domingo, 2 de enero de 2022

La polémica sobre los universales


     Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los “universales”, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre...), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las “cosas particulares” (“este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…). El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480 a 524) en su obra "Introducción a las categorías" (Introductio in Praedicamenta): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los “universales” les corresponde una “existencia propia”, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellos (como afirmaba Platón); o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son “meros conceptos” formulados artificialmente por el hombre (como postulaba Aristóteles). Esta agria polémica medieval dará lugar a tres respuestas posibles, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.

     Según los partidarios del "realismo", los "universales" existen exclusivamente “en sí”, y las cosas particulares existen solo como formas subordinadas de la esencia “que tienen en común”. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070 a 1121), quien postula que “a todos los hombres les es común una sola esencia”, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta esencia a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de la realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo), que "a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias": así por ejemplo, si tanto el “hombre” como en el “animal” comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional. Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones al postular que la “universalidad” que hay en los miembros de un “género” consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.

     Según los partidarios del "nominalismo", en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos concretos: “este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…) mientras que los "universales" existen solamente "en la mente humana", pudiendo concebirse entonces bien como “conceptos abstractos” de las cosas, bien como meros “nombres convencionales” para referirse a ellas. Será Roscelino de Compiègne (1050 a 1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como "conceptualismo", y sostiene que los "universales" existen en las cosas como “presencia de lo común”, pero esta coincidencia de lo común “no es una cosa” (res) “en sí misma existente”, sino que es algo “captado por la mente humana” mediante un proceso de “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079 a 1142) quien postule la idea de que el “concepto” de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas mismas.

     Nuestro viejo conocido Guillermo de Ockham (1280 a 1349) pasa por ser uno de los nominalistas más reputados, y seguramente el primero en postular que los “conceptos” son “signos”, que por tanto nos remiten “a algo distinto”: un concepto es aquello que está “presente en el alma” pero que significa “algo distinto de lo que representa”, es decir, de lo que “supone” en el enunciado (por lo que un universal, en tanto que signo, se puede referir a muchas cosas). Es precisamente por ese motivo que, para conocer el significado de un término, es necesario conocer lo que este supone, y en este sentido Ockham distingue entre tres tipos posibles de “suposiciones”: “suposición personal”, cuando el término representa aquello que designa, que siempre es algo particular (“Sócrates es un hombre”); “suposición simple”, cuando el concepto se representa a sí mismo (“hombre es una especie”); y “suposición material”, cuando el término representa una palabra o una letra (“hombre es un sustantivo”).

     Una "proposición" será verdadera cuando "el sujeto y el predicado supongan lo mismo”. Diferencia con precisión nuestro autor entre los llamados “conceptos absolutos” (aquellos que designan directamente un objeto particular real) y los “conceptos connotativos” (aquellos que significan algo tanto en un primer como en un segundo plano); por otro lado distingue igualmente, en lo referente a la comprensión de los hechos o fenómenos, entre el “conocimiento intuitivo” (que permite la aprehensión sin ningún género de dudas de la existencia de un objeto, pues comprende aquello que es sensorialmente perceptible, o que puede derivarse de la propia introspección) y el “conocimiento abstractivo” (que posibilita la formulación de enunciados sobre la base de conceptos previos en ausencia del objeto que se menciona, y que por tanto no nos dice nada respecto de la existencia real de un objeto y depende siempre y en todo momento del conocimiento intuitivo).

     Os he seleccionado el arranque y el final de la película “El nombre de la rosa” (WB 1986) de Jean-Jacques Annaud. El primero de los vídeos me permitirá sugeriros la lectura de un pasaje del libro de Umberto Eco en el que se comenta la historia del caballo Brunello, y de cómo Guillermo de Baskerville (Sean Connery) llega al conocimiento y ubicación de este ser en particular incluso antes de haberlo visto personalmente (utilizando su famoso “principio de economía”, del que tenéis otras muestras en este enlace). El segundo nos sugiere una posible explicación al título de la obra: cabría plantearse la cuestión de si los “universales”  están ligados a una denominación subyacente al fondo de las cosas o si, a causa de su significado, podrían existir aun cuando las cosas denominadas ya no existan (v.g: "el nombre de una rosa", si ya no hubiera rosas). Será Pedro Abelardo quien establezca una diferenciación entre la función “denominativa” y la función “significativa” de una expresión: el “nombre” de una rosa no puede ser dicho de nada más, si ya no existen rosas, pero sí tendría significado en la frase “no hay ninguna rosa” (que por cierto, es la frase con la que concluye la novela, tras la destrucción por el fuego de la biblioteca “con forma de rosa”, y de la que desgraciadamente, al igual que del monje moribundo que relata la historia, “solo queda el nombre”).

No hay comentarios:

Publicar un comentario