viernes, 15 de noviembre de 2024

Las mujeres se atreven a saber

     Tradicionalmente se ha considerado a la filosofía como una disciplina académica propia de “varones blancos” que ningunea otros “géneros y razas”, cuando en realidad en el seno de esta disciplina no cabe tal premisa. Las mujeres has sido objetivamente apartadas del acceso al conocimiento en muchos momentos del pasado (y muchos varones también, por cierto, ya que históricamente no basta con hablar de un sometimiento “de género”, sino “de clase”), por lo que muchas mujeres (filósofas, científicas, artistas, literatas o moralistas), han sido ninguneadas o directamente han pasado al olvido. Olimpe de Gouges (1748 a 1793) nos alecciona en su texto primigenio: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo?”. Escusando el hecho de ser varón, aquí van una serie de acotaciones para una breve contribución al intento de restituir a la mujer en su lugar en el mundo del pensamiento occidental. Evidentemente, hacer una compilación exhaustiva de todas las mujeres que han "dado voz" a la filosofía occidental es una labor desproporcionada para los propósitos de este artículo, y debemos pedir perdón por ello: aunque "no están todas las que son", al menos si "son todas las que están".

     Cabe considerar a Eumetis, pseudónimo de Cleobulina de Rodas (fl. 550 a.n.e.), hija de Cleóbulo de Lindos (uno de los "Siete Sabios de Grecia"), como nuestra primera filósofa: su padre abogaba por la igualdad en el acceso a la educación de las mujeres, cosa poco común en la época, por lo que educó a su hija, que se hizo una experta en escribir acertijos y enigmas lógicos. Las mujeres emergen definitivamente con la escuela pitagórica (Teano, Perictione, Melissa… y hasta 250 más), y más adelante en el helenismo, con las cínicas (Hiparquia), estoicas (Menexema, Teognis, Pantaclea…) y epicúreas (Temista, Nicidio, Fedrión… y un sinfín de filósofas más). La figura clásica por excelencia es Aspasia de Mileto (470 a 400 a.n.e.), maestra de retórica que inspiró a Sócrates y Platón en sus posicionamientos éticos. Por desgracia, al margen de algunos datos biográficos, no conservamos una sola línea, fragmento, sentencia o aforismo sobre sus pensamientos, sobre sus ideas… y si no hay ideas, no hay filosofía. Restituir su legado filosófico a principios del siglo XXI resulta una labor inane… es este el “olvido de la mujer” del que hablábamos antes.

     La llegada del Imperio romano supone la debacle de la condición femenina, en parte debido al servilismo de Roma al nuevo "catecismo cristiano" (una minuciosa estrategia política por parte del Emperador Constantino el Grande), que ningunea a la mujer hasta extremos catastróficos. Con la excepción de Hipatia de Alejandría (355 a 415), maestra de matemáticas y astronomía de tendencia platónica en el famoso Museo egipcio, el panorama es desolador (como lo es para la ciencia y la filosofía en general, en este periodo brumoso que antecede al oscuro medievo). La quiebra del Imperio, que da paso al "feudalismo", limita el acceso al conocimiento a unos pocos privilegiados, ya sean varones o mujeres: los "textos clásicos" se conservan en recónditas bibliotecas de monasterios inalcanzables, y solo unas pocas personas pueden acceder a ellos como "escribientes", "traductores", "enseñantes" o "bibliotecarios". Entre las mujeres, destacará la abadesa begina Hildegarda de Bingen (1098 a 1179) experta en astronomía, botánica y medicina y famosa por sus “libros proféticos” de tono místico; y Christine de Pizan (1364 a 1431), notable escritora que con su obra “La ciudad de las damas” inicia el debate conocido como “querella de las mujeres”.


     Con la llegada de la modernidad las mujeres se acercan a las artes y a las ciencias: Cristina de Lorena, Teresa de Jesús o Marie de Gournay se posicionarán en favor de la "nueva ciencia" y de la "reforma religiosa". Isabel de Bohemia y Margatet Cavendish se codean con los grandes del siglo (Descartes, Hobbes, Leibniz, Harvey…) y Marry Astell defiende la “alfabetización universal de las mujeres”. La llegada de la Ilustración será un hito revolucionario: autores como Condorcet o Helvetius asumen el problema de la “querella de las mujeres” y se posicionan abiertamente en defensa de los derechos de las mujeres, y sus respectivas esposas (Marie-Louise-Sophie y Anne-Catherine, junto a muchas otras) crean los famosos “salones literarios”. Las “salonniéres” reúnen en los suntuosos salones de sus hogares a científicos, literatos, filósofos y moralistas en “animadas tertulias” que permiten a algunas mujeres (pocas en realidad) el acceso al conocimiento. Emilie du Chatêlet (1706 a 1749) traduce al francés a Newton y publica su monumental “Gramática razonada”. Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft (1757 a 1797) darán por fin el pistoletazo de salida a la “primera ola feminista” con dos textos determinantes del periodo: “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana” y “Vindicación de los derechos de la mujer”.

     El siglo XIX se abre a nuevas posibilidades: Madame de Steäl divulga desde posiciones románticas el “derecho de todas a la felicidad”; Judith Murray publica incesantemente en los periódicos; Frances Wrigth se posiciona en favor de la clase trabajadora; Harriet Taylor denuncia el “sometimiento de las mujeres”; las activistas americanas Elizabeth Candy Stanton, Susan Browner Anthony y Harriet Tubman defienden el abolicionismo, el “sufragio universal” y los derechos de los afroamericanos; Flora Tristán y Eleanor Marx radicalizan su discurso desde posiciones marxistas. Numerosas mujeres irrumpen en el mundo de la cultura: Ada Byron en el ámbito de las matemáticas, Lou-Andreas Salome desde la psiquiatría, Maria Montessori en pedagogía, Rosa Luxemburgo desde posicionamientos políticos. El arranque del siglo XX diversifica las aportaciones, desde premisas liberales (Eleanor Roosevelt o Ayn Rand) hasta principios místicos (Edith Stein y Simone Weilt). En el periodo de entreguerras destacan Hannah Arendt (1906 a 1975) y Simone de Beauvoir (1908 a 1986), la primera apegada a la "fenomenología" y la segunda fiel al "existencialismo", que abren un campo de estudio en el ámbito de la filosofía política de enorme fuerza intelectual.

    El panorama actual, deudor de la segunda mitad del siglo pasado, debe incluir a figuras relevantes como Carole Patemam, Julia Kristeva, Susan HaackMartha Nussbaum y Ruth Hagengruber en el ámbito de la "investigación académica"; y Susan Sontag, Angela Davis, Nancy Fraser, Alicia Puleo o Judith Buttler en la "reivindicación política" (aunque todas ellas dominan la "dialéctica teoría-praxis" en sus escritos). Entre nosotros (nosotras) a las primeras propuestas de pioneras como Emilia Pardo Bazán o Concepción Arenal Ponte a finales del siglo XIX se siguen aportaciones de mujeres como Clara Campoamor, Federica Montseny, Dolores Ibárruri. Más recientes en la memoria estarían las figuras de María Zambrano (1904 a 1991) o Adela Cortina (1947-), además de ilustres referentes de la filosofía patria, ligadas en mayor o menor medida al feminismo, como Lidia Falcón (1935-), Victoria Camps (1941-), Celia Amorós (1944-) y Amelia Valcárcel (1950-). El panorama abierto por el siglo XXI reaviva un viejo debate que dibuja una línea de separación entre el clásico “feminismo de la igualdad” de corte marxista y el controvertido “feminismo de la diferencia” de tono postmoderno que parece tener una problemática solución a corto plazo.

jueves, 31 de octubre de 2024

Un breve repaso a la historia de la filosofía


     La filosofía surge en Grecia en el momento en que las “moiras” son desplazadas por la “physis” como elemento rector de la vida del mundo griego, y las decisiones caprichosas de los dioses son sustituidas por un “orden necesario” inherente a la naturaleza y reconocible por una serie de "causas" que ya no serán sobrenaturales sino plenamente materiales. Específicas condiciones de “producción y distribución económica”, unidas a la organización socio-cultural de la sociedad griega del siglo –VI a –IV, definen este proceso. Se desarrollan novedosas técnicas e incipientes construcciones científicas y surge un nuevo modelo de organización política, la “polis democrática”; el importantísimo desarrollo comercial, que obliga a un contacto con culturas disímiles, provocará el "cuestionamiento de las viejas tradiciones" y ofrecerá la ocasión para dedicar "tiempo para la reflexión" a aquellos sectores sociales liberados del trabajo que disfrutan del "ocio".

     Los primeros pensadores griegos serán los “físicos presocráticos”, grupo heterogéneo de filósofos (Tales, Pitágoras, Heráclito y Parménides, entre muchos otros) que buscarán dar una explicación racional del origen y estructura de la “naturaleza” (physis) y del “universo” (kósmos), apelando a un "primer principio" (arkhé), ya sea único o múltiple, constitutivo de todas las cosas. A partir del siglo –V la filosofía se asienta en Atenas, la polis dominante del momento, gracias sobre todo a Sócrates y su conocido "método dialéctico" que precede en el tiempo a las tres grandes sistematizaciones del mundo antiguo: el “materialismo” de Demócrito (que introduce una primera “teoría atomista de la naturaleza” de corte mecanicista), el “idealismo” de Platón (que divide la realidad en dos ámbitos ontológicos y epistemológicos diferenciados que permiten un ascenso en el conocimiento denominado “dialéctica”) y el “empirismo” de Aristóteles (que introduce una novedosa perspectiva "metafísica" para poder explicar con solvencia el problema del movimiento físico).

     El mundo antiguo se cierra con el desarrollo y expansión del “helenismo” primero (el “Jardín” de Epicuro, la “Estoa” de Zenón y el “Museo” de Alejandría) y de la "romanización" promovida por el Imperio romano después (que verá surgir una nueva forma de culto llamada “religión cristiana”, dominante gracias a los llamados “padres de la iglesia”: Justino, Tertuliano, Orígenes, Agustín, Boecio…). La filosofía se convierte en “sirvienta de la teología”, inaugurando así el pensamiento medieval. Se desarrolla entonces la “escolástica” gracias a autores platónicos como Anselmo y Pedro Abelardo, y aristotélicos como Averroes y Tomás Aquino, que discuten ampliamente sobre las “relaciones entre la razón y la fe”, el “problema de los universales” y la “demostración de la existencia de Dios”. Este periodo histórico concluye con una revisión crítica de corte empirista focalizada en las Islas británicas, encabezado por Roger BaconDuns Scoto y Guillermo de Ockham.

     La filosofía moderna, surgida en el "renacimiento" y deudora de las distintas "revoluciones intelectuales" del momento (geográficas, políticas, religiosas, científicas) adquiere un marcado interés "gnoseológico", centrado en determinar las posibilidades y los límites del conocimiento humano. Destacan dos corrientes: el "racionalismo", de arraigo continental y dominante durante el siglo XVII, y el "empirismo", asentado en las Islas británicas y preponderante en el siglo XVIII. El racionalista René Descartes se centra en la subjetividad del “Yo” como evidencia primera (el famosísimo "Cogito, ergo sum") y busca los principios intuitivos desde los que el sujeto puede ejercitar la razón "more geometrico". Los empiristas británicos John Locke y David Hume afirman que los seres humanos sólo podemos conocer por “experiencia”. Las ideas éticas y políticas de corte liberal de estos autores abrirán el camino de la reflexión ilustrada (Voltaire, Montesquieu, Rousseau) en la que destaca poderosamente Immanuel Kant, que buscará una síntesis entre las corrientes anteriores conocida como “criticismo” o “idealismo trascendental”, en el que se afirma que la realidad es una “construcción del sujeto”.

     La demoledora crítica kantiana supone la ruptura definitiva entre la “ciencia” y la “filosofía”, y abre el siglo XIX a una gran variedad de corrientes y tendencias que comparten un "carácter crítico" y una actitud de denuncia de la época moderna, desde el “idealismo” de Georg Hegel, pasando por la propuesta “positivista” de Auguste Comte, al “utilitarismo” de John Stuart Mill. Avanzado el siglo nos encontramos con los conocidos como “maestros de la sospecha”: Karl Marx y su demoledora "crítica al capitalismo" desde posiciones materialistas y dialécticas; Friedrich Nietzsche y su arrebatada defensa del jovial sentir “dionisíaco” frente al frio racionalismo “apolíneo”; y Sigmund Freud y su afirmación de la existencia del “inconsciente”, determinante último de la conducta humana, al margen de la “conciencia” cartesiana. El camino a una nueva forma de hacer filosofía, centrada sobre todo en el estudio de la ética y la política, se dibuja en el horizonte.

     El siglo XX es el momento de eclosión de numerosas e importantes propuestas: la “fenomenología” se postula como un método descriptivo ideado por Edmund Husserl para alcanzar el conocimiento de los "fenómenos" tal y como los experimenta la conciencia; el “existencialismo” se replantea la cuestión del “ser” gracias a autores como Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre; la “hermenéutica” se disciplina en la “interpretación textual” con autores como Hans-Georg Gadamer o Paul Ricoeur; entre nosotros, estas corrientes europeas serán recogidas por José Ortega y Gasset con su conocido “raciovitalismo”. Más adelante, la “filosofía analítica” británica (Russell y Wittgenstein) trabaja desde la "lógica formal", la “Escuela de Fráncfort” (Horkheimer y Adorno) desarrolla la “teoría crítica”, el “estructuralismo” allana el camino a las ciencias sociales (Levi-Strauss y Foucault). Todas ellas proponen un “giro lingüístico” perceptible en la “posmodernidad” de Lyotard o Althusser, que dejarán el camino expedito a las nuevas tendencias del siglo XXI.

lunes, 28 de octubre de 2024

Las disciplinas filosóficas


     La filosofía no es solo una “forma de saber”, también es una “actividad práctica”, lo que significa que no solo nos ayuda a comprender el mundo, sino que además nos orienta en nuestras acciones y nos permite tomar decisiones. Filósofos como Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) o Immanuel Kant (1724 a 1804) nos advierten de que existen dos posibles usos de nuestra “racionalidad”: uno “teórico” o “contemplativo”, encaminado al conocimiento de la realidad, que intenta comprender, explicar y desentrañar en qué consiste el mundo, ordenar nuestro pensamiento para poder discriminar la verdad de la falsedad y alcanzar la verdad; y otro “práctico” o “regulativo”, que orienta nuestra acción, se impone a nuestras pasiones y nos permite decidir con lógica entre lo que está bien y lo que está mal para así poder alcanzar un ideal moral que nos permita ser felices.

     Aunque la filosofía es un saber “totalizador”, pues busca comprender y actuar en la realidad de una forma global, son muchos los filósofos que han dividido esta disciplina en diferentes “campos de estudio” (si bien todos ellos son, en la mayoría de autores, deudores los unos de los otros). Es un tópico generalizado el discriminar entre un ámbito teórico y un ámbito práctico. La filosofía teórica incluiría disciplinas como la “lógica” (el estudio de las reglas del pensamiento y la argumentación correcta), la “metafísica” (el estudio del sentido último de la realidad), que se dividiría en tres grandes apartados: “ontología” (el estudio del ser), “gnoseología” (el estudio del conocimiento humano, y que incluiría la “epistemología” o estudio del conocimiento científico) y “teología” (el estudio del ser superior) y la “antropología” (el estudio del ser humano desde una perspectiva filosófica). Entre las disciplinas teóricas también podemos incluir las llamadas “filosofías de” (por el uso del genitivo en su formulación), centradas en un saber categorial específico, entre las que destacamos la “filosofía de la naturaleza” (el estudio del universo físico y del cosmos) la “filosofía del lenguaje” (el estudio del lenguaje y sus elementos integrantes) o la “filosofía de la historia” (el estudio del sentido al que tienden los hechos históricos).

     La filosofía práctica, por su parte, incluiría disciplinas como la “filosofía moral” o “ética” (el estudio de la conducta moral y de la reflexión sobre los valores), la “filosofía del arte” o “estética” (el estudio de las obras de arte y de la idea de belleza) y la “filosofía civil” o “política” (el estudio de la acción política y de las relaciones humanas), además y una nueva serie de “filosofías de” como serían la “filosofía del derecho” (el estudio del fundamento del hecho jurídico), la “filosofía de la economía” (el estudio de las formas de intercambio de bienes y servicios) o la “filosofía de la religión” (el estudio del fundamento de las formas de religiosidad). Mención aparte merecería la “historia de la filosofía”, disciplina que se ocupa del estudio del desarrollo histórico de las ideas desde un punto de vista "diacrónico" y no meramente "sincrónico", y que se centra en el análisis de las propuestas ofrecidas por las distintas escuelas, corrientes, tendencias y autores del pensamiento filosófico.

lunes, 30 de septiembre de 2024

La filosofía frente a los demás saberes


     Este es un primer artículo para mis alumnos de Filosofía de 4º de ESO, en el que trato de poneros al tanto de la nueva materia, a la que os enfrentáis por primera vez, con una serie de vídeos útiles que espero os ayuden a dar comienzo a vuestro trabajo. Comenzamos con una pequeña reflexión del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770 a 1831), que en el prólogo a su conocida obra “Principios de la filosofía del derecho” nos introduce el famoso mito de la “lechuza de Minerva” (teclead el enlace previo para conocer a fondo esta historia), pintoresco animal nocturno que acompaña siempre a Atenea, diosa griega de la sabiduría conocida entre los romanos por el nombre de Minerva, y que ha pasado a convertirse en “símbolo de la filosofía”:

     “Es insensato creer que alguna filosofía se puede anticipar al mundo presente. Cuando dice una palabra sobre la teoría que explica cómo ha de ser el mundo, la filosofía siempre llega demasiado tarde: como pensar sobre el mundo, surge en el tiempo, después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación y se halla realizada. Cuando la filosofía pinta al claroscuro un aspecto de la vida, ya envejecido y en la penumbra, no puede ser rejuvenecido, sino tan solo reconocido: la lechuza de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo”.

G.W.F.Hegel, “Principios de la filosofía del derecho” (Barcelona, Edhasa, 1999)

     La filosofía se plantea desde su origen como un “saber de segundo grado” que precisa de los “saberes de primer grado” para poder configurarse, ya que su objetivo básico es “criticar” todos estos saberes previos por considerarlos imprecisos, inadecuados o insuficientemente fundamentados. Ya se trate de “falsos saberes” (como los “mitos”, la “magia” o la “religión”) o de “verdaderos saberes” (como las “técnicas”, las “ciencias” y las “tecnologías”), la labor de la filosofía es siempre la misma: enfrentarse a ellos directamente para descubrir sus errores, sus fallos de argumentación o sus falacias. La filosofía es siempre polémica, un saber enfrentado a otros posibles saberes que trata de ir más allá de lo que estos proponen para comprender la realidad en su totalidad.

     Nosotros nos adentramos ahora en la “Academia” para practicar la filosofía de modo profesional, para desarrollar una verdadera “filosofía académica” alejada del saber de sentido común y del conocimiento que nos proporciona la vida cotidiana, que llamamos “filosofía mundana” y que, aunque está presente en la vida diaria de todas las personas que nos rodean, resulta insuficiente para comprender algunas de las ideas básicas que nos planteamos acerca del universo. Solo desde esta perspectiva profesional podremos tratar de encontrarle sentido a la “realidad” que nos rodea y a la posición del ser humano dentro de esta realidad compleja y maravillosa que llamamos “mundo”. Y para ello, como nos dijo Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) solo tenemos que extrañarnos y admirarnos, y reconocer que somos unos ignorantes, o al menos que no “sabemos” tanto como “creemos que sabemos”, pues este será el primer paso para comenzar a comprender.

martes, 11 de junio de 2024

Consideraciones sobre la ética del discurso

     Aunque resulta un poco difícil ejemplificar la complejidad de la llamada ética del discurso o “ética dialógica”, vamos a intentarlo a partir de la película “Cadena de Favores”  (Warner Bros, EEUU, 2000) de Mimi Leder, una más que interesante reflexión sobre el concepto comunitario de “convivencia”, en la que un niño nos ofrece la mejor forma de organizarnos conforme a una sencilla pero valiosa “idea útil”. El trasfondo de la película muestra la necesidad del “diálogo” entre los seres humanos como forma de mejorar nuestras relaciones sociales, a la par que nos ofrece una simple argumentación que permite el contacto entre los distintos “intereses particulares” para llegar a un “acuerdo común” en el que todos obtengan un “beneficio” o una “satisfacción” personal, que es a la par tanto un beneficio propio y como un beneficio colectivo.

     Os recuerdo que fue Jürgen Habermas (1929-), filósofo perteneciente a la llamada “segunda generación” de la Escuela de Fráncfort, el autor que más profundamente trabajó esta idea de “ética dialógica”. En su conocido ensayo “Teoría de la acción comunicativa” sienta las bases de un nuevo modo de entender la ética formal, al estilo kantiano. Pero si en Immanuel Kant (1724 a 1804) la fundamentación de la “norma moral” viene marcada por la razón práctica (que es la que determina la voluntad y mueve a la acción, y que es siempre individual, “monológica”), en Habermas esta fundamentación de la norma moral debe regirse por el diálogo, ha de ser “dialógica”: debe apoyarse en la “razón discursiva”, una “razón comunicativa”, y no resignarse a ser una mera “razón instrumental”. Se trata pues de una ética “formal y procedimental” a un tiempo, que no consiste en un simple “pacto estratégico”, donde los interlocutores se instrumentalizan para alcanzar metas individuales, sino de un “consenso” o “acuerdo comunicativo” que es el resultado de un diálogo en el que todos los participantes se tienen por interlocutores igualmente capacitados.

     El objetivo final de Habermas es consolidar una moral que parta de este consenso en una “situación ideal de diálogo”. Esta situación de diálogo debe de cumplir una serie de requisitos: todos los afectados por una misma norma deben “participar” en su discusión; todos los participantes deben tener los mismos “derechos” y las mismas “oportunidades” de argumentar y defender sus posturas; no puede existir “coacción” de ningún tipo y todos los implicados deben intervenir en el diálogo teniendo como finalidad el entendimiento. Se consolidan así los dos principios básicos de la ética discursiva: el “principio de universalización” (que se corresponde con el imperativo kantiano de la universalidad: “la norma será válida cuando todos los afectados acepten libremente sus consecuencias”); y el “principio de la ética del discurso” (que se corresponde con la autonomía kantiana: “solo pueden pretender validez las normas que encuentran aceptación por parte de todos los afectados o participantes en el discurso”).

     ¿Qué pasaría si yo ayudara a otras tres personas? Tendría que ser algo “importante” para estas personas, algo que "no pudieran hacer por sí mismas" y que yo les podría solucionar “sin esperar nada a cambio” y sin recibir ninguna gratificación por ello. ¿Qué pasaría si cada una de esas tres personas ayudara a su vez a otras tres personas? ¿Qué pasaría si se siguiese una reacción a partir de una única “acción altruista y desinteresada”? Este es el punto de partida de la película que os ofrezco, en dos interesantes vídeos, en los que un profesor plantea un trabajo a sus chicos de séptimo, un joven tiene una "idea útil", y se inicia una “cadena de favores” que permite cambiar el mundo (consultad este último enlace para ver como un simple gesto puede cambiar muchas cosas en muchas personas a nuestro alrededor).

jueves, 30 de mayo de 2024

La ética de la conciencia


     Aunque no hemos trabajado esta teoría ética en el aula, convendría decir algunas palabras sobre la forma de entender el “deber” propuesta por los existencialistas. El existencialismo es una corriente filosófica con autores muy diversos, si bien nosotros solo nos vamos a interesar por el pensamiento de Jean Paul Sartre (1905 a 1980), cuya moral se basa en la famosa frase de Fiódor Dostoyevski (1821 a 1881): “si Dios ha muerto, todo está permitido”, lo que le lleva a eliminar de su moral todo “valor absoluto” al margen del “ser humano”. Para los existencialistas el término “existencia” no significa el hecho de existir, como opuesto a la “esencia”, aquello que una cosa es; para ellos la existencia es “el modo de ser propio del ser humano”. Por ello centran su reflexión en el individuo concreto y en el mundo en que vive. Sartre está convencido de que la existencia humana depende de la “elección de cada uno”, que el ser humano es un ser “radicalmente libre”, cuya característica es su “absoluta indeterminación”. Cuando nace a un mundo que no ha elegido, el ser humano es una “naturaleza indefinida”, que ha de “hacerse a sí mismo” de forma progresiva, eligiendo en cada momento lo que desea ser.

     Frente a quienes admiten la “libertad subjetiva”, y en ella fundamentan el deber moral, Sartre radicaliza su postura afirmando que “el individuo se encuentra solo y abandonado”; es completamente “libre” para crearse a sí mismo, pero en un mundo carente de sentido, es decir, “en un mundo absurdo”. El ser humano está desorientado porque Dios no existe ni hay “valores” que sirvan de referencia posible para ordenar la conducta, y la única norma moral es “la que cada uno se imponga a sí mismo, sabiendo que en cada acción compromete a los demás” (y aquí se deja notar el principio utilitarista liberal en defensa del bien individual salvo cuando compromete el bien común).


     En estas circunstancias, “cada individuo elige libremente” y, al hacerlo, “crea sus propios valores”, sin necesidad de que existan los valores absolutos que Dios representaría si existiera. Cuando el ser humano decide “hacer algo”, la única justificación de su elección es “haber sido querida”, es decir, proceder de una “elección libre”, lo que hace a tal situación angustiosa. Sin embargo, la libertad individual debe coincidir con la de los demás porque, al elegir, no se puede prescindir de los otros o, como Sartre dice: “Es necesario que sea obligatorio a priori que sea uno honrado, que no mienta, que tenga hijos, etc...”.

     Os presento un interesante enfoque de la moral sartreana a partir de la película de los hermanos Joel y Ethan Coen titulada “El hombre que nunca estuvo allí” (USA Films, EEUU, 2001), que recuerda en su forma, más que en su contenido (aunque también cabría buscar coincidencias), a la famosa novela “El extranjero” (L'étranger) del también existencialista Albert Camus (1913 a 1960), por cuanto muestra la "vida y destino" de un hombre apocado, aparentemente sin demasiado interés por la vida, puesto que ésta le resulta totalmente "absurda y carente de sentido". Al igual que el protagonista de la novela (el conocido señor Meursault), nuestro protagonista, Ed Crane (Billy Bob Thornton) comete un absurdo crimen y, a pesar de sentirse inocente, jamás se manifiesta contra su ajusticiamiento ni muestra sentimiento alguno de "injusticia", "arrepentimiento" o "lástima". Crane muestra en la muerte la misma pasividad y el mismo sentido aburrido de la existencia que mostró en vida, sin importarle demasiado su “conducta” o los “resultados” que esta pudiera tener. Pero por otro lado es consciente de que ha cometido un "crimen atroz", y que debe “pagar por ello”, pues la libertad individual no debe sobrepasar nunca la de los demás, debe someterse a ella como el “primer principio de la moralidad”.


martes, 28 de mayo de 2024

Haz lo correcto, porque es lo correcto


     Continuamos nuestro estudio a las teorías éticas dando un pequeño repaso a las “éticas formales”, también llamadas “éticas del deber”, y nos hemos centrado para ello en el pensamiento del filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant (1724 a 1804). Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la ética, afirmando que el “contenido material de la acción” no es importante, puesto que es la “forma de la acción” la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una “finalidad” u "objetivo" predeterminado para las acciones humanas, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe "movernos a la acción", sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de "mandatos" que debemos seguir a pies juntillas, puesto que “nos obligan”, que “deben ser cumplidos” (aunque el seguirlos no nos haga felices, nos produzca placer o nos aporte un beneficio, pues lo realmente importante es cumplir con ellos por el mero hecho de ser "órdenes" que nos imponen "hacer lo correcto"). En última instancia, la “acción buena” se define por la “intención”… por la mera “voluntad” de actuar, y no por su consecuencia que la acción nos pueda reportar.

     Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las “leyes” por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen "cómo debemos comportarnos" para ser "personas auténticas". Estas leyes, que Kant denomina “imperativos”, no deben limitarse a ser meros “consejos” (consilia) para alcanzar un “fin”, sino verdaderos “mandatos” (praecepta) que nosotros mismos nos obligamos a cumplir al margen de toda finalidad por el hecho de reconocer en ellos la “acción correcta”, la “acción debida”. Mandatos que deben ser “incondicionados”, para todo tiempo y lugar, además de “universales”, válidos para todo ser humano, que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen “realizar la propia humanidad”, puesto que ser persona es por sí mismo algo valioso, y la meta de la moral consiste en “querer ser personas” por encima de cualquier finalidad o bien supremo: en querer tener una “buena voluntad”. El imperativo categórico es único, y se formula como sigue: "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal".

     Hemos visto en clase un ejemplo notable de esta forma de entender la "moralidad" (Moralität), la película de Clint EastwoodCazador blanco, corazón negro” (WB, EEUU, 1990), una de cuyas escenas os reproduzco ahora, para que recordéis la lección aprendida. Lo cierto es que podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta (como "Los puentes de Madison", "Million Dollar Baby", o la más reciente "Cartas desde Iwo Jima", de la que os ofrezco una extraordinaria escena que ejemplifica a la perfección el pensamiento kantiano en este enlace), pero nos centramos en las dos escenas que he hemos visto en el aula, en las que Eastwood es finalmente apaleado por defender una "idea de igualdad" como "valor universal" que le "mueve a la acción" de forma “directa e incondicionada”: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a los negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que "quieren conquistarlo" y los que "quieren defenderlo". Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho” (te sientes “vivo, libre, autónomo”: te sientes “persona”, porque sencillamente has hecho “lo correcto”).

jueves, 23 de mayo de 2024

A imagen y semejanza de Dios


     Respecto de la corriente conocida como iusnaturalismo moral, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino (1224 a 1274) pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la “moral católica”, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF, Alemania, 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del “comportamiento humano”. Mientras Jorge de Burgos (Feodor Chaliapinargumenta que la risa es “antinatural” en el ser humano, porque deforma sus facciones y le aproxima al estado animal, Guillermo de Baskerville (Sean Connery) defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento “distintivo” del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, una ley que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (¿Dios?) que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo “logos”, que puede encontrar en su interior para fundamentar su propio “comportamiento moral”.

     El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera “el mayor bien” al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta “ley natural” y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede “hablar de la risa” (y muchísimo menos “reír”) cuando la abadía está inmersa en unos acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha “obrado mal”. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de “placer o deseo físico”, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el “recato en la conducta” y la “expiación de los pecados”, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riese o no riese… algo muy difícil de dilucidar.

miércoles, 22 de mayo de 2024

Solo los recios, solo los fuertes

     Un ejemplo interesante de lo que significa ser un “estoico” lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros, EEUU, 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente en los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio (334 a 262 a.n.e.) y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa nueva” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película,  centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los inpúberes espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por “comportamiento estoico”: se trata de la “negación de cualquier deseo o pasión”, de la “indiferencia hacia los placeres y dolores externos”, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” (ἀπάθεια) entendida como “insensibilidad ante el placer y el dolor”, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que "nos vincula a la naturaleza" y nos hace comprender su “lógica” (λóγος) y el “destino inexorable” que la rige, al que necesariamente deberemos adaptarnos.

     El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde su más tierna infancia en la necesidad del “esfuerzo” personal, el “sacrificio” físico y la “perseverancia” mental en las situaciones más extremas: forzado a medir sus fuerzas "con la naturaleza", contra sus inclemencias e impiedades, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente “acomodándose a su ritmo” (a su “logos”, a su “razón de ser”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a "soportar el malestar y los sufrimientos" y a no mostrar dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese “logos racional” que le marca la naturaleza, algo que se aprecia en la forma en que el rey Leónidas (Gerard Butler) se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo. Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con "moderación" y cumple con "su deber como espartano": aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos”, y que morir en el campo de batalla por la defensa de su patria es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida”.