lunes, 6 de marzo de 2023

De impresiones y de ideas


     El filósofo empirista escocés David Hume (1711 a 1776) nos proporciona en la introducción al “Tratado de la naturaleza humana” (A Treatise of Human Nature) un esquema preciso de su proyecto filosófico: el objetivo fundamental será elaborar una “ciencia del hombre” que permita, entre otras cosas, determinar el “origen de nuestras ideas”, el “alcance de nuestro entendimiento” y la forma en que “procede nuestra razón”. Así concebida, esta “ciencia de la naturaleza humana” podría erigirse en fundamento de todas las demás ciencias ya que, en último término, todas ellas dependen de una adecuada comprensión de los “límites y la naturaleza del saber y el obrar humanos”. Ahora bien, al igual que las ciencias naturales, esta nueva ciencia deberá basarse exclusivamente en la “observación” (observation) y en la “experiencia” (experience) como puntos de partida y como límites de todo su trabajo. Hume, siguiendo el “principio empirista” fundamental, mantiene que “todo el contenido de la mente procede de la experiencia”, y a tal contenido lo llama genéricamente “percepciones” (perceptions).

     Tanto en el Tratado como en las “Investigación sobre el entendimiento humano” (An Enquiry Concerning Human Understanding) introduce Hume un primer criterio clasificador: las “percepciones” pueden dividirse en “impresiones” (impressions) e “ideas” (ideas). Las “impresiones” son lo primero que se presenta a la mente en la experiencia, su contenido inmediato, “todo aquello que puede estar presente en la mente”, de manera que llegan a nosotros con más fuerza, mayor vivacidad y nitidez, y pueden ser de dos tipos: de “sensación” (sensation) y de “reflexión” (reflection), según procedan, respectivamente, de la experiencia externa (un color, un olor, un sabor…) o de la experiencia interna (una alegría, un miedo, un pesar…). Las “ideas” son meras “copias de estas impresiones”, imágenes debilitadas de aquellas que usamos al pensar y razonar. Y pueden aparecer en la mente de dos modos: en la “memoria” (memory) y en la “imaginación” (imagination), siendo las primeras más fuertes que las segundas, y todas ellas menos intensas y vivaces que las impresiones de las que proceden.

     Según un segundo criterio clasificador, Hume divide de nuevo las “percepciones” en “simples” (simple) y “complejas” (complex), en función de que puedan ser divididas o no en partes. Como el criterio abarca tanto a impresiones como a ideas, tendríamos, por un lado “impresiones simples” (por ejemplo ver el color “verde”…) e “impresiones complejas” (por ejemplo el objeto “manzana”…); y por otro lado, “ideas simples” (pensar en el color “verde”) e “ideas complejas” (pensar en el objeto “manzana”), siendo lo complejo, en ambos casos, aquello que está compuesto por la suma de partes simples.

     Toda “idea simple” deriva necesariamente de una “impresión simple”, de la que, como ya se ha dicho, no es más que una “copia debilitada” (weakened copy), ya que puedo pensar en el color verde sin que éste esté físicamente presente. Por otra parte, una “idea compleja” estará compuesta por ideas simples que, a su vez, han de corresponderse cada una con una impresión simple. Podemos concluir, por tanto, que las “impresiones simples” son el auténtico punto de partida y la “materia prima” (raw material) de todo el conocimiento humano, y que más allá de ellas no habría verdadero conocimiento.

     Volviendo a la distinción entre “ideas de la memoria” e “ideas de la imaginación”, decimos que las segundas son mucho menos vivaces, puesto que, contrariamente a lo que pasa con la memoria, la imaginación no conserva el orden y la posición de las ideas simples de las que parte: la imaginación “combina”, “une y separa”, “asocia” las ideas siguiendo criterios propios del funcionamiento de la mente que no derivan de la experiencia. Esta actividad de la imaginación responde a un cierto “principio natural de asociación”, que sería la verdadera “ley natural” (natural law) que rige el pensamiento humano. Este principio es definido como una especie de “fuerza suave” (soft force) que mueve al hombre a relacionar habitualmente las ideas según tres criterios: su “semejanza” (remembrance) por la que asociamos una idea con otra parecida; su “contigüidad en el tiempo o el espacio” (contiguity) por la que asociamos una idea con otra cercana; y su “relación de causalidad” (cause and effect) y que es la asociación más compleja de todas, a la que dedicaremos un próximo artículo).

     En el vídeo que inicia el artículo tenemos un buen ejemplo del crecimiento en el conocimiento intelectual a partir de las “impresiones simples”. Se trata de la película “Young Sherlock Holmes” (Paramount 1985) de Barry Levinson (estrenada en España bajo el título de “El secreto de la pirámide”), en la que el director se inventa un posible primer encuentro entre los dos personajes clásicos de Sir Arthur Conan Doyle. La maestría del perspicaz Sherlock Holmes (Nicholas Rowe) en el uso del “método inductivo” le permite sacar conclusiones complejas a partir de unos pocos datos simples, llegando a “adivinar” incluso el nombre de su colega John Watson (Alan Cox) además de su gusto por la medicina… y por las natillas. En otro momento muy emocionante de la película, nuestro joven detective, puesto a prueba por uno de sus compañeros de estudio, es capaz de resolver un enrevesado acertijo en el plazo de una hora, haciendo uso del “principio de causalidad” propio de las ciencias empíricas… con la única ayuda de su inseparable lupa y de su insuperable ingenio.

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