jueves, 9 de noviembre de 2023

Del modelo geocéntrico al primer motor inmóvil

     El "modelo cosmológico" propuesto por Platón (427 a 347 a.n.e.) ha pasado sin pena ni gloria a la historia del pensamiento occidental (si exceptuamos el descubrimiento de los cinco "poliedros convexos" conocidos como "sólidos regulares" o "sólidos platónicos", y que el autor emparenta con los cuatro elementos y con la esfera del universo), superado por los modelos desarrollados sucesivamente por Aristóteles (384 a 322 a.n.e.) y Claudio Ptolomeo (100 a 170). Y es una verdadera lástima, porque el ateniense expone algunas ideas verdaderamente interesantes sobre el “cosmos” (κόσμος), que significa a la par “orden”, “totalidad” y “ornamento”. Este “orden” está gobernado por unas “normas” (νόμος) que implican una “justicia” (Δίκη), un ajuste entre sus elementos, por oposición al “caos” (Χάος), que es algo “impredecible”, carente de normatividad. Platón entiende que la ciencia verdadera sólo puede tener por objeto el “mundo de las Ideas”, y por eso plantea en su diálogo “Timeo” una “narración verosímil” llena de “conjeturas” y “suposiciones” en las que afirma que el “Cosmos” (“conjunto de todo lo existente”) ha tenido que nacer, “puesto que es visible y tangible, y porque tiene cuerpo”.

     Pero, “¿Cómo se ha engendrado?”. Descubrir al padre del Cosmos, a su "autor", supondría una gran hazaña intelectual, y Platón se pone a la tarea, al discriminar claramente entre el “mundo de las cosas” y el “mundo de las Ideas”, lo que exige necesariamente los siguientes elementos explicativos: un “artífice divino” (Δημιουργός) o “Demiurgo” (literalmente “artesano”) que sería la causa activa e inteligible (a la manera del «Noûs» de Anaxágoras), y que toma el “mundo de las Ideas” como "modelo o paradigma" eterno a partir del cual generar la totalidad de lo real. Pero para ello es necesario suponen la existencia de una “masa material preexistente”, una materia prima caótica y en permanente movimiento, y por supuesto la necesidad de un “espacio vacío”, igualmente preexistente. El “trabajo” de este Demiurgo consistiría en ordenar la masa material en el espacio vacío de acuerdo con el “modelo eterno de las Ideas", lo que garantiza que este será el mejor de los mundos posibles, porque el Demiurgo es “el mejor de los artesanos” y el modelo eterno es “el más perfecto de todos los posibles”.

     Sólo existe un Universo, que por tanto debe ser “eterno”, “sin principio ni fin” en el espacio y el tiempo; es “esférico”, puesto que la esfera es la figura más perfecta, pues abarca a todas las demás figuras, como el Universo abarca a todos los demás seres; su movimiento es el de “rotación”, también el más perfecto, porque en la rotación hay a la par quietud y movimiento (siguiendo la extrapolación que ya iniciaron los pitagóricos al extender el “esquema de identidad del círculo” al universo en su totalidad). Por último, el Universo debe entenderse como un “ser viviente” que está dotado de un “alma” y de un “entendimiento” que le son propios (en tanto “anima” o “pone en acción” la materia preexistente conforme a una “razón” o “sentido del orden” conforme a normas igualmente preexistentes… lo que hoy llamaríamos “leyes naturales”). Y aunque este modelo pueda resultar excesivamente “idealista”, puso las bases para un estudio más “empirista” de la realidad cósmica, basada en la observación y la experimentación, tarea que se arrogó para sí el mayor de los discípulos de Platón.

     Aristóteles había definido el movimiento a partir de “cuatro causas”, y de todas ellas era la “causa final” la que le tenía en un sin vivir, pues se trata de resolver el problema platónico respecto a la “necesidad de la naturaleza”. Si la naturaleza está compuesta por una serie de “sustancias” que se hallan en constante movimiento y cambio, el Universo debe de ser un “cosmos finito en el espacio y eterno en cuanto al tiempo”. Será necesario postular la existencia de dos mundos: el “sublunar” o "mundo terrestre" (de la Luna hacia abajo) y el “supralunar” o "mundo celeste" (más allá de la Luna), sostenidos por dos tipos de movimiento antagónicos: “rectilíneo” en el primer caso, “circular” en el segundo. Pero en ambos mundos el movimiento necesita, según la Física, un “motor” que lo produzca, puesto que “todo lo que se mueve, se mueve por otro”. Ahora bien, en la serie de seres que se mueven y a su vez son movidos por otro, no podemos proceder “ad infinitum”, por lo que es necesario postular la existencia de un “primer motor” o “ser primero” que posea “en sí mismo” el movimiento en acto y sea la causa de todo movimiento. Se deduce por tanto la existencia del “Primer Motor Inmóvil” que tendría la capacidad de “mover todo el Universo” a través de la esfera de las estrellas fijas.

     Esta “Sustancia Inmóvil”, “Causa Primera del Universo”, es necesariamente un “acto puro”, sin potencialidad alguna (al igual que el “ser” de Parménides es incapaz de movimiento, puesto que solo podría moverse hacia el “no ser”, lo cual es imposible por definición). ¿Cómo si no podría ser inmóvil? Si el movimiento consiste en la “actualización” de una “potencia” previa (y “potencia” es sinónimo de “movimiento”), el Motor Inmóvil ha de estar “exento de todo movimiento”. El primer motor será por tanto “forma pura”, sin materia, puesto que la materia comporta potencialidad y por ello movimiento. Finalmente, el Primer Motor mueve como “causa final”, no como “causa eficiente”, ya que todo el Universo se mueve y transforma por la atracción y el deseo de aproximarse a esta perfección. Este Primer Motor es “Dios”, en el sentido de que es “Causa Suprema” del Universo, a pesar de que no se pueda identificar con un Dios personal y creador del mundo (en un sentido religioso), pues es un “Dios ordenador” y no un “Dios creador”. En definitiva, podemos afirmar que la “Cosmología” nos ha llevado a hablar de la “divinidad”, es decir, nos ha conducido hasta el ámbito de la “Teología”: el estudio de Dios… en tanto que causa última.

     En la increíble película  "El gran dictador" (Unided Artist, EEUU, 1940) del director Charles Chaplin, tenemos una maravillosa escena en la que el irrepetible cómico británico, que interpreta al malvado dictador Adenois Hynkel (un trasunto de Adolf Hitler), se queda solo en su gabinete y se pone a jugar con un globo terráqueo, en la suposición de que "domina el mundo a su antojo", que "hace y deshace todo lo que quiere", en definitiva, que "gobierna el curso de la historia". Pero la historia (el "tiempo") es "eterno", mientras que el mundo (el "espacio") es "finito"... y al final se deshace entre las manos del déspota como un balón se deshincha cuando lo apretamos con demasiada fuerza. Esta escena nos permite explicar dos cosas: que aunque Dios impone el primer movimiento, una vez puesto en marcha el mundo "avanza por sí solo" conforme a las "leyes de la naturaleza" (pues lo "natural" es aquello que tiene "en sí mismo el principio del movimiento y el reposo"); y que este inicio del movimiento no atiende a una "causa eficiente" (meramente mecánica, como sostenía Demócrito), sino a una "causa final", a un propósito u objetivo, deseo o aspiración (a una "inteligencia", como sostenía Platón) y Dios tan solo es "el pensamiento que se piensa a sí mismo".

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