lunes, 20 de mayo de 2024

La moral utilitarista al otro lado del mundo


     Hemos terminado de repasar recientemente las “teorías éticas materiales”, las llamadas “éticas de los fines”, algunos de cuyos autores ya han pasado por esta bitácora en forma de artículos, con vídeos incluidos. Nos queda por ejemplificar el pensamiento de John Stuart Mill (1806 a 1873) y su ética utilitarista, una vuelta de tuerca a la “filosofía hedonista” defendida por Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.), solo que menos individual y egoísta y mucho más “social y altruista”. Supongo que todos tenéis aún frescas en la memoria las tres escenas seleccionadas que hemos visto en el aula. Para los despistados, os recuerdo que se trataba de la película “Master and Commander: Al otro lado del mundo” (FOX, EEUU, 2003) de Peter Weir, a partir de una de las novelas más conocidas del increíble Patrick O'Brian. Nos centramos en la amistad de los dos protagonistas, el rudo y decidido capitán Jack “Lucky” Aubrey (Russell Crowe) y su compañero de sesiones musicales, el medico de a bordo, Stephen Maturín (Paul Bettany), hombre de ciencia y experto naturalista, interesado por el hallazgo de nuevas especies, por aquel entonces desconocidas en Europa.

     La primera escena seleccionada ejemplifica a la perfección el “sentir utilitarista” respecto de la moral: herido accidentalmente por un oficial, el doctor Maturín se debate entre la vida y la muerte por culpa de una bala que puede empezar a gangrenarle el estómago, mientras su amigo el capitán, con el barco francés al que ha de dar caza a un tiro de piedra, debe decidir si "continuar la persecución" o "desembarcar en tierra" para procurar operar a su amigo. Y la decisión es plenamente utilitaria: “el mayor bien para el mayor número de personas”. Jack sabe que no le serviría de mucho entrar en combate sin disponer de un médico para curar las heridas de sus marineros, y que la figura del "médico" es clave en un viaje tan largo (los que habéis visto la película completa recordaréis que la tripulación francesa carece de doctor, lo que probablemente decanta la partida en favor del barco británico al final de la historia). Sin duda, salvar al doctor merece “un sacrificio momentáneo” (dejar escapar a la presa) en busca de “un beneficio mayor”. El propio Maturín, una vez curado, tendrá ocasión de devolver el favor a su amigo, pensando antes en el "bien común" que en su "beneficio personal", como también hemos visto.

     La segunda escena es mucho más dramática: si recordáis, nos encontramos en medio de un temporal con vientos elevados y lluvia torrencial, y la situación en cubierta es un "caos absoluto", a pesar de los esfuerzos de los oficiales por mantener la calma (qué importante es la "prudencia" es momentos así, nos recordarían Platón y Aristóteles). Finalmente, el “palo de mesana” cede y se precipita al mar, arrastrando consigo a uno de los jóvenes grumetes. Las amarras se tensan y el palo hace de “ancla flotante”, escorando el barco hasta casi volcarlo; los hombres rezan y se encomiendan a Dios: es la perdición, si alguien no lo remedia. Y entonces el capitán toma la decisión “más útil”, la más beneficiosa para todos y la que supone el “mal menor”. Se trata de una “decisión moral”: cortar las amarras que atenazan el barco, sacrificando la vida de uno de sus marineros, que morirá engullido por las olas, pero asegurando la supervivencia del resto. Es una “decisión dura para todos” , incluso para el mejor amigo del condenado, que ayuda a cortar las cuerdas y llora amargamente la pérdida de su compañero. En ocasiones “lo correcto no implica placer”, como tendremos ocasión de comprobar en unos pocos días al abordar la ética kantiana.

     Y un último apunte. En alguno de los vídeos anexos es posible que encontréis información sobre el doctor Maturín y sus esfuerzos por describir y catalogar nuevas especies, una labor muy propia de los “naturalistas” europeos de principios del siglo XIX, con Charles Darwin (1809 a 1882) a la cabeza, pero también con Alfred Russel Wallace, Jean-Baptiste Lamarck, Carl Nilsson Linnæus (Linneo), Georges Léopold Cuvier y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y muchos otros. Si tenéis ocasión, fijaros en el mimo que ponen en sus observaciones, la precisión de sus dibujos a carbón y la meticulosidad con la que "recogen, organizan y almacenan los datos". Todo un alarde de “ciencia empírica”, preludio de una época de renovación científica que alcanzará su cenit a mediados de siglo con la aparición de los primeros pensadores “evolucionistas”, con sus nuevas ideas sobre el “origen y evolución de las especies” y con el desarrollo de la “ciencia biológica” tal cual la conocemos hoy en día (de hecho, el doctor Maturín es un trasunto evidente de Darwin en su edad juvenil, con su poblado pelo rojizo y sus gafas redondeadas, una imagen del descubridor de la “selección natural” alejada el viejo calvo y con enormes barbas al que estamos acostumbrados).

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