jueves, 5 de octubre de 2023

¡Ver la luz!

     A vueltas todavía con el "mito de la caverna" de Platón, vamos a comentar un caso de cierta actualidad para comprobar hasta que punto la filosofía puede resultar esclarecedora de la realidad humana. Seguramente todos habéis oído hablar de los "33 mineros chilenos" que sobreviven encerrados en lo más profundo del yacimiento San José, ubicado a 45 km al norte de la ciudad chilena de Copiapó y propiedad de la compañía minera San Esteban, 700 metros por debajo del Desierto de Atacama, lugar en el que se montó un campamento de aprovisionamiento y rescate que los familiares de los mineros denominan “Campamento Esperanza”. Tras 17 días sepultados, los mineros fueron encontrados con vida en una emotiva jornada que, efectivamente, nos dio a todos esperanzas de poder recuperados. Las labores de rescate comenzaron inmediatamente al día siguiente, mediante rescatistas que trabajaban incansablemente bajando por una "chimenea de ventilación". Un nuevo derrumbe se produjo unos días después, por lo que fue precisa la utilización de "maquinaria pesada" para continuar con las labores de salvamento.

     Tras 33 días de perforaciones, interrumpidas sólo por problemas en la maquinaria, uno de los tres planes originalmente diseñados, el Plan B, ejecutado con la máquina T-130, consiguió "romper fondo", a 623 metros de profundidad. Inmediatamente se comenzó a idear un "plan de encamisado" (entubamiento del ducto), y se decidió recubrir parcialmente la perforación. El día 11 de octubre de 2010, a las 3:00 horas, se anunció que los trabajos de encamisado habían alcanzado 56 mts, y se decidió terminar a esa profundidad el trabajo. El mismo día, el gobierno chileno anunció que el rescate comenzaría a las 00:00 horas del miércoles 13 del mismo mes, con una duración aproximada de 48 horas. Pero en las últimas horas se precipitaron los acontecimientos, adelantándose en un día el rescate, que tuvo lugar a partir de las 20:00 horas del 12 de octubre. El rescate comenzó "por la noche", para evitar que los mineros, encerrados en la más profunda de las oscuridades, sufran daños que podrían resultar irreparables al contacto con la "luz del sol", que no veían desde hacía ya 67 días.

     “- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza -dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
      - No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
     - Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
     - ¿Cómo no? 
     - Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
Platón, “La República” (Gredos, Barcelona, 2010)

     Para comprender la realidad de la mina, que tanto vosotros como yo conocemos, os propongo estos dos vídeos: el arranque de “¡Qué verde era mi valle!” (20th Centuty Fox 1941) de John Ford, el clásico de los clásicos sobre el tema, que nos muestra el trabajo bajo tierra de su joven protagonista y más tarde documenta el rescate de unos mineros enterrados vivos tras un terrible derrumbe; y una escena de la película “Germinal” (Renn 1993) de Claude Berri (según la novela homónima de Émile Zola), cuyo inicio explica detalladamente el modo de vida característico de una familia minera en la Francia de finales del siglo XIX, y las dificultades que debe soportar para traer un poco de comida a la mesa. Ambos magnificos ejemplos de las duras condiciones de trabajo que suponen la lucha diaria en un pozo de carbón, bajo una oscuridad total en la que es complicado percibir un destello de luz.

     Mucho se ha hablado de estos mineros chilenos atrapados, de las "condiciones penosas" en las que han tenido que sobrevivir y de los esfuerzos técnicos realizados para traerlos de vuelta a la superficie. Afortunadamente, los medios han tratado con especial delicadeza la noticia, no queriendo hacer de ella un "show mediático" al estilo “Gran hermano”, cosa que hubiera resultado muy plausible y seguramente muy beneficiosa para los organizadores, dado el cariz que han tomado algunos programas televisivos últimamente, y que algunos espectadores festejan como “el no va más de la libertad de expresión” (os recuerdo solo el ejemplo del programa italiano de televisión que recientemente comunicó a una madre, en directo, el descubrimiento del cadáver de su hija desaparecida). Mi amigo Antonio Rico comentaba en tono irónico esta posibilidad en uno de sus recientes artículos para La Nueva España (que podéis leer siempre que queráis en el excelente blog de crítica televisiva “625 ranas”).

     A nosotros nos interesa más señalar las consecuencias que la vuelta a la luz pueda suponer para los sufridos mineros. Nos recuerda esta situación a la vivida por los supervivientes de la catástrofe aérea del Fairchild 227 ocurrida en 1972 en la cima de los Andes, precisamente, en Chile, que ha sido recogida por Piers Paul Read en una novela titulada “¡Viven!” (“Alive: The Story of the Andes Survivors”), que a su vez dio lugar a dos notables películas, de la que destacamos la versión de Frank Marshall (Touchstone 1993) titulada precisamente “Alive”. La vuelta a casa de estos héroes fue verdaderamente dramática, y el reconocimiento por parte de los demás de su “humanidad” (recordemos que se vieron obligados a practicar la “antropofagia” para sobrevivir, motivo por el cual fueron duramente criticados por muchos y despreciados por algunos) nos hace pensar en qué puede pasar ahora, cuando descubramos por voz de los propios mineros las "terribles miserias" sufridas durante tantos días de aislamiento entre roca y polvo.

     Lo primero que tendrán que hacer los mineros, tras 17 días de "aislamiento hospitalario" para prevenir cualquier tipo de incidente médico no deseado (muchos de ellos están realmente débiles, sus músculos se han atrofiado por la falta de ejercicio y su sistema respiratorio no conoce el aire no contaminado desde hace semanas, lo que unido a la reaparición de la luz puede suponer un contraste nefasto para sus organismos) será acudir al "registro civil" a darse de alta como “personas vivas”, pues su condición actual es la de “desaparecidos”. Estamos hablando por tanto, literalmente, de “volver de la tumba” y de comenzar una nueva vida “a otro nivel”, pues es evidente que nuestros protagonistas han alcanzado "otro nivel de conocimiento". Tanto a ellos como a nosotros nos espera "la luz", una vez superado el escarpado muro que nos tenía sujetos a las tinieblas, siguiendo el mito platónico, y entonces podremos reconocer verdaderamente al “hombre”. 

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