Un pequeño apunte para todos los alumnos de Filosofía, ahora que hemos comenzado a trabajar a fondo algunos de los aspectos fundamentales de la “metodología científica”, y vamos a comenzar en primer lugar por fijar algunas ideas básicas sobre el “método experimental”, propio de "ciencias naturales" como la "física" o la "astronomía". Como supongo que tendréis tiempo de profundizar esta temática en la asignatura "Biología, Geología y Ciencias Ambientales", valdrán aquí unos pequeños apuntes para encarrilar el estudio. Recordad que el método científico queda fijado ya a principios del siglo XVI por Galileo Galilei (1564 a 1642) a través del llamado "método hipotético deductivo" (que él denominó "método de resolución-composición"), novedosa herramienta metodológica que trata de combinar el “momento inductivo” propio de las “ciencias empíricas” con el “momento deductivo” que caracteriza a las “ciencias formales”.
A la base del método nos encontramos con la “formulación de hipótesis”. Recordemos las cuatro características que debe tener toda “hipótesis” (ὑπόθεσις): debe “dar respuesta a un problema”, debe ser posible que “se deriven de ella consecuencias”, debe permitir “hacer predicciones” y debe ser siempre “lo más simple posible” (característica que se conoce como “principio de economía” o "Navaja de Ockham", pues fue formulada por vez primera por el británico Guillermo de Ockham (1285 a 1347) allá por el siglo XIV y viene a decir que “dadas dos explicaciones para un mismo hecho, la más sencilla siempre es la correcta”). Como ocurre en muchos de los ejemplos que hemos visto en clase, desde la “materia infecciosa” de Ignaz Phillipp Semmelweis (1818 a 1865) al “planeta desconocido” de John Couch Adams (1819 a 1892) y Urbain Le Verrier (1811 a 1877), el problema del “movimiento retrógrado de Marte” nos plantea una duda a la que hay que poner solución a partir de alguna hipótesis, "ingeniosa y descabellada", que dé cuenta de los “hechos observados”.
Nos remitimos de nuevo al clásico por excelencia de la divulgación científica, Carl Sagan (1934 a 1996) y su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal” (BBC, EEUU, 1980), que aquí nos propone una comparativa entre el pensamiento antiguo, ejemplificado en las teorías del astrónomo Claudio Ptolomeo (100 a 170) y su “Almagesto” (Hè Megalè Syntaxis) donde describe un "modelo geocéntrico" basado en "epiciclos y deferentes" (muy útil para “salvar las apariencias” a la hora de explicar los movimientos planetarios); y la nueva ciencia, personificada en las figuras de Nicolás Copérnico (1473 a 1543) y su obra “Sobre la revolución de las órbitas celestes" (De revolutionibus orbium coelestium), y sobre todo de Johannes Kepler (1570 a 1630) y su obra “Nueva astronomía" (Astronomia nova), con su revolucionaria “perspectiva heliocéntrica”, mucho más ajustada a la realidad y capaz, por sí sola y sin necesidad de recurrir a complicadísimos “modelos geométricos”, de dar cuenta de los movimientos más extraños, como el procurado por la órbita de Marte.
A pesar de que tanto Copérnico como Kepler parten de unos postulados cercanos al llamado “paradigma mágico-estético” (que hunde sus raíces en la tradición pitagórico-platónica), es notorio su afán por liberarse de prejuicios y proporcionar a los “datos empíricos” una “base matemática”: la característica básica del método hipotético consiste precisamente en eso, en "convertir las hipótesis en fórmulas matemáticas” de las que poder “deducir consecuencias” que se puedan observar, que se puedan “contrastar con los hechos” de la realidad, para ver si ambos (consecuencias deducidas y hechos observados) concuerdan o no lo hacen. Cuando el resultado de esta prueba es negativo, decimos que la hipótesis es "falsa" (y deberemos comenzar de nuevo el proceso, planteando una nueva hipótesis explicativa), pero si resulta que es positiva, entonces la hipótesis se torna "verdadera" y pasa a tener cuerpo de “ley científica”, y se irá afianzando a medida que acumulemos, una tras otra, nuevas corroboraciones positivas del mismo hecho físico.
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