sábado, 8 de enero de 2022

Un repaso a la filosofía renacentista

     Vamos a completar nuestro repaso al Renacimiento con una pequeña reseña de algunos de los pensadores más destacados de este periodo, agrupados bajo la rúbrica genérica de humanismo, movimiento heteróclito que recorrerá Europa desde sus inicios italianos hasta el advenimiento de las modernas filosofías del racionalismo y el empirismo. Se trata de un “grupo heterogéneo de pensadores”, algunos de los cuales ya hemos visto en artículos precedentes, a los que seguramente no convendría poner el nombre de “filósofos”, por cuanto muchos de ellos no llegarían a elaborar una “filosofía sistemática” al estilo de los autores clásicos, griegos o medievales. No obstante, el “pensamiento humanista” nos ha dejado un buen número de “ideas” sobre las que reflexionar, recogidas de manera más o menos dispersa en “tratados” de todo tipo: políticos, jurídicos, antropológicos, estéticos, científicos... Quizá la unidad deba buscarse mejor en el campo del “derecho” y las “ciencias sociales”. Pero también es cierto que el humanismo se deja caracterizar por una serie de “conceptos básicos” comunes a todos estos autores, que trataremos de señalar a continuación.

     La mayoría de los llamados “humanistas” culpaban a la filosofía medieval de una “interpretación inadecuada” del saber del mundo antiguo: los escolásticos serán criticados por su “lenguaje artificioso y oscuro”, entre otras cosas. Mientras algunos autores propondrán un "retorno a la sencillez evangélica" (es el caso de Erasmo de Rotterdan, del que emanarán todas las ideas que posteriormente darán lugar a la Reforma protestante), otros iniciarán un camino de "regreso a las fuentes de la filosofía griega”. Fueran o no humanistas, los filósofos renacentistas insistieron en la correspondencia entre el “hombre” y el “mundo”, entre el “microcosmos” y el “macrocosmos”, haciendo precisamente del hombre el “centro del Universo” y considerando a la Naturaleza como “un todo infinito y vivo”. No se puede decir que esta visión haya sido unánime, pero si que dará pie a una nueva forma de acometer el estudio de las ideas que se vehiculará más adelante con la Revolución científica del siglo XVII (de la que nos ocuparemos en próximos artículos), que marcará un punto de inflexión del que se desprenderá una “nueva concepción del mundo”.

     Francesco Petrarca (1304 a 1374) es considerado por muchos el fundador del humanismo al rechazar la petrificada formación universitaria medieval en favor de un "redescubrimiento de la filosofía y literatura antiguas", cuyas obras serán tratadas como modelos tanto en el contenido como en la forma. Intentará armonizar el “legado grecolatino” con las “ideas del cristianismo”, y sus obras influirán en autores como Garcilaso, Shakespeare y Spencer. Por otro lado, Petrarca fue el primero en proponer una “unificación de toda Italia” para recuperar la grandeza que había tenido en la época del Imperio romano. A este interés por el lenguaje (“gramática”, “retórica”, “dialéctica”) habrán de unírsele posteriormente otros significativos literatos italianos como Giovanni Boccaccio (1313 a 1375).

     Nicolás de Cusa (1397 a 1482) influido por el neoplatonismo y el misticismo a partes iguales, desarrollará una importante labor matemática que le permitirá mostrar una “imagen moderna del hombre y del mundo”. Al primero lo concibe como “espíritu” (mens), término que en latín significa literalmente “medir” (mensurare), un espíritu que, al comprender el mundo, lo “diseña” como algo nuevo. Respecto del segundo, afirma que en el mundo de las cosas encontramos “contrarios” y que “la unidad del mundo en su multiplicidad”, y que esta se basa en Dios (“ser infinito”) en el que son superados todos los contrarios que se encuentran en las cosas finitas: el mundo no sería más que el “despliegue y diferenciación” (explicatio) de todo cuanto se encuentra “comprendido y unificado” (complicatio) en Dios.

     Marsilio Ficino, (1433 a 1499) encabeza la línea platónica renacentista, y sus traducciones de Platón y Plotino ayudarán a popularizar la filosofía de la “emanación” (emanatio) y de la “significación de lo bello”. Enfatiza nuestro autor la definición de hombre como “ser espiritual”: el alma inmortal del hombre es el centro y vínculo con el mundo, el medio que pone en relación la esfera de lo meramente “corporal” con el puro “espíritu” divino, de modo que mediante la “razón” el alma humana se libera del cuerpo y puede “regresar” nuevamente a su origen divino. En esta misma línea de pensamiento (compartirán docencia en la Nueva Academia Platónica Florentina) nos encontramos también a su discípulo Giovanni Pico della Mirandola (1463 a 1494).

     Pietro Pomponazzi (1642 a 1525) es el representante más notable del aristotelismo renacentista. Su filosofía acentúa la correspondencia entre el “cuerpo” y el “alma”: para alcanzar el conocimiento, el alma necesita de la colaboración de las “impresiones sensoriales”, lo cual es impensable sin lo corporal. Todo saber proviene de la “experiencia” (experientĭa), de modo que solo podemos saber algo sobre aquellas “relaciones” de la naturaleza susceptibles de experiencia, pero nada sabemos sobre las “causas” del ser que las subyacen. La “inmortalidad del alma” no se puede demostrar racionalmente, y además es irrelevante para la moral, puesto que no se debería aspirar a la virtud por una recompensa en el “más allá”, sino por una adecuación a la realidad presente.

     Giordano Bruno (1548 a 1600) influenciado a la par por Cusa y por Copérnico, elabora una importante metafísica que inevitablemente le llevará a entrar en conflicto con la Inquisición, que le condenará y ejecutará por el conjunto de su obra. Bruno recoge la concepción “heliocéntrica” (ἥλιος+κέντρον) del mundo, pero eliminando la “esfera de las estrellas fijas” y formulando la tesis de la “infinitud del Universo”: el Cosmos está constituido por un "número infinito de otros mundos" que, al igual que la Tierra, pueden estar habitados. Y si bien cada uno de estos mundos está sujeto a los cambios y es perecedero, el Universo en su totalidad es “eterno e inmóvil”, dado que no hay nada fuera de él, sino que él mismo es la totalidad del ser. Rompe así con algunas de las tesis sobre la Naturaleza de su predecesor Bernardino Telesio (1509 a 1588).

     Michel de Montaigne (1533 a 1592) inaugura un género literario denominado “Ensayo” (Essai) caracterizado por su forma libre y subjetiva de expresión que se sustenta en su famoso punto de partida escéptico:  “¿qué sé yo?” (que sais-je?). Para Montaigne el mundo se manifiesta en un permanente cambio y está disperso en una multiplicidad, de modo que la razón se engaña si cree que puede captar algo inmutable y eterno. De ahí que la “ciencia natural” no sea otra cosa que “poesía sofística”, y que la tradición filosófica esté dominada por la anarquía. Pero esta actitud escéptica no conduce a la resignación, sino que nos libera de fingimientos y nos educa en la “independencia del juicio” y en la “seguridad interior”: la “naturaleza reguladora”, en sentido estoico, se convierte así en la medida y la guía de una vida “conforme a lo dado”.

     Mención aparte merece la figura de Francis Bacon (1561 a 1626), que se arroga para sí la tarea de una “fundamentación” y una “interpretación” sistemáticas de “todas las ciencias”, las cuales clasifica de acuerdo con las diferentes facultades del hombre: “memoria” (historia), “fantasía” (poesía) y “entendimiento” (filosofía). La ciencia primera será la “Prima Philosophia”, cuyo objeto de estudio son los fundamentos comunes a todas las demás ciencias. El conocimiento es una copia auténtica de la Naturaleza, sin “imaginaciones engañosas”: a estas últimas las describe Bacon como “prejuicios”, a los que él llamará “idolos” (eidola), y que son cuatro: “idola tribus”, “idola specus”, “idola fori” e “idola theatri”. Frente a ellos, la “inducción” es un método correcto y seguro para disolver las imágenes engañosas y poder alcanzar un conocimiento verdadero. En su obra “Nuevos instrumentos de la ciencia” (Novum Organum scientiarum), conocida comúnmente como “Novum Organum”, afirma que el procedimiento “metódico-experimental” parte de la recogida y comparación de observaciones para captar, mediante “generalizaciones sucesivas”, las formas generales de la Naturaleza: la inducción no parte de experiencias fortuitas, sino que trabaja de manera planificada con clasificaciones de las “observaciones” (“tablas” o "registros") que den cuenta de todos los “experimentos” dirigidos.

     Hay otro aspecto de la filosofía de Bacon que cabría reseñar aquí, y es la introducción de una novedosa “idea de hombre”. Frente a la conciencia del hombre “clásica” (asumida por la cultura cristiana), que impregna la filosofía medieval y el propio humanismo, se había producido en la época un acontecimiento decisivo: el Descubrimiento de América. El encuentro con aquellos otros "modelos humanos no clásicos” habría supuesto la relativización de la concepción de hombre del humanismo y, finalmente, su disolución. Se trataría ahora de cancelar las dificultades de una realidad humana percibida como “problemática”, buscando sus “notas esenciales” y estableciendo lo “invariable” de su naturaleza. Esta nueva prospectiva habría impulsado la aparición de los primeros tratados “Acerca del hombre” (De Homine), es decir, las primeras obras de antropología filosófica, característicos de la época moderna, el primero de los cuales habría sido el de Bacon, y que tendrán como base lo que Immanuel Kant (1724 a 1804) llamará “conflicto de la facultades” (de Medicina, Teología y Derecho, por oposición a la de Filosofía). Lo que va a ocurrir de aquí en adelante es que se tenderá a equiparar esta idea de “Hombre” (homo) con las ideas de “Dios” (Deus) y de “Naturaleza” (natura), en tanto que novedosa “idea práctica” que es entendida como un “proceso que se hace a sí mismo" y que "construye su propia esencia".

viernes, 7 de enero de 2022

¡Ese invento de Satanás!


     El tercero de nuestros artículos dedicados al Renacimiento tratará de analizar el proceso de la Reforma Protestante que sufre la Iglesia a partir de la publicación del “Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias” (Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum), más conocidas como “Las 95 tesis” (1517) por  Martín Lutero (1483 a 1546), un autor que aquí os presento en la reciente película de Eric Till, que en un ataque de inspiración decidió titular su obra “Lutero” (Paramount 2005). La película condensa la totalidad de claves para entender el conflicto que enfrentó al joven sacerdote y doctor en Teología con la cúpula de la Iglesia católica. La campaña de las “indulgencias”, iniciada ya en época antigua, se consolidó durante el siglo XV en la Ciudad del Vaticano, dada la necesidad de sufragar la costosísima construcción de la nueva Basílica papal de San Pedro, a mayor gloria y grandeza del nuevo papa León X (que no de Dios, como cabría esperar), lo que obligó a la Iglesia a hacer un esfuerzo económico importante, para el que sería necesaria la ayuda del pueblo. Cientos de clérigos recorren Europa en esta época pidiendo la “contribución de los pobres”, a los que se les promete el Paraíso (παράδεισος) por unas pocas monedas. Nos encontramos en la “nueva Babilonia”: Roma es un lugar marcado por la corrupción y la lucha por el poder, donde “todo se puede comprar”, desde la satisfacción de la carne, para aplacar el deseo sexual, hasta la salvación del alma, para limpiar nuestra conciencia moral y liberarnos de los pecados.

     La visita que Lutero realiza en 1510 a la capital del mundo cristiano (que podéis ver en el primero de los vídeos) indigna de tal manera al entonces monje agustino de Erfurt, que no tiene por menos que denunciar los hechos: una simple "moneda de plata" y unos cuantos "padrenuestros" bastan para liberar a su abuelo del Purgatorio (el propio Martín se lamenta de su pobreza, consciente de que unas pocas monedas más hubieran significado la salvación de toda la familia). El clérigo alemán estalla: en el año 1517 redacta y hace públicas sus famosísimas "tesis" (que podéis leer en este enlace o escuchar en este audiolibro), en las cuales proclamaba un retorno al “auténtico espíritu evangélico” y al “mensaje bíblico original”, donde se incluyen la defensa de la “salvación por la fe” (y no por las indulgencias), el rechazo de la “virginidad de María” y del “culto a las imágenes y los santos” y, sobre todo, la “libre interpretación de la Biblia". En el preciso momento de su publicación, las tesis se dan a la imprenta, recién ideada por Johannes Gutenberg (1400 a 1440), “ese invento de Satanás” que permite que todo alemán que supiera leer pudiera sacar sus propias conclusiones de la "lectura directa" de los Evangelios. Ni que decir tiene que esto supondría la excomunión de Martín, que de hecho se libra de arder en las llamas por los pelos. Pero la traducción de la Biblia al “idioma alemán” (Deutsch), un idioma bárbaro y vulgar en comparación al latín, realizada por el propio Lutero, será el punto de inflexión definitivo para una nueva situación.

     Estamos ante el comienzo de una nueva era, en el que se desarrollará la “interpretación bíblica”, la “exégesis” (ἐξήγησις) latina, que ya había comenzado con la Patrística en el siglo III, inaugurando un movimiento conocido como Hermenéutica (ἑρμηνευτικὴ τέχνη), la técnica de “interpretación, comprensión y traducción” de los textos orales y escritos, que tanto juego ha dado a la filosofía durante el siglo XX. Pero serán precisamente los Padres de la Iglesia, iniciadores de esta tendencia, los que “fijen el dogma”, que a partir de entonces no podrá ser modificado por una nueva lectura e interpretación (por algo se les denomina “dogmas”). Pero frente a ellos, si el ser humano no necesita del papa, ni de la Iglesia, para comprender el mensaje divino, si es “libre de pensamiento” para decidir por su propio criterio “qué es lo que está escrito”, entonces ya no es un vasallo, menos aún un esclavo, sino que es un “individuo” (individŭus), alguien “in-divido”, esto es, “que no se puede dividir”, que no tiene partes (un “átomo”) y por tanto una “perspectiva”, un “punto de vista sobre el mundo”, uno entre millones: el de Lutero, el mío, el tuyo, el de cada uno de nosotros. El hombre es finalmente “un hombre”, una “subjetividad”, y todo porque la imprenta permite a todos el acceso al conocimiento, y “¡el conocimiento es poder!”.

     La Reforma protestante cristaliza en un clima que se venía gestando desde la Edad Media: herejes y reformadores medievales habían iniciado una tradición de crítica que trataba de contener la progresiva "mundanización" de la Iglesia. Las “corrientes humanistas evangélicas” ideaban una restauración del “texto exacto” de los “primeros libros cristianos”. Los mayores exponentes de este movimiento serán el español Juan Luis Vives (1492 a 1540) y el ingles Tomás Moro (1478 a 1535). Pero serán las obras de Erasmo de Rotterdam (1469 a 1536) las que marcarán las directrices culturales y espirituales del momento, que serán adoptadas por escritores, intelectuales y hombres de Estado. Junto a la difusión en Alemania y Holanda del “humanismo erasmista”, podemos precisar varios factores históricos más favorables al triunfo de la Reforma: el declive del prestigio de la Curia Romana y del Papado; la cristalización en Alemania de los “programas centralizadores” del Estado Moderno; la política de los príncipes alemanes tendente a impedir cualquier atentado contra los privilegios de la “Bula de Oro” de Carlos I de Bohemia (1316 a 1378); y finalmente la fermentación económica y social provocada por la afluencia de “metales preciosos” provenientes del Nuevo Mundo.

     El nuevo principio es verdaderamente revolucionario porque se niega a reconocer a la Iglesia, “encarnación histórica del Espíritu Santo”, como única intérprete autorizada de la “palabra divina”. La Iglesia cristiana medieval, “única y universal” (“ecuménica”), había dejado de existir: “en lugar de una Iglesia habría muchas iglesias”. Se ponía de manifiesto así el importante papel que desempeñaba el Estado en el proceso de configuración religiosa y el enorme fortalecimiento que experimentó gracias a dicho proceso. Las distintas confesiones se consolidaban a través de los Estados a la vez que los bastiones de fe se convertían en auténticos baluartes de hegemonía política. El Calvinismo tendrá su cuna en Suiza de la mano de la acción reformadora de Ulrico Zwinglio (1484 a 1531), cuya obra sería recogida por Juan Calvino (1509 a 1563), quien defenderá la doctrina de la “predestinación absoluta”, que pronto se extenderá a Francia y a los Países Bajos. El Luteranismo, con germen en Alemania, hará lo mismo en los Estados escandinavos y Dinamarca (y en menor medida en Polonia, Bohemia y Hungría). Inglaterra es un caso excepcional, pues la Reforma fue un acto exclusivo del poder de Enrique VIII (1491 a 1547), en el que se concretó la separación de Roma con la fundación del Anglicanismo (podéis repasar las distintas corrientes reformistas en el vídeo que precede a estas líneas).

     La Iglesia católica reaccionará rápidamente ante la Reforma respondiendo con un amplio movimiento de “restauración religiosa” que se conoce como Contrarreforma. Para combatir a los protestantes surge una nueva orden religiosa: la Compañía de Jesús, fundada por el español Ignacio de Loyola (1491 a 1556), que llegará a organizarse como una “estructura militar” y que tendría como regla básica la “obediencia pasiva a las órdenes del Papa” (ambos motivos nos permiten explicar el recrudecimiento de las acciones de la Inquisición en estos mismos años). Otro de los instrumentos de lucha contra la Reforma fue el Concilio de Trento (1545 a 1563), que dio lugar a una gran obra de “reorganización doctrinal y disciplinaria” del catolicismo. Desde el punto de vista filosófico, la Contrarreforma generó una serie de obras y corrientes de pensamiento político que pretenden una conciliación entre la “razón de Estado” y las “exigencias de la moral”. Destacamos aquí a Jean Bodin (1529 a 1596), quien llevará a cabo una dura crítica moralista a Nicolás Maquiavelo. Otros teólogos y pensadores católicos llegarán a realizar una verdadera cruzada contra el “pensamiento realista” maquiavélico tomando como punto de partida el análisis del “poder político”; tal es el caso del español Francisco Suárez (1548 a 1617), que expondrá una primera “concepción contractualista” del “concepto de soberanía”.

jueves, 6 de enero de 2022

La razón no se doblega ante la peste


     En este segundo artículo de la serie dedicada al Renacimiento vamos a tratar de analizar la tesitura política que tiene lugar en la vieja Europa de los siglos XV y XVI, y que bascula entre el “realismo político” y el “idealismo utópico”. El “desmoronamiento del orden medieval” traerá como consecuencia una situación política verdaderamente catastrófica: si bien es cierto que las ciudades-Estado italianas (Florencia, Milán, Urbino, PisaVenecia...) fueron los centros más avanzados del continente gracias a su intenso “comercio” (que alcanzará a India y China), a su prospera “banca” y a una fuerte “concentración económica y cultural” sin precedentes, también lo es que estas ciudades eran saqueadas por invasiones internacionales, entre otras razones porque la Iglesia Católica se había convertido en un verdadero ejemplo de corrupción y decadencia. En este periodo de crisis se forjan las condiciones para el florecimiento de nuevas “estructuras democráticas republicanas”, en las que los individuos más audaces, fuertes y emprendedores, serán a la par los más despiadados. Y si bien el Renacimiento se inicia en Italia a mediados del siglo XIV, su poder de fascinación alcanzará al resto de países europeos en tan solo unas pocas décadas.

     Según nos describe el historiador Jacob Burckhardt: “En la historia de Florencia se encuentran la más elevada conciencia política y la mayor variedad de formas de la evolución humana, y en este sentido bien merece la ciudad el título de primer Estado moderno del mundo”. Florencia se convertirá en la patria de las nuevas doctrinas y teorías políticas, pero también de los “experimentos” y de los “cambios”, de la “estadística” y la “interpretación histórica” en sentido moderno. Muchos son los historiadores que sostienen que Florencia es no solo la cuna del Renacimiento, sino también su prototipo, y ello debido a dos motivos: sus convicciones políticas y su “estructura republicana y democrática”; y la ambición intelectual y “alta preparación humanística y filosófica” de sus funcionarios, líderes y gobernantes. Bajo el amparo de la familia Médici se produjo una exaltación de la “cultura clásica” y del “concepto de la naturaleza” pagano que llevó a una relajación de las costumbres, una laicización de la vida y un paroxismo del lujo y el refinamiento. Un buen ejemplo de ello será la creación de la Nueva Academia Platónica, en la que destacarán autores de la talla de Marsilio Ficino, (1433 a 1499) y Giovanni Pico della Mirandola (1463 a 1494).

     Pero frente al sentimiento utópico de ciertos autores, tanto renacentistas como clásicos, una reacción realista cristalizará en la figura de Nicolás Maquiavelo (1469 a 1527), autor de una de las obras políticas más reseñadas de la historia, fechada en 1532 y que lleva por título “El Príncipe” (Il principe), cuyas claves interpretativas son, de un lado, su “concepción de la Historia”, entendida objetivamente, como “sustancia inmutable de la organización social” que no es vista como proveniente de la Naturaleza ni de la Divinidad, sino generada por los propios hombres en su tortuoso devenir histórico. Y de otro lado, su “concepción del hombre”, en un doble sentido: como aquello “idéntico a sí mismo”, cualquiera que sea el tiempo en que se le considere (concepción antievolucionista) y la idea de que en la naturaleza de los hombres entra “tanto el bien como el mal”, lo que nos lleva a la idea de que el político, si quiere triunfar, no puede hacer cálculos sobre la supuesta bondad o maldad de sus súbditos, sino que debe considerar siempre “el peor de los casos”, entendiendo que todos los hombres son malos y que éstos estarán dispuestos a manifestárselo a la primera oportunidad que se les presente.




     Diferencia Maquiavelo entre dos formas de gobierno: la “República” (romana), forma de Estado en donde existe una tensión tal entre sus distintos “Estamentos” que ninguno de ellos domina sobre los demás; y el “Principado” (florentino) en el que el “Príncipe” gobierna sin la oposición de otros nobles y con los ciudadanos convertidos en “súbditos” que “obedecen y cumplen las leyes”. Estos Principados se sustentan sobre tres pilares: “el conflicto y la guerra”, la separación entre “la acción política y la conducta moral”, y el equilibrio que todo Príncipe debe tener entre “virtud y fortuna”. A nuestro autor no le cabe duda de que lo que hace crecer a un Estado es el conflicto directo con otros Estados: el “arte de la guerra” es parte fundamental de la “educación” de un político, engrandece los Estados y aleja de ellos el declive y la corrupción. El Príncipe debe saber adaptarse tanto a las limitaciones personales como a las circunstancias externas, debe saber cambiar de opinión o estrategia cuando lo exigen los tiempos, poder disponer de recursos ante situaciones nuevas e imprevistas, y contar con la suficiente sagacidad para prever el futuro y adelantarse a él... en definitiva: “debe ser capaz de hacer de la necesidad virtud”.

     Pero frente a este desmedido realismo político, el Renacimiento verá nacer también interesantes “propuestas utópicas”, ocurrentes "concepciones ideales” (al modo del proyecto platónico) que trascienden la realidad y rompen las ataduras del orden existente, en tanto que articulaciones de las aspiraciones humanas. Destacaremos a tres autores: en primer lugar, Tomás Moro (1478 a 1535), cuya obra principal de 1516 se titula de forma extensa “Librito verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor Estado de una República y sobre la isla de Utopía” (Libellus vere aureus, net minus salutaris quam festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopi) o simplemente "Utopía" (que juega con la etimología griega “ou-topos”: “en ningún sitio” o “fuera de lugar”), una isla en la que está abolida la propiedad privada y el uso de los bienes está libremente abierto a cada uno según sus necesidades. En la misma línea tenemos a Francis Bacon (1561 a 1626), que en “La Nueva Atlántida” (1627) idea un paraíso de la ciencia y la técnica (sin entretenerse en proponer formas nuevas de organización social y política) que aumente el conocimiento de las causas para incrementar los límites de la mente y de sus poderes sobre la Naturaleza. Finalmente, Tommaso Campanella (1568 a 1639) en su “Ciudad del Sol” (1623) presenta un régimen político teocrático, jerarquizado y comunitario fundado en una concepción más ético-religiosa y cósmico-mágica que propiamente burguesa.

     La película que os muestro a continuación se titula “Los señores del acero” (Orion 1985) del holandés Paul Verhoeven: corre el año 1510, y Europa entera esta anegada por toda suerte de conflictos, batallas, guerras y revueltas, fruto de la insaciable sed de poder y dominio de los “señores de la guerra”, viejos resquicios de una forma de entender el mundo, la sociedad feudal, que vive sus últimos coletazos. Porque estos caducos señores feudales tienen hijos que leen a Nicolás Oresme (1323 a 1381), Leonardo da Vinci (1452 a 1519) y Giordano Bruno (1548 a 1600), hijos que reniegan de las viejas formas, obsoletas, para apostar por la verdad a través de la ciencia. Me ha costado mucho encontrar un vídeo adecuado de esta película, así que os propongo esta mezcla que recupera algunos fragmentos en su original inglés. El arranque resulta muy interesante para comprobar cómo se toma un castillo al asalto, pero más interesante aun es ver a un joven y noble aprendiz cantarle las cuarenta al curandero, empeñado en hacer “sangrías” a todo aquel que tiene la lepra, en lugar de utilizar los “nuevos métodos” que nos aportan la medicina y la química (en un estado rudimentario, bien es cierto, pero algo es algo).

miércoles, 5 de enero de 2022

Antes que la manzana fue la naranja


    Nos adentramos ahora en un momento de la historia verdaderamente fascinante que conocemos bajo la rúbrica de “Renacimiento”, y al que sus propios protagonistas conocieron como “nuevo mundo” (denominanción que nos trae a la memoria la llegada a América, fenómeno de enorme relevancia histórica, como veremos a continuación). Es este un periodo realmente “convulso”, en el que se sucedieron una serie de acontecimientos significativos en muchos órdenes, desde el puramente “geográfico” al “técnico” y “científico”, pasando por los cambios que se producen en el ámbito “cultural”, “religioso” y “político”. Iniciamos aquí una serie de tres artículos que nos permitirán conocer más a fondo el “pensamiento filosófico renacentista” (eso que comúnmente se ha conocido con el nombre de “humanismo”) a partir de los “acontecimientos históricos” más relevantes. Hablaremos sobre todo de “cambios”, tanto en los aspectos más informales de la vida cotidiana como en los “grandes hechos”, además de analizar las tendencias, tanto técnicas como ideológicas, que sustentarán estos cambios, pero insistiremos siempre en el hecho de contemplar este periodo de la historia no como un “corte”, una “ruptura” o “revolución” con respecto a la edad previa, sino más bien como un “proceso evolutivo” que surge precisamente del estado precedente, el Medievo, entendido como “mundo heredado”.

     Os propongo un pequeño repaso a la película “1492: La conquista del paraíso” (JRC 1992) del cineasta Ridley Scott, que en su momento sirvió para conmemorar el 500 aniversario del descubrimiento más importante de la historia. Os incluyo un primer vídeo que recopila escenas dispersas de la película, todas muy atractivas, si bien la que más nos interesa es la que abre la historia: Cristóbal Colón (Gerard Depardieu) apostado a la orilla del mar, contempla un barco alejarse mientras explica a su hijo que, “si la tierra fuera plana”, el barco se alejaría cada vez más hasta ser imperceptible a la vista, y sin embargo el barco no decrece, sino que, llegado a un punto, parece como si se hundiera poco a poco en el mar infinito (conservando su tamaño, eso si), con lo que “solo cabe suponer que la tierra es redonda”. En fin, parece ser que mucho tiempo antes de que Isaac Newton (1642 a 1727) determinase su famosa “Ley de gravitación universal” en sus conocidos “Principios matemáticos de la filosofía natural” (Philosophiæ naturalis principia mathematica) inspirado, según cuenta la leyenda, por la caída de una manzana, nuestro amigo Colón ya había echado mano de una naranja para explicar la “circularidad del planeta”, que luego probará experimentalmente yendo hacia las Indiaspor el oeste”.

     Hemos elegido esta película para hablar de un acontecimiento determinante: el Descubrimiento de América (1492), y esto merece una explicación, pues hemos tomado este momento concreto de la historia para ejemplificar el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, frente a otros posibles acontecimientos como la Caída de Constantinopla (1453) o el Concilio de Trento (1545 a 1563) por varios motivos. Los inicios de la Modernidad suelen atribuirse generalmente al Quattrocento y el Cinquecento italianos y al movimiento humanístico de ellos derivado. Sin embargo, hay que reconocer un conjunto de “hechos” de primer orden como verdaderos determinantes del paso de una edad a otra. En primer lugar, la constitución del “Estado Moderno” sobre la base de un “territorio homogéneo” y de una “centralización burocrática”, que permiten el establecimiento de un “poder central” suficientemente fuerte; en segundo lugar, el desarrollo del “protocapitalismo”, que surge de una “técnica financiera y bancaria” novedosa que va unida al aporte de nuevos metales traídos del mundo recién descubierto; y en tercer lugar, la irrupción de una “nueva cosmovisión”, que caracterizaría lo que hoy conocemos como “humanismo” y “revolución científica”, como elementos fundamentales de la cultura de la nueva época.

     Por aquel entonces, los “grandes descubrimientos” respondían a exigencias prácticas e inmediatas: la necesidad de hallar una “vía marítima” que permitiera continuar el comercio con las Indias tras la ocupación de Constantinopla por los turcos otomanos y aumentar de nuevo el capital financiero. Los navegantes estaban al servicio de Portugal y de España, y en menor medida de Inglaterra. Será Cristóbal Colon (1451 a 1506) quien, confiado en un proyecto elaborado por el cartógrafo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli (1397 a 1482) a partir de la concepción de la “Tierra esférica” pergeñado por Eratóstenes de Cirene (276 a 194 a.n.e.) afronte el reto de encontrar un “nuevo camino” hacia Cipango bajo el padrinazgo de los Reyes Católicos. Las consecuencias inmediatas de este descubrimiento son evidentes: en lo económico, la repercusión sobre las formas de vida se hace notar de forma inmediata, pues la introducción de “nuevos productos alimenticios” hará posible el cultivo de terrenos hasta entonces poco fértiles, lo que repercutirá en el “crecimiento demográfico”; la afluencia de “metales preciosos” supone una verdadera revolución, pues trae consigo un “aumento de la circulación de capital” que impulsa la actividad económica; por otro lado, la constatación de la existencia de extensísimos “nuevos territorios” evidenciará un nuevo modo de ver y entender el mundo y contribuirá a desarrollar una revolución que acabó por imponer una "concepción astronómica heliocéntrica".

     Pero nosotros queremos destacar el descubrimiento por ser un acontecimiento constitutivamente “moderno” en su sentido más preciso, que tiene la virtualidad de incorporar a su esfera otros acontecimientos históricos. Su impacto cambiará por completo las concepciones de la “ecumene” (οἰκουμένη) clásica, y hará tambalearse la “concepción teológico-religiosa” de la época: la convicción de que la Tierra carecía de una organización tricontinental, como se suponía hasta entonces, obliga a un cambio de “paradigma”, que con Nicolás Copérnico (1473 a 1543) y Galileo Galilei (1564 a 1642) pondrá los cimientos para la entrada en el mundo moderno. Desde el punto de vista antropológico, el “contacto con los indígenas” de las nuevas tierras hizo que se plantease de nuevo el problema de la “unidad o pluralidad de la especie humana”, y ligado a él, el problema del “origen y filiación de las lenguas”, lo que nos retrotrae a la formulación de “nebulosas ideológicas” vinculadas a la "exaltación de la Naturaleza" y a la "vuelta a la Arcadia", así como las corrientes utópicas que verán en las nuevas tierras una suerte de “Paraíso Perdido” (como bien destaca el título de la película que estamos analizando). El descubrimiento de estas “nuevas tierras” y de estos “nuevos hombres” supone un cambio profundo, no sólo en aspectos económicos o políticos, sino en aspectos ideológicos y culturales que determinarán la textura política y económica del momento.

     El filósofo Gustavo Bueno (1924 a 2016) ha señalado que el descubrimiento de América se explicaría porque en el siglo XV ya había ciertas “estructuras objetivas” en marcha, “normas” que siguen su propia “ley de desarrollo”, y sería en el marco de estas estructuras objetivas donde habría que reconocer los componentes del “mundo heredado” que vendrían madurando desde tiempos antiguos y medievales. Así por ejemplo, cuando se habla de la “ruta de las especias” con relación al descubrimiento, la demanda europea de las mismas no dependería de motivos subjetivos (necesidades o enriquecimiento) sino de “dispositivos culturales objetivos” ligados a estructuras políticas y técnicas muy precisas. Entre estos componentes hay que considerar la “concepción esférica del Universo” (tanto astronómico como geográfico) y las teorías helénicas desarrolladas ya por Eudoxo de Cnidos (390 a 337 ane.), Hiparco de Nicea (190 a 120 a.n.e.) o Claudio Ptolomeo (100 a 170) que, a través del Medievo, llegaron al siglo XV. Pero también los desarrollos cartográficos previos, los “portulanos” y las “cartas medievales”, la invención del “astrolabio” y la “brújula”… Todo ello conduciría a la “teoría esférica de la Tierra”: es esta teoría la que posibilitó el descubrimiento de América, de manera que solo a través de ella es posible el "concepto de América" como dado en una teoría objetiva verdadera.

lunes, 3 de enero de 2022

Un repaso a la filosofía medieval


     Un último artículo de repaso a la filosofía de orientación cristiana, desarrollada tanto en el Imperio romano como durante la Edad Media, con nuestra acostumbrada visita al canal de YouTube Unboxing philosophy, del filósofo Daniel Rosende, en el que encontraremos abundante información sobre la vida y obra de nuestros dos autores fundamentales: Agustín de Hipona y Tomás de Aquino (sin olvidarnos de Guillermo de Ockham) y sobre sus ideas respecto de las “relaciones entre la fe y la razón”, sobre la “demostración de la existencia de Dios” y sobre el “problema de los universales”, que nos resultará muy útil para repasar el pensamiento de Aristóteles y de su maestro Platón. También es recomendable el canal La Travesía filosófica, del que os dejo dos enlaces para completar este repaso medieval.

 Travesía filosófica: "Aquino y el auge de la Escolástica" (canal YouTube)


     Y como siempre una recomendación para la preparación de nuestro próximo examen: además de estudiar las aportaciones teóricas de los distintos autores, podéis hacer uso de los apuntes de vuestro profesor (que están colgados en Teams y también están disponibles en esta bitácora) en los que se incluyen varios textos de autores medievales con los que podéis ejercitar el comentario de textos. Disponéis además de bastantes textos en las páginas Webdianoia y Wikillerarto, así como en el blog La lechuza de Minerva; y como siempre, para revisar el vocabulario específico de los distintos autores, nada mejor que darse un paseo por el Diccionario filosófico de Centeno del profesor Salvador Centeno.

domingo, 2 de enero de 2022

La polémica sobre los universales


     Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los “universales”, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre...), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las “cosas particulares” (“este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…). El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480 a 524) en su obra "Introducción a las categorías" (Introductio in Praedicamenta): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los “universales” les corresponde una “existencia propia”, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellos (como afirmaba Platón); o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son “meros conceptos” formulados artificialmente por el hombre (como postulaba Aristóteles). Esta agria polémica medieval dará lugar a tres respuestas posibles, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.

     Según los partidarios del "realismo", los "universales" existen exclusivamente “en sí”, y las cosas particulares existen solo como formas subordinadas de la esencia “que tienen en común”. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070 a 1121), quien postula que “a todos los hombres les es común una sola esencia”, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta esencia a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de la realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo), que "a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias": así por ejemplo, si tanto el “hombre” como en el “animal” comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional. Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones al postular que la “universalidad” que hay en los miembros de un “género” consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.

     Según los partidarios del "nominalismo", en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos concretos: “este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…) mientras que los "universales" existen solamente "en la mente humana", pudiendo concebirse entonces bien como “conceptos abstractos” de las cosas, bien como meros “nombres convencionales” para referirse a ellas. Será Roscelino de Compiègne (1050 a 1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como "conceptualismo", y sostiene que los "universales" existen en las cosas como “presencia de lo común”, pero esta coincidencia de lo común “no es una cosa” (res) “en sí misma existente”, sino que es algo “captado por la mente humana” mediante un proceso de “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079 a 1142) quien postule la idea de que el “concepto” de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas mismas.

     Nuestro viejo conocido Guillermo de Ockham (1280 a 1349) pasa por ser uno de los nominalistas más reputados, y seguramente el primero en postular que los “conceptos” son “signos”, que por tanto nos remiten “a algo distinto”: un concepto es aquello que está “presente en el alma” pero que significa “algo distinto de lo que representa”, es decir, de lo que “supone” en el enunciado (por lo que un universal, en tanto que signo, se puede referir a muchas cosas). Es precisamente por ese motivo que, para conocer el significado de un término, es necesario conocer lo que este supone, y en este sentido Ockham distingue entre tres tipos posibles de “suposiciones”: “suposición personal”, cuando el término representa aquello que designa, que siempre es algo particular (“Sócrates es un hombre”); “suposición simple”, cuando el concepto se representa a sí mismo (“hombre es una especie”); y “suposición material”, cuando el término representa una palabra o una letra (“hombre es un sustantivo”).

     Una "proposición" será verdadera cuando "el sujeto y el predicado supongan lo mismo”. Diferencia con precisión nuestro autor entre los llamados “conceptos absolutos” (aquellos que designan directamente un objeto particular real) y los “conceptos connotativos” (aquellos que significan algo tanto en un primer como en un segundo plano); por otro lado distingue igualmente, en lo referente a la comprensión de los hechos o fenómenos, entre el “conocimiento intuitivo” (que permite la aprehensión sin ningún género de dudas de la existencia de un objeto, pues comprende aquello que es sensorialmente perceptible, o que puede derivarse de la propia introspección) y el “conocimiento abstractivo” (que posibilita la formulación de enunciados sobre la base de conceptos previos en ausencia del objeto que se menciona, y que por tanto no nos dice nada respecto de la existencia real de un objeto y depende siempre y en todo momento del conocimiento intuitivo).

     Os he seleccionado el arranque y el final de la película “El nombre de la rosa” (WB 1986) de Jean-Jacques Annaud. El primero de los vídeos me permitirá sugeriros la lectura de un pasaje del libro de Umberto Eco en el que se comenta la historia del caballo Brunello, y de cómo Guillermo de Baskerville (Sean Connery) llega al conocimiento y ubicación de este ser en particular incluso antes de haberlo visto personalmente (utilizando su famoso “principio de economía”, del que tenéis otras muestras en este enlace). El segundo nos sugiere una posible explicación al título de la obra: cabría plantearse la cuestión de si los “universales”  están ligados a una denominación subyacente al fondo de las cosas o si, a causa de su significado, podrían existir aun cuando las cosas denominadas ya no existan (v.g: "el nombre de una rosa", si ya no hubiera rosas). Será Pedro Abelardo quien establezca una diferenciación entre la función “denominativa” y la función “significativa” de una expresión: el “nombre” de una rosa no puede ser dicho de nada más, si ya no existen rosas, pero sí tendría significado en la frase “no hay ninguna rosa” (que por cierto, es la frase con la que concluye la novela, tras la destrucción por el fuego de la biblioteca “con forma de rosa”, y de la que desgraciadamente, al igual que del monje moribundo que relata la historia, “solo queda el nombre”).

sábado, 1 de enero de 2022

Manifiesto en defensa de la filosofía

 

NECESIDAD DE LA FILOSOFÍA EN LA ENSEÑANZA DE ADOLESCENTES

(DEMOSTRADA SEGÚN EL ORDEN GEOMÉTRICO)

DEFINICIONES:

1. La filosofía es el amor a la sabiduría.

2. La sabiduría es la capacidad humana para alcanzar la verdad.

3. La verdad es la correspondencia del pensamiento con la realidad.

4. La realidad es la verdadera y efectiva existencia de algo o alguien.

5. La existencia es el hecho de vivir.

AXIOMAS:

1. Lo que es, es, y lo que no es, no es.

2. La felicidad es el fin de la vida buena.

3. Pienso, luego existo.

4. Todo efecto es producto de una causa.

5. El ser social determina la conciencia.

PROPOSICIONES:

1. Solo sé que no sé nada. (Socrates).

Demostración: A partir de la def.1, es evidente que si amo la sabiduría es porque no soy sabio, ya que (por axi.1) no se puede ser y no ser a un mismo tiempo y en un mismo sentido, y por tanto (por def.2) el ejercicio de la filosofía tiene como objetivo salir de mi propia ignorancia para alcanzar la verdad.

2. Amigo es Platón, pero más amiga es la verdad. (Ammonio).

Demostración: Por def.3 sabemos que la verdad es la adecuación de las ideas con la realidad, y que (por axi.3) el pensamiento propio determina nuestra existencia, ya que (por axi.4) una idea lleva a otra y esta a otra más, en una suerte de entretejimiento de las ideas consigo mismas, por lo que resulta evidente (a partir de pro.1) que debemos prescindir que cualquier opinión ajena y ejercitar nuestra razón para tratar de alcanzar la verdad por nosotros mismos.

3. El hombre es por naturaleza un animal político. (Aristóteles).

Demostración: Sabemos por axi.5 que la sociedad es la responsable de nuestra forma de pensar y de actuar, ya que (por def.3) el pensamiento propio es el resultado de la interacción con la realidad social en la que uno vive y se educa, puesto que (por axi.4) mi conciencia será la consecuencia necesaria de una causa que la determina y la hace ser lo que es.

Escolio: El hombre solo puede desarrollarse como tal en contacto con otros hombres, en el intercambio de ideas con otros hombres.

4. La muerte no significa nada para nosotros. (Epicuro).

Demostración: Es evidente por axi.1, ya que la vida es la negación de la muerte, y la muerte es la negación de la vida, y esta última (por def.5) no es más que la consumación y disfrute efectivo de la propia existencia, tanto corporal como intelectual, y que por tanto (por axi.3) la existencia humana solo podrá considerarse como plenamente realizada mediante el ejercicio del pensamiento.

5. Los entes no deben multiplicarse sin necesidad. (Ockham).

Demostración: Si consideramos por def.4 que un ente es real cuando existe verdaderamente, y que (por axi.1) las cosas son o no son, resulta evidente (por axi.4) que el conocimiento consiste en encontrar la causa real que determina un fenómeno, y que (de nuevo por axi.1) esta causa será única, por lo que (por def.4) solo será necesario hacer uso de esta única causa para la comprensión de la realidad.

Escolio: A la hora de abordar un problema es preferible renunciar a explicaciones dementes y optar por la solución más sencilla y cabal.

6. No basta tener buen ingenio, lo principal es aplicarlo bien. (Descartes).

Demostración: A partir de la def.1, resulta claro que la filosofía tiene como objetivo la verdad, y que para alcanzarla (por axi.4) será preciso encontrar las causas de los fenómenos, pero para encontrar estas causas (a partir de la pro.5) es necesario disciplinar el pensamiento por medio de algún tipo de método, ya que (por def.3) cualquier ocurrencia personal debe ser contrastada con la realidad, a fin de comprobar (por axi.1) si verdaderamente es así y no de otra manera.

7. La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. (Kant).

Demostración: Por def.5, es evidente que estoy vivo, y que (por axi.3) mi vida consiste en ser una realidad que piensa, y puesto que el ejercicio del pensamiento es (por def.2) la capacidad humana para llegar a la sabiduría, el uso de la razón (a partir de la pro.2) me permitirá realizar todas mis potencialidades por mi mismo, lo que (por def.4) hará mi existencia verdadera y efectiva, puesto que la auto realización (por axi.2) es el objetivo vital que me he propuesto.

Escolio: Negar a los jóvenes el ejercicio de la filosofía es forzarles a ser niños perpetuos, a que jamás se hagan adultos, a que no desarrollen su propia humanidad.

8. Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho. (Mill).

Demostración: Por axi.2 sabemos que todo hombre busca la felicidad, que no es otra cosa (por def.4) que la realización verdadera y efectiva de la propia existencia, toda vez que (por axi.3) nuestra existencia consiste en el hecho de ejercitar el pensamiento, por lo que (por def.1) solamente la práctica de la filosofía nos facultará para alcanzar la verdad, que es tanto como decir que (a partir de la pro.7) es preferible hacer uso de la razón antes que comportarse como un ser irracional, ya que (por axi.1) las cosas son o no son, y el pensar (de nuevo por axi.3) nos permite realizar nuestra humanidad y nos aparta de las bestias.

9. El hombre está condenado a ser libre. (Sartre).

Demostración: Es evidente por axi.3 que el hombre es un ser pensante, y este solo motivo (a partir de la pro.8) le diferencia de los seres irracionales, por cuanto (por def.2) un ser racional es capaz de ejercitar su propio intelecto con el fin de alcanzar la verdad, que no es otra cosa (por axi.2) que la posibilidad de desarrollar una vida buena, puesto que (por def.4) esta será la realización plena y efectiva de su existencia, que es de facto (de nuevo por axi.2) la posibilidad de ser feliz, lo que le obliga necesariamente (por def.5) a tomar sus propias decisiones respecto al hecho de vivir.

Escolio: El hombre es por definición un ser infecto (que se está haciendo), un proyecto inacabado, al que nada define o sujeta.

10. Una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida. (Socrates).

Demostración: Puesto que por def.1, la filosofía es la necesidad humana de buscar el saber, y que (por axi.3) solamente el ejercicio de la razón nos hace verdaderamente humanos, es evidente (por def.2) que la actividad de la filosofía consiste en encontrar la verdad, y que ésta (por axi.2) nos permitirá alcanzar la auto realización, lo que significa que (por def.3) habremos logrado comprender la realidad, que es tanto como decir (por def.5) que somos verdaderamente humanos.

COROLARIOS:

1. Si usted no entiende nada de lo mencionado con anterioridad… es usted un pobre hombre.

2. Si usted cree que todo lo mencionado es superfluo y prescindible… es usted un necio.

3. Si a usted todo esto le resulta innecesario para la vida… es usted un esclavo.

ESCOLIO FINAL:

Sapere aude (Ten la audacia de aprender).

Los profesores de filosofía de secundaria nos dedicamos a corromper la mente de los jóvenes con esta verdad infinita, y jamás dejaremos de exhortarles a filosofar, y a encaminar su vida a la búsqueda del conocimiento, la verdad y el mejor bien del alma.

Y si hay que beber la cicuta, ¡se bebe!

Alberto Fernández Fernández