Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los “universales”, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre...), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las “cosas particulares” (“este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…). El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480 a 524) en su obra "Introducción a las categorías" (Introductio in Praedicamenta): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los “universales” les corresponde una “existencia propia”, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellos (como afirmaba Platón); o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son “meros conceptos” formulados artificialmente por el hombre (como postulaba Aristóteles). Esta agria polémica medieval dará lugar a tres respuestas posibles, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.
Según los partidarios del "realismo", los "universales" existen exclusivamente “en sí”, y las cosas particulares existen solo como formas subordinadas de la esencia “que tienen en común”. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070 a 1121), quien postula que “a todos los hombres les es común una sola esencia”, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta esencia a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de la realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo), que "a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias": así por ejemplo, si tanto el “hombre” como en el “animal” comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional. Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones al postular que la “universalidad” que hay en los miembros de un “género” consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.
Según los partidarios del "nominalismo", en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos concretos: “este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…) mientras que los "universales" existen solamente "en la mente humana", pudiendo concebirse entonces bien como “conceptos abstractos” de las cosas, bien como meros “nombres convencionales” para referirse a ellas. Será Roscelino de Compiègne (1050 a 1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como "conceptualismo", y sostiene que los "universales" existen en las cosas como “presencia de lo común”, pero esta coincidencia de lo común “no es una cosa” (res) “en sí misma existente”, sino que es algo “captado por la mente humana” mediante un proceso de “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079 a 1142) quien postule la idea de que el “concepto” de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas mismas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario