Ya hemos comentado que existen, según David Hume (1711 a 1776) dos clases de conocimientos: el de “relaciones entre ideas” (association of ideas) y el de “cuestiones de hecho” (questions of fact). El conocimiento de los asuntos de hecho consiste fundamentalmente en el establecimiento de “relaciones causales” entre objetos y sucesos. Esto hace que la crítica de Hume a la “idea de causalidad” (causality) se convierta en asunto de capital importancia y donde cobran mayor fuerza las virtudes críticas de su propuesta: el problema que se plantea es que, cuando construimos razonamientos consistentes en atribuir un “efecto” (effect) a una “causa” (cause) o viceversa, suponemos que tal conexión “se da en la realidad”, o dicho de otro modo, que la “relación causa-efecto” que reflejamos en nuestra argumentación “nos la hemos encontrado previamente en la realidad”. Pero si esto fuera así, y siguiendo el “principio empirista” propuesto por Hume de que “toda idea ha de proceder de una impresión previa”, para formarnos la “idea de causa” deberíamos haber tenido una impresión de partida: pero tal cosa no sucede, y puesto que sólo podemos decir legítimamente que conocemos “aquello de lo que tenemos impresiones”, se sigue que no podemos saber si en la realidad se dan o no “vínculos causales”. Y por supuesto sería insensato extrapolar esta relación causal al “futuro”, ya que de éste no tenemos ningún tipo de impresión (puesto que el futuro es el “no tiempo”… algo que aún no ha ocurrido, que no es un “hecho” consumado).
No nos es posible, en consecuencia, reconocer ningún estatuto ontológico a la “causalidad”: no sabemos si ésta pertenece al “mundo”, pero lo que sí sabemos, al menos, es que pertenece a nuestra forma de “pensar el mundo”, ya que es la propia actividad de la mente la que construye la idea de “conexión causal” (en tanto que “conexión necesaria”), de tal manera que analizar la cuestión de la causalidad es tratar de determinar el “proceso mental” mediante el cual la presencia de una idea suscita, de manera inmediata en nuestra mente, otra idea que entendemos como efecto de la anterior, o viceversa. En consecuencia, la “idea de causa” es producida por la “actividad asociativa de nuestra mente”. Tal proceso opera del siguiente modo: experimentamos una “contigüidad en el lugar y en el tiempo” entre dos fenómenos y advertimos que existe una “prioridad en el tiempo” entre uno (la causa) que es previo al otro (el efecto), y nuestra mente asocia a estos hechos la idea de “conjunción constante” entre los dos fenómenos. Es decir, observamos que “tras ciertos hechos siempre suceden ciertos hechos”; esto nos lleva a suponer que siempre va a producirse la misma conjunción de acontecimientos, con lo que es la “costumbre” de experimentar lo mismo lo que nos hace creer que el comportamiento de la naturaleza es “regular y uniforme”, y que en cualquier tiempo futuro posible seguirá ocurriendo lo mismo.
Pero esto no explica cómo produce la mente la “idea de causa”, pues esta, aparte de contener la hipótesis de la “regularidad de la naturaleza”, incluye también la idea de “conexión necesaria”; esto significa que cuando digo que “a es la causa de b”, estoy sugiriendo que “siempre que se dé a se dará necesariamente b”. De nuevo, es el “hábito adquirido”, tras haber experimentado repetidas veces en el pasado la misma secuencia de acontecimientos a-b, el que obliga a la mente a saltar de la primera idea a la segunda de forma inevitable. Esta asociación automática e inconsciente es la que genera la “creencia” de que siempre que se dé “a como causa”, va a darse inexorablemente “b como efecto”. Pero la hipótesis de esta conexión (que efectivamente es “constante”, pero no podemos justificar que sea “necesaria”), si bien es útil para la vida cotidiana, no pertenece a la naturaleza, y ni siquiera la hemos establecido racionalmente, sino que es una simple “creencia producida por el hábito y la costumbre” (habit and costum). El intento de orientar la vida desde un orden de certezas racionales se torna vana ilusión: la creencia, el hábito y la costumbre se instalan como “únicas guías para la vida”… y Hume concluye que no podemos saber nada sobre la realidad (al menos de una forma “científica”), sumergiéndose en un “escepticismo” que no se había propuesto al iniciar su análisis.
En la película “El Curioso caso de Benjamin Button” (Paramount 2008) de David Fincher tenemos un buen ejemplo de cómo la causalidad actúa de forma azarosa, y conduce a Daisy (Cate Blanchett) a un accidente inevitable. Cualquier mínimo cambio hubiera supuesto un efecto diferente, pero tal y como se sucedieron las cosas todo pasó exactamente como tenía que pasar. ¿Estamos abocados a un “destino ciego” que no podemos comprender? ¿Es posible la libertad en este “mundo mecánico” dominado por la necesidad? En “Matrix Reloaded” (Warner Bros 2003), segunda parte de la saga de los hermanos Larry y Andy Wachowski (actuales Lana y Lilly Wachowski) tenemos una notable contestación a esta incertidumbre. Los tres protagonistas acuden a casa de Merovingio (Lambert Wilson), un programador informático que enseña a sus atónitos oyentes en qué consiste la “relación causa-efecto”, y lo demuestra a través de un ejemplo muy instructivo. Esta es la única “constante del universo”, la única “verdad constatable” que sigue los principios newtonianos de acción-reacción (y que negaría la posibilidad de la libertad), una secuencia en forma de “efecto dominó” que resulta inevitable. Pero a continuación insiste en que “la causa no existe”, o que al menos no podemos comprenderla, pues nos dejamos llevar exclusivamente por nuestras “sensaciones”, y solo podemos preguntarnos el porqué, sin advertir una respuesta.
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