martes, 10 de diciembre de 2024
viernes, 15 de noviembre de 2024
Las mujeres se atreven a saber
jueves, 31 de octubre de 2024
Un breve repaso a la historia de la filosofía
La filosofía surge en Grecia en el momento en que las “moiras” son desplazadas por la “physis” como elemento rector de la vida del mundo griego, y las decisiones caprichosas de los dioses son sustituidas por un “orden necesario” inherente a la naturaleza y reconocible por una serie de "causas" que ya no serán sobrenaturales sino plenamente materiales. Específicas condiciones de “producción y distribución económica”, unidas a la organización socio-cultural de la sociedad griega del siglo –VI a –IV, definen este proceso. Se desarrollan novedosas técnicas e incipientes construcciones científicas y surge un nuevo modelo de organización política, la “polis democrática”; el importantísimo desarrollo comercial, que obliga a un contacto con culturas disímiles, provocará el "cuestionamiento de las viejas tradiciones" y ofrecerá la ocasión para dedicar "tiempo para la reflexión" a aquellos sectores sociales liberados del trabajo que disfrutan del "ocio".
Los primeros pensadores griegos serán los “físicos presocráticos”, grupo heterogéneo de filósofos (Tales, Pitágoras, Heráclito y Parménides, entre muchos otros) que buscarán dar una explicación racional del origen y estructura de la “naturaleza” (physis) y del “universo” (kósmos), apelando a un "primer principio" (arkhé), ya sea único o múltiple, constitutivo de todas las cosas. A partir del siglo –V la filosofía se asienta en Atenas, la polis dominante del momento, gracias sobre todo a Sócrates y su conocido "método dialéctico" que precede en el tiempo a las tres grandes sistematizaciones del mundo antiguo: el “materialismo” de Demócrito (que introduce una primera “teoría atomista de la naturaleza” de corte mecanicista), el “idealismo” de Platón (que divide la realidad en dos ámbitos ontológicos y epistemológicos diferenciados que permiten un ascenso en el conocimiento denominado “dialéctica”) y el “empirismo” de Aristóteles (que introduce una novedosa perspectiva "metafísica" para poder explicar con solvencia el problema del movimiento físico).
El mundo antiguo se cierra con el desarrollo y expansión del “helenismo” primero (el “Jardín” de Epicuro, la “Estoa” de Zenón y el “Museo” de Alejandría) y de la "romanización" promovida por el Imperio romano después (que verá surgir una nueva forma de culto llamada “religión cristiana”, dominante gracias a los llamados “padres de la iglesia”: Justino, Tertuliano, Orígenes, Agustín, Boecio…). La filosofía se convierte en “sirvienta de la teología”, inaugurando así el pensamiento medieval. Se desarrolla entonces la “escolástica” gracias a autores platónicos como Anselmo y Pedro Abelardo, y aristotélicos como Averroes y Tomás Aquino, que discuten ampliamente sobre las “relaciones entre la razón y la fe”, el “problema de los universales” y la “demostración de la existencia de Dios”. Este periodo histórico concluye con una revisión crítica de corte empirista focalizada en las Islas británicas, encabezado por Roger Bacon, Duns Scoto y Guillermo de Ockham.
La filosofía moderna, surgida en el "renacimiento" y deudora de las distintas "revoluciones intelectuales" del momento (geográficas, políticas, religiosas, científicas) adquiere un marcado interés "gnoseológico", centrado en determinar las posibilidades y los límites del conocimiento humano. Destacan dos corrientes: el "racionalismo", de arraigo continental y dominante durante el siglo XVII, y el "empirismo", asentado en las Islas británicas y preponderante en el siglo XVIII. El racionalista René Descartes se centra en la subjetividad del “Yo” como evidencia primera (el famosísimo "Cogito, ergo sum") y busca los principios intuitivos desde los que el sujeto puede ejercitar la razón "more geometrico". Los empiristas británicos John Locke y David Hume afirman que los seres humanos sólo podemos conocer por “experiencia”. Las ideas éticas y políticas de corte liberal de estos autores abrirán el camino de la reflexión ilustrada (Voltaire, Montesquieu, Rousseau) en la que destaca poderosamente Immanuel Kant, que buscará una síntesis entre las corrientes anteriores conocida como “criticismo” o “idealismo trascendental”, en el que se afirma que la realidad es una “construcción del sujeto”.
La demoledora crítica kantiana supone la ruptura definitiva entre la “ciencia” y la “filosofía”, y abre el siglo XIX a una gran variedad de corrientes y tendencias que comparten un "carácter crítico" y una actitud de denuncia de la época moderna, desde el “idealismo” de Georg Hegel, pasando por la propuesta “positivista” de Auguste Comte, al “utilitarismo” de John Stuart Mill. Avanzado el siglo nos encontramos con los conocidos como “maestros de la sospecha”: Karl Marx y su demoledora "crítica al capitalismo" desde posiciones materialistas y dialécticas; Friedrich Nietzsche y su arrebatada defensa del jovial sentir “dionisíaco” frente al frio racionalismo “apolíneo”; y Sigmund Freud y su afirmación de la existencia del “inconsciente”, determinante último de la conducta humana, al margen de la “conciencia” cartesiana. El camino a una nueva forma de hacer filosofía, centrada sobre todo en el estudio de la ética y la política, se dibuja en el horizonte.
El siglo XX es el momento de eclosión de numerosas e importantes propuestas: la “fenomenología” se postula como un método descriptivo ideado por Edmund Husserl para alcanzar el conocimiento de los "fenómenos" tal y como los experimenta la conciencia; el “existencialismo” se replantea la cuestión del “ser” gracias a autores como Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre; la “hermenéutica” se disciplina en la “interpretación textual” con autores como Hans-Georg Gadamer o Paul Ricoeur; entre nosotros, estas corrientes europeas serán recogidas por José Ortega y Gasset con su conocido “raciovitalismo”. Más adelante, la “filosofía analítica” británica (Russell y Wittgenstein) trabaja desde la "lógica formal", la “Escuela de Fráncfort” (Horkheimer y Adorno) desarrolla la “teoría crítica”, el “estructuralismo” allana el camino a las ciencias sociales (Levi-Strauss y Foucault). Todas ellas proponen un “giro lingüístico” perceptible en la “posmodernidad” de Lyotard o Althusser, que dejarán el camino expedito a las nuevas tendencias del siglo XXI.
lunes, 28 de octubre de 2024
Las disciplinas filosóficas
La filosofía no es solo una “forma de saber”, también es una “actividad práctica”, lo que significa que no solo nos ayuda a comprender el mundo, sino que además nos orienta en nuestras acciones y nos permite tomar decisiones. Filósofos como Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) o Immanuel Kant (1724 a 1804) nos advierten de que existen dos posibles usos de nuestra “racionalidad”: uno “teórico” o “contemplativo”, encaminado al conocimiento de la realidad, que intenta comprender, explicar y desentrañar en qué consiste el mundo, ordenar nuestro pensamiento para poder discriminar la verdad de la falsedad y alcanzar la verdad; y otro “práctico” o “regulativo”, que orienta nuestra acción, se impone a nuestras pasiones y nos permite decidir con lógica entre lo que está bien y lo que está mal para así poder alcanzar un ideal moral que nos permita ser felices.
Aunque la filosofía es un saber “totalizador”, pues busca comprender y actuar en la realidad de una forma global, son muchos los filósofos que han dividido esta disciplina en diferentes “campos de estudio” (si bien todos ellos son, en la mayoría de autores, deudores los unos de los otros). Es un tópico generalizado el discriminar entre un ámbito teórico y un ámbito práctico. La filosofía teórica incluiría disciplinas como la “lógica” (el estudio de las reglas del pensamiento y la argumentación correcta), la “metafísica” (el estudio del sentido último de la realidad), que se dividiría en tres grandes apartados: “ontología” (el estudio del ser), “gnoseología” (el estudio del conocimiento humano, y que incluiría la “epistemología” o estudio del conocimiento científico) y “teología” (el estudio del ser superior) y la “antropología” (el estudio del ser humano desde una perspectiva filosófica). Entre las disciplinas teóricas también podemos incluir las llamadas “filosofías de” (por el uso del genitivo en su formulación), centradas en un saber categorial específico, entre las que destacamos la “filosofía de la naturaleza” (el estudio del universo físico y del cosmos) la “filosofía del lenguaje” (el estudio del lenguaje y sus elementos integrantes) o la “filosofía de la historia” (el estudio del sentido al que tienden los hechos históricos).
La filosofía práctica, por su parte, incluiría disciplinas como la “filosofía moral” o “ética” (el estudio de la conducta moral y de la reflexión sobre los valores), la “filosofía del arte” o “estética” (el estudio de las obras de arte y de la idea de belleza) y la “filosofía civil” o “política” (el estudio de la acción política y de las relaciones humanas), además y una nueva serie de “filosofías de” como serían la “filosofía del derecho” (el estudio del fundamento del hecho jurídico), la “filosofía de la economía” (el estudio de las formas de intercambio de bienes y servicios) o la “filosofía de la religión” (el estudio del fundamento de las formas de religiosidad). Mención aparte merecería la “historia de la filosofía”, disciplina que se ocupa del estudio del desarrollo histórico de las ideas desde un punto de vista "diacrónico" y no meramente "sincrónico", y que se centra en el análisis de las propuestas ofrecidas por las distintas escuelas, corrientes, tendencias y autores del pensamiento filosófico.
lunes, 30 de septiembre de 2024
La filosofía frente a los demás saberes
martes, 11 de junio de 2024
Consideraciones sobre la ética del discurso
Aunque resulta un poco difícil ejemplificar la complejidad de la llamada ética del discurso o “ética dialógica”, vamos a intentarlo a partir de la película “Cadena de Favores” (Warner Bros, EEUU, 2000) de Mimi Leder, una más que interesante reflexión sobre el concepto comunitario de “convivencia”, en la que un niño nos ofrece la mejor forma de organizarnos conforme a una sencilla pero valiosa “idea útil”. El trasfondo de la película muestra la necesidad del “diálogo” entre los seres humanos como forma de mejorar nuestras relaciones sociales, a la par que nos ofrece una simple argumentación que permite el contacto entre los distintos “intereses particulares” para llegar a un “acuerdo común” en el que todos obtengan un “beneficio” o una “satisfacción” personal, que es a la par tanto un beneficio propio y como un beneficio colectivo.
Os recuerdo que fue Jürgen Habermas (1929-), filósofo perteneciente a la llamada “segunda generación” de la Escuela de Fráncfort, el autor que más profundamente trabajó esta idea de “ética dialógica”. En su conocido ensayo “Teoría de la acción comunicativa” sienta las bases de un nuevo modo de entender la ética formal, al estilo kantiano. Pero si en Immanuel Kant (1724 a 1804) la fundamentación de la “norma moral” viene marcada por la razón práctica (que es la que determina la voluntad y mueve a la acción, y que es siempre individual, “monológica”), en Habermas esta fundamentación de la norma moral debe regirse por el diálogo, ha de ser “dialógica”: debe apoyarse en la “razón discursiva”, una “razón comunicativa”, y no resignarse a ser una mera “razón instrumental”. Se trata pues de una ética “formal y procedimental” a un tiempo, que no consiste en un simple “pacto estratégico”, donde los interlocutores se instrumentalizan para alcanzar metas individuales, sino de un “consenso” o “acuerdo comunicativo” que es el resultado de un diálogo en el que todos los participantes se tienen por interlocutores igualmente capacitados.
El objetivo final de Habermas es consolidar una moral que parta de este consenso en una “situación ideal de diálogo”. Esta situación de diálogo debe de cumplir una serie de requisitos: todos los afectados por una misma norma deben “participar” en su discusión; todos los participantes deben tener los mismos “derechos” y las mismas “oportunidades” de argumentar y defender sus posturas; no puede existir “coacción” de ningún tipo y todos los implicados deben intervenir en el diálogo teniendo como finalidad el entendimiento. Se consolidan así los dos principios básicos de la ética discursiva: el “principio de universalización” (que se corresponde con el imperativo kantiano de la universalidad: “la norma será válida cuando todos los afectados acepten libremente sus consecuencias”); y el “principio de la ética del discurso” (que se corresponde con la autonomía kantiana: “solo pueden pretender validez las normas que encuentran aceptación por parte de todos los afectados o participantes en el discurso”).
¿Qué pasaría si yo ayudara a otras tres personas? Tendría que ser algo “importante” para estas personas, algo que "no pudieran hacer por sí mismas" y que yo les podría solucionar “sin esperar nada a cambio” y sin recibir ninguna gratificación por ello. ¿Qué pasaría si cada una de esas tres personas ayudara a su vez a otras tres personas? ¿Qué pasaría si se siguiese una reacción a partir de una única “acción altruista y desinteresada”? Este es el punto de partida de la película que os ofrezco, en dos interesantes vídeos, en los que un profesor plantea un trabajo a sus chicos de séptimo, un joven tiene una "idea útil", y se inicia una “cadena de favores” que permite cambiar el mundo (consultad este último enlace para ver como un simple gesto puede cambiar muchas cosas en muchas personas a nuestro alrededor).
jueves, 30 de mayo de 2024
La ética de la conciencia
martes, 28 de mayo de 2024
Haz lo correcto, porque es lo correcto
Continuamos nuestro estudio a las teorías éticas dando un pequeño repaso a las “éticas formales”, también llamadas “éticas del deber”, y nos hemos centrado para ello en el pensamiento del filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant (1724 a 1804). Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la ética, afirmando que el “contenido material de la acción” no es importante, puesto que es la “forma de la acción” la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una “finalidad” u "objetivo" predeterminado para las acciones humanas, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe "movernos a la acción", sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de "mandatos" que debemos seguir a pies juntillas, puesto que “nos obligan”, que “deben ser cumplidos” (aunque el seguirlos no nos haga felices, nos produzca placer o nos aporte un beneficio, pues lo realmente importante es cumplir con ellos por el mero hecho de ser "órdenes" que nos imponen "hacer lo correcto"). En última instancia, la “acción buena” se define por la “intención”… por la mera “voluntad” de actuar, y no por su consecuencia que la acción nos pueda reportar.
Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las “leyes” por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen "cómo debemos comportarnos" para ser "personas auténticas". Estas leyes, que Kant denomina “imperativos”, no deben limitarse a ser meros “consejos” (consilia) para alcanzar un “fin”, sino verdaderos “mandatos” (praecepta) que nosotros mismos nos obligamos a cumplir al margen de toda finalidad por el hecho de reconocer en ellos la “acción correcta”, la “acción debida”. Mandatos que deben ser “incondicionados”, para todo tiempo y lugar, además de “universales”, válidos para todo ser humano, que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen “realizar la propia humanidad”, puesto que ser persona es por sí mismo algo valioso, y la meta de la moral consiste en “querer ser personas” por encima de cualquier finalidad o bien supremo: en querer tener una “buena voluntad”. El imperativo categórico es único, y se formula como sigue: "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal".
Hemos visto en clase un ejemplo notable de esta forma de entender la "moralidad" (Moralität), la película de Clint Eastwood “Cazador blanco, corazón negro” (WB, EEUU, 1990), una de cuyas escenas os reproduzco ahora, para que recordéis la lección aprendida. Lo cierto es que podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta (como "Los puentes de Madison", "Million Dollar Baby", o la más reciente "Cartas desde Iwo Jima", de la que os ofrezco una extraordinaria escena que ejemplifica a la perfección el pensamiento kantiano en este enlace), pero nos centramos en las dos escenas que he hemos visto en el aula, en las que Eastwood es finalmente apaleado por defender una "idea de igualdad" como "valor universal" que le "mueve a la acción" de forma “directa e incondicionada”: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a los negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que "quieren conquistarlo" y los que "quieren defenderlo". Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho” (te sientes “vivo, libre, autónomo”: te sientes “persona”, porque sencillamente has hecho “lo correcto”).
jueves, 23 de mayo de 2024
A imagen y semejanza de Dios
Respecto de la corriente conocida como iusnaturalismo moral, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino (1224 a 1274) pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la “moral católica”, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF, Alemania, 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del “comportamiento humano”. Mientras Jorge de Burgos (Feodor Chaliapin) argumenta que la risa es “antinatural” en el ser humano, porque deforma sus facciones y le aproxima al estado animal, Guillermo de Baskerville (Sean Connery) defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento “distintivo” del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, una ley que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (¿Dios?) que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo “logos”, que puede encontrar en su interior para fundamentar su propio “comportamiento moral”.
El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera “el mayor bien” al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta “ley natural” y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede “hablar de la risa” (y muchísimo menos “reír”) cuando la abadía está inmersa en unos acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha “obrado mal”. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de “placer o deseo físico”, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el “recato en la conducta” y la “expiación de los pecados”, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riese o no riese… algo muy difícil de dilucidar.
miércoles, 22 de mayo de 2024
Solo los recios, solo los fuertes
Un ejemplo interesante de lo que significa ser un “estoico” lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros, EEUU, 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente en los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio (334 a 262 a.n.e.) y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa nueva” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película, centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los inpúberes espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por “comportamiento estoico”: se trata de la “negación de cualquier deseo o pasión”, de la “indiferencia hacia los placeres y dolores externos”, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” (ἀπάθεια) entendida como “insensibilidad ante el placer y el dolor”, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que "nos vincula a la naturaleza" y nos hace comprender su “lógica” (λóγος) y el “destino inexorable” que la rige, al que necesariamente deberemos adaptarnos.
El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde su más tierna infancia en la necesidad del “esfuerzo” personal, el “sacrificio” físico y la “perseverancia” mental en las situaciones más extremas: forzado a medir sus fuerzas "con la naturaleza", contra sus inclemencias e impiedades, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente “acomodándose a su ritmo” (a su “logos”, a su “razón de ser”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a "soportar el malestar y los sufrimientos" y a no mostrar dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese “logos racional” que le marca la naturaleza, algo que se aprecia en la forma en que el rey Leónidas (Gerard Butler) se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo. Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con "moderación" y cumple con "su deber como espartano": aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos”, y que morir en el campo de batalla por la defensa de su patria es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida”.
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Vamos a desarrollar la “ teoría del conocimiento ” de Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) a partir de la interesante y ya clásica películ...
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La Grecia de la “ época oscura ” de la que hablábamos en la anterior entrada, dominada por la tradición mitológica, dará paso a la “ é...
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Este es un primer artículo para mis alumnos de Filosofía de 1º de bachillerato, en el que trato de poneros al tanto de la nueva mate...
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Un último artículo de repaso a la filosofía de Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) con nuestra acostumbrada visita al excelente canal de ...
