Un ejemplo interesante de lo que significa ser un “estoico” lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros, EEUU, 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente en los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio (334 a 262 a.n.e.) y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa nueva” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película, centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los inpúberes espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por “comportamiento estoico”: se trata de la “negación de cualquier deseo o pasión”, de la “indiferencia hacia los placeres y dolores externos”, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” (ἀπάθεια) entendida como “insensibilidad ante el placer y el dolor”, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que "nos vincula a la naturaleza" y nos hace comprender su “lógica” (λóγος) y el “destino inexorable” que la rige, al que necesariamente deberemos adaptarnos.
El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde su más tierna infancia en la necesidad del “esfuerzo” personal, el “sacrificio” físico y la “perseverancia” mental en las situaciones más extremas: forzado a medir sus fuerzas "con la naturaleza", contra sus inclemencias e impiedades, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente “acomodándose a su ritmo” (a su “logos”, a su “razón de ser”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a "soportar el malestar y los sufrimientos" y a no mostrar dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese “logos racional” que le marca la naturaleza, algo que se aprecia en la forma en que el rey Leónidas (Gerard Butler) se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo. Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con "moderación" y cumple con "su deber como espartano": aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos”, y que morir en el campo de batalla por la defensa de su patria es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida”.
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