viernes, 20 de octubre de 2023

La ciudad de Springfield y la razón dialógica


     “Springfield es sin dudas un pueblo estadounidense de provincias. En varios episodios, se contrasta con la Ciudad Capital, una metrópolis a la que los Simpson se aproximan con estupor y temblor. Obviamente, el programa se mofa de la vida de provincias (se burla de todo), pero al mismo tiempo celebra las bondades de la pequeña localidad tradicional. Uno de los motivos principales por los que la disfuncional familia Simpson funciona tan bien es que vive en este tipo de pueblo, donde las instituciones que gobiernan las vidas de sus miembros no les son ajenas ni se encuentran demasiado alejadas. Los chicos van a la escuela del barrio (aunque vayan en el autobús que conduce el ex hippie Otto), y sus amigos del colegio son casi todos vecinos. La familia Simpson no tiene que enfrentarse a una burocracia educacional compleja, indiferente e inaccesible. Skinner y la señorita Krabappel tal vez no sean unos pedagogos perfectos, pero se muestran accesibles y bien dispuestos cuando Homer y Marge necesitan hablar con ellos. Lo mismo puede decirse de la policía de Springfield: el jefe Wiggum no es un gran adversario del crimen, pero los ciudadanos de Springfield lo conocen bien, y otro tanto ocurre a la inversa. La policía local todavía tiene raíces en el barrio y se sabe que incluso ha compartido uno o dos donuts con Homer.

     De modo análogo, la política de Springfield en gran medida es un asunto local, y la alcaldía consulta a los ciudadanos decisiones tan relevantes como la de legalizar las apuestas o construir un monorraíl. Como su acento kennediano sugiere, el alcalde Quimby es un demagogo, pero al menos es el demagogo particular de Springfield. Cuando compra votos, los compra directamente a los ciudadanos. Si quiere que el abuelo Simpson apoye la construcción de una autopista que atraviese el pueblo, deberá ponerle a la vía el nombre del personaje de televisión favorito de Abe, “Matlock”. Desde donde quiera que se mire Springfield, se descubre un grado sorprendente de control y autonomía local. La planta nuclear es una fuente de contaminación y peligro constante, pero al menos pertenece al magnate industrial y esclavista contemporáneo local, Montgómery Burns, y no a alguna remota corporación multinacional (de hecho, en una excepción que confirma la regla, cuando la planta acaba en manos de unos inversores alemanes, Burns la compra de nuevo, tan pronto como puede, para recuperar su ego).

     […] El retrato nada realista de los medios como fuerzas locales contribuye a poner de manifiesto la tendencia constructiva de la serie, a saber, la de presentar a Springfield como una suerte de polis clásica: tan autocontenida y autónoma como el mundo contemporáneo lo permite. Una vez más, este rasgo refleja la nostalgia posmoderna que inspira los Simpson, cuya recreación autorreflexiva de la comedia de situación de los años cincuenta acaba celebrando extrañamente el viejo ideal de los Estados Unidos profundos. De nuevo, no pretendo negar que el primer impulso de Los Simpson es burlarse de la vida en la ciudad de provincias. Pero en ese mismo proceso, nos recuerda cuál es el antiguo ideal y qué tenía de atractivo, sobre todo el hecho de que el estadounidense medio de algún modo se sentía en contacto con las fuerzas que tanta influencia tenían y que tal vez incluso las controlaba. […] Matt Groening dijo que el subtexto de Los Simpson es que: “Quienes están en el poder no siempre tienen en la mente vuestros mejores intereses”. Se trata de una visión de la política que trasciende la distinción normal entre izquierda y derecha y explica por qué la serie puede ser relativamente equitativa en su tratamiento de ambos partidos hegemónicos, y tiene algo que ofrecer tanto a los progresistas como a los conservadores. Y es que Los Simpson se basa en la desconfianza hacia el poder que se encuentra alejado de la gente común y corriente. En este sentido, celebra la comunidad genuina, una comunidad en la que cada quien conoce más o menos al resto (aunque no necesariamente todos se caigan bien). Al recrear este sentido antiguo de la comunidad, la serie consigue generar una suerte de calidez a partir de su posmoderna frialdad tendenciosa, una calidez en gran medida responsable de su éxito entre el público. Esta concepción de la comunidad es quizás el comentario más profundo que Los Simpson ofrece sobre la vida familiar en particular y la política estadounidense de hoy en general. Sin importar cuán disfuncional pueda parecer, La familia nuclear es una institución que vale la pena preservar. Y no por empeño de los funcionarios de un estado distante y supuestamente terapéutico, sino mediante la restitución de sus vínculos con una serie de instituciones locales que reflejan y adoptan los mismos principios que permiten funcionar a la familia Simpson: el cariño a los suyos, un principio según el cual cuidamos mejor de aquello que nos pertenece”.

Los Simpson, la política atomista y la familia nuclear”, de Paul Cantor

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     Nos encontramos, sin duda, ante el personaje más complejo de la serie: la mismísima ciudad de Springfield, que se presenta, como muy bien sabe ver Paul Cantor, como un trasunto de las viejas “polis griegas" de la época clásica, y ello en el sentido más remarcado del término: su estructura y funciones nos devuelven a una “democracia directa” (y no meramente “representativa”, como es habitual en las sociedades actuales). Como tendremos ocasión de comprobar en los siguientes meses, esta diferencia resulta fundamental para entender el sentido real de la “democracia” en la actualidad, cuando el conjunto de ciudadanos se deja llevar por una “apatía” que es producto de su escaso “compromiso político” con el entorno, pues a los ciudadanos no les vale un simple gesto en las urnas cada cuatro años. De lo que se trata es de conseguir un mayor grado de motivación, hacer que los ciudadanos se sientan verdaderamente “partícipes de la vida política” de sus ciudades, de sus comunidades, de sus países. Y para ello es necesario retornar a la vieja idea de “politeia”… a la política con mayúsculas.

     Esta idea ronda permanentemente las calles de Springfield, y nos sirve como ejemplo para comentar el pensamiento dialógico desarrollado por Jürgen Habermas (1929-) y los pensadores dialógicos de la Escuela de Frankfurt. Recordemos que esta forma de pensamiento es heredera tanto de la ética del diálogo de Sócrates de Atenas (470 a 399 a.n.e.) como de la ética kantiana. La “ética del discurso” asume como “fundamentación de la moral” el criterio kantiano de “autonomía”, pero formulado de modo distinto. Si en Immanuel Kant (1724 a 1804) tenía validez aquella norma que podía convertirse en "ley universal", para las éticas discursivas es norma moral aquella que es aceptable por una “comunidad de diálogo”, cuyos participantes tienen los mismos derechos y mantienen las mismas relaciones de libertad e igualdad, esto es, a la que se llega a través del “diálogo” y no del “monólogo”. Habermas insiste en que sólo tienen validez aquellas normas aceptadas “por un consenso en una situación ideal de diálogo”.

     Esta situación de diálogo debe de cumplir una serie de requisitos, que parecen cumplirse a la perfección en la localidad de Springfield, a saber: todos los afectados por una misma "norma" deben “participar en su discusión”; todos los participantes deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades de “argumentar y defender sus posturas”; no puede existir “coacción” de ningún tipo y todos los participantes deben intervenir en el diálogo teniendo como finalidad el “entendimiento mutuo”. Tal parece el caso en una ciudad en la que cada decisión parece estar “consensuada”, y en la que cada ciudadano (del viejo cascarrabias escocés al joven inmigrante hindú; de la jovencísima bebe traviesa al incombustible abuelo Simpson; del colgado hippie rockero a la modélica ama de casa; del santurrón vecino católico al gordo solterón borracho…) tienen “algo que decir”, y tiempo para decirlo (una práctica ateniense clásica conocida como “isegoría”). Un lugar, este sitio idílico llamado Springfield, en el que cada cual “puede expresar sus opiniones libremente” sin miedo al insulto o al desprecio (aunque alguna que otra risa si pueden ocasionar) y en el que "cada opinión es respetada" y, sobre todo, “tenida en cuenta”. 

     Analicemos algunos ejemplos interesantes de lo que acabamos de decir. En “La odisea de Homer” (T01 C03), después de ser despedido de la planta de energía nuclear de Springfield por causar un accidente, Homer intenta suicidarse, pero cambia de opinión y se convierte en "defensor de la seguridad pública", con el objetivo final de clausurar la Central Nuclear en la que había trabajado. En “Cuento de dos ciudades” (T12 C 02), en clara referencia al clásico literario de Charles Dickens (1812 a 1870), tras cambiar la clave de su teléfono, Homer divide la ciudad en "el nuevo y el viejo Springfield". En “Springfield próspero o el problema del juego” (T05 C10), para solucionar una crisis económica en la ciudad "se legaliza el juego", y el Señor Burns "abre un casino", en el que Homer es croupier de blackjack y Marge se hace adicta a las máquinas tragaperras. Y una pequeña aportación más: “22 películas cortas sobre Springfield” (T07 C21), cuando en una tarde aburrida, Bart y Milhouse se preguntan si alguna vez "pasa algo interesante" en Springfield, lo que nos lleva a una serie de anécdotas sobre la ciudad.

     Otros ejemplos interesantes son: “Érase una vez en Springfield” (T21 C10), cuando el "Show de Krusty" comienza a perder audiencia de niñas, éste contrata a Penélope, una bailarina, y sus shows se convierten en un "programa musical", pero Krusty se enamora de su bailarina y le propone casamiento, y Bart y Milhouse tratarán de impedirlo, mientras, Homer, Lenny y Carl son tentados para trabajar en otra planta núclear que les ofrece "masajes y sushi gratis" durante su jornada laboral; en “Nuestros años felices” (T02 C17) el abuelo Abraham Simpson tiene un apasionado romance con Bea Simmons, una compañera del geriátrico, hasta que ella muere y Abraham hereda una "importante suma de dinero" y decide donarla a quien más la necesite en Springfield; en “Creciendo en Springfield” (T18 C13) un documentalista excéntrico llamado Declan Desmond realiza un reportaje acerca de algunos habitantes de Springfield, entre ellos Moe, Marge y Homer: Moe trata de convencerlo de que es un "millonario", y Marge ayuda a Homer a que consiga trabajo; en “Homérica” (T20 C21), cuando la economía de la cercana Ogdenville se desmorona debido a la "cebada contaminada" descubierta en las "hamburguesas vegetarianas" de Krusty, los trabajadores desempleados de Ogdenville emigran en masa hacia Springfield, y cuando el Alcalde Quimby cierra las fronteras de Springfield y recluta ciudadanos para ayudar a vigilarlas, Homer organiza un "grupo de protectores de la frontera".

Bart Simpson se multiplica por cero

     “Bart podría representar la precariedad de nuestra posición en un mundo postnietzscheano. Según Nietzsche debemos ir “más allá del bien y del mal” y dejar atrás todo consuelo metafísico: Dios, el cielo, el alma, el orden moral del mundo, y así sucesivamente. Pero, al abandonar ese otro mundo, el más allá, corremos mayor peligro de deslizarnos hacia el nihilismo: “La más extrema forma de nihilismo sería la creencia en que toda fe, todo tener por verdad algo, es necesariamente falso: porque un verdadero mundo no existe”. Nietzsche prosigue: “Lo único que se ha destruido ha sido la interpretación; pero como pasaba por la única interpretación, podría parecer que la existencia no tenía ningún sentido y que todo era “vano”. En otras palabras, una vez que abandonamos toda noción de un más allá eterno y perfecto y nos quedamos únicamente con el flujo caótico que es el mundo, corremos el peligro de caer en un nihilismo de acuerdo con el que todo vale, una zona franca intelectual y moral.

     […] La línea que separa la posibilidad de seguir actuando, criticando y derribando antiguos ídolos en el intento de forjar un nuevo camino y unos nuevos valores, por una parte, y por otra la posibilidad de quedar atrapados en el nihilismo, en la aceptación de un todo-vale moral e intelectual, incapaces de tomarnos nada en serio porque creemos que, si no existen los valores absolutos, nada tiene valor, es una línea delgada y difusa. Bart, el crío de los pantalones cortos azules, en efecto puede representar el peligro del nihilismo.

     No posee (o tiene pocas) virtudes, carece de espíritu creativo, ha aceptado el caos de la existencia, pero no de tal modo que le permita dar forma a algo hermoso a partir de él; Bart exhibe una suerte de resignación al aceptar y relacionarse con ese caos. Si nada tiene un significado verdadero, ¿por qué no comportarse mal, hacer lo que me venga en gana? Bart rechaza, irrespeta y vilipendia los antiguos ídolos vacuos, pero no para acabar con ellos, con sus insultos y su ocultación de la realidad, sino porque carece de una identidad sólida y completa.

Así habló Bart: Nietzsche y la virtud de la maldad”, de Mark Conard

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     Como dijo en una ocasión el escritor ruso Fiódor Dostoyevski (1821 a 1881): “si Dios ha muerto, todo está permitido”, lo que significa que deberíamos eliminar de la moral todo “valor absoluto” al margen del “ser humano”. En esta tesitura, cada individuo será capaz de elegir libremente en cada una de sus acciones, y conforme a estas acciones, “crear sus propios valores”, sin necesidad de que existan valores absolutos (aquellos que Dios representaría si existiera). Por ello, y debido a su "malicia" habitual, los raros momentos en los que Bart Simpson cobra "conciencia del deber" subrayan ciertas "cuestiones morales" con mayor eficacia que si dicho reconocimiento tuviera lugar por parte de un niño que se comportase bien en el sentido convencional.

     El pensar de Bart está determinado por aquello que “hay para pensar”. Esto hace que el pensar de Bart sea especialmente reactivo a lo que “ya existe”, a aquello que “se le presenta”. Y está es la fuente de muchos de los singulares poderes existenciales de Bart: su brioso ingenio, su sobrenatural capacidad de "coquetear con el peligro" y los problemas o evitarlos, el don oracular que tiene de predecir el curso de los acontecimientos. A diferencia de nosotros, y del resto de habitantes Springfield, que estamos lastrados por “lo personal” y creyendo que estamos proyectados desde el mundo por intermediarios, por “cabezas que nos zumban en la cabeza”, Bart no se deja distraer por los zumbidos, no tiene pantallas ni está encasillado. En todo lo que piensa y hace, Bart está “cara a cara ante las cosas”, se ve obligado, como decía el filósofo alemán Edmund Husserl (1859 a 1938) a ir “a las cosas mismas”.

    Firmemente, asentado ante todo aquello que le interesa, presente ante “todo lo que es” del mismo modo que “todo lo que es” ello se encuentra presente ante él, para Bart, nada está sencillamente en su cabeza. No hay intermediario psicológico o personal entre él y el mundo, puesto que “todo está personificado”, todo remite inevitablemente a él mismo. En este sentido, Bart representa fielmente el sentir de los filósofos del "existencialismo", en especial de Jean-Paul Sartre (1905 a 1980): arrojado a un mundo que le resulta “absurdo” y que carece por completo de “sentido”, sobrevive contra viento y marea, y lo hace “por sí mismo”, tomando decisiones que "lo sitúan en el mundo" a cada acción, en cada decisión, con cada uno de los gestos de su "voluntad", en cada uno de los ejercicios de su "libertad".

     El pensamiento moral de Bart puede apreciarse en algunos episodios de la serie como “Filosofía bartiana" (T05 C07) en la que el pequeño accidentalmente estimula a toda la ciudad a "actuar como él", gracias a un terapeuta de autoayuda. En “El cambio de Bart” (T11 C02), tras arruinar el gimnasio de la escuela en una de sus habituales bromas, Skinner aconseja que se dé a Bart una droga para "modificar su conducta". En “El día de la muerte de la comedia”, el Actor Secundario Bob sale de la cárcel y trata de vengarse de Krusty El Payaso, y para eso "hipnotiza a Bart para que mate a Krusty" en su último programa. Y una interesantísima propina a partir de un clásico del cine negro contemporáneo: la película de “Uno de los nuestros” (Warnes Bros, EEUU, 1990) de Martin Scorsese, recreada en “El pequeño padrino” (T03 C04), en la que, después de un día de escuela particularmente malo, Bart cae dentro de un "club de mafiosos" y se convierte en camarero del local, pero cuando llega tarde a trabajar por culpa de un castigo de Skinner, el director del colegio “desaparece” misteriosamente.

     Otros interesantes ejemplos con Bart como protagonista son “Intercambio cultural” (T01 C11), en donde nuestro intrépido joven es enviado a Francia como estudiante de intercambio y es obligado a vivir con dos "productores de vino francés", y en su lugar la familia Simpson recibe a Adil, un estudiante de Albania, que en realidad es un "espía que roba secretos de la planta de energía nuclear" de Springfield, por lo que Bart descubre que su viaje a Francia no fue tan buena idea; en “La sociedad de los golfistas muertos” (T 02 C 06), para saber quién es el mejor del barrio, Homer y Ned Flanders colocan a sus hijos Bart y Todd frente a frente en una "competición de mini-golf", y aunque los chicos entrenan sin cesar para el gran día, es obvio que el torneo es más importante para sus padres, quienes han apostado que el padre del perdedor deberá "podar el jardín de su vecino" usando el vestido de su esposa; en “Tres hombres y una historieta” (T02 C21) Bart, Milhouse y Martin compran entre los tres el ejemplar número 1 del comic "Radioactive Man", pero encuentran problemas a la hora de compartirlo; en “Bart vende su alma” (T07 C 04), convencido de que "el alma no existe", Bart se la vende a Milhouse por cinco dólares, pero más tarde, sintiendo que de verdad le falta algo, comienza una dura lucha para "recuperar lo que es suyo".

miércoles, 18 de octubre de 2023

Lisa Simpson y el imperativo categórico


     “La conciencia moral del deber queda descrita de manera muy gráfica en la estudiante de segundo grado de primaria Lisa Simpson, que posee un agudo sentido del deber moral. Sin embargo, la suya no es una moral jactanciosa y dependiente de la institución como Flanders, que nace únicamente del respeto a la autoridad de la Biblia y la Iglesia. La moral de Lisa surge de la reflexión individual precoz sobre los grandes temas de la vida moral: la sinceridad, la ayuda a quienes la necesitan, el compromiso con la igualdad entre los seres humanos y la justicia. Lisa nos muestra cuán difícil resulta a veces vivir con estos principios, en lugar de dejarse llevar por compromisos convencionales con el statu quo, adquiridos sin que haya mediado la reflexión. Esto nos lleva a otra característica fundamental de la moralidad según Kant. En esencia, ésta se determina en el fuero interno, surge de la reflexión individual antes que las convenciones sociales externas o las enseñanzas religiosas autoritarias. Exige claridad y coherencia con los principios según los cuales una persona vive su vida.

     […] Comprometida como está a cumplir con el deber que determina sus firmes principios, Lisa continuamente plantea preguntas difíciles. ¿Es correcto comer carne y causar de ese modo el sufrimiento de animales inocentes? En “Lisa la vegetariana”, Lisa identifica la costilla de cordero en su plato con una criatura indefensa que ha visto en el zoológico infantil. Al generalizar a partir de esa única experiencia, se vuelve militante del vegetarianismo. Así, al tomar partido por una causa dictada por sus firmes principios, Lisa ejemplifica un aspecto central de la teoría moral kantiana, según la cual es menester que examinemos con atención los principios de nuestras acciones y nos hagamos cargo de las contradicciones que puedan surgir entre unos y otras. Si no es correcto hacer daño a un animal indefenso encerrado en un zoológico, ¿cómo puede serlo permitir la matanza de un animal similar para satisfacer nuestro gusto por la comida? Esta es una manera de comprender una de las fórmulas del imperativo categórico kantiano: “No debes obrar nunca si no es de modo que puedas aspirar a que tu máxima se convierta en ley universal”.

El mundo moral de la familia Simpson”, James Lawler

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     Llamamos “éticas formales” o "éticas del deber" a todos aquellos sistemas éticos que consideran que la moral no debe ofrecer "normas concretas de conducta" (que no serían más que "consejos"), sino limitarse a establecer cuál es la “forma” característica de toda “norma moral” (que ya no serían meros consejos sino verdaderos "mandatos", que debemos respetar y cumplir "por deber"). Según Immanuel Kant (1724 a 1804), sólo una ética de estas características podría ser universal y garantizar la “autonomía moral” propia de un ser “libre y racional” como es el ser humano. La “ley moral” no puede venir impuesta desde fuera (ni por la naturaleza ni por la autoridad civil...), sino que debe ser la razón humana la que debe “darse a sí misma la ley”.

     Si la razón legisla sobre ella misma, la ley será "universal", será "válida para todo ser racional". Esta ley que establece "cómo debemos actuar correctamente" sólo es expresable mediante “imperativos categóricos”, esto es, mediante “mandatos incondicionados”, que ordenan la acción sin condiciones. Estos mandatos se diferencian de los “imperativos hipotéticos”, propios de las éticas materiales, que expresan una norma condicionada a un fin, que sólo tiene validez “como medio para alcanzar un fin". Por contra, el imperativo categórico que formula Kant no depende de ningún fin y, además, no nos dice "qué tenemos que hacer", sino que sirve de criterio para saber qué normas son morales y cuáles no lo son. Establece cuál es "la forma que debe de tener la norma para ser moral”: sólo aquellas normas que sean “universalizables” serán realmente “normas morales”.

     La naturaleza conflictiva del "deber moral" y su tendencia a exigir sacrificios personales se representa en Lisa Simpson en toda su intensidad, pues en ella se reconoce todo el sufrimiento que puede experimentar una criatura precoz y sensible dispuesta a cumplir con unos “principios autodeterminados”. Su gran “amor por la vida y la belleza”, en contraste con su no menos profundo “compromiso con la verdad y con el bien”, resalta en la tristeza y en la frustración en las melodías anhelantes y melancólicas de su saxofón. Kant sostiene que la belleza y el arte brindan la posibilidad de "una vida moral más elevada". Cuando la vida real le presta escasa o nula atención a tal posibilidad, el grito afligido del alma de Lisa encuentra expresión en el “gemido del saxo”. Porque "hacer lo correcto" no siempre nos conduce a la "felicidad" (de hecho, no nos conduce a ningún "fin" concreto, material… y esta es la idea).

     Lisa representa mejor que nadie el concepto de “moralidad” tal y como fue entendido por Kant. Estamos ante una joven que siempre hace “lo correcto”, que toma sus decisiones en base a unos "principios" que vienen determinados por su propia “voluntad”, que son autónomos en el sentido pleno del término. Llamamos “autónomo” a quien no se rige por lo que le dicen los demás, por las apetencias o instintos, sino que dirige su vida por un tipo de normas que cree que “debería cumplir cualquier persona en su misma situación", normas que por tanto son “autoobligadas”, “incondicionadas” y “universales”. En cada una de sus decisiones, vemos a una jovencita que hace gala de una “razón práctica” muy bien estructurada, que es reflexiva y que siempre sopesa todas las opciones antes de decidirse por la que considera correcta, decisión que suele ser la acertada, la que moralmente resulta más adecuada porque “compromete a toda la humanidad”, porque es "universalizable", válida para todo ser humano "en todo momento y lugar".

     Algunos ejemplos notables del comportamiento de Lisa los encontramos en “Lisa la iconoclasta” (T07 C16), en la que la joven descubre, mientras investiga el pasado de Jeremías Springfield, que el fundador de la ciudad "no es el héroe que todos piensan" que realmente fue. En “Lisa la vegetariana” (T07 C05), una visita a una aldea recreativa y el "contacto con animales domésticos" hace que Lisa se convierta en vegetariana, lo que la lleva a enfrentarse con su padre Homer, ya que ella no puede tolerar el comportamiento carnívoro de su padre. En “Lisa se va a Washington” (T03 C02), la pequeña gana un viaje para toda la familia a Washington en un "concurso de ensayos patrióticos" del Reading Digest… pero su fe en la democracia es severamente afectada cuando ve a un legislador aceptar un soborno.

     Otros ejemplos interesantes de la actitud moral de Lisa los encontramos en “Lisa la escéptica” (T09 C08), en la que la niña encuentra un "esqueleto" que toda la ciudad cree que es de un "ángel", pero ella está resuelta a demostrar que se equivocan; en “El sustituto de Lisa” (T02 C19), la maestra de Lisa se enferma, y en su reemplazo llega el señor Bergstrom, quien le enseña  a la pequeña que "vale la pena vivir"; en “Vocaciones distintas” (T 03 C18), luego de hacer el test CANT (Career Aptitude Normalization Test), Lisa descubre que su destino es ser "ama de casa", mientras que el de Bart es ser policía. Mientras Bart disfruta de su autoridad, Lisa se deprime y se rebela "robando los libros para maestros" de toda la escuela. Finalmente, en “La boda de Lisa” (T06 C19), Lisa se va a la "Feria del Renacimiento de Springfield", donde una adivina le cuenta cómo serán sus futuros planes maritales. Y una última recomendación para conocer un poco más a Encías Sangrantes Murphy y comprobar la pasión de Lisa por la música de jazz: “La depresión de Lisa” (T01 C06).

martes, 17 de octubre de 2023

Homer Simpson, el mal menor y el bien común


     “La verdadera cuestión, entonces, es Homer. Muchos han criticado Los Simpson por su manera de retratar al padre como un paleto sin estudios, débil de carácter y carente de principios morales. Y Homer es todas esas cosas, pero al menos está presente. Cumple con las funciones paternas imprescindibles, se mantiene al lado de su mujer y sobre todo de sus hijos. Sin duda, carece de las cualidades que nos gustaría encontrar en el padre ideal, es egoísta y suele poner sus propios intereses por encima de los de su familia [...]. Homer es innegablemente fatuo, vulgar e incapaz de apreciar las cosas buenas de la vida [...]. Es más, se enfada con facilidad y suele pagarla con sus hijos, como demuestran sus muchos intentos de estrangular a Bart.

     Desde este punto de vista, Homer fracasa como padre. Pero si se reflexiona un poco más al respecto, sorprende cuántas cualidades posee. En primer lugar, está muy unido a su familia. La ama porque es suya. Su lema es, básicamente, “mi familia, tenga o no razón”. Difícilmente se trata de una posición filosófica, pero bien podría ser el fundamento de la familia como institución, motivo de sobra para explicar por qué la “República” de Platón proponía subvertir el poder de la familia. Homer Simpson es lo contrario de un filósofo-rey: no es devoto del bien, sino de lo que es suyo. Naturalmente, dicho punto de vista no está exento de problemas, pero contribuye a explicar cómo la aparente disfuncionalidad de la familia Simpson consigue funcionar”.

Los Simpson: la política atomista y la familia nuclear”, de Paul Cantor

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     El concepto de “hedonismo” ha pasado por múltiples peripecias a lo largo de la historia. No es lo mismo pensar en el “placer” desde la perspectiva epicúrea que desde la perspectiva utilitarista: la primera de ellas entiende la “búsqueda del placer” como un “objetivo individual”, egoísta incluso, mientras que la segunda la interpreta como “bien común”, o como “beneficio colectivo” si se prefiere. Para los primeros prevalece más el hecho de conseguir “armonía”, producto de una “ausencia de dolor”, tanto en el cuerpo como en el alma, y a la necesidad de llegar a un estado último de “ataraxia”, que se identifica con la “plena felicidad”. Para los segundos, los seres humanos tenemos un “sentimiento moral” que va más allá de nuestras propias necesidades, y poseemos una “necesidad social” cuya satisfacción es fuente de placer.

     De entre estos sentimientos sociales, el más importante es el sentimiento de “simpatía”, que los utilitaristas interpretan como la capacidad de “ponerse en el lugar de cualquier otro”, sufriendo con su dolor, disfrutando con su alegría. En este sentido, igual que nosotros "deseamos ser felices", podemos entender que todos los demás lo desean también de la misma manera. A este principio de la moral se le conoce como “principio utilitarista”, y responde a la siguiente máxima: “la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos”. Se trata, por tanto, de un principio que une a los deseos individuales los colectivos: ciertamente, por mucho placer que pueda acumular “para mí mismo”, jamás conseguiré ser feliz si las personas que me rodean, "aquellos que me importan de verdad”, no son felices conmigo.

     Esto significa que, ante dos posibilidades de acción, actuará de forma "moralmente correcta" quien elija aquella alternativa que proporcione el máximo placer para el mayor número posible de seres vivos. Se produce una identificación entre lo que se considera moralmente bueno y la consecución de un “bienestar”, tanto “individual” como, sobre todo, “social”. Y respecto al tipo de placer que debemos perseguir, utilitaristas como Jeremy Bentham (1748 a 1832) y especialmente John Stuart Mill (1806 a 1873) insisten en que han de ser los “placeres intelectuales y morales”, por encima de los “placeres inferiores” (derivados de las meras necesidades y apetencias), los que deben guiar nuestra acción, por cuanto que estos nos reportan un disfrute y una felicidad "mayor y más duradera", puesto que es la “razón” (y no los instintos) los que nos guían en esta dirección.

     Algo de utilitarista tenemos en la perspectiva del mundo de Homer Simpson. Ya hemos advertido arriba que este “padre de familia” no es un dechado de virtudes, y no obstante hay algo admirable en él desde el punto de vista ético. La humanidad de Homer comprende un “amor a la vida” y al goce que ésta supone en el nivel más básico; pero es que, además, no presta mayor atención al “qué dirán”, si es que acaso repara en ello, no se preocupa por la etiqueta o por lo que otros opinen de él: está ocupado en “disfrutar de la vida al máximo”. Si a esto añadimos el hecho de que Homer es un padre de familia preocupado, a su manera, por las "necesidades de su prole", tenemos a un individuo brutal, cierto, pero también inquieto y profundamente humano. Mientras otros traman y conspiran al tiempo que se fingen socialmente conformistas, Homer es un inconformista que “nunca da su brazo a torcer”, y siempre busca la manera de "complacer a todos" y de "sacar un beneficio mayor"... al menos para su familia.

     El mejor modo de apreciar el amor de Homer por su familia es revisar algunos de sus episodios estelares. En “El día que cayó Flanders” (T03 C03), el deseo de Homer de ver a Flanders arruinado se hace realidad cuando el religioso vecino de los Simpson deja su trabajo para poner una "tienda de artículos para zurdos" que no tiene éxito entre los ciudadanos de Springfield. En “El cometa Bart” (T06 C14), los días de Springfield parecen están contados cuando Bart descubre "un cometa que se dirige hacia la ciudad". Ahora hay que decidir quién enfrentará al cometa y quién se quedará en el refugio de Flanders. En “Me casé con Marge” (T03 C12), la posibilidad de que Marge vuelva a "estar embarazada" hace que Homer recuerde los días en los que él y su mujer esperaban el nacimiento de Bart, allá por el año 1980: eran unos días difíciles para la "feliz pareja" que, después de engendrar a su hijo antes del matrimonio, luchaban por conseguir un poco de "estabilidad familiar", cosa que Homer encontró en la “Planta de Energía Nuclear de Springfield”.

     Otros episodios interesantes con Homer como protagonista son “La odisea de Homer” (T01 C03) toda una declaración de principios, dado el nombre del personaje, en la que, después de ser despedido de la Planta Nuclear de Springfield por causar un accidente, Homer intenta suicidarse, pero cambia de opinión y se convierte en "defensor de la seguridad pública": inicia una campaña para colocar “topes en las carreteras" y poner señales de advertencia, siendo su último objetivo el cierre de la central donde hasta hacía poco había trabajado; en “El pony de Lisa” (T03 C08), después de decepcionar a su hija por enésima vez, Homer decide que la mejor forma de recuperar su amor es "comprándole lo que ella siempre ha anhelado", un pony. El problema para Homer es que necesita mucho dinero para mantener los gastos del animal y ese dinero lo consigue "trabajando de noche en el Kwik-E-Mart"; en “El cuarteto de Homer” (T05 C01) vemos lo que sucedió en 1985, cuando Homer, Apu, el director Skinner y el jefe Gorgory (reemplazado por Barney), formaban un "cuarteto vocal" exitoso; y finalmente, el “El mal vecino” (T07 C13), los celos de Homer ante la atención que reciben los "nuevos vecinos", George y Barbara Bush, se convierte en rabia cuando el ex presidente nalguea a Bart.

lunes, 16 de octubre de 2023

Maggie Simpson en estado de ataraxia


     “En casi toda la tradición oriental, las palabras se utilizan para indicar el misterio de la vida, siempre inmerso en el silencio. A diferencia de los textos sagrados occidentales, los orientales en su mayoría han afirmado desde tiempos remotos que el mundo se origina en el silencio. En el Rhagavad-Gita, por ejemplo, el creador del mundo está arropado por el silencio y el misticismo. De él no se puede hablar, no es posible aprehenderlo intelectualmente. Es un milagro que alguien lo vea, igualmente es un milagro que alguien lo diga, y es un milagro que alguien lo oiga; incluso si se ha oído decir, nadie lo conoce. Las religiones occidentales cuentan también con sus propias interpretaciones místicas del todopoderoso, pero en ninguna filosofía ha arraigado de tal modo el silencio como en la oriental.

     Ser un iluminado, entonces, consiste en retornar a los orígenes, liberarse de los vínculos terrenos y volver a la infinita y silenciosa armonía del mundo. En la religión hindú (y después en las sectas budistas), el vocablo sánscrito “Nirvana” entraña un “enfriamiento”, un alejamiento de las pasiones. Las palabras sólo sirven para destruir esa paz interior. Nos adherimos demasiado a ellas y, hablando, diluimos la grandeza y el misterio que hay en la vida. Según numerosas corrientes orientales de pensamiento, la infelicidad terrena se debe a un exceso de pensamiento y de palabras. La Rhagavad-Gita nos recuerda que “aquellos que concentran su mente en Krishna no piensan en nada”. No se trata de abandonar el pensamiento por completo (de ser así, no nos harían falta tantos libros de filosofía), pero los budistas en general distinguen entre el pensamiento espontáneo y el pensamiento conceptual obsesivo. Las palabras son útiles e incluso necesarias para la transmisión del conocimiento. En especial los budistas zen se valen de ellas para la transmisión del conocimiento entre maestro y discípulo, pero tanto hindúes como budistas comprenden el peligro que suponen las palabras mal utilizadas, pues engendran más palabras, que a su vez pueden causar mayor estrés y ansiedad. La noción occidental de iluminación a menudo implica un vínculo místico con el mundo natural, y dicho vínculo, que entraña una transformación, difícilmente tiene lugar a través de las palabras”.

La importancia de Maggie: el sonido del silencio. Oriente y occidente”, de Eric Bronson

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     El primer acercamiento a la tradición oriental efectuado por occidente viene de la mano de las llamadas “escuelas helenísticas”, un conjunto de corrientes de pensamiento que desarrollan sus ideas y enseñanzas en la Atenas del siglo III a.n.e. Recordemos que en este momento histórico, conocido como "periodo alejandrino" en referencia al importante esfuerzo colonial efectuado por Alejandro Magno (356 a 323 a.n.e.) que extenderá su imperio a la mitad del mundo conocido, se produce la total descomposición de la ciudad griega tal como era entendida hasta ese momento: asistimos a la "desintegración de la polis” como marco sociopolítico privilegiado frente a la idea de “ecúmene”, idea que se plasma en la concepción estoica del mundo como una especie de “gran ciudad”, de “cosmópolis”. Este cambio modifica sustancialmente el concepto de “ciudadano” y de “ciudadanía” que hasta entonces se tenía: el ciudadano deja de "pertenecer a la polis” y se empieza a ver a sí mismo como “individuo”.

     Epicuro de Samos (341 a 270 a.n.e.) será el artífice de una teoría moral que intente compaginar los “intereses supremos del individuo” con una “crítica radical a la ciencia” como institución y a las concepciones platónica y aristotélica del conocimiento; y aún más: será esta crítica el “fundamento” donde se desarrollará su ética. Las concepciones epicúreas tenían como resultado y objetivo eliminar las “inquietudes” derivadas de la superstición, que impedían al individuo acceder a una “vida placentera”. El “placer”, en efecto, era para Epicuro la “aspiración máxima y legítima de la vida humana”: se niega cualquier estado intermedio entre el placer y el dolor, pues el placer es definido en muchos escritos como “ausencia de dolor”. La actividad del sabio y el uso de la ciencia deben tener como meta acabar con las “turbaciones en la vida” del individuo y aproximar esta al estado ideal de “felicidad”, que es entendida, al igual que la “virtud”, como equivalente al “placer”.

     Este intento de eliminar el dolor y el sufrimiento pone en contacto a Epicuro con buena parte de la “filosofía oriental” anterior, si bien en el caso de esta, se interpreta en clave “mística”, mientras que los epicúreos renunciaban a esta vertiente espiritual en favor de una perspectiva “materialista”, que parte de una teoría física que conocemos como “atomismo”. Si el término griego “a-tomos” significa “sin partes”, su traducción al ámbito latino es claro: “in-divido”, esto es, “que no se puede dividir”. El atomismo físico articula la teoría ética epicúrea: se priva a los astros de todo atributo divino y se rechaza cualquier posible influencia del mundo celeste sobre el terrestre. En cuanto a la existencia de los dioses, Epicuro la admite en base a la doctrina atomista, pero se les niega cualquier tipo de constitución sólida, sus atributos antropomórficos y la idea de que estos pusieran influir en la vida de los hombres. Se establece así una tajante separación entre “lo divino” y “lo humano”, de igual modo que se rechaza cualquier tipo de superstición tocante a la “vida ultraterrena” y al sistema de “premios y castigos” en un mundo “más allá de la muerte”.

     La doctrina del “tetrapharmakos” (los famosos “cuatro remedios”) no es más que una “guía para el individuo”, que debe buscar la eliminación de cualquier forma de dolor y sufrimiento a través de la única posibilidad material que nos ofrece el mundo: la “búsqueda de los placeres”, tanto físicos como intelectuales. Esto deberá ir unido a una total “despreocupación por los problemas políticos” que nos rodean, y al “disfrute de la amistad”. Algo de epicúrea hay por tanto en esa personita tierna y entrañable que llamamos Maggie Simpson. Tenemos por un lado su absoluta “satisfacción física”… Maggie nunca parece tener hambre, o frío, o cansancio, y sus necesidades corporales parecen estar perfectamente cubiertas (algo que los epicúreos conocían con el nombre de “aponía”). Pero lo más importante es que Maggie tampoco parece dejarse intimidar por males o pesares, no muestra ningún tipo de miedo o nerviosismo, y ejemplifica perfectamente eso que los epicúreos dieron en llamar “ataraxia”: la absoluta “imperturbabilidad del alma”, la total ausencia de impedimentos que imposibiliten obtener el placer y la felicidad. Su negativa a hablar, por otro lado, se ajusta perfectamente a máxima de Epicuro de “no inmiscuirse en los asuntos públicos” y en disfrutar de las cosas sencillas, como el cultivo de la amistad y de la vida familiar. Maggie sencillamente,“disfruta de la vida” y es feliz gozando de sus "pequeños placeres".

     Para un acercamiento a la figura de Maggie, nada mejor que consultar sus mejores capítulos, que no son muchos, pero si muy jugosos. En “Ciudadano Burns” (T05 C04), un evidente homenaje a la conocida “Ciudadano Kane” (RKO, EEUU 1941) de Orson Welles, comprobamos como, cuando el Señor Burns era joven, dejó a su "oso de peluche Bobo" por una vida de millonario. Ahora quiere a su oso de vuelta, y el problema es que está en posesión de Maggie, que también lo desea. En “Un tranvía llamado Marge” (T04 C02), la madre de la pequeña Maggie participa en una obra teatral que la obliga a dejar a su pequeña hijita en una "guardería" local en la que están "prohibidos los chupetes", una injusticia contra la que la pequeña se revelará. Finalmente, en el único y maravilloso episodio doble de la serie, “¿Quién disparó al Señor Burns?” (T06 C16), el poderoso magnate local no solo roba el petróleo descubierto bajo la escuela de Springfield, sino que quiere "privar a la ciudad del Sol". Cuando finalmente le disparan y todos se preguntan quién fue, el jefe de policía hace una "prueba de ADN" que le llevará hasta la puerta de los Simpson.

     También resultan muy interesantes los siguientes capítulos con Maggie como protagonista: en “Homer se queda solo” (T03 C15), Marge se rebela contra sus días de "ama de casa" y se toma unas vacaciones sola en Rancho Relaxo, dejando a Bart y Lisa con Patty y Selma y a Maggie con Homer. Pero Maggie extraña mucho a su madre y se va en su búsqueda; en “Maggie se ha ido” (T20 C13), cuando Homer deja a Maggie en la puerta de un convento para que esté a salvo mientras el intenta rescatar al "Pequeño Ayudante de Santa Claus" de la peliaguda situación en la que se ha metido, las monjas del convento se llevan a Maggie; en “Moe se convierte en niñera” (T14 C22), debido a un embotellamiento Maggie sale volando del auto y cae en los brazos de un Moe suicida, quien luego es tratado como un héroe. Maggie lo acepta como "su nueva niñera y padre", lo que hace que a Moe le den ganas de vivir. Pero Maggie se mete en una pelea de mafiosos entre el Gordo Tony y Don Castellaneta; finalmente, en “El pequeño gran amor de Moe” (T20 C16), a Maggie le molestan los nenes del parque junto a la "Taberna de Moe", donde Homer la deja mientras va a emborracharse.

domingo, 15 de octubre de 2023

Marge Simpson y la virtud de la prudencia

     “Desde el corrupto alcalde Joe “Diamante” Quimby hasta el impenitente malhechor Snake, pasando por las figuras más piadosas de la ciudad, como el reverendo Lovejoy y Ned Flanders, los extremos morales de Springfield tienen por único vínculo la variedad de los personajes que pululan por sus calles. Bart admite no saber la diferencia entre el bien y el mal y negocia con el demonio de tú a tú. Homer se embarca en un proyecto egoísta tras otro, intentando además convencer a Dios del valor de faltar a la iglesia para ver el futbol. Entretanto, Flanders consulta a las autoridades religiosas y a las sagradas escrituras para resolver cada dilema que encuentra, trátese de cuestiones éticas y morales o de modas y cereales de desayuno.

     En medio de estos extremos éticos, Marge se destaca como una piedra de toque de la moralidad. Para resolver los problemas que se le presentan, sencillamente deja que la razón oriente su conducta hacia un ponderado y admirable equilibrio entre los extremos. Se diferencia de Flanders porque éste siempre acata lo que la religión ordena sin importar si a él le parece bien hacerlo. Marge es religiosa, pero su conciencia, bien desarrollada, le permite hacer sólo aquello que haría una persona decente y razonable, incluso cuando sus decisiones entren en conflicto con las directrices impuestas por la autoridad del clero. Lo anterior sugiere que la filosofía moral implícita en las acciones de Marge podría tener mucho en común con la del gran filósofo de la antigüedad Aristóteles”.

La motivación moral de Marge”, de Gerald Erion y Joseph Zeccardi

Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark Conard y Aeon Skoble

     Como os comenté en el aula, vamos a tratar de explicar a algunos de los autores fundamentales de la “historia de la ética”, y sus ideas éticas y morales, a través de los personajes centrales de la serie “Los Simpson” (FOX, EEUU, 1989) de Matt Groening. Para todos aquellos adictos a la serie, os recomiendo además la excelente página FórmulaTV, en la que podéis encontrar todos los capítulos de la serie completos y doblados al español. Comenzaremos por Aristóteles (384 a 322 a.n.e.), el más puro representante de lo que se ha dado en llamar “éticas materiales” o “éticas de los fines”. Os recuerdo que estas teorías éticas sostienen que la moral consiste en la búsqueda de algún tipo de “bien” o “fin” que nos sirva como criterio para “orientar nuestra vida,” y que este fin nos servirá igualmente como “fundamento de la moral”, pues nos indicará un “contenido concreto, material” (como la felicidad, el placer, la virtud, la utilidad…), en función del cual se aparecen todos los demás bienes citados. La conducta del ser humano en su totalidad deberá estar determinada por este bien, por la búsqueda de este “fin último”.

     En su conocida “Etica a Nicomaco”, Aristóteles introduce la “felicidad” como único fin de la “vida buena”, entendida esta en el sentido griego, como “eudaimonía” (literalmente “buen demonio”), no como mera gratificación corporal (como le ocurre a Homer), sino como una felicidad a largo plazo, un “bienestar general” o, como dice Terrence Irvin, un “que nos vayan bien las cosas”. Al mismo tiempo, el filósofo intenta justificar la vida de “virtud”, e incluso ofrece sugerencias a quien esté interesado en convertirse en una “persona virtuosa”. Aristóteles enumera como virtudes la “valentía”, la “moderación”, la “liberalidad o magnificencia”, la “confianza en la propia valía”, la “mansedumbre”, la “amabilidad”, la “magnanimidad”, la “honradez”, la “agudeza” y la “modestia”. Por supuesto, el listado no agota todas las virtudes posibles, y al correr de los años se han ido añadiendo nuevas virtudes a la lista. Pero estas que aquí enumeramos nos proporcionan una buena idea de los “rasgos de carácter” que Aristóteles consideraba necesarios para ser una buena persona.

     Dada la importancia de las virtudes en la búsqueda de la “eudaimonía”, podríamos preguntarnos qué hacer para que nuestras vidas sean más virtuosas y, por lo tanto, mejores. Según Aristóteles, “ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza”. En lugar de eso, contamos con una capacidad natural para adquirir virtudes “por costumbre”: así, “practicando la justicia, nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados; y practicando la virilidad, viriles”. Lo que nos sugiere aquí Aristóteles es que es el “carácter” ("éthos"), en tanto que “segunda naturaleza”, y no el “temperamento”, el que determina en último término nuestra capacidad para la virtud, pues el carácter se forja a través de un “ejercicio constante” que nos ayuda a tomar decisiones acertadas y a repetir estas decisiones sucesivamente, para así afianzarlas, y que nos permite finalmente “construirnos a nosotros mismos” como seres virtuosos.

     Las personas virtuosas, por cierto, representan “modelos” importantes para nuestro “desarrollo moral”. Al elegir hacer las mismas cosas que hacen estas personas, podemos volvernos más virtuosos y, al cabo de un tiempo, podremos incluso aprender a sentir el empuje virtuoso de aquellos que actúan de un cierto modo sólo porque reconocen el valor de la virtud. En este sentido, una madre o un padre son los “modelos a imitar” por sus hijos, se conforman como “agentes socializadores” de primer orden, los primeros que ofrecen a los pequeños las directrices adecuadas para “orientar su vida” y aprender a “tomar decisiones” de forma ordenada y responsable, conforme a “valores buenos”. Podemos comprobarlo en estos tres episodios de Los Simpsons que os he seleccionado, y que giran alrededor del personaje de Marge, una de cuyas preocupaciones fundamentales es ser un buen referente para sus tres pequeños, y mostrarles un “ideal de vida buena” que ellos puedan imitar y, finalmente, asumir como propio.

     En Marge Simpson comprobamos que las “virtudes éticas” según Aristóteles no sirven únicamente para el ámbito académico, sino que pueden aplicarse con éxito en el mundo cotidiano de los dibujos animados. No puede negarse que Marge posee “valentía”, “honradez”, “moderación” y otras virtudes estimables, como tampoco puede negarse que, en consecuencia, es “feliz”: Marge disfruta realmente del hecho de ser valiente, honrada y moderada, y demuestra que las personas pueden llevar vidas morales plenas al margen del credo religioso que profesen. De hecho, a Marge le importa menos ser buena cristiana que ser “buena persona”. Os he seleccionado tres episodios que merece la pena revisar. En “Pinceles con grandeza” (T02 C18), Marge decide, motivada por una respuesta de Ringo Starr a su carta de 1966, "volver a la pintura". Le es comisionado un retrato del Señor Burns, que como bien sabéis es el jefe de su marido. En “Springfield connection” (T06 C23) nos encontramos con un nuevo policía en la ciudad (la propia Marge), y su trabajo consistirá en "limpiar las calles de criminales"… pero Marge rápidamente descubrirá que no todos los criminales están en las calles. Finalmente, en “Bocados inmobiliarios” (T09 C09) Marge acepta un trabajo de vendedora de bienes raíces, pero tiene problemas con su "uso de la verdad", y se plantea si es ético o no esconder la realidad para ascender en el negocio.

     Otros títulos interesantes con Marge como protagonista son “La alegría de la secta” 8T09 C13), en la que una nueva congregación religiosa se establece en Springfield prometiendo una vida más feliz y próspera en un lejano planeta. La mayoría de los ciudadanos caen en sus garras y sólo Marge es capaz de "abrirles los ojos" ante los auténticos fines de esta iglesia; “Un tranvía llamado Marge” (T04 C02), en la que nuestra protagonista participa en una versión musical de “Un tranvía llamado deseo” de Tennessee Williams, que tiene un extraño parecido con la vida cotidiana de los Simpson; “Lucha educativa” (T06 C21) en la que Bart consigue que los maestros de la escuela se declaren en huelga. Pero para su sorpresa su "maestra suplente" será su propia madre; y finalmente “Escenas de la lucha de clases en Springfield” (T07 C14), en la que la familia Simpson se codea con la "alta sociedad" cuando una compañera de la escuela de Marge los invita al "Springfield Country Club".

sábado, 14 de octubre de 2023

El estudio del genoma humano


     Se denomina “genética” a la ciencia que estudia los mecanismos de la “herencia”, el modo en que ciertos "rasgos biológicos" se transmiten de los padres a los hijos. Las primeras explicaciones científicas de este proceso se las debemos al monje agustino checo Gregor Mendel (1820 a 1884) quien fue capaz de demostrar, mediante la realización de unos "locos experimentos con guisantes" en el jardín de su monasterio en Brno (Moravia), que los “caracteres heredados” estaban determinados por factores específicos, que llamó “elemente”, y que hoy conocemos como “genes”. La investigación genética posterior, en especial a partir de Hugo de Vries (1848 a 1934) demostró que el progreso evolutivo de las especies depende por entero de las “mutaciones genéticas”, alteraciones casuales producidas en los organismos vivos que son transmitidas por herencia y permiten la "especiación".

     Las células de todos los organismos contienen estos “genes”, que son unidades básicas de información en un “locus” de “ácido desoxirribonucleico” (ADN) que codifica un producto génico y determinan nuestro tipo de sangre, la coloración de los ojos, nuestro vello corporal y otros muchos rasgos biológicos. Existe un hecho comprobado: “El ADN produce ARN, que da origen a las proteínas; es decir, que existe un flujo causal unidireccional que va del código al mensaje para la creación de la materia, en el que un elemento (el gen) produce al final otro elemento (una proteína), y, a su vez, el cúmulo de proteínas produce un organismo”. El gen es la unidad molecular de la “herencia genética”, y se encuentran en los “cromosomas”, y cada uno de ellos ocupa una posición determinada en el locus; el secuencia completa de genes de una especie particular se denomina “genoma”.

      El descubrimiento de la estructura de “doble hélice de ADN” por Francis Crick (1916 a 2002) y James Watson (1928-) en 1953 supuso un avance notable en nuestros conocimientos de genética. Estos autores sugieren que los cromosomas están estructurados como "dos hélices congruentes con el mismo eje”, difiriendo por una traslación a lo largo del eje. El ADN toma esta forma de manera natural por dos motivos: al ser “doble” puede "replicarse por sí misma”, y al ser una “hélice” es más "estable y resistente" que dos cadenas paralelas, ya que al empujarse en cualquier dirección no se rompen, sino que se comprimen como un muelle. La doble hélice, es una especie de cuerda de dos hilos enredados uno alrededor del otro, ambos constituidos por cuatro moléculas llamadas "adenina" (A), "timina" (T), "guanina" (G) y "citosina" (C) que se emparejan dos a dos (AT y GC).

     El ADN contiene las “instrucciones” para hacer todos los organismos: es el “archivo” en el que están almacenadas las órdenes que necesita un ser para nacer, crecer y reproducirse. La mayor parte del ADN (un 95%) no tiene función conocida y se considera “basura genética”, tan sólo un 5% consiste en “genes”, instrucciones para fabricar las proteínas necesarias para la vida. Cada gen contiene a su vez una serie de instrucciones que afectan bien a un proceso particular, bien a una característica personal. En algunos casos un único gen es responsable de una “característica heredada particular”, como el color de los ojos, pero la mayor parte de las características son “poligénicas”, están determinadas por la combinación de muchos genes: los organismos deben explicarse como “conjuntos integrados” y no solamente como una simple “suma de sus genes”.

     Ya que no existe un único gen que determine un tipo de comportamiento, el conocimiento del “genoma humano” nos permitirá cambiar nuestras concepciones sobre la medicina y la psicología. El “código genético” es universal, puesto que es “idéntico en todos los seres vivos” del planeta, por lo que la complejidad de la “especie humana” no reside en el número de sus genes sino en cómo estos “se regulan y se expresan” en las actividades que dan lugar a las funciones del individuo. El “Proyecto Genoma Humano” (PGH) es una investigación científica abierta a nivel internacional para determinar la "secuencia de pares de bases químicas" que componen el ADN e "identificar y cartografiar" todos nuestros genes. La secuencia definitiva se publicó en las revistas "Nature" y "Science" en 2000 y tiene una fiabilidad del 99,9%.

viernes, 13 de octubre de 2023

La diversidad de acciones humanas


     Una vez repasadas las diferencias entre la “moral” y la “ética”, ha llegado el momento de analizar las diferencias entre los distintos tipos de “acciones humanas”, y lo primero que tenemos que hacer es definir con claridad a qué llamamos “acción”. En un sentido muy amplio, una acción sería todo "acto” o “suceso” que se produce en el mundo, por lo que podemos considerar acciones la erosión que el viento causa en las montañas, el efecto protector que los lubricantes causan en el motor de un coche, los desperfectos que el gato causa en el sofá o la explicación que el profesor da a sus alumnos.

     Pero nosotros vamos a utilizar el término “acción” en un sentido más restringido, para aplicarlo exclusivamente a las "operaciones conscientes y voluntarias” realizadas por un “agente libre”. Ni el viento ni los lubricantes se proponen hacer lo que hacen ni se dan cuenta de ello, por lo que “erosionar” o “proteger” no son propiamente acciones. El gato sí realiza sus desperfectos de forma consciente y voluntaria, aunque esto podría ser discutible, puesto que está determinado por sus “instintos”, por lo que no se puede decir que se trate de una acción libre. El profesor, por el contrario, es plenamente "consciente" de lo que hace, y además lo hace de forma "voluntaria" (porque quiere hacerlo) y "libre" (porque lo decide así).

     La acción será por tanto una "característica específica del ser humano", pero no todo lo que hacemos se puede calificar como acción en sentido preciso: parpadear o tener fiebre son cosas que hacemos “sin proponérnoslas” y “sin controlarlas”, por lo que no serían propiamente acciones. Escribir un correo electrónico, jugar al baloncesto, estudiar para el examen de matemáticas o fregar los platos sí serían acciones, mientras que sonrojarse, sentirse mareado o roncar no lo serían, y de la misma manera la caída de una hoja de un árbol, la subida de la marea o la puesta de sol tampoco podría identificarse como acciones.

     Fijémonos en lo que hace “Man”, el protagonista de este pequeño cortometraje del joven dibujante y director británico Steve Cutts (1998-) que os muestro al inicio del artículo. ¿Cómo podríamos juzgar las "acciones" de este hombre?

     Podemos compararlo con las acciones que realiza “Moby”, el protagonista de un nuevo vídeo del mismo autor que podéis ver al final del artículo. ¿Podemos señalar las diferencias entre los "comportamientos" de los dos sujetos?

     Los seres humanos realizamos múltiples acciones a lo largo de toda nuestra vida, aunque no todas ellas van a poseer el mismo carácter ni van a tener la misma trascendencia. En primer lugar, realizamos acciones de forma “inconsciente” (como hacer la digestión o dormir), “mecánicamente” (como vestirnos o caminar) o por pura “necesidad” (como respirar o comer), un tipo de acciones que el hombre no hace ni consciente ni libremente y que solemos llamar “actos del hombre”. También hay acciones que el hombre realiza de forma consciente y libre, pero resultan “intrascendentes” o "de poca importancia practica”: que yo decida dar un paseo, dormir la siesta o ver la televisión esta tarde no tiene ninguna relevancia.

     Por contra, cada día realizamos acciones plenamente “conscientes y libres”, sobre todo en el ámbito "laboral" y "estético" (como cuando completamos una tarea de clase o decidimos pintar un cuadro), que además tienen una gran repercusión práctica y están sometidas a unas determinadas “normas”, pero aunque es evidente que son acciones, no se las puede considerar “morales”, ya que las normas a las que están sometidas no son “normas morales”. Finalmente, existe otro tipo de acciones que, además de ser “conscientes y libres” y de tener “repercusión en los demás” (puesto que de ellas se siguen "consecuencias"), están sometidas a un tipo específico de normas que llamamos "normas morales".

     Cabría discutir si algunas “actividades” que no son propias de las personas, sino de los animales o de las computadoras, podrían considerarse “acciones” (como un ordenador jugando al ajedrez o un primate lavando su comida). Desde luego estas acciones son “conscientes”, pero no queda claro si son “voluntarias” (los animales están condicionados por su “instinto” y los ordenadores están limitados por su “programa informático”), y en ningún caso se podría considerar que estos seres son “libres”, que “escogen y decide qué hacer”, por lo que sólo el "ser humano" debe considerarse capacitado para desarrollar acciones auténticas y puede definirse como un “agente consciente, voluntario y libre”.