Un buen ejemplo de “hedonismo” que nos permitirá reflexionar sobre la filosofía de Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.). El pensamiento ético de este autor se caracteriza por identificar la “felicidad” (εὐδαιμονία) con el “placer” (ἡδονή), y por considerar a este último como “fin" o "meta” de nuestras vidas. Por supuesto, como en casi toda la filosofía griega, el acceso a este bien último debe darse de forma calculada, a través de la “razón” (λóγος), la única de nuestras facultades que nos permitirá alcanzar “el mayor placer y el menor dolor”. He seleccionado varias escenas de la película “Hannah y sus hermanas” (Orion, EEUU, 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa casi toda la película inmerso en una crisis existencial ante la duda de si Dios existe o no, si la vida tiene algún sentido, o si tenemos motivos para vivirla...
Podéis empezar por el capítulo titulado “El gran salto”, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna (podéis consultar este divertidísimo vídeo tecleando sobre el enlace). Woody se cuestiona “¿por qué existieron los nazis?” (que es una forma de decir “¿por qué existe el mal en el mundo?”, un tema filosófico de difícil solución). Las respuestas del padre respecto a qué será de mi vida tras la muerte son verdaderamente interesantes: “¿A quién le importa? Cuando esté muerto, estaré muerto, ya no tendré que preocuparme”.
Esta forma de pensar nos remite directamente al “tetrapharmakos” (τετραφάρμακος) de Epicuro: ciertamente, existen motivos para ser infeliz, motivos que nos amargan la existencia y nos impiden disfrutar de una vida placentera. A estos cuatro miedos (la muerte, los dioses, el destino y los males) les pone solución Epicuro con sus famosos “cuatro remedios”, y esta escena ilustra perfectamente el primero de ellos: “cuando yo soy (estoy vivo), la muerte no está; y cuando la muerte está presente, yo ya no soy, porque he dejado de existir”; y puesto que ni siento ni padezco, no tiene sentido temer a la muerte, porque nunca llegamos a encontrarnos con ella… y si lo hacemos, siempre podremos retarla a una partida de ajedrez… ¡o de gim rummy! (para comprender este pequeño chiste, echadle un vistazo al relato “El séptimo sello”, extraído de su memorable libro de relatos cortos “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”)
Por desgracia, estos argumentos no convencen al bueno de Woody (el vídeo que abre el artículo nos muestra las terribles "dudas existenciales" del protagonista), que, asolado por tanta incertidumbre, decide poner término a su vida (con las simpáticas consecuencias que podemos ver en el vídeo que cierra el artículo seleccionado, propias del mayor patoso de la historia del cine). Finalmente, nuestro amigo se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount, EEUU, 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas las preguntas y toma la opción de un sabio griego: “incluso aunque Dios no exista y esta sea la única vida que tenemos, aunque no tenga ningún sentido… ¿acaso no te interesa esta experiencia? ¿No te apetece sacarle el máximo partido?”
Y la conclusión del “sabio” Woody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!” Es la imagen perfecta para ejemplificar la actitud de Epicuro: la búsqueda del “placer” como fin último de la vida, como verdadero generador de felicidad, entendidos ambos como la “satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales”, lo que Epicuro llamaba “aponía” (ἀπονία) o “ausencia de dolor” unida a la "serenidad que proporcionan los placeres intelectuales del alma", la conocida “ataraxia” (ἀταραξία) o “imperturbabilidad del alma”, pues en el placer de las pequeñas cosas se encuentra la verdadera felicidad, la “autorrealización”, que consiste en alcanzar la “autarquía” (αὐταρχία), la “autosuficiencia” o “dominio de uno mismo”, renunciando a todo aquello que nos perturba y, simplemente, disfrutar de una buena película: la nuestra, esa en la que nosotros somos los protagonistas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario