Tradicionalmente se ha considerado a la filosofía como una disciplina académica propia de “varones blancos” que ningunea otros “géneros y razas”, cuando en realidad en el seno de esta disciplina no cabe tal premisa. Las mujeres has sido objetivamente apartadas del acceso al conocimiento en muchos momentos del pasado (y muchos varones también, por cierto, ya que históricamente no basta con hablar de un sometimiento “de género”, sino “de clase”), por lo que muchas mujeres (filósofas, científicas, artistas, literatas o moralistas), han sido ninguneadas o directamente han pasado al olvido. Olimpe de Gouges (1748 a 1793) nos alecciona en su texto primigenio: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo?”. Escusando el hecho de ser varón, aquí van una serie de acotaciones para una breve contribución al intento de restituir a la mujer en su lugar en el mundo del pensamiento occidental. Evidentemente, hacer una compilación exhaustiva de todas las mujeres que han "dado voz" a la filosofía occidental es una labor desproporcionada para los propósitos de este artículo, y debemos pedir perdón por ello: aunque "no están todas las que son", al menos si "son todas las que están".
Cabe considerar a Eumetis, pseudónimo de Cleobulina de Rodas (fl. 550 a.n.e.), hija de Cleóbulo de Lindos (uno de los "Siete Sabios de Grecia"), como nuestra primera filósofa: su padre abogaba por la igualdad en el acceso a la educación de las mujeres, cosa poco común en la época, por lo que educó a su hija, que se hizo una experta en escribir acertijos y enigmas lógicos. Las mujeres emergen definitivamente con la escuela pitagórica (Teano, Perictione, Melissa… y hasta 250 más), y más adelante en el helenismo, con las cínicas (Hiparquia), estoicas (Menexema, Teognis, Pantaclea…) y epicúreas (Temista, Nicidio, Fedrión… y un sinfín de filósofas más). La figura clásica por excelencia es Aspasia de Mileto (470 a 400 a.n.e.), maestra de retórica que inspiró a Sócrates y Platón en sus posicionamientos éticos. Por desgracia, al margen de algunos datos biográficos, no conservamos una sola línea, fragmento, sentencia o aforismo sobre sus pensamientos, sobre sus ideas… y si no hay ideas, no hay filosofía. Restituir su legado filosófico a principios del siglo XXI resulta una labor inane… es este el “olvido de la mujer” del que hablábamos antes.
La llegada del Imperio romano supone la debacle de la condición femenina, en parte debido al servilismo de Roma al nuevo "catecismo cristiano" (una minuciosa estrategia política por parte del Emperador Constantino el Grande), que ningunea a la mujer hasta extremos catastróficos. Con la excepción de Hipatia de Alejandría (355 a 415), maestra de matemáticas y astronomía de tendencia platónica en el famoso Museo egipcio, el panorama es desolador (como lo es para la ciencia y la filosofía en general, en este periodo brumoso que antecede al oscuro medievo). La quiebra del Imperio, que da paso al "feudalismo", limita el acceso al conocimiento a unos pocos privilegiados, ya sean varones o mujeres: los "textos clásicos" se conservan en recónditas bibliotecas de monasterios inalcanzables, y solo unas pocas personas pueden acceder a ellos como "escribientes", "traductores", "enseñantes" o "bibliotecarios". Entre las mujeres, destacará la abadesa begina Hildegarda de Bingen (1098 a 1179) experta en astronomía, botánica y medicina y famosa por sus “libros proféticos” de tono místico; y Christine de Pizan (1364 a 1431), notable escritora que con su obra “La ciudad de las damas” inicia el debate conocido como “querella de las mujeres”.
Con la llegada de la modernidad las mujeres se acercan a las artes y a las ciencias: Cristina de Lorena, Teresa de Jesús o Marie de Gournay se posicionarán en favor de la "nueva ciencia" y de la "reforma religiosa". Isabel de Bohemia y Margatet Cavendish se codean con los grandes del siglo (Descartes, Hobbes, Leibniz, Harvey…) y Marry Astell defiende la “alfabetización universal de las mujeres”. La llegada de la Ilustración será un hito revolucionario: autores como Condorcet o Helvetius asumen el problema de la “querella de las mujeres” y se posicionan abiertamente en defensa de los derechos de las mujeres, y sus respectivas esposas (Marie-Louise-Sophie y Anne-Catherine, junto a muchas otras) crean los famosos “salones literarios”. Las “salonniéres” reúnen en los suntuosos salones de sus hogares a científicos, literatos, filósofos y moralistas en “animadas tertulias” que permiten a algunas mujeres (pocas en realidad) el acceso al conocimiento. Emilie du Chatêlet (1706 a 1749) traduce al francés a Newton y publica su monumental “Gramática razonada”. Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft (1757 a 1797) darán por fin el pistoletazo de salida a la “primera ola feminista” con dos textos determinantes del periodo: “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana” y “Vindicación de los derechos de la mujer”.
El siglo XIX se abre a nuevas posibilidades: Madame de Steäl divulga desde posiciones románticas el “derecho de todas a la felicidad”; Judith Murray publica incesantemente en los periódicos; Frances Wrigth se posiciona en favor de la clase trabajadora; Harriet Taylor denuncia el “sometimiento de las mujeres”; las activistas americanas Elizabeth Candy Stanton, Susan Browner Anthony y Harriet Tubman defienden el abolicionismo, el “sufragio universal” y los derechos de los afroamericanos; Flora Tristán y Eleanor Marx radicalizan su discurso desde posiciones marxistas. Numerosas mujeres irrumpen en el mundo de la cultura: Ada Byron en el ámbito de las matemáticas, Lou-Andreas Salome desde la psiquiatría, Maria Montessori en pedagogía, Rosa Luxemburgo desde posicionamientos políticos. El arranque del siglo XX diversifica las aportaciones, desde premisas liberales (Eleanor Roosevelt o Ayn Rand) hasta principios místicos (Edith Stein y Simone Weilt). En el periodo de entreguerras destacan Hannah Arendt (1906 a 1975) y Simone de Beauvoir (1908 a 1986), la primera apegada a la "fenomenología" y la segunda fiel al "existencialismo", que abren un campo de estudio en el ámbito de la filosofía política de enorme fuerza intelectual.
El panorama actual, deudor de la segunda mitad del siglo pasado, debe incluir a figuras relevantes como Carole Patemam, Julia Kristeva, Susan Haack, Martha Nussbaum y Ruth Hagengruber en el ámbito de la "investigación académica"; y Susan Sontag, Angela Davis, Nancy Fraser, Alicia Puleo o Judith Buttler en la "reivindicación política" (aunque todas ellas dominan la "dialéctica teoría-praxis" en sus escritos). Entre nosotros (nosotras) a las primeras propuestas de pioneras como Emilia Pardo Bazán o Concepción Arenal Ponte a finales del siglo XIX se siguen aportaciones de mujeres como Clara Campoamor, Federica Montseny, Dolores Ibárruri. Más recientes en la memoria estarían las figuras de María Zambrano (1904 a 1991) o Adela Cortina (1947-), además de ilustres referentes de la filosofía patria, ligadas en mayor o menor medida al feminismo, como Lidia Falcón (1935-), Victoria Camps (1941-), Celia Amorós (1944-) y Amelia Valcárcel (1950-). El panorama abierto por el siglo XXI reaviva un viejo debate que dibuja una línea de separación entre el clásico “feminismo de la igualdad” de corte marxista y el controvertido “feminismo de la diferencia” de tono postmoderno que parece tener una problemática solución a corto plazo.

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