jueves, 9 de marzo de 2023

La ética de las emociones


     Vamos a acercarnos a la ética emotivista desarrollada por el filósofo empirista escocés David Hume (1711 a 1776) de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC 2001) de Jean-Pierre Jeunet. La joven Amelie Poulard (Audrey Tautou) gusta de muchas cosas (aquí tenéis un enlace fantástico a una de las escenas más tiernas de la película, que nos muestra el placer que siente la joven protagonista por los "pequeños detalles"), pero con lo que más disfruta es complicándole las cosas a los que le rodean para sacarlos de su monotonía y mostrarles "la magia de la vida", como cuando se divierte cambiándole los objetos de sitio a su vecino, un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter: al provocar en este hombre un "sentimiento de confusión", trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a "contemplar la vida desde una perspectiva más emocional". Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la rutina del día a día, al robarle su preciado "gnomo de jardín" y hacerlo viajar por medio mundo: al torturar a su padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en éste un "sentimiento de aventura", un interés por el mundo y una "alegría de vivir" que parecía haber olvidado.

     Toda "norma" o "juicio moral" debe basarse, según Hume, en el “sentimiento de aprobación” (approbal) que provocan las acciones sinceras y en el "sentimiento de rechazo” (rejection) que generan las acciones engañosas. Para los emotivistas, la moral no pertenece al ámbito de la "racionalidad", y no puede ser objeto de "discusión" o "argumentación": la función que poseen los juicios y las normas morales es influenciar en los “sentimientos” (feelings) y en la “conducta” (behavior) de los demás. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y a su padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto "apasionamiento por la vida" que parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir con ellos porque lo considera “bueno”. 


     Comportarse educadamente con los demás y ser más transigente y respetuoso con los defectos ajenos (lo que Hume denomina “sentimiento de simpatía” hacia los demás), así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone simplemente “estar vivo”. Todo esto son sentimientos que consideramos “agradables” y, por ello mismo, “moralmente buenos”, frente a los sentimientos abiertamente “desagradables”, que consideramos “moralmente malos”. En nuestra película, cuando Amelieayuda a ver” a un ciego mientras cruza una acera o “devuelve a la infancia” a un cliente del café en el que trabaja… ejecuta "acciones desinteresadas" en forma de pequeños detalles que le alegran el día porque "hace algo bueno por los demás" sin esperar mayor recompensa que la “felicidad” de las personas que se cruzan en su camino.

     El rasgo más característico de la teoría moral de Hume es la negación de la pertinencia de la "razón" como “directora de la vida” en general y del “comportamiento moral” en particular. Para estos fines, dice, la razón se muestra perfectamente inútil, de modo que las valoraciones y decisiones morales no resultan de disquisiciones racionales, sino de lo que él llama “sentimiento moral”. No llamamos a ciertas acciones “buenas” o “justas” tras haber establecido racionalmente qué es “lo bueno” y qué es “lo justo”, sino porque producen en nosotros ciertas “impresiones”: lo bueno y justo es placentero porque nos produce “sentimientos de agrado”, mientras que lo malo e injusto es doloroso porque provoca “sentimientos de desagrado”. La moral “se siente más que se piensa”, y este sentimiento moral es, a un tiempo, “subjetivo” y “universal”: es subjetivo porque pertenece “a cada persona” individualmente, de manera que éste no puede dar cuenta de él de forma racional, objetiva; pero es también universal porque pertenece “a toda la especie”, y se fundamenta en último extremo en el “principio de utilidad”, entendido no en términos “egoístas” (al modo de Hobbes), sino como “utilidad relativa” que posibilita el sostenimiento de los grupos humanos.

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