sábado, 11 de marzo de 2023

El siglo de las luces


     Iniciamos nuestro estudio del periodo de la Ilustración de la mano de algunos de los autores más insignes que a mediados del siglo XVIII decidieron poner las bases de una "nueva forma de entender el mundo". Al igual que se dice que el Renacimiento es fundamentalmente un proceso que tiene lugar en Italia (si bien luego dejará sentir su influencia por toda Europa), de la Ilustración cabría decir que, aunque se inicia en Gran Bretaña de la mano de los autores “empiristas”, tiene su foco de desarrollo en Francia desde principios del siglo hasta el inicio de la Revolución francesa (e igualmente se extenderá después al resto de países, con importantes ramificaciones en España, Países Bajos, Italia, Polonia, Rusia y Suecia, y especialmente en la Alemania de Immanuel Kant). Se trata de una corriente de pensamiento que hunde sus raíces en el "racionalismo" y el "empirismo" precedentes, así como en los "avances científicos" y el "desarrollo tecnológico" moderno, que está en su apogeo, y que aboga por una “reforma y transformación” de la decrépita “sociedad estamental” que la precede.

     Los fundamentos del pensamiento ilustrado hay que buscarlos en una “nueva sensibilidad” que considera que la única y verdadera “iluminación” del hombre reside en la “razón”, en una fe ciega y absoluta en su poder y en una veneración reverencial por sus posibilidades como arma suprema para poder alcanzar las metas últimas de la humanidad. De ahí sus muchos nombres, que en todos los países aluden a esa idea de luz: "Lumières" (Francia), "Aufklärung" (Alemania), "Enlightenment" (Inglaterra), "Illuminismo" (Italia), “Ilustracion” (España). Sus presupuestos se concretan en algunos ideales ya conocidos, como el “antropocentrismo” propio del periodo renacentista, el “racionalismo” y el “empirismo” de la tradición moderna (que serán no obstante criticados), a los que habría que unir nuevos compromisos como el uso del “pragmatismo” en la búsqueda de la felicidad, un “idealismo” tendente a rechazar lo vulgar en favor de lo más elevado y un “universalismo” que asume una tradición cultural "cosmopolita" de corte grecorromana como fuente principal de inspiración.

     Los grandes temas en los que se centrarán los filósofos ilustrados (“Les philosophes”) serán estos: a la ya mencionada “confianza en el poder de la razón” como única herramienta eficaz para resolver todos los problemas humanos, que permite a la vez liberar al hombre de los prejuicios, de las supersticiones, de la ignorancia y de las tradiciones irracionales, hay que sumar una “fe inquebrantable en el progreso científico”, con el doble auxilio de la matemática y de la experiencia, que nos capacitan para conocer las “leyes de la naturaleza” y para intervenir en ella en beneficio propio. Añadiremos también la negación de toda religión sobrenatural en favor de una “religión natural sometida al criterio de la razón”, que bajo el nombre de “deísmo” propone la necesidad de una “Primera Causa” explicativa del mundo, en tanto que “inteligencia creadora y ordenadora del universo”. A esto añadimos una cerrada “apología de la tolerancia”: un respeto inmaculado por cualquier tipo de ideas, ya sean religiosas, morales o políticas, y el rechazo a todo “dogmatismo”. Se acentúa especialmente la “necesidad de la educación” como instrumento clave para el “progreso”, que haga del alumno un hombre capaz de “valerse de su propia razón” y que sirva como medio para difundir la cultura y para destruir cualquier tipo de prejuicio, intolerancia y oscurantismo. Finalmente, la Ilustración propone una “crítica del poder político”, el sistema absolutista propio del Antiguo Régimen, pues considera que el poder no ha de ser un “derecho hereditario”, sino que debe proceder de la “nación soberana”.


     Un apropiado resumen de estas tendencias se encuentra en las célebres palabras que Inmanuel Kant (1724 a 1804) propone en su “opúsculo”: “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la ilustración?” (Beantwortung der Frage: Was ist Aufklägung), interrogante planteado por el funcionario del gobierno prusiano Johann Friedrich Zöllner:

     “La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración”.

     La Ilustración es la única vía para "liberar al hombre" de su situación de mendicidad intelectual: una libertad que suponía el "uso de la razón" para no depender de las supercherías y los lemas establecidos, para ser verdaderamente independiente de los demás valiéndonos de la propia inteligencia, que uno se da a sí mismo, que alcanza por sí mismo.

     Quizá por ello, muchos de los pensadores ilustrados fueron grandes “pedagogos”, desarrollaron metodologías novedosas y practicaron la divulgación, tendente a “iluminar” al pueblo a partir de los ricos materiales que las nuevas "ciencias empíricas" y las recientes "propuestas económicas y políticas" les ofrecían. Echaron mano para ello de todo lo que tenían a su disposición, en un intento de "aglutinar todo el saber" de su época, que tuvo su concreción en la publicación de la primera “Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios” (Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et de métriers) publicada entre 1751 y 1772 por Denis Diderot (1713 a 1784) y Jean Le Rond D'Alembert (1717 a 1783). Diderot, uno de los pensadores más sobresalientes de todos los tiempos, siguiendo la consigna aristotélica de que el hombre “piensa con las manos”, se paseaba por todo Paris buscando "los talleres de los artesanos", se introducía en ellos y no dejaba de preguntar a sastres, torneros, cesteros, pintores, talabarteros, perfumistas, alfareros, vidrieros y restauradores sobre sus métodos de trabajo… tal era su "ansia de saber", que no dejaba de lado ningún rincón de la "producción humana".

     Para ejemplificar este periodo creativo y tumultuoso de la historia os propongo la revisión de la reciente “Vatel” (Gaumont 2000) de Roland Joffé, basada en la vida del cocinero y maître francés François Vatel (1631-1671) que aquí actúa como “maestro de ceremonias” del orgulloso pero arruinado Príncipe de Condé durante la recepción que éste ofrece a la Corte de Versalles en su castillo de Chantilly. La película nos muestra con todo lujo de detalles la pompa y artificio que rodea al séquito del rey Luis XIV, el más despótico de los “monarcas absolutos” europeos, que llegó a decir de sí mismo: “el Estado soy yo”. Frente a esta vida desordenada, necia y decadente de los nobles y cortesanos, Vatel se muestra como un hombre valiente, "seguro de sí mismo" y hábil en el trato con sus superiores, pero a la vez “consciente de su poder”, capaz, sobrio y elegante a la vez: domina a todos sus hombres por la razón, les adiestra en el "uso del buen juicio", y finalmente desfallece tras la infamia que supone ver morir a uno de sus ayudantes de forma injustificada por la mera diversión de los otros. Corren malos tiempo para Francia, y los hombres como Vatel iniciarán un nuevo camino que llevará aparejado una "transformación radical del orden establecido".

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