martes, 28 de mayo de 2024

Haz lo correcto, porque es lo correcto


     Continuamos nuestro estudio a las teorías éticas dando un pequeño repaso a las “éticas formales”, también llamadas “éticas del deber”, y nos hemos centrado para ello en el pensamiento del filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant (1724 a 1804). Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la ética, afirmando que el “contenido material de la acción” no es importante, puesto que es la “forma de la acción” la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una “finalidad” u "objetivo" predeterminado para las acciones humanas, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe "movernos a la acción", sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de "mandatos" que debemos seguir a pies juntillas, puesto que “nos obligan”, que “deben ser cumplidos” (aunque el seguirlos no nos haga felices, nos produzca placer o nos aporte un beneficio, pues lo realmente importante es cumplir con ellos por el mero hecho de ser "órdenes" que nos imponen "hacer lo correcto"). En última instancia, la “acción buena” se define por la “intención”… por la mera “voluntad” de actuar, y no por su consecuencia que la acción nos pueda reportar.

     Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las “leyes” por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen "cómo debemos comportarnos" para ser "personas auténticas". Estas leyes, que Kant denomina “imperativos”, no deben limitarse a ser meros “consejos” (consilia) para alcanzar un “fin”, sino verdaderos “mandatos” (praecepta) que nosotros mismos nos obligamos a cumplir al margen de toda finalidad por el hecho de reconocer en ellos la “acción correcta”, la “acción debida”. Mandatos que deben ser “incondicionados”, para todo tiempo y lugar, además de “universales”, válidos para todo ser humano, que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen “realizar la propia humanidad”, puesto que ser persona es por sí mismo algo valioso, y la meta de la moral consiste en “querer ser personas” por encima de cualquier finalidad o bien supremo: en querer tener una “buena voluntad”. El imperativo categórico es único, y se formula como sigue: "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal".

     Hemos visto en clase un ejemplo notable de esta forma de entender la "moralidad" (Moralität), la película de Clint EastwoodCazador blanco, corazón negro” (WB, EEUU, 1990), una de cuyas escenas os reproduzco ahora, para que recordéis la lección aprendida. Lo cierto es que podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta (como "Los puentes de Madison", "Million Dollar Baby", o la más reciente "Cartas desde Iwo Jima", de la que os ofrezco una extraordinaria escena que ejemplifica a la perfección el pensamiento kantiano en este enlace), pero nos centramos en las dos escenas que he hemos visto en el aula, en las que Eastwood es finalmente apaleado por defender una "idea de igualdad" como "valor universal" que le "mueve a la acción" de forma “directa e incondicionada”: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a los negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que "quieren conquistarlo" y los que "quieren defenderlo". Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho” (te sientes “vivo, libre, autónomo”: te sientes “persona”, porque sencillamente has hecho “lo correcto”).

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