Los más de dos siglos que median entre el nacimiento de Francis Bacon (1561 a 1626) y la muerte de David Hume (1711 a 1776) constituyen un periodo de la historia inglesa tan dilatado y complejo que resulta difícil dar cuenta de él en unas pocas líneas. Podemos decir no obstante que el “contexto determinante” en el que se genera la filosofía empirista presenta, como rasgo unificador, el proceso de transformaciones económicas, técnicas y políticas que se inicia en el siglo XVI y que acabarán desembocando en dos procesos revolucionarios clave: uno “político” (la instauración de la “monarquía parlamentaria” a finales del siglo XVII) y otro “económico” (la primera “revolución industrial” de la segunda mitad del siglo XVIII). Estas dos grandes revoluciones tienen lugar a partir de los cambios en el “comercio” y en los “sistemas de producción agraria”, gracias a la aplicación de tecnologías novedosas, como el vallado de terrenos, que mejoran la productividad.
Paralelamente, se desarrolla y consolida una nueva clase social, la “burguesía”, que asienta su influencia política sobre un poder económico creciente que proviene del comercio triangular de carácter colonial con África, India y América. Los burgueses, dueños del dinero y apoyados por la nobleza, consiguieron poco a poco sus propósitos: "derechos individuales", "fiscalización de los presupuestos públicos", "abolición de los monopolios estatales", "intervención popular en la legislación"... En 1694 se funda el Banco de Inglaterra, que proporciona estabilidad política e impulsa la iniciativa privada y permite el desarrollo de la Marina mercante (que facilita los intercambios con las colonias), la mejora de las carreteras y la construcción de nuevos canales. Todos estos cambios, unidos al proceso de “aumento demográfico”, con una población joven y dinámica, permiten liberar mano de obra y capitales suficientes para el crecimiento del “tejido industrial”.
En el terreno político, los enfrentamientos entre el “Parlamento” y la “Corona” se acentúan cada vez más con los reinados de los Estuardo Jacobo I (1603 a 1625) y Carlos I (1625 a 1649) hasta desembocar en tres guerras civiles sucesivas que se inician en 1642 y concluyen en 1651 con la ejecución de Carlos I, la abolición de la "monarquía" y la proclamación de la “república” (Mancomunidad de Inglaterra), dominada a partir de 1652 por el puritano Oliver Cromwell (1553 a 1658), quien instaura una dictadura personal que solo se acabará con su muerte. Dos años después de este hecho, la dinastía de los Estuardo vuelve a tomar el control político con la llegada al trono de Carlos II (1660 a 1685) pero continuarán las reivindicaciones parlamentarias: “Hábeas Corpus” en 1679, nacimiento de los partidos políticos “whig” (conservador) y “torie” (laborista) en 1680 y lucha contra la “restauración del catolicismo” que había sido promovida por el nuevo monarca Jacobo II (1685 a 1688). El conflicto entre el Parlamento y la Corona se agrava hasta acabar en la Revolución Gloriosa de 1688 con el triunfo de los partidarios del Parlamento y la huida a Francia del soberano.
Se instaura entonces una nueva “monarquía parlamentaria” que limita fuertemente las competencias del rey, como puede apreciarse en la proclama de la “Petición de Derechos” (Bill of Rights) de 1689. La nobleza terrateniente y la burguesía ciudadana acuerdan alternar su participación en el Gobierno y, a partir de la propuesta de John Locke (1632 a 1704), se promueve la “división de poderes” como garantía de la “propiedad privada” y la “libertad individual”. Tras el reinado de Ana Estuardo (1702 a 1714) la corona cambia de casa y pasa a manos de los Hannover, y se fundan las bases del moderno “parlamentarismo constitucional”. Finalmente, en 1776, con el rey Jorge III (1760 a 1801) en el trono, las colonias de América del Norte se independizan gracias a las sucesivas “Declaración de Derechos de Virginia” y “Declaración de Independencia de los Estados Unidos”, que sentarán las bases de las futuras declaraciones de derechos humanos, que darán comienzo a una nueva época.
La mejor manera de comprobar estos hechos es hacer una revisión de la película “Cromwell” (Columbia 1970), de Ken Hughes, un interesante fresco histórico que recrea la situación política de la Inglaterra del siglo XVII. Os ofrezco dos interesantes vídeos: en el primero de ellos vemos la llegada al “Parlamento” del rey Carlos I (Alec Guinness), quien había restituido los derechos del esta institución tras diez años de disolución, para buscar su apoyo económico y militar en las guerras que la Corona mantenía con Irlanda y Escocia; pero en vista de que el parlamento busca sus propios intereses (que pasan por la consolidación de los derechos burgueses individuales), el rey decide disolverlo de nuevo, encontrando la resistencia de varios representantes, entre ellos el pertinaz Cromwell (Richard Harris). En el segundo de los vídeos tenemos el final de la película, con la progresiva consolidación de la “monarquía parlamentaria” como punto de partida para la reivindicación de otro tipo de derechos, de corte más social que individual, que suponen un primer paso para ayudar a mitigar las desigualdades.
En el campo de la ciencia, se concede importancia a la investigación de la naturaleza, que permite el desarrollo de la “física” y el “método inductivo”. Al igual que en el resto de Europa, surgen las “Academias”, centros de investigación y debate científico en los que hay una mayor libertad que en las universidades; en Inglaterra destacó la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, fundada en 1662, a la que seguiran la Academia Real irlandesa (1782) y la Real Sociedad de Edimburgo (1783) En el siglo XVIII, las ciencias naturales conocen un nuevo impulso, continuación de la obra de Isaac Newton (1642-1727), y la física avanza en sus distintas ramas: investigación sobre la “dinámica de los gases”, la “electricidad” y el “magnetismo”... Estos avances científicos se traducen en importantes aplicaciones prácticas: los estudios sobre la presión del vapor de agua permitirán a James Watt (1736-1819) construir en 1765 una “máquina de vapor” aplicable a la industria que anticipa la revolución industrial. Se producen notables avances en el ámbito de la “química” (descubrimiento de nuevos elementos), la “medicina” y la “cirugía” (con la disección de cadáveres) y progresan también las ciencias “históricas” y "jurídicas".
Sobre este mapa económico, técnico y político, va tejiéndose un panorama filosófico que, sin prejuicio de su diversidad en muchos órdenes, alcanza un fuerte grado de uniformidad, al menos en el terreno de la "epistemología". La paleta de posiciones "políticas y religiosas" es muy variada, e incluye desde “ateos” como Thomas Hobbes (1588-1679) hasta “obispos” como George Berkeley (1685-1753), pasando por la “moderación” de Locke o el “agnosticismo” de Hume. En política tenemos “monárquicos” clásicos (Bacon) o defensores del “absolutismo” (Hobbes) al lado del santo patrón del “liberalismo” y la monarquía parlamentaria (Locke). En cuanto a la “ontología”, el “materialismo” primogenérico del que arranca Bacon y que alcanza con Hobbes su formulación paradigmática, terminará derivando, fundamentalmente por los problemas asociados a las posiciones epistemológicas, hacia el “idealismo inmaterial” de Berkeley o hacia las posiciones “psicologistas” de Hume, para quien la materia es una construcción o hipótesis del sujeto.
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