “escenas oníricas” sin lógica ni sentido).

     Cada uno de estos "ciclos de sueño" dura aproximadamente 90 minutos, y todos solemos tener entre 4 y 6 ciclos por noche de sueño (en condiciones estándar). El análisis de las ondas cerebrales mediante EEG muestran dos estados básicos del sueño: el SOL (“sueño de ondas lentas”: las circunvoluciones externas del cerebro son de frecuencia baja y amplitud alta), que corresponde a las fases I, II, III y IV, y el SOR (“sueño de ondas rápidas” o de “movimientos oculares rápidos”, que hemos denominado “sueño paradójico”). La fase de sueño lento ocupa aproximadamente el 80% del tiempo, y la de fase sueño rápido (denominada fase REM en inglés: “rapid eye movement”) que es la que contiene las “imágenes oníricas”. La fase SOL sería un descenso progresivo, "escalón a escalón", desde el sueño más "superficial" hacia el más "profundo". La primera secuencia SOR/REM de la noche ocurre después de hora y media de sueño y dura unos diez minutos; en la segunda y tercera secuencia se producen episodios más cortos de sueño (hasta de unos pocos segundos); después de la cuarta y última secuencia del sueño SOR, que suele durar unos 30 minutos, el individuo se despierta. Si el sujeto recuerda el contenido de alguno de sus sueños suele ser de esta última secuencia.

     Nuestra “actividad mental” no desaparece completamente durante el sueño, y de hecho, las personas despertadas durante los sueños SOL suelen referir “ideas y pensamientos” (llamados “ensueños lógicos”) que relatan acontecimiento racionales con sentido lógico, mientras que las personas despertadas durante el sueño SOR/REM relatan sueños “visuales y fantásticos” (llamados “sueños paradójicos”), en los que el “lenguaje onírico” toma las riendas y no tiene en cuenta ni el tiempo ni el espacio, ni los dictados de la razón o la lógica. Durante estos sueños podemos volar o realizar actividades físicas prodigiosas, que serían inimaginables estando despiertos, vivir aventuras heroicas o tener encuentros metafísicos con personas desconocidas o incluso difuntas, por poner algunos ejemplos. Estos sueños paradójicos revelan un fuerte "contenido simbólico" (porque cada objeto representa “algo oculto”, no manifiesto), que implica "deseos sexuales" reprimidos: cuando aparecen en los sueños objetos como bastones, paraguas o llaves simbolizan el "órgano sexual masculino", mientras que cofres, botellas o cuevas simbolizan el "órgano sexual femenino". Ni que decir tiene que dejar a una persona sin la posibilidad de tener sueños SOL produce "cansancio y reducción del ritmo vital", e impedirle dormir completamente durante el sueño SOR/REM origina un estado de "intolerancia e irritabilidad desmesurado"… que puede tener graves consecuencias para la salud.

     Sigmund Freud (1856 a 1939) publicó en 1900 “La interpretación de los sueños”, obra clave para comprender la temática que estamos tratando, en la que rompe con la "concepción psico-filosófica" dominante hasta entonces (que entendía que “conciencia” y “psiquismo” eran lo mismo). Freud origina una ruptura en el interior del sujeto al declarar que los sueños son el "camino de acceso al inconsciente”, y una prueba de su existencia, que influye decisivamente en la constitución y organización de la "vida mental". Los sueños se expresan con "imágenes representacionales" (no con "palabras") que se pueden “asociar libremente”, revelando idealizaciones o deseos insatisfechos durante la vigilia que se hacen presentes gracias al inconsciente, si bien de forma “disfrazada” (por medio de “imágenes simbólicas”, pues identifican cosas que no están conscientemente presentes, y que revelan la verdadera "vida interior del sujeto", que es inconsciente). Freud distingue entre los denominados “contenidos manifiestos” del sueño (lo que el soñador “recuerda”, las más de las veces disparates) y los “contenidos latentes” (lo que permanece "oculto en el inconsciente"). Los vídeos que acompañan este artículo ejemplifican perfectamente este hecho: ¿qué quieren decir nuestros sueños?

Los estados de conciencia


     A pesar de los grandes avances en el estudio del "cerebro" desarrollados en los últimos años gracias a las aportaciones de las "neurociencias", el gran desafío de la ciencia para el siglo XXI será el comprender cómo funciona la "mente humana", y en particular su elemento más misterioso, la "conciencia". Podemos definir Conciencia como una «experiencia subjetiva del conocimiento de uno mismo y de la realidad» que guía nuestras impresiones y nuestras experiencias tanto del "mundo externo" (imágenes, sonidos, colores, sensaciones...), como del "mundo interno" (fantasías, recuerdos y sueños), además de nuestras "vivencias mentales y emotivas" (asombro, dolor, felicidad, odio y temor...). No se trataría por tanto de una "cosa" o "entidad", ni tampoco de un "espacio" dentro de nuestra mente, sino de una "actividad" o "proceso" activo que supone coordinar distintos elementos psicológicos como la atención, la memoria y el pensamiento.

     William James (1842 a 1910) define la conciencia como una "corriente o flujo de conocimiento cambiante" que permite ejercer un "control voluntario de nuestra conducta" y "comunicar nuestros estados mentales y emocionales" a los demás. En este sentido, la conciencia incluye todas las sensaciones y percepciones, recuerdos y sentimientos de los que nos percatamos en cualquier instante. Las diferencias entre estar despierto o estar dormido nos permiten distinguir varios "grados de conciencia": al primero de ellos lo denominamos "conciencia vigil", mientras que el segundo sería la "conciencia onírica". En nuestra vida diaria vivimos un estado de "lucidez"; la vigilia nos permite percibir a las personas, los sucesos y lugares como reales y significativos, Sin embargo, algunos estados oníricos de conciencia relacionados con el sueño, el éxtasis, la hipnosis o el consumo de drogas difieren de la "conciencia normal" y nos adentran en un mundo bien distinto, el de la "fantasía", que analizaremos en su momento.

     Los psiquiatras Jean Delay (1907 a 1987) y Pierre Pichot (1918 a 2020) han diagnosticado hasta siete "estados de conciencia", que de mayor a menor grado de cercanía a la vigilia se categorizan como sigue: "vigilancia excesiva" (euforia propia de la vivencia de emociones fuertes, que presenta una adaptación deficiente a la realidad y dificultad para controlar la conducta), "atención" (selección de los estímulos ambientales en función de las necesidades adaptativas), "vigilancia relajada" (atención no concentrada o flotante que posibilita la asociación libre, no lógica, de nuestros pensamientos), "ensoñación" (percepción debilitada del mundo que se expresa en la proyección de imágenes visuales no organizadas), "sueño ligero" (pérdida parcial de la conciencia del mundo externo que se da al iniciar el sueño), "sueño profundo" (pérdida completa de la conciencia del mundo externo y eliminación de los contenidos de conciencia en favor de contenidos inconscientes) y "coma" (pérdida total de contacto con el mundo y con el propio cuerpo, imposibilidad de desarrollar respuestas motoras y actividad cerebral mínima).

     Sigmund Freud (1856 a 1939) realizó una contribución fundamental al estudio sobre esta temática al diferenciar entre "tres estados de conciencia" que denominó "consciente", "preconsciente" e "inconsciente", cada uno de ellos con sus características específicas. Sin duda, su gran aportación al mundo de la psicología es la introducción del concepto de Inconsciente, que refiere el "conjunto de contenidos reprimidos no presentes en el campo de la conciencia". Rasgos característicos del inconsciente serían la ausencia de lógica y de cronología temporal y la incapacidad de operar filosóficamente. Es totalmente "primitivo", "ancestral", "límbico", sin las sutilezas de la conciencia: al contrario que el pensamiento consciente, que se deja guiar por el "principio de realidad", el inconsciente se rige por el "principio de placer", es decir, por la necesidad satisfacer nuestras "pulsiones" más básicas, tanto sexuales como agresivas (volveremos a este tema cuando analicemos el concepto de "personalidad").

     La mente no siempre camina por las vías de "percepción racional": todos los seres humanos experimentamos "estados de conciencia diversos", que son variaciones en la percepción de nuestros estímulos internos y externos. Durante el día, los cambios en la conciencia pueden surgir después de correr una maratón, escuchar música clásica o hacer el amor, que a las alteraciones físicas unen ciertas modificaciones psicológicas. Sin embargo, los cambios más extremos se producen durante el "sueño" o tras el consumo de cualquier tipo de "droga". Podemos diferenciar entre los "estados alternativos de conciencia", experiencias diferentes a la conciencia estándar que tienen su origen en algún elemento exterior al individuo (como dormir, soñar o delirar por fiebre alta) y "estados alterados de conciencia", que son experiencias provocadas por el propio sujeto de forma intencionada (como el ejercicio físico excesivo, la práctica de la meditación, la embriaguez o la ingesta de algún tipo de fármaco o sustancia psicotrópica).

lunes, 20 de noviembre de 2023

Los distintos tipos de memoria a largo plazo


     El estudio de la “memoria a largo plazo” es sin duda el más complejo de todos los relacionados con el sistema de la memoria, motivo por el cual muchos autores han propuesto últimamente distintas “categorizaciones” para poder abordarlo, pues la memoria a largo plazo no es una “entidad unitaria”, sino que está constituida por diferentes “subsistemas de memoria” que almacenan distintos "tipos de conocimientos", que además no se pueden localizar en una parte concreta del cerebro y exigen de su participación completa. Larry Squire (1941-) propone dos sistemas de memoria a largo plazo especialmente relevantes tanto para recordar hechos como habilidades: la “memoria declarativa” o memoria del “saber qué” es la encargada de almacenar información y conocimientos de hechos y acontecimientos, y constituye el caudal de conocimientos de una persona (lo que “sabe sobre el mundo”) y permite expresar nuestro pensamiento; por el contrario, la “memoria procedimental” o memoria del “saber cómo” se encarga de almacenar información sobre nuestras habilidades o nuestras destrezas, sobre “cómo hacer las cosas”, un tipo de conocimiento que se adquiere por “condicionamiento” o por “repetición”, y que exige de la consolidación de algún tipo ese “técnica” o “arte” perfectamente asimilado.

     Endel Tulving (1927 a 2023) diferencia por su parte entre la “memoria episódica”, que consiste en nuestra memoria “autobiográfica” o “personal”, capaz de almacena los recuerdos de todos los episodios concretos de nuestra propia vida de forma secuenciada, es decir, organizada temporalmente; y la “memoria semántica”, que es nuestra memoria del “lenguaje” y del “mundo”, encargada de almacenar nuestro “conocimiento cultural” (hechos, ideas, conceptos, reglas, proposiciones, esquemas… que incluye tanto lo que llamamos “cultura general” como el conjunto de “conocimientos especializados” sobre las temáticas que dominamos académicamente o con las que trabajamos profesionalmente) con independencia de las circunstancias de su aprendizaje, por lo que puede recuperar la información sin hacer referencia al tiempo o lugar en que se adquirió el conocimiento. Esta última memoria es prácticamente "inmune al olvido", puesto que el lenguaje, las habilidades matemáticas y otros conocimientos similares son duraderos y se mantienen intactos a lo largo del tiempo: una vez adquirida, recuerdo perfectamente la “letra de una canción” (por ejemplo “Susanita tiene un ratón…” de Los Payasos) o la “definición de una ley científica” (por ejemplo la Ley de gravitación universal).

     Este último autor ha sugerido más recientemente, con la ayuda de su alumno Daniel Schacter (1952-), una dicotomía más precisa que ha abierto las posibilidades de análisis de la memoria a largo plazo. Tulving-Schacter nos hablan de una “memoria explicita”, “intencional” (equiparable a la memoria “declarativa”) que supone un conocimiento “consciente y activo” del mundo que “podemos verbalizar" (como recordar el teorema de Pitágoras o cuál es la capital de Argentina); y de una “memoria implícita”, “incidental” (equiparable a la memoria "no-declarativa”) que nos permite aprender cosas sin darnos cuenta y sin hacer grandes esfuerzos para ello y que “no podemos verbalizar” (por ejemplo montar en bicicleta, esquiar, conducir, etc.). Esta dicotomía nos permite constatar la existencia de hasta cinco “subsistemas de memoria a largo plazo” que, avanzando de la memoria implícita a la memoria explicita, se organizan como sigue: en primer lugar la “memoria procedimental” (saber hacer cosas); en segundo lugar la “representación perceptiva” (basada en el efecto “primado”); en tercer lugar la “memoria semántica” (conocimientos de conceptos e ideas); en cuarto lugar la “memoria operativa” (llamada también memoria "de trabajo”); y finalmente la “memoria episódica” (nuestros acontecimientos autobiográficos).

sábado, 18 de noviembre de 2023

La estructura de la memoria


     Podemos definir la "memoria" como una “función cerebral” que registra los sucesos como “recuerdos” y que asocia los recuerdos nuevos con los previamente adquiridos. Los psicólogos Richard Atkinson (1929-) y Richard Shiffrin (1942-), tomando como punto de partida la famosísima “metáfora del ordenador” propia de la psicología cognitiva, han desarrollado una interesante “teoría multialmacén de la memoria” en la que especifican tres sistemas de memoria que se comunican e interactúan la una con la otra: la “memoria sensorial”, la “memoria a corto plazo” y la “memoria a largo plazo”. Analicemos cada uno de estos sistemas de una forma progresiva.

     La “memoria sensorial” (MS) es la “memoria del instante”, el primer sistema que nos permite generar recuerdos: básicamente, registra la información procedente del mundo exterior (imágenes, sonidos, texturas, olores y sabores) durante un breve lapso de tiempo (aproximadamente un segundo), el suficiente para que la “información relevante” pueda ser transmitida a la MCP. Esta memoria, conectada íntimamente con nuestra capacidad perceptiva, reconoce las “características físicas” de los distintos “estímulos” y registra estas “sensaciones” de forma momentánea. Su capacidad de almacenamiento es muy elevada y podemos constatar la existencia de varios “subsistemas almacén”, uno para cada sentido (icónico, ecoico, háptico…). La duración de la información, por supuesto, depende de cada sentido concreto: la “memoria icónica” (visual) guarda la información por un segundo, mientras que la “memoria ecoica” (auditiva) lo hace por dos segundos, y la “memoria háptica” (táctil) puede durar hasta ocho segundos.

     La “memoria a corto plazo” (MCP) es la “memoria del presente”, y nos permite almacenar la información procedente de la memoria sensorial por un tiempo más prolongado. La función principal de esta memoria es “organizar y analizar la información” que resulta más relevante e interpretar nuestras "experiencias más inmediatas" (desde reconocer caras hasta contestar preguntas en un examen). La información es almacenada y codificada en su mayor parte de forma "visual y acústica", y en menor medida por medio de "signos semánticos". Según George Armitage Miller (1920 a 2012) la capacidad de almacenamiento de la MCP es bastante limitada, tan solo podemos retener 7 +/- 2 “ítems” o “chunks” de información al mismo tiempo, y siempre y cuando podamos mantener la concentración sin distraernos. Incluso en el mejor de los casos, su duración es relativamente breve (entre 18 y 20 segundos) y su capacidad de retención decae vertiginosamente si no hacemos uso del “repaso” con una cierta periodicidad.

     La “memoria a largo plazo” (MLP) es la “memoria del pasado”, la gran biblioteca de nuestro “conocimiento”, pues contiene todos nuestros recuerdos sobre el "mundo físico", la "realidad social y cultural" en la que vivimos y nuestros "acontecimientos autobiográficos", además del "lenguaje" y el "significado de los conceptos", y nos permite enlazar el pasado con el presente. Si la información se guarda de forma “semántica” (otorgándole un sentido preciso al establecer relaciones significativas entre la diversidad de conocimientos almacenados) su potencial es verdaderamente demoledor, pues esta memoria es una estructura de almacenamiento “permanente”, en la que todos sus contenidos se pueden mantener tanto una hora como un mes, un año o incluso durante toda nuestra vida, lo que significa que tiene una capacidad literalmente “ilimitada” (“el saber no ocupa lugar”, como se suele decir), si bien la capacidad de “recuperación” es “limitada” y puede verse afectada por el “olvido” (del que ya hablaremos en un futuro artículo).

     Resulta crucial “organizar” y “clasificar” correctamente la información en la MLP para poder posteriormente “recuperarla” de forma sencilla y eficaz. Por eso es posible diferenciar en ella distintos “subsistemas de memoria” (que analizaremos en el siguiente artículo), pues no es lo mismo recordar el nombre de la capital de un país de Sudamérica o quién es el actual presidente de Francia que saber cambiar una bombilla o cómo se resuelve una ecuación de segundo grado, y del mismo modo, acordarnos de la fecha del cumpleaños de nuestra madre o de cuándo fue la última vez que regamos las plantas. Abordaremos estas "problemáticas cuestiones" en nuestro siguiente artículo.

martes, 14 de noviembre de 2023

¿Estás prestando atención?

     Cerramos el estudio de la “percepción” haciendo un pequeño análisis del proceso de la “atención”, que es parejo al anterior y que tanto influye en la forma en que concebimos la realidad. De hecho, son tal la cantidad de "estímulos" a los que estamos expuestos permanentemente (cientos de ellos en tan solo un segundo, tanto del "mundo exterior": imágenes, sonidos, olores, temperatura… como de nuestro "propio organismo": hambre, ser, cansancio, dolor…). Prestar atención a todo lo que percibimos sería "agotador", además de insoportable, por lo que necesitamos de un “vigilante” que "filtre todos esos estímulos", orientando nuestros receptores sensoriales a aquellos estímulos que deseamos percibir, desechando aquellos que consideramos meramente secundarios o directamente superfluos, para así poder "planificar mejor nuestras acciones" y "adaptarnos al medio de forma más eficiente".

     Sabemos que la forma en que procesamos la información puede darse en dos niveles: el “procesamiento automático” nos exige muy poca atención, lo que nos permite "realizar varias tareas al mismo tiempo" (por ejemplo cuando conducimos un coche a la vez que fumamos un cigarrillo, o cuando cocinamos una rica receta mientras escuchamos música); por el contrario, el “procesamiento controlado” implica un mayor esfuerzo en el "control de la conducta" que exige una fuerte "concentración" (por ejemplo cuando estudiamos para un examen importante… y cualquier ruido o molestia nos impide prestar atención a lo que estamos haciendo).

     Existen tres elementos que determinan nuestra atención: la “selección”, por la que discriminamos aquellos elementos de información que "deseamos procesar" (pensemos en un estudiante que atiende a las "palabras del profesor" sin percibir los ruidos que vienen del exterior de la clase); la “vigilancia”, por la que podemos realizar una "tarea monótona" durante un largo periodo de tiempo sin disminuir la atención (pensemos en un "juez de línea" durante un partido de tenis); y el “control”, la capacidad de suspender una actividad para procesar otra "información básica" más importante (pensemos en una madre que deja de hacer algo en el momento en que "oye llorar" a su bebe).

     La “focalización” y la “concentración” de la conciencia son esenciales en este proceso. Y para mostrar la importancia de todos estos elementos os he seleccionado dos vídeos que espero que os resulten estimulantes. El primero se titula “El pase invisible”, un pequeño experimento de atención que nos obliga a concentrarnos en el "número de pases" que dan unos jugadores de baloncesto vestidos con "camiseta blanca": debemos acertar el número de pases totales, y luego reflexionar sobre alguna otra cosa que “nos haya llamado la atención”. El segundo se titula “¿Quién es el asesino?”, y aunque la respuesta a la pregunta es muy sencilla, al final nos propone un juego similar al conocido como “las siete diferencias”, solo que aquí los cambios que se producen en la habitación se multiplican por tres: ¿somos capaces de detectar que "objetos" de la escena del crimen han sido modificados? 

Las leyes perceptivas de la Gestalt


     La conocida escuela de psicología de la Gestalt (también conocida como “psicología de la forma” o “psicología de la configuración”) fue desarrollada en Alemania a principios del siglo XX por autores como Max Wertheimer, Wolfgang Köhler, Kurt Koffka y Kurt Lewin, que centró sus intereses en la comprensión de la "percepción", y en cómo la mente humana “configura los elementos estimulares” que le llegan a través de los canales sensoriales y de la memoria para generar “formas” o "estructuras” que siguen unas “leyes” precisas, unos “patrones fijos y universalizables”, y que ellos ilustran con el famoso aforismo: “el todo es mayor que la suma de las partes”. Aunque estas leyes se puedan aplicar al estudio de todos los "órganos exteroceptores", nos centraremos en la “vista” para ejemplificarlas mediante los dos interesantes vídeos que acompañan este artículo.

     Las dos leyes generales, y también las más conocidas, son la “ley de fondo-figura”, que consiste en la agrupación de sensaciones en un "objeto o figura" que se percibe necesariamente sobre un "fondo" (en el famosísimo ejemplo de la “copa Rubin” el efecto se hace reversible, podemos saltar de la figura al fondo y viceversa, lo que nos indica que la “representación de la realidad” está dirigida enteramente por el “sujeto”); y la “ley de pregnancia”, “buena forma” o “destino común”, que consiste en un modo constante de agrupar los estímulos perceptivos para que sean estables y consistentes, y que tengan además una “estructura muy básica” que exija al sujeto el menor gasto de energía (una ley que ha sido utilizada muchísimo en el diseño de “logotipos comerciales” simples, como por ejemplo el emblema de Correos, el cartel de peligro, los hombrecillos de los semáforos o el logotipo de Apple). 

     Otros principios generales propuestos por los gestaltistas son la “ley de agudeza perceptiva”, que afirma que para percibir necesitamos de un “bagaje previo”, tanto personal como cultural, para poder entender lo que percibimos (pensemos en las “sombras chinescas” que ejecutamos con las manos); la “ley de constancia perceptiva” (que es la capacidad de percibir los objetos de manera constante aunque estos cambien de posición o forma, o bien sean vistos desde una determinada perspectiva o estén afectados por diversas modificaciones (pensemos en un “cubo de Rubik” sin resolver); y la “ley de movimiento aparente”, que permite que dos estímulos que se ofrecen con un intervalo de tiempo suficientemente corto entre ambos tienden a ser percibidos con una vinculación real (pensemos en el "cine", donde una serie de “fotogramas” aislados nos sugieren "movimiento").

     Pero sin duda las más interesantes leyes perceptivas, y las que más han provocado vuestra atención cuando las vimos en el aula, son las leyes particulares, conocidas como “leyes de agrupación de estímulos”, que a partir de unos estímulos muy simples nos permiten percibir "formas complejas" mucho más elaboradas (que en ocasiones ni siquiera existen, pero son generadas por nuestro cerebro para dar un sentido a lo que percibimos). En los dos vídeos que acompañan al artículo podemos comprobar cuales son las más conocidas, con abundantes ejemplos: “ley de proximidad” (agrupar estímulos cercanos), “ley de semejanza” (agrupar estímulos similares), “ley de continuidad” (mantener la forma según un patrón estable), “ley de contraste” (agrupar estímulos diferenciados), “ley de cierre” (agrupar estímulos abiertos) o “ley de simetría” (considerar elementos aislados como grupos). Fíjate en los ejemplos que nos ofrecen los vídeos... y cuidado con la silla.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Lo que vemos, oímos, tocamos, olemos, saboreamos...


     Para introducirnos en el mundo de la "percepción humana" hemos visto en el aula este interesante cortometraje de la página web Notodofilmfest titulado “Iniciación a la fotografía” (2013) de Nico Aguerre, donde comprobamos como nuestros “sentidos” a veces nos provocan “sensaciones” que nos impiden comprender verdaderamente qué es lo que está pasando. Un ejemplo similar lo podéis encontrar en el vídeo que cierra este artículo, extraído de la película “Interstate 60” (Firewords, EEUU, 2002) de Bob Gale, donde un enigmático doctor llamado Ray (Christopher Lloyd) enseña a uno de sus pacientes lo complejo que puede resultar el proceso perceptivo, pues nuestra “experiencia previa” sobre la realidad, o bien nuestras “motivaciones, deseos, intereses”, nos fuerzan a percibir cosas que realmente no existen, o que no son tal y como creemos que son. Podemos comprobarlo también en este interesante enlace que nos muestra un "experimento sobre audición" verdaderamente impactante.

     ¿Cómo funciona realimente nuestro “proceso perceptivo”? Para dar una adecuada respuesta a esta pregunta debemos establecer una diferenciación inicial entre tres conceptos fundamentales: “estímulo”, “sensación” y “percepción”. Un “estímulo” es una “energía física” procedente del mundo exterior o de nuestro propio interior que causa en nosotros una “excitación de un órgano sensorial” (como un haz de luz incide en el ojo o una frecuencia de sonido lo hace en el oído). La “sensación” es la detección de uno de estos estímulos por el “órgano sensorial” pertinente, ya sea externo (cualquiera de los cinco sentidos tradicionales) o interno (los receptores del movimiento, el equilibrio y el malestar), pero esta detección se produce “en bruto”, sin que la información haya sido elaborada o tenga significado. La “percepción” es el “proceso mental constructivo” por el cual organizamos las sensaciones y las dotamos de una “estructura” (“Gestalt” en alemán), puesto que nuestro cerebro le otorga un sentido a los datos que le llegan de la sensación y nos permite captar “conjuntos” o “formas” que hacen que los múltiples mensajes sensoriales recibidos se conviertan en “percepciones conscientes”.

     El proceso perceptivo en sí mismo se puede definir como la interacción de cuatro operaciones sucesivas, cuatro “fases perceptivas” diferenciadas que pasamos a comentar a continuación. Empezamos por la “detección” de un estímulo por medio de un sentido concreto (pues cada uno dispone de “receptores específicos”, como el tímpano o las papilas gustativas); pasamos a la “transducción”, operación por la que estos órganos sensoriales convierten la energía física estimular (luz, frecuencia sonora, temperatura…) en “mensajes nerviosos” específicos; viene a continuación la “transmisión”, que es el momento en que esa energía electroquímica adquiere suficiente intensidad para desencadenar un “potencial de acción” o “impulso nervioso” que llega de forma “codificada” al área cerebral específica (visual, auditiva, táctil…) encargada de procesarla, que es el cuarto momento que concluye el proceso: el “procesamiento” es la operación mediante la cual el “cerebro” organiza e interpreta la información y la convierte en “experiencias conscientes” para el individuo. Este largo proceso perceptivo nos indica que no percibimos el mundo “tal cual es”, de forma simple y automática, sino que lo “construimos” nosotros mismos… y por eso mismo elementos como la atención, la experiencia previa o la motivación son fundamentales.

     Respecto de los “órganos sensoriales” que intervienen en el proceso, cabría diferenciar entre los “exteroceptores” o “sentidos externos” (nuestros cinco sentidos básicos: vista, oído, tacto, olfato y gusto) que nos informan de la realidad exterior (los dos primeros son los más desarrollados en los humanos, mientras los tres últimos, llamados “nocioceptores”, tienen un impacto menos acusado en nuestras vidas); los “interoceptores” o “sentido orgánico”, que regula la actividad de nuestras “células viscerales” y nos advierte de los estados fisiológicos más evidentes (como el hambre, la sed, el cansancio…) además e avisarnos de las sustancias nocivas para el organismo; y los “propioceptores”, que combinan el “sentido cenestésico” (que nos informa de la “posición relativa” del cuerpo y de la “tensión muscular”) con el “sistema vestibular” (que nos facilita información sobre el “movimiento” y la “orientación” de la cabeza y el cuerpo respecto a la tierra conforme nos desplazamos, ya sea por nosotros mismos o por impulso de algún vehículo).

domingo, 29 de octubre de 2023

Dominados por nuestras hormonas

     Además de un “Sistema Nervioso”, los seres humanos venimos "programados de serie” con un “Sistema Endocrino” que controla la “homeostasis” o “equilibrio corporal” de nuestro organismo, en un complejo proceso que implica la regulación simultánea de muchas actividades fisiológicas y que se produce por la actuación conjunta del "Sistema Nervioso Autónomo" y del propio "Sistema Endocrino". Este último está compuesto por una serie de “glándulas” que contienen células especializadas en la secreción de unas sustancias esenciales para la vida llamadas “hormonas”, que una vez liberadas a la corriente sanguínea permiten "metabolizar el alimento", además de actuar sobre todos los "tejidos corporales" y sobre determinados "órganos específicos". Vamos a repasar sucintamente las distintas glándulas de nuestro cuerpo, así como las hormona que generan y los efectos que producen, ya sean beneficiosos o perjudiciales para nuestra salud.

     La “hipófisis” o “glándula pituitaria” es el área anatómica que rige el sistema endocrino (el “comandante en jefe” de nuestro metabolismo), ya que "controla a las demás glándulas" y nos permite sintetizar las proteínas que permiten el crecimiento. Segrega una multiplicidad de hormonas, como la “TSH”, la “ACTH”, la “LH”, la “FSH”, la “MSH”, la “ADH” o “vasopresina”, la “somatrotopina”, la “prolactina” y la “oxitocina”. Una disminución de estas sustancias puede provocar una reducción del metabolismo que llevaría al “enanismo”, además de reducción de la libido o excitación sexual e incluso infertilidad, mientras que un aumento de las mismas llevaría a lo contrario, un aumento de la producción metabólica o “gigantismo” y un exceso de ovulación en las mujeres y de espermatozoides en los varones que forzarían un inusitado deseo sexual que podría considerarse anormal e incluso perjudicial.

     La “tiroides” se encuentra situada en el cuello, a la altura de la nuez, y es la responsable de "liberar calcio en la sangre", aumentar el "consumo de oxígeno" y por tanto la síntesis de muchas proteínas. Segrega las hormonas “tiroxina” y “calcitonina”, que si se dan en baja cantidad pueden provocar retraso tanto en el crecimiento físico como en el desarrollo mental, y si se dan en abundancia pueden provocar nerviosismo e insomnio. Sobre ella se encuentra las glándulas “paratiroides” que participa en la "homeostasis del calcio y del fósforo" gracias a la hormona “PTH” u "hormona paratiroidea". Su disminución supone “tetanización” (contracción incontrolada de los músculos) y espasmos, mientras su aumento puede llevar a “osteoporosis” (debilitamiento de los huesos) o a la generación de piedras en el riñón.

     Las “glándulas suprarrenales” generan “adrenalina”, “cortisona” y “aldosterona”, fundamentales para atender las "reacciones corporales al miedo y la angustia", pues en bajas cantidades provocan la “enfermedad de Addison” y en altas cantidades la “enfermedad de Cushing”. El “páncreas” es el encargado de controlar los "niveles de azúcar en la sangre" gracias a dos conocidas hormonas, la “insulina” y el “glucagón”, cuya ausencia genera la conocida “diabetes”, y si se dan en exceso pueden llegar a provocar el coma. Los “riñones” son los encargados de generar “eritropoyeina” y “renina”, dos sustancias involucradas en el control de la "presión sanguínea" y el "funcionamiento del corazón". En bajas dosis pueden provocar “anemia” (bajos niveles de glóbulos rojos), y en altas dosis llevarían a una presión sanguínea peligrosamente elevada.

     Finalmente, las “gónadas sexuales” son las encargadas de determinar y controlar las características sexuales secundarias de varones y mujeres. En los varones se denominan “testículos”, y en ellos predomina la producción de “testosterona” (aunque también generan estrógenos y progesterona en bajas cantidades), crucial en el desarrollo del "esperma" y de características como el "tono grave de voz" o el "vello corporal", por lo que si esta hormona escasea se produce disminución de la calidad del esperma y reducción del impulso sexual, mientras que un exceso llevaría a un gran desarrollo de los músculos y del vello corporal, y puede provocar “priapismo” (erección prolongada del pene). Las mujeres se conocen como “ovarios”, y generan “estrógenos” y “progesterona” (y en menor cantidad también testosterona), responsables de la aparición del "tono agudo de voz", el "vello púbico" y del aumento y desarrollo de las "mamas", sobre todo en los periodos de lactancia. La carencia de estas dos hormonas puede llevar a la infertilidad, mientras que su acentuación puede provocar trombos sanguíneos. 

sábado, 28 de octubre de 2023

La estructura del sistema nervioso humano

     El “Sistema Nervioso” (SN) humano está compuesto por tres elementos: el “Sistema Nervioso Central” (SNC) dividido en “encéfalo” o “cerebro” y “médula espinal”, el “Sistema Nervioso Periférico” (SNP) dividido en sistema “somático” y sistema “autónomo”, y la extensa “red de nervios” que conectan los dos sistemas anteriores con las demás partes del cuerpo. El “Sistema Nervioso Central” (SNC) es el centro regulador básico del organismo, pues selecciona y procesa toda la información sensorial que recibe y controla las reacciones corporales (tanto las sencillas “acciones reflejas” como las más complejas “respuestas motoras”). El “encéfalo” es la parte del SNC que está alojada dentro de la cavidad craneal y se divide en tres regiones: el “cerebro posterior” (bulbo raquídeo, protuberancia, cerebelo), el “cerebro medio” (el mesencéfalo) y el “cerebro anterior” (el diencéfalo y el telencéfalo). Analicemos con detenimiento cada una de estas estructuras anatómicas, avanzando “de abajo a arriba” como si estuviéramos visionando una “Imagen por Resonancia Magnética”:

     La “médula espinal” es una fina estructura en forma de cilindro que recoge la “información somatosensorial” y la envía al encéfalo, y a la vez distribuye la información cerebral hacia los “órganos efectores” del cuerpo (“glándulas” y “músculos”). Compuesta por dos sustancias (la “sustancia gris” y la “sustancia blanca”), conecta con el “tronco cerebral”, que es el área anatómica que une la médula espinal con el encéfalo, y consta de tres partes: el “bulbo raquídeo” (que controla funciones vitales como la digestión y la respiración), la “protuberancia” o "puente troncoenciefálico" (que contiene neuronas especializadas que distribuyen información desde los dos hemisferios cerebrales al “cerebelo”, un complejo órgano que regula la fuerza y disposición del movimiento y el aprendizaje de las habilidades motoras) y el “mesencéfalo” o "cerebro medio", el componente más pequeño del tronco, que controla los movimientos oculares y los músculos esqueléticos, además de los reflejos visuales y auditivos.

     El “diencéfalo” está compuesto de dos estructuras: el “tálamo”, que procesa y distribuye casi toda la información sensorial y motora que llega al córtex cerebral y regula el nivel de conciencia y los estados emocionales; y el “hipotálamo”, que controla el sistema nervioso autónomo y el sistema endocrino y organiza conductas directamente relacionadas con la supervivencia del individuo, como la lucha, la ingesta, la sed, la huida y el apareamiento. Por su parte, el “telencéfalo” (los llamados “hemisferios cerebrales”), la parte más extensa y más compleja de todas, está compuesto por la “corteza cerebral”, los “ganglios basales” y por el “sistema límbico” (que contiene dos órganos especialmente conocidos: el “hipocampo” y la “amígdala”). Si advertimos una vista lateral de los hemisferios cerebrales podemos observar tres “cisuras” o “surcos” (“longitudinal”, “de Silvio” y “de Rolando”) y cuatro “zonas” bien definidas llamadas “lóbulos” (“frontal”, “temporal”, “parietal” y “occipital”) cada uno de ellos con funciones neuronales muy concretas, que tendremos ocasión de estudiar en profundidad en un futuro artículo.

     Pero aparte del sistema central, los humanos disponemos de un “Sistema Nervioso Periférico”, que está formado por una serie de grupos neuronales (los llamados “nervios periféricos”, además de los “ganglios”) que se prolongan hacia los tejidos y los órganos de todo el cuerpo, puesto que las fibras de las “neuronas sensoriales” y de las “neuronas motoras” forman “haces agrupados”, lo que comúnmente llamamos «nervios». El SNP está compuesto por dos subsistemas: el “Sistema Nervioso Somático” (SNS), que coordina las acciones “voluntarias” del cuerpo y envía mensajes del cerebro acerca de los órganos sensoriales, conduciendo la información hacia los músculos esqueléticos; y el “Sistema nervioso autónomo” (SNA), que coordina las acciones “involuntarias” o de autorregulación corporal al transportar información desde y hacia los órganos y las glándulas internas del cuerpo.

     La mayor parte de “cambios fisiológicos” que acompañan a nuestros “estados emocionales” (sudoración, respiración, frecuencia cardíaca, tensión muscular…) están mediados por el SNA, que a su vez se subdivide en dos subsistemas: el “Sistema nervioso Simpático” y “Sistema Nervioso Parasimpático”, que cooperan para mantener al organismo en un estado de “equilibrio funcional” al actuar sobre los órganos mediante la liberación de neurotransmisores, especialmente “adrenalina” y ”acetilcolina”. El SNSimpático rige las reacciones de “lucha o huida”: si algo nos alarma, entonces este sistema entra en acción liberando adrenalina, aumentando la presión sanguínea y la sudoración y dirigiendo la sangre de los “músculos lisos” a los “músculos esqueléticos”. El SNParasimpático inhibe la acción de los órganos corporales anteriormente alterados y es el responsable de los “estados de reposo” y de “mantenimiento del cuerpo”, al ralentizar el ritmo cardiaco, bajar la temperatura y reducir las secreciones glandulares.

domingo, 22 de octubre de 2023

El poder de los neurotransmisores


     Nos adentramos ahora en el estudio de los “neurotransmisores”, productos químicos elaborados por nuestro propio cerebro cuya misión es mejorar la “comunicación entre las neuronas”. Distintos tipos de células segregan diferentes neurotransmisores, sustancias que circulan por todas partes, actúan en lugares específicos y producen “efectos” de lo más variados según el lugar de actuación en las “células adyacentes”, si estas están provistas de los “receptores” adecuados, así la “contracción” (en las células musculares), la “secreción” (en las células glandulares) y la “excitación” o “inhibición” (en todas las neuronas). He aquí los neurotransmisores más conocidos:

     “Dopamina” (C6H3(OH)2-CH2-CH2-NH2): es la más importante “catecolamina”, un potente neurotransmisor que genera sensaciones "placenteras" y de "felicidad", ya que regula ciertas “funciones motoras” y de “comunicación endocrina” que inciden en la “emotividad” y la “afectividad”. Un exceso de este químico se asocia con posibles trastornos psicóticos, mientras que su carencia puede conducir a la aparición de enfermedades degenerativas como el Parkinson.

     “Serotonina” o “5-hidroxitriptamina” (C10H12N2O): es un neurotransmisor que se relaciona con los “estados de ánimo”, aunque también cumple otras funciones, como regular el “apetito”, controlar la “temperatura corporal”, el “ciclo de sueño” o la “conducta sexual”. Altos niveles de este químico provocan rigidez muscular o taquicardia, mientras que bajos niveles de llevan a problemas de apetito, sueño o ansiedad (y aunque se asocia con la depresión, no hay evidencias al respecto).

     “Acetilcolina” o “ACh” (CH3COOCH2CH2N+(CH3)3): es una sustancia química que participa en procesos como la “memoria” y la “atención”, además de incidir en la “frecuencia cardiaca”, el “movimiento intestinal” y la "actividad visceral”. Cuando es abundante provoca salivación y lágrimas, debilidad muscular y calambres, y su déficit provoca bajos niveles de atención y memoria, que pueden provocar dificultades de aprendizaje o bien problemas gastrointestinales.


     “Adrenalina” o “Epinefrina” (C9H13NO3): es un potente neurotransmisor encargada de aumentar la “frecuencia cardiaca”, contraer los “vasos sanguíneos” y dilatar las “vías respiratorias” para que nuestro cuerpo se active a nivel motriz y pueda desarrollar “respuestas ante el estrés” en situaciones que suponen una "amenaza para la vida". Un exceso de este químico puede provocar insomnio, mareos o cardiopatías, mientras que su carencia lleva a dolores corporales, pérdida de peso e hiperpigmentación.

     “Noradrenalina” o “Norepinefrina” (C8H11NO3): es un químico que produce efectos excitatorios en el sistema nervioso, pues participa en el proceso de “atención” y “vigilancia” y nos ayuda a “mantenernos despiertos”, al aumentar el “ritmo cardiaco” y la “presión sanguínea” que nos ayudan en situaciones de “lucha y huida”. Altos niveles del producto provocan temblores, sudoración y dolores de cabeza, mientras que bajos niveles llevan a hipoglucemia, ansiedad o problemas de concentración.

     “Encefalina” y “Endorfina” (C9H13NO3): son polipéptidos, "opiáceos endógenos" generados por nuestro cerebro (similares a "opiáceos sintéticos" como la “morfina”) y están encargados de “regular el dolor” y la “nociocepción corporal”, al provocar “analgesia”, “sensación de bienestar” o “euforia” en situaciones traumáticas o tras una actividad física prolongada. Su exceso provoca alteración del estado de ánimo e hiperactividad mientras que su déficit puede llevar a la apatía o incluso a una depresión profunda.

     Si te interesa el tema, nada mejor que consultar los dos vídeos que acompañan a este artículo, el primero propuesto por el interesante canal de Youtube Psicoactiva y el segundo extraído de Juventud médica, en el que un “científico loco” animado nos propone un peculiar text a partir un “delirante experimento” en el que juega a subir y bajar los niveles de ciertos neurotransmisores para ver cuál es la “reacción corporal” que suscitan en el “incauto paciente” que se ha puesto en sus manos (un pobre alumno que pasaba por allí). Una manera divertida de entender cómo estas sustancias químicas pueden alterar nuestras “emociones” y nuestro “comportamiento” hasta extremos peligrosos.

sábado, 21 de octubre de 2023

La comunicación entre las neuronas


     El “sistema nervioso humano” es un complejo sistema orgánico cuya estructura y funcionamiento es el resultado de un dilatado "proceso evolutivo". Sabemos que todos los animales obtienen información del entorno a través de sus “receptores sensoriales” y que es el “cerebro” el que transforma dicha información en “percepciones” (aferentes) o en “movimientos” (eferentes). Las “células fundamentales” del sistema nervioso son las “neuronas”, las primeras representan la “unidad anatómica y funcional del cerebro humano” y están especializadas en el “procesamiento de la información”.

     Las "neuronas" poseen una membrana externa que posibilita la conducción de los “impulsos nerviosos” y se comunican entre ellas mediante una serie de conexiones denominadas “sinapsis”. Toda neurona está constituida por un “cuerpo celular” o “soma” (que contiene el “núcleo celular”, un almacén de información genética poblado de “orgánulos” que sintetizan el ácido ribonucleico y las proteínas) y que da lugar a dos prolongaciones celulares: el “axón” o “prolongación celular” que transmite la información entre las células por medio de la sinapsis, y las “dendritas” o "prolongaciones ramificadas", que se dividen como ramas de árbol para captar las señales procedentes de otras neuronas. Los cuerpos celulares de las neuronas están rodeados de las denominadas “células gliales” (“astrocitos”, “oligodendritos” y “células Schwann”) que tienen varias funciones vitales: separan o aíslan a ciertos grupos de neuronas y pueden producir “mielina”, la capa aislante que recubre los axones (la “desmielinización” de los axones retrasa la transmisión de las señales nerviosas y supone una alteración de la percepción sensorial y la coordinación motora).

     Podemos establecer dos clasificaciones de las neuronas: atendiendo a su “estructura”, es decir, a la cantidad de sus proyecciones dendríticas, hablaríamos de neuronas “unipolares” (que tienen "una sola prolongación", como es habitual en los invertebrados), “bipolales” (que tienen "dos prolongaciones" y abundan entre los reptiles) y “multipolares” (que tienen "un axón y múltiples dendritas", y son propias de los mamíferos). Por otro lado, atendiendo a su “funcionalidad”, a las conexiones que establecen, podemos dividirlas en “sensoriales o aferentes” (sensibles a los estímulos y que envían información "de los tejidos y órganos del cuerpo al cerebro y la médula" para su procesamiento), “motoras o eferentes” (que transmiten la información "del cerebro y la médula a los músculos y glándulas del cuerpo"  para procurar respuestas activadoras de estos), e “interneuronas” (que recogen los impulsos neuronales sensitivos y los trasmiten a las neuronas motoras y viceversa).


     Nuestro sistema nervioso es un “sistema electroquímico” de comunicación: la actividad eléctrica cerebral se corresponde con el llamado “impulso nervioso” mientras que la actividad química cerebral se produce por culpa de las "sinapsis de las neuronas" . Todas las neuronas están capacitadas para recoger variaciones del medio externo (“estímulos”) y comunicarlos a otras neuronas. En este proceso, la “excitabilidad” y “conductividad” son particularmente importantes: el “impulso nervioso” (denominado “potencial de acción”) es una “onda eléctrica” que avanza por la superficie de la membrana de la neurona y sus prolongaciones, como si la neurona fuese una diminuta pila capaz de generar electricidad. Este impulso se produce por las variaciones en la distribución de los “iones” (partículas con carga eléctrica) dentro y fuera de la neurona. La información transmitida por un potencial de acción se determina no por la forma de la señal, sino por cómo viaja a través del “encéfalo”, y será el cerebro quien finalmente “analice” e “interprete” los patrones que exhiben las señales eléctricas aferentes.

     La “sinapsis” es el lugar de transmisión de información entre dos células, y está constituida por estos tres elementos: el “terminal presináptico” (la finalización del axón), la “célula postsináptica” (las dendritas de la célula receptora) y la “hendidura sináptica”, que es donde se concreta la transmisión sináptica entre las dos neuronas. La “sinapsis eléctrica” se produce gracias al flujo directo de “corriente eléctrica” desde la neurona presináptica hasta la neurona postsináptica mediante varios canales que conectan los “citoplasmas” de ambas células y es el modo más rápido de comunicación entre las neuronas. La “sinapsis química” es más lenta, puesto que la neurona presináptica libera un "neurotransmisor" que se difunde por la hendidura sináptica y se une a los receptores de la membrana postsináptica; el receptor determina si la respuesta es excitatoria o inhibitoria, y actúa en consecuencia.

     La comunicación “química” entre neuronas tiene la ventaja de que un solo potencial de acción puede liberar miles de “moléculas de neurotransmisores”, y permite la amplificación de las señales de una a otra neurona. Por su parte, los impulsos “eléctricos” no pueden saltar por sí solos los espacios de las sinapsis químicas, y necesitan de la intervención de los “neurotransmisores químicos” para poder reanudar de nuevo el “potencial de acción” (recargarse para poder atender un nuevo impulso). El impacto que los "neurotransmisores" tienen en nuestra conducta es especialmente significativo, y de él hablaremos en un futuro artículo.