jueves, 23 de mayo de 2024

A imagen y semejanza de Dios


     Respecto de la corriente conocida como iusnaturalismo moral, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino (1224 a 1274) pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la “moral católica”, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF, Alemania, 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del “comportamiento humano”. Mientras Jorge de Burgos (Feodor Chaliapinargumenta que la risa es “antinatural” en el ser humano, porque deforma sus facciones y le aproxima al estado animal, Guillermo de Baskerville (Sean Connery) defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento “distintivo” del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, una ley que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (¿Dios?) que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo “logos”, que puede encontrar en su interior para fundamentar su propio “comportamiento moral”.

     El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera “el mayor bien” al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta “ley natural” y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede “hablar de la risa” (y muchísimo menos “reír”) cuando la abadía está inmersa en unos acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha “obrado mal”. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de “placer o deseo físico”, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el “recato en la conducta” y la “expiación de los pecados”, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riese o no riese… algo muy difícil de dilucidar.

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