domingo, 12 de marzo de 2023

La revolución de Les Philosophes


     Continuamos nuestro repaso a la filosofía de la Ilustración citando a algunos de sus autores más significados. Como hacer una lista exhaustiva sería muy complejo, y seguramente improcedente, nos limitaremos a aquellos pensadores que más han influido en la filosofía posterior, centrándonos en la tradición francesa y en los autores aglutinados en torno a “L'Encyclopédie” (L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers), publicada entre 1751 y 1772 como compendio de la "totalidad del saber" de su tiempo en materias tan diversas como las "ciencias", las "artes", los "oficios", la "filosofía", la "política" y la "religión". El mérito de esta obra se debe a los editores Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert, y en ella colaboraron los más ilustres (permítaseme el pleonasmo) pensadores de la Francia prerrevolucionaria.

     Denis Diderot (1713 a 1784) es un notable erudito de tendencia racionalista crítica que afirmaba que “una sola demostración me impresiona más que cincuenta hechos”. Se interesa por cuestiones de orden moral, desde posturas cercanas al "emotivismo" de David Hume, y aplica también las teorías de este autor en el ámbito físico, postulando que todo debe poder ser explicado a partir de las "leyes de contacto, contigüidad…". Anticipó los trabajos de Jean-Baptiste Lamarck sobre la “transformación de las especies” y llegó a revolucionar la novela en textos como “El nuevo Rameau” (Le neveu de Ramsay) y “Jacques el fatalista” (Jacques le fataliste). Jean le Rond d'Alembert (1717 a 1783) fue un célebre matemático que destaco en el estudio de las "ecuaciones diferenciales" y de las "derivadas parciales" (en su obra “Tratado de dinámica” (Traité de dynamique) enunció el teorema que lleva su nombre). Se caracterizó por una fuerte defensa de la "tolerancia" en general y por su "escepticismo" en los campos de la religión y de la metafísica.

     Étienne Bonnot de Condillac (1714 a 1780) sigue los pasos de John Locke en el intento de buscar el "origen de nuestras ideas", pero a diferencia de éste, niega la existencia de la “reflexión”, segunda fuente de conocimientos aparte de las “sensaciones”, creando su propia filosofía, conocida como "sensualismo". En su obra “Tratado de las sensaciones” (Traité des sensations) afirma que los principios que rigen la adquisición de nuestros conocimientos son el "placer" y el "dolor", y nuestras primeras ideas “no son más que pesar o placer”, a las que suceden nuevas ideas que permiten nuestras primeras necesidades y deseos, lo que pone de manifiesto que cualquier explicación de los fenómenos tiene una "razón materialista" y de tipo "genético".

     Claude-Adrien Helvétius (1715 a 1771) es un materialista de marcado carácter psicologista, si bien con reminiscencias sociologistas. Reduce las facultades humanas a dos: la “sensibilidad física” y la “memoria”, y sostiene que el error tiene como única causa “la costumbre física de habituarnos a ciertas cosas”, con lo que su deuda con David Hume se hace evidente. En su obra “Del hombre, de sus facultades y de sueducación” (De l´Homme, de ses facultés et de son éducation) se muestra como un feroz "defensor de la educación" como herramienta para el desarrollo humano: "todos los seres humanos son iguales por naturaleza", y sus diferencias provienen únicamente de los "ambientes en los que nacen y crecen", y de cómo estos factores influyen en sus "capacidades personales". Ejerciendo un adecuado control de este ambiente, resultará sencillo educar por igual a todas las personas.


     Paul Henri Thiry d'Holbach (1723 a 1789), llamado por algunos "El mecenas de los filósofos”, es también un pensador materialista y naturalista de origen alemán, que en su obra “Sistema de la naturaleza” (Systemé de la nature) defiende la existencia de un único tipo de realidad, la “materia”, que tiene sus propias "leyes" y que no recibe de nadie. Todos nuestros pensamientos religiosos, y en general nuestra falsa ideología, se deben a la “ignorancia de la naturaleza”. Afirma que el hombre no es más que “un todo”, resultante de las combinaciones de ciertas “materias provistas de propiedades particulares”, y que la superstición no tiene otro efecto que “volver al hombre cobarde, crédulo y pusilánime”.

     Julien Offray de La Mettrie (1709 a 1751) defiende una concepción materialista de la persona, y en su obra “El hombre máquina” (L´Homme machine) llega a afirmar que "el ser humano es una máquina autosuficiente sin ningún tipo de alma”, y que nuestros pensamientos y representaciones mentales no son más que "modificaciones mecánicas de la materia": todos los fenómenos se reducen y se explican por "fenómenos físicos". Sostiene además que el “ateísmo” es la única manera de asegurar la felicidad del mundo, que ha sido hecha imposible por las guerras de los teólogos, bajo la excusa de un "alma" inexistente: “cuando la muerte llega, la farsa se acaba”.

     Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet (1743 a 1794) trabajó en los ámbitos de la filosofía, la matemática (donde destacó por su famosa “paradoja”), la política, la historia y la politología, y en todas ellas abanderó como principio la idea de “progreso”, que en su obra “Esbozó para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano” (Esquise d´un tableau historique des progrés de l´ésprit humain) definió como “el perfeccionamiento de las facultades físicas, intelectuales y morales y la mejora infinita y sin vuelta atrás de las condiciones de vida humana”. Esta idea es imperativa y se puede constatar en la historia, en donde el éxito modélico de la física de Isaac Newton y los desarrollos técnicos y educativos dan cuenta sobradamente de estas.


     Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu (1689 a 1755), era miembro de la nobleza francesa y ferviente admirador del "régimen parlamentario inglés", al cual consideraba el mejor sistema político, capaz de garantizar la "libertad de los hombres" e impedir el abuso de los gobernantes. En “El espíritu de las leyes” (De l´ésprit des lois) introdujo su contribución más importante, la “separación de poderes” que propuso como la forma de gobierno ideal, ampliando el criterio de John Locke: el “poder Legislativo” se encarga de elaborar las leyes y reside en el parlamento; el “poder Ejecutivo” corresponde al monarca, que hace que se cumpla la Ley y reside en el gobierno; el “poder Judicial” está formado por los jueces, administra la justicia y reside en los tribunales. Estos tres poderes deben de mantenerse dentro de un sistema de "frenos y contrapesos" que eviten el abuso de cualquiera de ellos, garantizando la “Justicia” y asegurando el respeto de los gobernantes a los “derechos naturales” del hombre.

     François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694 a 1778), historiador y abogado, es a las personas lo que “L'Encyclopédie” es a los libros, y muestra de ello es su conocido “Diccionario filosófico” (Dictionnaire philosophique) y su no menos celebre “Cándido, o El optimismo” (Candide, ou l´Optimisme). Destacado divulgador y difusor de las ideas ilustradas, se inclina por la defensa de los "derechos del hombre", siguiendo los "dictados de su razón", siempre que con ello no se perturbe el orden social. Postuló que el hombre debía seguir sus propias ideas y opiniones con respecto a la religión y a la práctica de la misma. Convencido defensor del “deísmo” o “religión natural”, afirmaba que Dios es el creador del Universo, pero que únicamente había iniciado el movimiento de este, como quien da cuerda a un reloj y no vuelve a intervenir en su funcionamiento. Respecto a la sociedad, Voltaire sostiene que es absolutamente necesaria una “reforma profunda” que asegure "la libertad y el bienestar del pueblo", lo que obliga a crear un “sistema parlamentario” que limite los poderes del Rey y establezca un “sistema de impuestos racional” que no arruine a la gente. El objetivo pasaba por liberar la economía: "que se reconozca el trabajo bien hecho".


     Mención aparte merece la figura de Jean-Jacques Rousseau (1712 a 1778), autor al que podemos considerar a caballo entre la Ilustración y el incipiente Romanticismo. Su obra más aclamada, “El contrato social, o los principios del derecho político” (Du contrat social, ou Principles du droit politique), parte de la consideración de que los hombres poseen “derechos naturales” que deben ser respetados y salvaguardados por todos, pero agrega un elemento más como característica de la "naturaleza humana": la idea de que el “estado natural” era una situación perfecta en la cual todos los hombres eran buenos, pero “al formarse en la sociedad surgieron las desigualdades”, lo que ocasionó que los seres humanos perdieran los sentimientos morales concedidos por la naturaleza, para cambiarlos por una actitud racionalista y fría que los aleja de su bondad innata. El “contrato” debía de garantizar el respeto mutuo de los derechos humanos otorgados por la naturaleza, ya que el "egoísmo de los individuos" y el "abuso de poder de los políticos" hacían imposible la vida en armonía. Esta idea no era distinta a la de John Locke, pero la aportación de Rousseau fue el concepto de "voluntad general", que aproxima la filosofía política hacia los fundamentos del “gobierno democrático”. Por voluntad general debemos entender “voluntad soberana”, la voluntad de la comunidad “como un todo” del que cada individuo forma parte, y que es distinta al deseo del ciudadano tomado aisladamente o de los intereses de los grupos minoritarios; si tenemos en cuenta que es casi imposible que la totalidad de la población esté de acuerdo, se hace necesario que en el contrato social quede establecido "el sometimiento de todo individuo o grupo a la voluntad de la mayoría".

     Sobre la base de la voluntad general, Rousseau expone las siguientes ideas: "El hombre es bueno por naturaleza", "La sociedad se define por la competencia y la propiedad privada", "Como consecuencia el ser humano se corrompe porque se vuelve agresivo y se vuelve insolidario". El autor propone que para luchar contra lo anterior se pueden hacer dos cosas: educar a los hombres para "acabar con la maldad y desarrollar los buenos sentimientos" y "firmar una especie de contrato entre todos los hombres con el objeto de crear una Ley que todos debamos cumplir", pues sólo así será posible la convivencia. Para Rousseau, el gobierno no debería ser más que el representante de la voluntad general, y debería permitirse que todo el pueblo participe en la "creación de las leyes" y en la "elección de las personas" que han de velar por su cumplimiento. Esta perspectiva acerca a Rousseau a la idea de la “innata bondad humana” y representa una autocrítica hacia el comportamiento de la sociedad francesa de su época, que sirvió como base para el desarrollo de la corriente filosófica del Romanticismo, un referente central para el pensamiento europeo durante la primera mitad del siglo XIX. Mucho de estos postulados se encuentran en la obra “Emilio o de la Educación” (Émile, ou de l´éducation), en la que se propone la idea una educación alejada de dogmatismos que conduzca al “desarrollo natural del niño”: frente a una educación artificial y repetitiva basada en los libros, el niño (Emilio) y la niña (Sofía) deberían “aprender a pensar por sí mismos” en contacto directo con las cosas y con la naturaleza, única marera de hacer al hombre (¿y a la mujer?) "libre y moral" a un tiempo.

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