jueves, 30 de mayo de 2024

La ética de la conciencia


     Aunque no hemos trabajado esta teoría ética en el aula, convendría decir algunas palabras sobre la forma de entender el “deber” propuesta por los existencialistas. El existencialismo es una corriente filosófica con autores muy diversos, si bien nosotros solo nos vamos a interesar por el pensamiento de Jean Paul Sartre (1905 a 1980), cuya moral se basa en la famosa frase de Fiódor Dostoyevski (1821 a 1881): “si Dios ha muerto, todo está permitido”, lo que le lleva a eliminar de su moral todo “valor absoluto” al margen del “ser humano”. Para los existencialistas el término “existencia” no significa el hecho de existir, como opuesto a la “esencia”, aquello que una cosa es; para ellos la existencia es “el modo de ser propio del ser humano”. Por ello centran su reflexión en el individuo concreto y en el mundo en que vive. Sartre está convencido de que la existencia humana depende de la “elección de cada uno”, que el ser humano es un ser “radicalmente libre”, cuya característica es su “absoluta indeterminación”. Cuando nace a un mundo que no ha elegido, el ser humano es una “naturaleza indefinida”, que ha de “hacerse a sí mismo” de forma progresiva, eligiendo en cada momento lo que desea ser.

     Frente a quienes admiten la “libertad subjetiva”, y en ella fundamentan el deber moral, Sartre radicaliza su postura afirmando que “el individuo se encuentra solo y abandonado”; es completamente “libre” para crearse a sí mismo, pero en un mundo carente de sentido, es decir, “en un mundo absurdo”. El ser humano está desorientado porque Dios no existe ni hay “valores” que sirvan de referencia posible para ordenar la conducta, y la única norma moral es “la que cada uno se imponga a sí mismo, sabiendo que en cada acción compromete a los demás” (y aquí se deja notar el principio utilitarista liberal en defensa del bien individual salvo cuando compromete el bien común).


     En estas circunstancias, “cada individuo elige libremente” y, al hacerlo, “crea sus propios valores”, sin necesidad de que existan los valores absolutos que Dios representaría si existiera. Cuando el ser humano decide “hacer algo”, la única justificación de su elección es “haber sido querida”, es decir, proceder de una “elección libre”, lo que hace a tal situación angustiosa. Sin embargo, la libertad individual debe coincidir con la de los demás porque, al elegir, no se puede prescindir de los otros o, como Sartre dice: “Es necesario que sea obligatorio a priori que sea uno honrado, que no mienta, que tenga hijos, etc...”.

     Os presento un interesante enfoque de la moral sartreana a partir de la película de los hermanos Joel y Ethan Coen titulada “El hombre que nunca estuvo allí” (USA Films, EEUU, 2001), que recuerda en su forma, más que en su contenido (aunque también cabría buscar coincidencias), a la famosa novela “El extranjero” (L'étranger) del también existencialista Albert Camus (1913 a 1960), por cuanto muestra la "vida y destino" de un hombre apocado, aparentemente sin demasiado interés por la vida, puesto que ésta le resulta totalmente "absurda y carente de sentido". Al igual que el protagonista de la novela (el conocido señor Meursault), nuestro protagonista, Ed Crane (Billy Bob Thornton) comete un absurdo crimen y, a pesar de sentirse inocente, jamás se manifiesta contra su ajusticiamiento ni muestra sentimiento alguno de "injusticia", "arrepentimiento" o "lástima". Crane muestra en la muerte la misma pasividad y el mismo sentido aburrido de la existencia que mostró en vida, sin importarle demasiado su “conducta” o los “resultados” que esta pudiera tener. Pero por otro lado es consciente de que ha cometido un "crimen atroz", y que debe “pagar por ello”, pues la libertad individual no debe sobrepasar nunca la de los demás, debe someterse a ella como el “primer principio de la moralidad”.


martes, 28 de mayo de 2024

Haz lo correcto, porque es lo correcto


     Continuamos nuestro estudio a las teorías éticas dando un pequeño repaso a las “éticas formales”, también llamadas “éticas del deber”, y nos hemos centrado para ello en el pensamiento del filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant (1724 a 1804). Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la ética, afirmando que el “contenido material de la acción” no es importante, puesto que es la “forma de la acción” la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una “finalidad” u "objetivo" predeterminado para las acciones humanas, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe "movernos a la acción", sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de "mandatos" que debemos seguir a pies juntillas, puesto que “nos obligan”, que “deben ser cumplidos” (aunque el seguirlos no nos haga felices, nos produzca placer o nos aporte un beneficio, pues lo realmente importante es cumplir con ellos por el mero hecho de ser "órdenes" que nos imponen "hacer lo correcto"). En última instancia, la “acción buena” se define por la “intención”… por la mera “voluntad” de actuar, y no por su consecuencia que la acción nos pueda reportar.

     Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las “leyes” por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen "cómo debemos comportarnos" para ser "personas auténticas". Estas leyes, que Kant denomina “imperativos”, no deben limitarse a ser meros “consejos” (consilia) para alcanzar un “fin”, sino verdaderos “mandatos” (praecepta) que nosotros mismos nos obligamos a cumplir al margen de toda finalidad por el hecho de reconocer en ellos la “acción correcta”, la “acción debida”. Mandatos que deben ser “incondicionados”, para todo tiempo y lugar, además de “universales”, válidos para todo ser humano, que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen “realizar la propia humanidad”, puesto que ser persona es por sí mismo algo valioso, y la meta de la moral consiste en “querer ser personas” por encima de cualquier finalidad o bien supremo: en querer tener una “buena voluntad”. El imperativo categórico es único, y se formula como sigue: "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal".

     Hemos visto en clase un ejemplo notable de esta forma de entender la "moralidad" (Moralität), la película de Clint EastwoodCazador blanco, corazón negro” (WB, EEUU, 1990), una de cuyas escenas os reproduzco ahora, para que recordéis la lección aprendida. Lo cierto es que podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta (como "Los puentes de Madison", "Million Dollar Baby", o la más reciente "Cartas desde Iwo Jima", de la que os ofrezco una extraordinaria escena que ejemplifica a la perfección el pensamiento kantiano en este enlace), pero nos centramos en las dos escenas que he hemos visto en el aula, en las que Eastwood es finalmente apaleado por defender una "idea de igualdad" como "valor universal" que le "mueve a la acción" de forma “directa e incondicionada”: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a los negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que "quieren conquistarlo" y los que "quieren defenderlo". Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho” (te sientes “vivo, libre, autónomo”: te sientes “persona”, porque sencillamente has hecho “lo correcto”).

jueves, 23 de mayo de 2024

A imagen y semejanza de Dios


     Respecto de la corriente conocida como iusnaturalismo moral, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino (1224 a 1274) pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la “moral católica”, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF, Alemania, 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del “comportamiento humano”. Mientras Jorge de Burgos (Feodor Chaliapinargumenta que la risa es “antinatural” en el ser humano, porque deforma sus facciones y le aproxima al estado animal, Guillermo de Baskerville (Sean Connery) defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento “distintivo” del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, una ley que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (¿Dios?) que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo “logos”, que puede encontrar en su interior para fundamentar su propio “comportamiento moral”.

     El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera “el mayor bien” al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta “ley natural” y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede “hablar de la risa” (y muchísimo menos “reír”) cuando la abadía está inmersa en unos acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha “obrado mal”. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de “placer o deseo físico”, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el “recato en la conducta” y la “expiación de los pecados”, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riese o no riese… algo muy difícil de dilucidar.

miércoles, 22 de mayo de 2024

Solo los recios, solo los fuertes

     Un ejemplo interesante de lo que significa ser un “estoico” lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros, EEUU, 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente en los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio (334 a 262 a.n.e.) y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa nueva” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película,  centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los inpúberes espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por “comportamiento estoico”: se trata de la “negación de cualquier deseo o pasión”, de la “indiferencia hacia los placeres y dolores externos”, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” (ἀπάθεια) entendida como “insensibilidad ante el placer y el dolor”, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que "nos vincula a la naturaleza" y nos hace comprender su “lógica” (λóγος) y el “destino inexorable” que la rige, al que necesariamente deberemos adaptarnos.

     El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde su más tierna infancia en la necesidad del “esfuerzo” personal, el “sacrificio” físico y la “perseverancia” mental en las situaciones más extremas: forzado a medir sus fuerzas "con la naturaleza", contra sus inclemencias e impiedades, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente “acomodándose a su ritmo” (a su “logos”, a su “razón de ser”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a "soportar el malestar y los sufrimientos" y a no mostrar dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese “logos racional” que le marca la naturaleza, algo que se aprecia en la forma en que el rey Leónidas (Gerard Butler) se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo. Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con "moderación" y cumple con "su deber como espartano": aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos”, y que morir en el campo de batalla por la defensa de su patria es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida”.

lunes, 20 de mayo de 2024

La moral utilitarista al otro lado del mundo


     Hemos terminado de repasar recientemente las “teorías éticas materiales”, las llamadas “éticas de los fines”, algunos de cuyos autores ya han pasado por esta bitácora en forma de artículos, con vídeos incluidos. Nos queda por ejemplificar el pensamiento de John Stuart Mill (1806 a 1873) y su ética utilitarista, una vuelta de tuerca a la “filosofía hedonista” defendida por Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.), solo que menos individual y egoísta y mucho más “social y altruista”. Supongo que todos tenéis aún frescas en la memoria las tres escenas seleccionadas que hemos visto en el aula. Para los despistados, os recuerdo que se trataba de la película “Master and Commander: Al otro lado del mundo” (FOX, EEUU, 2003) de Peter Weir, a partir de una de las novelas más conocidas del increíble Patrick O'Brian. Nos centramos en la amistad de los dos protagonistas, el rudo y decidido capitán Jack “Lucky” Aubrey (Russell Crowe) y su compañero de sesiones musicales, el medico de a bordo, Stephen Maturín (Paul Bettany), hombre de ciencia y experto naturalista, interesado por el hallazgo de nuevas especies, por aquel entonces desconocidas en Europa.

     La primera escena seleccionada ejemplifica a la perfección el “sentir utilitarista” respecto de la moral: herido accidentalmente por un oficial, el doctor Maturín se debate entre la vida y la muerte por culpa de una bala que puede empezar a gangrenarle el estómago, mientras su amigo el capitán, con el barco francés al que ha de dar caza a un tiro de piedra, debe decidir si "continuar la persecución" o "desembarcar en tierra" para procurar operar a su amigo. Y la decisión es plenamente utilitaria: “el mayor bien para el mayor número de personas”. Jack sabe que no le serviría de mucho entrar en combate sin disponer de un médico para curar las heridas de sus marineros, y que la figura del "médico" es clave en un viaje tan largo (los que habéis visto la película completa recordaréis que la tripulación francesa carece de doctor, lo que probablemente decanta la partida en favor del barco británico al final de la historia). Sin duda, salvar al doctor merece “un sacrificio momentáneo” (dejar escapar a la presa) en busca de “un beneficio mayor”. El propio Maturín, una vez curado, tendrá ocasión de devolver el favor a su amigo, pensando antes en el "bien común" que en su "beneficio personal", como también hemos visto.

     La segunda escena es mucho más dramática: si recordáis, nos encontramos en medio de un temporal con vientos elevados y lluvia torrencial, y la situación en cubierta es un "caos absoluto", a pesar de los esfuerzos de los oficiales por mantener la calma (qué importante es la "prudencia" es momentos así, nos recordarían Platón y Aristóteles). Finalmente, el “palo de mesana” cede y se precipita al mar, arrastrando consigo a uno de los jóvenes grumetes. Las amarras se tensan y el palo hace de “ancla flotante”, escorando el barco hasta casi volcarlo; los hombres rezan y se encomiendan a Dios: es la perdición, si alguien no lo remedia. Y entonces el capitán toma la decisión “más útil”, la más beneficiosa para todos y la que supone el “mal menor”. Se trata de una “decisión moral”: cortar las amarras que atenazan el barco, sacrificando la vida de uno de sus marineros, que morirá engullido por las olas, pero asegurando la supervivencia del resto. Es una “decisión dura para todos” , incluso para el mejor amigo del condenado, que ayuda a cortar las cuerdas y llora amargamente la pérdida de su compañero. En ocasiones “lo correcto no implica placer”, como tendremos ocasión de comprobar en unos pocos días al abordar la ética kantiana.

     Y un último apunte. En alguno de los vídeos anexos es posible que encontréis información sobre el doctor Maturín y sus esfuerzos por describir y catalogar nuevas especies, una labor muy propia de los “naturalistas” europeos de principios del siglo XIX, con Charles Darwin (1809 a 1882) a la cabeza, pero también con Alfred Russel Wallace, Jean-Baptiste Lamarck, Carl Nilsson Linnæus (Linneo), Georges Léopold Cuvier y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y muchos otros. Si tenéis ocasión, fijaros en el mimo que ponen en sus observaciones, la precisión de sus dibujos a carbón y la meticulosidad con la que "recogen, organizan y almacenan los datos". Todo un alarde de “ciencia empírica”, preludio de una época de renovación científica que alcanzará su cenit a mediados de siglo con la aparición de los primeros pensadores “evolucionistas”, con sus nuevas ideas sobre el “origen y evolución de las especies” y con el desarrollo de la “ciencia biológica” tal cual la conocemos hoy en día (de hecho, el doctor Maturín es un trasunto evidente de Darwin en su edad juvenil, con su poblado pelo rojizo y sus gafas redondeadas, una imagen del descubridor de la “selección natural” alejada el viejo calvo y con enormes barbas al que estamos acostumbrados).

domingo, 19 de mayo de 2024

Sobre el sentimiento de simpatía


     Os sugiero un acercamiento a la ética emotivista desarrollada por el empirista escocés David Hume (1711 a 1776) de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC, Francia, 2001) de Jean-Pierre Jeunet. Podéis comenzar con el arranque de la película (disponible en este enlace), y continuad con el vídeo que inicia el artículo, en el que se muestran los “gustos” de la protagonista, la joven Amelie Poulard (Audrey Tautou) o comprobad cómo se divierte en esta escena cambiándole las cosas de sitio a su vecino (en este enlace), un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter. Al provocar en este hombre un “sentimiento de confusión”, trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a contemplar la vida desde una perspectiva más “emocional”. Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la monotonía de la vida, al robarle su preciado “gnomo de jardín” y hacerle viajar por medio mundo: al torturar al padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en él un sentimiento de aventura, un "interés por el mundo" y una "alegría de vivir" que parecían olvidados.

     Toda "norma moral" y todo “juicio moral” debería basarse, según Hume, en el “sentimiento de aprobación” que provocan las acciones sinceras y en el “sentimiento de rechazo” que generan las acciones engañosas. Para los filósofos emotivistas, la moral no pertenece al ámbito de lo racional, no puede ser objeto de "discusión o argumentación": la función que poseen los juicios y las normas morales es “influir en los sentimientos y en la conducta de los demás”. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto “apasionamiento” por la vida que parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir con ellos, al considerarlo bueno: comportarse educadamente con los demás y ser más "transigente y respetuoso" con los defectos ajenos, así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone la existencia. Todo esto son “sentimientos” que consideramos “agradables”, y por ello mismo “moralmente buenos”.

miércoles, 15 de mayo de 2024

En busca del placer perdido


     Un buen ejemplo de “hedonismo” que nos permitirá reflexionar sobre la filosofía de Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.). El pensamiento ético de este autor se caracteriza por identificar la “felicidad” (εὐδαιμονία) con el “placer” (ἡδονή), y por considerar a este último como “fin" o "meta” de nuestras vidas. Por supuesto, como en casi toda la filosofía griega, el acceso a este bien último debe darse de forma calculada, a través de la “razón” (λóγος), la única de nuestras facultades que nos permitirá alcanzar “el mayor placer y el menor dolor”. He seleccionado varias escenas de la película “Hannah y sus hermanas” (Orion, EEUU, 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa casi toda la película inmerso en una crisis existencial ante la duda de si Dios existe o no, si la vida tiene algún sentido, o si tenemos motivos para vivirla...

     Podéis empezar por el capítulo titulado “El gran salto”, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna (podéis consultar este divertidísimo vídeo tecleando sobre el enlace). Woody se cuestiona “¿por qué existieron los nazis?” (que es una forma de decir “¿por qué existe el mal en el mundo?”, un tema filosófico de difícil solución). Las respuestas del padre respecto a qué será de mi vida tras la muerte son verdaderamente interesantes: “¿A quién le importa? Cuando esté muerto, estaré muerto, ya no tendré que preocuparme”.

     Esta forma de pensar nos remite directamente al “tetrapharmakos” (τετραφάρμακος) de Epicuro: ciertamente, existen motivos para ser infeliz, motivos que nos amargan la existencia y nos impiden disfrutar de una vida placentera. A estos cuatro miedos (la muerte, los dioses, el destino y los males) les pone solución Epicuro con sus famosos “cuatro remedios”, y esta escena ilustra perfectamente el primero de ellos: “cuando yo soy (estoy vivo), la muerte no está; y cuando la muerte está presente, yo ya no soy, porque he dejado de existir”; y puesto que ni siento ni padezco, no tiene sentido temer a la muerte, porque nunca llegamos a encontrarnos con ella… y si lo hacemos, siempre podremos retarla a una partida de ajedrez… ¡o de gim rummy! (para comprender este pequeño chiste, echadle un vistazo al relato “El séptimo sello”, extraído de su memorable libro de relatos cortos “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”)

     Por desgracia, estos argumentos no convencen al bueno de Woody (el vídeo que abre el artículo nos muestra las terribles "dudas existenciales" del protagonista), que, asolado por tanta incertidumbre, decide poner término a su vida (con las simpáticas consecuencias que podemos ver en el vídeo que cierra el artículo seleccionado, propias del mayor patoso de la historia del cine). Finalmente, nuestro amigo se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount, EEUU, 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas las preguntas y toma la opción de un sabio griego: “incluso aunque Dios no exista y esta sea la única vida que tenemos, aunque no tenga ningún sentido… ¿acaso no te interesa esta experiencia? ¿No te apetece sacarle el máximo partido?

     Y la conclusión del “sabioWoody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!” Es la imagen perfecta para ejemplificar la actitud de Epicuro: la búsqueda del “placer” como fin último de la vida, como verdadero generador de felicidad, entendidos ambos como la “satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales”, lo que Epicuro llamaba “aponía” (ἀπονία) o “ausencia de dolor” unida a la "serenidad que proporcionan los placeres intelectuales del alma", la conocida “ataraxia” (ἀταραξία) o “imperturbabilidad del alma”, pues en el placer de las pequeñas cosas se encuentra la verdadera felicidad, la “autorrealización”, que consiste en alcanzar la “autarquía” (αὐταρχία), la “autosuficiencia” o “dominio de uno mismo”, renunciando a todo aquello que nos perturba y, simplemente, disfrutar de una buena película: la nuestra, esa en la que nosotros somos los protagonistas.

domingo, 12 de mayo de 2024

La felicidad por el camino del medio


     Acabamos de ver la película "Alejandro Magno" (Warner Bros, EEUU, 2005) de Oliver Stone, para ejemplificar el pensamiento ético de Aristóteles de Estagira (384 a 322 a.n.e.). Pocas veces una película nos muestra directamente al pensador que estamos estudiando, pero aquí tenemos al "Filósofo" en persona impartiendo clases al joven Alejandro Magno. Comienza la escena con una lección de geografía, para avanzar poco a poco hacia el estudio de la "virtud" (en este caso, el conocimiento del "amor"). Las palabras del maestro son significativas: Aristóteles desacredita a la tradición, “niega los mitos y ensalza la razón”, y su uso en la búsqueda de la virtud o excelencia. Convendría echar un vistazo al arranque de la película (en este enlace) y a su final (en este otro enlace), un breve relato de la vida del conquistador de la mano de uno de sus generales, Ptolomeo I Sóter, que pasaría a la historia como fundador, en el siglo III a.n.e. de la célebre Biblioteca de Alejandría, y que se esmera en contarnos las virtudes del gran Alejandro, que fue quien mejor supo entender el pensamiento ético de Aristóteles, y de llevarlo a la práctica.

     Hay también un ligero toque de Sócrates de Atenas (470 a 399 a.n.e.) en el uso del "diálogo": la lección de geografía es un monólogo del maestro, pero sobre virtud es mejor "razonar a través de preguntas y respuestas". La "virtud" o "excelencia" (ἀρετή) no es un "don propio de los nobles" (los "aristós", los mejores en virtud y sabiduría) sino una "cualidad propia de todo ser humano", con independencia de su nacimiento o de su condición social (incluso de su género: recordemos que Platón, discípulo del gran maestro, proponía que debía “educarse por igual a hombres y a mujeres”, ya que ambos podían ser igualmente virtuosos, una forma de pensar no muy extendida por aquel entonces). Frente a los persas, que son considerados unos "bárbaros" por "ceder ante sus instintos naturales", los griegos son tenidos por hombres superiores, ya que practican “el control sobre sus pasiones” y se esmeran en la virtud de la "moderación" (σοφροσυνη), que es aquella que se alcanza con el ejercicio de la razón: hacer uso siempre del "término medio" (aurea mediocritas), “el justo medio entre el exceso y el defecto” porque eso nos garantizará una mayor felicidad.

     Aristóteles enseña no sólo a Alejandro, sino también al resto de hijos de los nobles macedonios, los "aristoi" (los que luego serán sus generales en el campo de batalla), y se muestra como un "maestro de virtud". Lo que sin embargo debe llamarnos la atención es el uso que Alejandro hace de las enseñanzas de su maestro (contrarias a las de su padre, como podéis comprobar en este enlace), que se revelan de forma clara en la siguiente escena de la película, la "doma de Bucéfalo", cuando el niño aparta de sí los pensamientos míticos ("es el dios Apolo") en favor de la razón ("es sólo un truco"). Fijaros en cómo se acerca al caballo; no se muestra cobarde o con miedo, ni tampoco se comporta de forma atolondrada y temeraria, sino que adopta el "término medio": la "valentía" (ανδρεία). Actúa con mesura, con "prudencia", pero también con "determinación", consciente de sus actos, y se deja guiar por la razón, no por el corazón. Fijaros en su cara de felicidad a lomos de Bucéfalo, cuando consigue el triunfo, cuando alcanza su finalidad. Una buena lección sobre el coraje, que nos proporciona un niño de doce años. Intentemos todos tomar buena nota.

lunes, 6 de mayo de 2024

Hacia la virtud por el conocimiento


     Comenzamos nuestro repaso a las teorías éticas con el concepto de intelectualismo moral, introducido por Sócrates de Atenas (470 a 339 a.n.e.) un autor que ha tenido, y tiene aún, innumerables seguidores, como el polémico y divertido doctor Gregory House (Hugh Laurie) protagonista de la serie "House M.D." (NBC, EEUU, 2004). Ya hemos comentado la filiación de este médico televisivo con el pensador griego en lo tocante al ámbito "epistemológico" a través del concepto de “dialéctica” (διαλεκτική) el famoso método de la "mayéutica" (μαιευτικη´). Nos centramos ahora en sus parecidos "morales". El "intelectualismo" es una teoría ética que sostiene que no sólo es posible conocer el "Bien", puesto que tiene “existencia objetiva" y "validez universal”, sino que además este mero hecho es el único requisito para cumplir con él, para "actuar bien". Al igual que Sócrates, el doctor House concibe la moral como un “saber”, y considera que las personas malas lo son no por pura maldad sino por simple "ignorancia", al igual que las personas buenas no lo son por pura bondad sino por poseer la "sabiduría". Al principio del vídeo que os presento podemos ver una caracterización de los personajes de la serie, cada uno de los cuales remite a una “virtud” o “ateté” (ἀρετή), a una "excelencia de carácter". Lo que los hace buenos médicos es precisamente su "conocimiento" de la medicina. Del mismo modo, el uso de la "ironía" (algo por lo demás muy socrático) permite a House diferenciar entre "el bien y el mal" (físico y moral) desde una posición sapiente, y hacer uso de este conocimiento para poder obrar con "justicia".

     La novedosa idea que nos plantea Sócrates es que la “sabiduría” no le viene al hombre desde fuera, sino “desde dentro”, de su interior, de “uno mismo”: el sabio no es el que vive de seguridades, el que por tanto se ha cansado de buscar, sino el "incansable", el que "duda" de forma permanente y se "interroga" sobre los problemas del mundo, sobre todo aquello que le rodea y que determina su vida. Su verdadera filosofía es descubrir por sí mismo la verdad: "mientras viva no dejaré de filosofar", puesto que "una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida". Su doctrina “identifica la virtud con el saber”: el que sabe es virtuoso, mientras que el que obra mal es un ignorante, porque el bien, que es "lo útil para el individuo y para la ciudad", influye de tal manera sobre el entendimiento del que lo conoce que, una vez aprehendido, determina su "voluntad", la cual no puede menos que quererlo y practicarlo. El que no lo ha practicado es porque no lo ha conocido, es decir, porque no sabe lo que es el bien: "Solamente sabiendo qué es la justicia se puede ser justo, solamente sabiendo lo que es bueno se puede obrar el bien". Es imposible que el entendimiento conozca el mal, de la misma manera que es imposible que la voluntad quiera el mal, porque "la voluntad está determinada al bien", y el que peca no lo hace por mala voluntad, sino por desconocimiento. En último término, afirma Sócrates, a quien no actue guiado por el bien no se le debe imponer un castigo, sino procurarte una "instrucción"... en lugar de cárceles, deberíamos construir escuelas.