Comenzamos nuestra segunda unidad del curso trabajando el concepto de “identidad personal”. Conviene hacer una breve reflexión sobre ambos términos por separado, para darles luego un sentido unitario. Recordemos que el término “persona” procede del griego “prósopon” (πρόσωπον), término que se usaba para designar la “máscara” con la que los actores se cubrían el rostro en el teatro clásico mientras "interpretaban un personaje", y que derivaría al latín como “per sonare” (“sonar a través de algo”), con el sentido de “amplificar la voz” a través de la máscara para que el actor pudiera ser escuchado con claridad por todos los espectadores. En ambos casos el sentido es "idéntico": nos referimos a aquel que “mira hacia adelante” y afronta o acomete el papel que le ha tocado en suerte. Ser persona consistía, en la tradición teatral antigua, en representar un “papel”, dar vida a un “personaje”, en definitiva, en tener una “personalidad”. Unas leves indicaciones sobre la dramaturgia griega nos ayudarán a entender mejor este concepto.
La Grecia clásica supone la culminación de la “tragedia” (τραγῳδία) forma artística, de la mano de autores como Esquilo, Sófocles o Eurípides. Se trata de una "forma de discurso novedosa" (como también lo era la "filosofía" por aquel entonces), opuesta a la tradición mítica. Lo notable de la tragedia era que encerraba al espectador en un recinto (un “escenario”) y le mostraba una historia, no solo con palabras y ritmo (al estilo de Homero), sino con personajes y acciones. Aristóteles nos recuerda que, de todos estos elementos, el fundamental es la "acción” (en un sentido amplio: la “narración de los acontecimientos", la forma en la que se muestra la historia). Y mientras Homero busca la “alétheia” (αλήθεια), “lo establecido” (aquello que todos comparten y toman por cierto), los dramaturgos griegos buscan el “pathos” (πάθος), “mover al sentimiento” para que el espectador pueda alcanzar la “purificación” mediante la “catarsis” (κάθαρσις), la "identificación con los personajes", porque toda buena obra en realidad habla de nosotros mismos, y la comprendemos porque “simpatizamos” con ellos (literalmente: “sentimos con”, nos emocionamos, reímos y lloramos con los personajes, nos reconocemos en ellos).
Para una mente moderna, la forma más adecuada de entender la tragedia griega sería compararla a nuestros actuales "espectáculos deportivos" (vamos al futbol para “sentir con” nuestro equipo, para gritar y apoyar a los nuestros, o disfrutamos con las exhibiciones de Usain Bolt en los 100 metros porque es un ser humano "como nosotros", y nos hace sentir que no tenemos límites) o, si se prefiere, a los tradicionales "teatros de marionetas" que veíamos de niños, donde todos los personajes tenían un “carácter” o “ethos” (ἦθος), un “modo de ser reconocible". En ambos casos, los espectadores interactuamos con los actores: gritamos cuando "los malos" entran en escena con su estaca (o la tarjeta roja) en la mano, le abucheamos y alertamos a "los buenos" para que no les pillen por sorpresa... hasta tiramos objetos (una práctica poco recomendable, tanto en el teatro como en el futbol) cuando algo no nos gusta. Así era el teatro en la antigua Grecia: un ejercicio de "evasión", sin duda, pero también un juego de "empatía" que nos permitía “sufrir con los demás” y comprender que las cosas que nos pasan les han pasado a muchos otros antes que a nosotros, y por eso mismo podemos "compartirlas".
Como resulta muy difícil encontrar ejemplos gráficos de estos hechos, he preferido tomar prestado un extracto de la película “El mercader de Venecia” (Spice Factory 2004) de Michael Radford, una puesta al día de la inmortal obra de nuestro dramaturgo preferido, William Shakespeare. Un rico comerciante llamado Antonio (Jeremy Irons) negocia con el prestamista judío Shylock (Al pacino) un crédito, y para sellar el trato el judío propone que si el pago no se devuelve, es libre de tomar del comerciante “una libra de su propia carne”. Cuando el primero pierde su dinero y no puede hacer frente a la deuda, el judío le exige que cumpla el contrato. Entra en escena entonces una joven de nombre Portia (Lynn Collins) que, "haciéndose pasar por un joven abogado", saca al comerciante de su aprieto y le salva la vida, condenando al judío por su avaricia. Se trata, no obstante, de una comedia, en la que la joven finge un personaje amparada en una “máscara”. Recordad que el aquella época las mujeres no podían trabajar en el teatro, con lo que hemos de imaginarnos a un joven actor que finge ser una joven que a su vez finge ser un joven abogado... ¿Os habéis perdido? William Shakespeare nos demuestra en esta comedia que "todo el mundo finge", "ocultando su identidad tras una máscara", y a la vez siendo ellos mismos y "ejecutando su papel".
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