miércoles, 10 de noviembre de 2021

Más consideraciones caníbales

 

Algunos de los vídeos seleccionados a continuación, si bien recrean hechos ficticios sobre la conducta de algunos asesinos en serie imaginados por los guionistas, contienen secuencias que pueden resultar muy duras para el espectador por su marcado carácter violento.

     El nombre propio Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) se compone de los términos griegos “aristos” (αρίστος), excelente, y “telos” (τέλος), finalidad, y efectivamente nuestro autor heredará de Platón el concepto de “teleologismo”, criticando abiertamente las tesis de Demócrito por ignorar la “causa final” y reducir el cosmos a un mero azar. Para Aristóteles, todos los procesos “tienden a un fin”, pues están constituidos del mejor modo posible: la naturaleza “busca lo que es útil”, “desea un resultado determinado”, “ejerce su trabajo con sensatez”, “no hace nada de forma fortuita”… son todas ellas expresiones aristotélicas. La naturaleza está ordenada toda ella con vistas a alcanzar un “objetivo”, y lo mismo ocurre con el mundo de los artificios humanos. Tanto en la naturaleza como en el arte humano todo se hace “para algo”, persigue una finalidad. De hecho, la “causa final” es preeminente y lógicamente anterior a los aspectos eficientes, materiales y formales. Existe un paralelismo entre las operaciones del arte humano y los procesos naturales: antes de construir la casa, el constructor ha de tener el modelo en la mente, pues “los productos del arte son cosas cuya forma está en la mente de quien los fabrica”.

     Este teleologismo es de tipo local: no es que los seres estén sometidos al fin global del cosmos, sino que cada especie se ordena con referencia al bien de su propia "forma" (εἶδος) o “morphé” (μορφή). En un artículo anterior dejábamos a nuestro aristotélico Dr. Hannibal Lecter teorizando sobre el conocimiento en la película “El silencio de los corderos” (MGM 1990) de Jonathan Demme: en su último encuentro con Clarice Starling, el buen doctor insistía a la agente del FBI que la única manera de encontrar al asesino en serie Buffalo Bill consistía en descifrar “su naturaleza”, en comprender qué es y porqué hace lo que hace: “De casa cosa, pregúntese qué es en si misma, cual es su naturaleza”. Al encontrar una polilla en la garganta de una de las víctimas, Lecter presupone que el asesino “quiere cambiar”, pues la mariposa es símbolo de la transformación: “de oruga a crisálida, o pupa… y de ahí a la belleza”. La naturaleza de Búfalo Bill consiste precisamente en querer cambiar, en convertirse en mujer, en alcanzar la realización propia, la belleza… y por ello mata a mujeres, porque “codicia” su piel, y la roba para confeccionarse con ella un vestido hecho de piel humana.


     Pero Aristóteles insiste en que este tipo de teleologismo se aplica “a la especie” (no tanto al individuo). Algo debe de haber en los “asesinos en serie”, por tanto, que les fuerza a “cambiar”, a “transformarse”. En la misma saga cinematográfica, la tercera entrega de las andanzas de Hannibal nos sugiere la misma idea. En “El dragón rojo” (Universal 2002) de Brett Ratner, nos encontramos con un nuevo asesino en serie que busca la transformación: desea convertirse en un gran dragón rojo, símbolo de poder al que todo se somete, al modo del recreado por el poeta y pintor William Blake (1757-1827) en una de sus ilustraciones más famosas para recrear el último libro de la Biblia, conocido como “Apocalipsis” o “Libro de las Revelaciones”: “El gran dragón rojo y la mujer revestida en Sol”. Ambas películas manejan la idea de que el paso de una mentalidad sana a una mentalidad enferma exige algún tipo de transformación en el ser humano, no ya en un sentido “intelectual”, sino propiamente “físico”. El propio Lecter es una muestra de ello: educado, culto, elegante… se transforma en un ser demoniaco en el preciso momento en que sobrepasa la barrera de la cordura y se adentra en las tenebrosas e inciertas brumas de la locura.

     Valgan estos dos ejemplos para comprender el sentido que Aristóteles aplica a su doctrina del “movimiento”. Recordemos que para el Filósofo el movimiento no es más que “el paso de la potencia al acto”, y que en este ejercicio se concreta “un cambio en la forma, mientras que la materia permanece”. Frente a los eléatas, que únicamente se plantean un principio para dar cuenta del cambio, Aristóteles considera que es necesario reconocer dos modos de ser: el “ser en acto” (ενέργεια ó ἐντελέχεια), que procede de otro algo, y el “ser en potencia” (δύναμις), que le obliga también a ser accidente, no solo esencia. La posibilidad de la “física” o “ciencia de la naturaleza” se alcanza, pues, al precio de una pluralidad de sentidos del ser. Los principios del movimiento son tres: el “punto de partida”, que se caracteriza por una negación determinada o “privación”; el “punto de llegada”, lo que la cosa va a llegar a ser o “forma”; y el “sujeto”, aquello que asegura la continuidad del cambio o “materia”. Entre lo que no es privación y lo que es o deviene forma hay que suponer aquello en lo que se produce el cambio o materia, que es a la par sujeto lógico y sustrato ontológico.

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