miércoles, 11 de octubre de 2023

De la verificación a la falsación


     Carl Sagan (1934 a 1996), conocido astrofísico estadounidense, un clásico en el mundo de la divulgación científica, escribió, dirigió y presentó una serie de documentales en los años 80 bajo el título genérico de “Cosmos: Un viaje personal” (BBC, EEUU, 1980). Aunque han pasado muchos años desde entonces, muchas de las ideas de Sagan siguen teniendo plena vigencia, y su discurso sigue resultando tan didáctico como cautivador. Aquí tenéis un ejemplo: una pequeña aproximación al mundo de la “metodología científica” y una reflexión sobre la idea de que la ciencia ha de estar en permanente renovación. Puede resultaros interesante para comprender el concepto de "pensamiento crítico" y para reflexionar sobre la idea de "corroboración de hipótesis" (tanto si se da por "verificación" como por "falsación"), que hemos estudiado recientemente.

     Algunos ejemplos de metodología falsacionista los encontramos igualmente en la serie “House M.D.” (Universal, EEUU, 2004). El método de Gregory House (Hugh Laurie) es el propio de la "medicina" actual, a medio camino entre las ciencias naturales y las ciencias sociales (cuando no del "arte"): se trata de establecer un “diagnóstico diferencial”: se observan los "síntomas" del paciente, se proponen “hipótesis”, explicaciones provisionales del fenómeno, y se "contrastan" con la realidad, esto es, se administra un "tratamiento" conforme a esa hipótesis para ver si el paciente mejora. Siempre, en cada episodio (como suele ocurrir en la vida real), el primer diagnóstico es equivocado, y el segundo, y puede que muchos más, y entonces es necesario "volver a plantear hipótesis" (incluso volver a la observación antes de hacerlo, ya que pueden aparecer nuevos síntomas, como suele ocurrir a menudo) hasta dar con la "solución" al problema.

   
     Lo interesante de House es que su metodología es abiertamente “falsacionista”, que no "verificacionista". Un ejemplo muy notable, que ya hemos comentado en clase, es el proceso infeccioso que sufre la doctora Allison Cameron (Jennifer Morrison): alertada por la posibilidad de haber contraído el VIH, la doctora efectúa test sucesivos cada mes para comprobar que no está infectada, y ya sabéis, cada nuevo “test negativo” disminuye la posibilidad de tener SIDA (con lo que vamos sumando “corroboraciones particulares” por “inducción”, pero que no nos ofrecen certeza sino sólo probabilidad), pero un único “test positivo” significaría que Cameron tiene VIH con un 100% de seguridad. Luego una única corroboración que confirme la hipótesis no nos permite llegar a una “ley general” (a una generalización de la hipótesis), pero una sola corroboración negativa si lo permite. Constatamos aquí la idea falsacionista propuesta por Karl Popper (1902 a 1994) en “La lógica de la investigación científica” (1934) que, como recordareis, se fundamenta racionalmente en el principio lógico que llamamos "Modus tollendo tollens", que tendremos ocasión de ver con más detenimiento en la unidad dedicada a la "lógica proposicional", y que podemos resumir como sigue.

     Dado un enunciado condicional de tipo “si… entonces” (por ejemplo: “si llueve, entonces me mojo”), formado por un “antecedente” que es "condición necesaria" para que se dé un “consecuente”, siempre que se dé el antecedente podremos concluir que se dará también el consecuente. Así, si tenemos que “si llueve, entonces me mojo” y que “ha llovido”, podemos concluir que “me he mojado”. El problema es que no puedo establecer la inferencia al revés: a partir de “me he mojado” no puedo deducir que “ha llovido” (porque puedo estar mojado por muchas otras razones). Sin embargo, si el consecuente fuera negativo, podría deducir el antecedente también en forma negativa: “no me he mojado, luego no ha llovido” (puesto que habíamos dicho que “llover” era la “condición necesaria” para “mojarse”). De la misma manera, según Popper, es como actúa la ciencia: negando las consecuencias (los hechos observados en la realidad no concuerdan con los hechos deducidos de la hipótesis). Y bastará “un único enunciado negativo” para falsar una ley o hipótesis "en su totalidad".

Un acercamiento a la evolución humana


     Iniciamos nuestro repaso a la temática de la "evolución humana" analizando el “origen de la vida” y el “lugar del hombre” en este grandioso proceso cósmico, y lo hacemos de la mano del astrofísico y divulgador científico Carl Sagan (1934 a 1996) que en su magnífica serie de televisión “Cosmos: Un viaje personal” (BBC, EEUU, 1980) nos propone su famoso “calendario cósmico”, una panorámica global del proceso de generación y desarrollo del universo, desde la gran explosión hasta el momento presente. Es sorprendente ver como se gestan las galaxias, las estrellas, los planetas y satélites, los continentes y finalmente la "vida orgánica", que incluye a miles de especies, entre ellas el "ser humano", lo que creo que nos ayudará a comprender mejor nuestra situación real en este diminuto e inestable “punto azul pálido” que llamamos hogar.

     Precisamente hablando de vida orgánica, parece oportuno revisar este celebrado vídeo del dibujante y productor Matt Groening (1954-) creador de la conocida serie de televisión “Los Simpson” (20th Century Fox, EEUU, 1982), para certificar la evolución de las especies: se trata de “Homer evolution”, un rápido recorrido de poco más de un minuto por la “filogénesis humana”. También resulta igual de divertido este anuncio, extraído de una campaña publicitaria de la marca de cerveza irlandesa Guinness: “Las mejores cosas les ocurren a los que esperan”, (que en su momento fue el ganador de la “Palma de Oro” en el celebrado Festival Internacional de Cine Publicitario de Cannes). Al igual que el propio Charles Darwin (1809 a 1882), el publicista que ideó esta historia tuvo que hacer uso de toda su creatividad, imaginando el proceso de evolución “de adelante hacia atrás”, esto es, desde el momento actual hasta el surgimiento de las primeras especies, (nosotros podemos probar a hacer el mismo ejercicio de imaginación viendo el proceso “al revés”, es decir, “de atrás hacia adelante”, como en el caso de Homer Simpson).

     Y un último apunte para la reflexión: el excelente arranque de la película “2001: Una odisea del espacio” (Metro-Goldwyn-Mayer, EEUU, 1968), dirigida por Stanley Kubrick (1928 a 1999) a partir de un relato corto de Arthur C. Clarke titulado “El centinela” (1948) que podéis leer completo en este enlace, una más que interesante reflexión sobre el posible “amanecer del hombre” que conecta la aparición del ser humano con el descubrimiento de la primera “herramienta” (el hueso de un animal muerto que es usado como rudimentaria “arma de caza”), que a la par que nos permite conectar la “conducta humana” con la de otras especies animales (con las que guardamos más paralelismos de los que suponemos), nos obliga a introducir el concepto de “evolución cultural”, que más allá de lo meramente biológico es lo que nos ha hecho verdaderamente humanos. Sé que el metraje del vídeo (casi 10 minutos en los que “no se habla”) puede echaros un poco para atrás, pero merece la pena invertir este tiempo para descubrir una lección que seguramente no olvidaréis.

martes, 10 de octubre de 2023

Por el camino de las ciencias


     Acabamos de completar la unidad dedicada al conocimiento científico, por lo que convendría revisar los “métodos” (μέθοδος) propuestos por cada una de las distintas ciencias. Comenzando por el “método deductivo”, propio de las "ciencias formales", hemos establecido una analogía entre las “matemáticas” y el “ajedrez”: al igual que todo “sistema formal axiomático”, que se sustenta en unos “axiomas” que, mediante unas “leyes de formación y transformación”, nos permiten deducir “teoremas”, el ajedrez es un juego de mesa que parte de unos “principios” (un tablero y unas piezas), y trabaja con unas “reglas de formación” (la posición inicial de las piezas) y unas “reglas de transformación” (los movimientos posibles de las diferentes piezas), para generar “teoremas” (las distintas jugadas: apertura, enroque, horquilla, clavada, desviación, bloqueo...). En todo caso, el objetivo de todo “lenguaje formal” es trabajar a partir de unos principios o axiomas indemostrables (“premisas”), que por lo general suelen ser enunciados universales, para obtener a partir de ellos enunciados particulares (“conclusiones”), que son sus “consecuencias lógicas y necesarias” (puesto que “son así y no pueden ser de otro modo”). El objetivo de estas ciencias formales es convertirse en sistemas “puramente deductivos”, es decir, sistemas perfectamente consistentes, completos, en los que los axiomas han de ser independientes los unos de los otros.

     Un ejemplo cercano a lo que estamos comentando lo encontramos en la película “En busca de Bobby Fischer” (Paramount, EEUU, 1992) de Steven Zaillian. La película muestra el inicio en la competición de un jovencísimo y superdotado niño de diez años, que aprende a jugar al ajedrez "viendo a los mayores" en el parque, y que poco a poco se adentra en este mundo de la mano de dos expertos, su "gran maestro" y un "joven buscavidas" que se gana la vida con las partidas callejeras. El final de la película ejemplifica a la perfección el funcionamiento de este juego: el niño, en mitad de la partida, “anticipa el final”, lo deduce a partir de los elementos de los que dispone (las posiciones de las piezas en ese momento). Por cierto, que los estoicos griegos, introductores de la “lógica de enunciados”, llamaban a esto “prolepsis” (πρόληψις) que consiste en la capacidad de anticipar un resultado conocidas las premisas de partida, porque, en una deducción, la conclusión “se sigue necesariamente de las premisas”. El joven de nuestra película, un trasunto del genial maestro Bobby Fischer (1943 a 2008), tiene no obstante un gesto noble, al ofrecer a su contrincante “tablas” (partida empatada), y permitirle una derrota digna, pero el oponente se niega, porque su posición es aparentemente más ventajosa, sin ver la que se le viene encima.

     Contrariamente a las ciencias formales, las "ciencias naturales" trabajan fundamentalmente con el "método inductivo". Son muchos los ejemplos de este modo de hacer de la ciencia, por lo que convendría echar un vistazo a algunas de las series de ficción de más éxito en televisión de los últimos años. Ejemplos notables de labor científica los encontramos en “House M.D.” (Universal, EEUU, 2004) o en  “CSI: Crime Scene Investigation” (Atlantic, EEUU, 2000) que, si bien es cierto que son series de ficción (que en ocasiones se toman enormes libertades “en lo científico” para hacer más amena la narración), nos muestran la labor de dos médicos (uno trabaja con los "vivos" y otro con los "muertos", pero en el fondo todo es lo mismo: “materia biológica”) que desarrollan sus habilidades amparándose en esta metodología científica. Basta ver como el doctor Gregory House (Hugh Laurie) diagnostica una enfermedad a partir de los “signos” (lo que le pasa al paciente), que no de los “síntomas” (lo que el enfermo dice que le pasa, que ya sabéis que “todo el mundo miente”), o de como Gill Grissom (William Petersen) resuelve un caso a partir de los “datos empíricos” de los que dispone. Ambos proponen una hipótesis, sacan conclusiones y a continuación tratan de confirmarla en la realidad, mediante "fármacos que curen" o mediante "residuos orgánicos que delaten”.

     Pero lo que más tiempo hemos considerado en el aula, no obstante, es el “problema de la inducción” propio de las ciencias empíricas, en especial de las ciencias naturales, que trabajan a partir de la "observación" y la "experimentación". Es cierto que en un primer momento, una vez nos hemos decantado por una “hipótesis” para dar explicación de un hecho problemático, todo científico se ve obligado a “poner en forma matemática” dicha hipótesis (a "formularla" matemáticamente para poder “deducir” consecuencias de la misma). Pero en ese momento el método experimental regresa a la "inducción": ¿cuántas veces es necesario “corroborar” en la realidad una hipótesis para darla por valida? ¿Cuántos experimentos particulares es necesario realizar para “confirmar” la verdad de esa explicación, para tenerla por cierta? La verdad es que no importa en "número de veces" que los hechos "confirmen la hipótesis", siempre quedará la posibilidad de que esta "sea falsa", porque las ciencias naturales trabajan preferentemente con inducciones que son “incompletas”, que no agotan el número de posibles hechos y, por tanto, solo son “probables”, no seguras al cien por cien, ya que no nos ofrecen una “certeza absoluta”.

     En otra línea radicalmente distinta, las "ciencias sociales" trabajan con un tipo de metodología que llamamos “comprensiva” (Verstehen), frente a la metodología experimental, de marcado carácter descriptivo y, por tanto, “explicativa” (Erklären). Resulta especialmente llamativo que en las ciencias sociales el “objeto de conocimiento” se confunde con el “sujeto de conocimiento”. Es imposible considerar al ser humano como si de un átomo o de una bacteria se tratase, toda vez que los cuerpos naturales son impelidos por fuerzas físicas, mientras que el ser humano goza además de “libre albedrío”, lo que le faculta para "actuar de una u otra manera" según el momento y el lugar: todo depende de la decisión del sujeto, de su "capacidad de elección". Un ser humano puede decidir “dejar de comer” (lo que, evidentemente, atenta contra su naturaleza: si un ser vivo no come… se muere), por motivos que sólo él o sus allegados conocen. Tal es la naturaleza del ser humano, naturaleza que resulta “problemática” a la hora de efectuar un análisis desde las ciencias humanas.

     Un ejemplo del camino elegido por estas ciencias lo encontramos en la muy divertida “Zelig” (Warner Bros, EEUU, 1983) de Woody Allen. El protagonista del film, Leonard Zelig (Woody Allen), es un ser atormentado, necesitado de afecto, que trata de solucionar sus “problemas de identidad” asumiendo la “personalidad” de aquellos que le rodean: si estoy al lado de unos griegos, me convierto en griego; si en medio de un concierto de jazz, soy un músico negro más; si en plena arenga de Hitler, un defensor del nacionalsocialismo (ese “sentido del humor judío” tan propio de Woody). La doctora que trata el caso, Eudora Fletcher (Mia Farrow), se encuentra desconcertada, así que decide "asumir la personalidad del paciente" y ponerle a prueba: ¿qué le pasaría a un enfermo que se cree un médico si le dices que no eres su médico... que de repente te encuentra mal... que eres un paciente más? La respuesta de Leonard es tan desconcertante como desternillante: la condición humana es compleja, y la capacidad de “libertad” en la "toma de decisiones" de los seres humanos supone un “hándicap” difícil de superar a la hora de dar explicaciones plausibles de los hechos.

lunes, 9 de octubre de 2023

Entre la moral y la ética


     Una vez presentado el concepto de "filosofía" en el artículo precedente, vamos a ponernos manos a la obra estableciendo una primera diferenciación entre los términos “ética” y “moral”. Si recurrimos a la "etimología" (al estudio del “origen de las palabras”), “moral” proviene del latín “mos”, mientras que “ética” proviene del griego “ethos”, pero el significado de ambos vocablos es el mismo: “costumbre” o “hábito”, la forma de comportamiento específico de un ser humano consolidada por medio de la repetición, que nos permite conformar nuestro propio "carácter" o "personalidad". En el uso cotidiano de las palabras, tampoco existen diferencias, pues ambos términos se utilizan habitualmente de forma indistinta, incluso como "sinónimos". Es preciso diferenciarlos, pues hacen referencia a dos niveles distintos, tanto de la “reflexión” como del “lenguaje”:

     El primer nivel, el moral, está compuesto por las “normas”, por las “reglas de conducta” que pretenden orientar las "acciones concretas" de los seres humanos; este nivel trata de responder a la pregunta que toda persona se plantea sobre “¿qué es lo que debo hacer?” (¿debo mentir o ser sincero? ¿debo ayudar a los demás o no meterme en sus asuntos? ¿debo pensar solo en mi interés o en el de toda mi comunidad?). El segundo nivel, el ético, consiste en la “reflexión” sobre esas normas que hemos llamado “morales”, por lo que no se ocupa de modo inmediato de decirnos qué es lo que debemos hacer, sino que se plantea si “¿es necesario que existan normas?”, y por qué unas normas y no otras (¿hacen falta las normas? ¿son mis normas las más adecuadas para orientar mi conducta? ¿son mis normas mejores que las de otras comunidades o culturas?).

     Dadas estas dos definiciones, diríamos que la “ética” es una disciplina fundamentalmente “teórica” que se centra en la “reflexión individual” sobre el comportamiento, y que parte de una serie de “valores” que me permiten juzgar dichos comportamientos como “buenos” o “malos”; mientras que la “moral” es una disciplina más “práctica”, puesto que detalla unas “normas” concretas de “actuación dentro de un grupo”, que me dictan qué comportamientos se consideran “correctos” o “incorrectos” (y por qué unos deben acatarse y otros deben evitarse). El filósofo español Fernando Savater (1947-) nos ofrece en su obra “Ética para Amador” esta definición a modo de resumen: “Moral es el conjunto de comportamientos y de normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; ética es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras morales diferentes”.

     Si atendemos a una definición académica seria, más concreta y precisa, la "ética" o "filosofía moral" es una disciplina filosófica "practica" que no se limitará a conocer teóricamente la realidad que nos rodea sino a orientarnos en nuestras acciones y en la toma de decisiones.  El estudio de la filosofía moral atenderá a algunos aspectos de la "vida humana", y estos tienen que ver unas veces con la "moral" y otras con la "ética", por lo que será necesario detallar un poco más las diferencias entre una y otra. Por ello os he seleccionado dos vídeos muy instructivos que resumen esta diferencia de una forma sencilla para alumnos de vuestra edad (el primero, que abre este artículo, más corto y preciso; y el segundo, que cierra el artículo, más profundo y especializado).

     Pero esta bitácora está diseñada no solo para proporcionar contenidos “teóricos” que os puedan ayudar a profundizar las temáticas de esta materia, sino sobre todo para mostraros de una forma “práctica” estos contenidos, para que podamos reflexionar de forma libre sobre lo que vemos y seamos capaces de desarrollar nuestro propio “criterio ético”. La ética y la moral nos ponen delante de una “contradicción”, pues muchas veces lo que la moral “nos impone” (a través de sus normas) choca frontalmente con lo que nuestra mente “nos dicta” (a través de nuestra conciencia). La moral es una cuestión propia del “grupo” al que pertenecemos (las normas son las mismas para todos los miembros del grupo), mientras que la ética tiene que ver con el “individuo”, entendido este al margen del grupo de pertenencia: la moral tiende al “bien de la comunidad” en su conjunto, y la ética al “bien de los particulares” en tanto individuos independientes.

     Pongamos un ejemplo esclarecedor: el cortometraje de TrueMove que tenéis sobre estas líneas nos plantea una interesante "dicotomía" entre dos "acciones" aparentemente similares pero muy distintas (deberéis ver el vídeo primero, antes de leer la explicación… para no estropearos el final). Un cocinero callejero ayuda a un niño en apuros, que solo trata de proporcionarle ayuda a su madre enferma, y pasados 30 años el mismo niño (ahora un médico reputado), le devuelve el favor al cocinero enfermo. En ambos casos "uno paga la deuda que el otro no puede asumir", pero los motivos son bien diferentes: el cocinero actúa guiado por un sentido de la “moralidad”, que tiende a asegurar la convivencia dentro del grupo social (ayudar al niño, a su madre, a su familia...); mientras que el médico actúa por un sentido de la “eticidad”, que atiende a las necesidades específicas de un individuo concreto que necesita ayuda (al margen de su comunidad). ¿Podemos concretar estas diferencias?

La metodología propia de la psicología


     El término “método” (μέθοδος) es el resultado de la conjunción de los vocablos griegos “meta” (μετά), “después” o “más allá”, y “odos” (οδος), “ruta” o “camino”, y refiere el conjunto de procedimientos propios de la "investigación científica" utilizados para alcanzar un objetivo. El filósofo José Ferrater Mora (1912 a 1991) define el término en su conocido "Diccionario de filosofía" tal y como sigue: «se tiene un método cuando se sigue un cierto camino para alcanzar un cierto fin, propuesto de antemano como tal». Por tanto, el método no es algo que “se sabe”, sino más bien algo que “se hace”, es fundametalmente una “acción” desarrollada conforme a unos procedimientos y unas reglas específicas y diferenciadas tendentes a alcanzar una “finalidad” u “objetivo”: un método es una “operación” o “tarea” que «se hace al andar» (siguiendo la metáfora de Antonio Machado), y que además se desarrolla por medio del “discurso”, de la exposición en el “foro público”, es decir, en el “ágora” primigenia en el que nace la filosofía.

     Podemos discriminar entre las metodologías propias de las “ciencias formales” y las que se utilizan en las “ciencias empíricas o fácticas” y, dentro de estas últimas, las referidas a las “ciencias naturales” y las que acometen las “ciencias sociales o humanas”, entre las que cabría encuadrar a la psicología. Dejando de lado la polémica persistente sobre la “cientificidad” de la psicología (de la que hablaremos en un futuro artículo) y de la clásica dicotomía entre "ciencias puras” deudoras del método “explicativo” (Erklären) y "ciencias blandas” adeptas al método “comprensivo” (Verstehen), podemos calificar a la psicología como una ciencia “ecléctica”, que toma un poco de aquí y un poco de allá para componer su propio “método de investigación”, pues nuestra materia es inevitablemente “interdisciplinar” y busca recursos en la anatomía, la medicina, la genética, la química, la antropología, la lingüística, la informática, la computación, las neurociencias…

     La psicología utiliza preferentemente el «método científico», conocido como «método hipotético-deductivo», tal y como fue propuesto a finales del siglo XVI por Galileo Galilei (1564 a 1642), de forma similar a como lo hacen otras ciencias empíricas: formula «hipótesis» para explicar los hechos observados, deduce de dichas hipótesis unas «consecuencias» observables y contrasta estas predicciones con la realidad. La diferencia con respecto a otras ciencias se debe a que la psicología privilegia una metodología “descriptiva” y “correlacional”. El “método descriptivo” se basa en la «observación natural» de un hecho: los psicólogos observan y describen la conducta de un modo «objetivo y sistemático», mediante herramientas básicas como la observación, los test, las encuestas y el estudio de casos concretos. El “método correlacional” busca establecer una "relación directa" entre dos "rasgos o formas de conducta" para intentar ver en qué medida uno predice el otro.

     Pero sin duda, la herramienta más utilizada por los psicólogos es el “método experimental”, que se basa en una “observación controlada” que sirve para comprobar la veracidad de las predicciones observacionales que se derivan de una hipótesis. En todo experimento se establecen «relaciones de causa-efecto» entre una «variable independiente» (el hecho estudiado) y una «variable dependiente» (la conducta resultante). Esto supone crear una situación en el laboratorio que permita comprobar qué efectos tendrá una variable independiente (VI) sobre una variable dependiente (VD): se trata de verificar si cambiando alguna de las condiciones de la VI se produce algún cambio en la VD, para lo que resulta imperativo "manipular la variable que se estudia", seleccionar la respuesta que se quiere medir y controlar todas las influencias externas que pudieran afectar al resultado del experimento. Esta metodología científica exige que el experimento tenga tanto “validez interna” (que haya relación entre las distintas variables) como “validez externa” (que permita generalizar resultados a otros sujetos y situaciones por inducción).

domingo, 8 de octubre de 2023

¿Por qué Marte se mueve hacia atrás?


     Un pequeño apunte para todos los alumnos de Filosofía, ahora que hemos comenzado a trabajar a fondo algunos de los aspectos fundamentales de la “metodología científica”, y vamos a comenzar en primer lugar por fijar algunas ideas básicas sobre el “método experimental”, propio de "ciencias naturales" como la "física" o la "astronomía". Como supongo que tendréis tiempo de profundizar esta temática en la asignatura "Biología, Geología y Ciencias Ambientales", valdrán aquí unos pequeños apuntes para encarrilar el estudio. Recordad que el método científico queda fijado ya a principios del siglo XVI por Galileo Galilei (1564 a 1642) a través del llamado "método hipotético deductivo" (que él denominó "método de resolución-composición"), novedosa herramienta metodológica que trata de combinar el “momento inductivo” propio de las “ciencias empíricas” con el “momento deductivo” que caracteriza a las “ciencias formales”.

     A la base del método nos encontramos con la “formulación de hipótesis”. Recordemos las cuatro características que debe tener toda “hipótesis” (ὑπόθεσις): debe “dar respuesta a un problema”, debe ser posible que “se deriven de ella consecuencias”, debe permitir “hacer predicciones” y debe ser siempre “lo más simple posible” (característica que se conoce como “principio de economía” o "Navaja de Ockham", pues fue formulada por vez primera por el británico Guillermo de Ockham (1285 a 1347) allá por el siglo XIV y viene a decir que “dadas dos explicaciones para un mismo hecho, la más sencilla siempre es la correcta”). Como ocurre en muchos de los ejemplos que hemos visto en clase, desde la “materia infecciosa” de Ignaz Phillipp Semmelweis (1818 a 1865) al “planeta desconocido” de John Couch Adams (1819 a 1892) y Urbain Le Verrier (1811 a 1877), el problema del “movimiento retrógrado de Marte” nos plantea una duda a la que hay que poner solución a partir de alguna hipótesis, "ingeniosa y descabellada", que dé cuenta de los “hechos observados”.

     Nos remitimos de nuevo al clásico por excelencia de la divulgación científica, Carl Sagan (1934 a 1996) y su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal” (BBC, EEUU, 1980), que aquí nos propone una comparativa entre el pensamiento antiguo, ejemplificado en las teorías del astrónomo Claudio Ptolomeo (100 a 170) y su “Almagesto” (Hè Megalè Syntaxis) donde describe un "modelo geocéntrico" basado en "epiciclos y deferentes" (muy útil para “salvar las apariencias” a la hora de explicar los movimientos planetarios); y la nueva ciencia, personificada en las figuras de Nicolás Copérnico (1473 a 1543) y su obra “Sobre la revolución de las órbitas celestes" (De revolutionibus orbium coelestium), y sobre todo de Johannes Kepler (1570 a 1630) y su obra “Nueva astronomía" (Astronomia nova), con su revolucionaria “perspectiva heliocéntrica”, mucho más ajustada a la realidad y capaz, por sí sola y sin necesidad de recurrir a complicadísimos “modelos geométricos”, de dar cuenta de los movimientos más extraños, como el procurado por la órbita de Marte.

     A pesar de que tanto Copérnico como Kepler parten de unos postulados cercanos al llamado “paradigma mágico-estético” (que hunde sus raíces en la tradición pitagórico-platónica), es notorio su afán por liberarse de prejuicios y proporcionar a los “datos empíricos” una “base matemática”: la característica básica del método hipotético consiste precisamente en eso, en "convertir las hipótesis en fórmulas matemáticas” de las que poder “deducir consecuencias” que se puedan observar, que se puedan “contrastar con los hechos” de la realidad, para ver si ambos (consecuencias deducidas y hechos observados) concuerdan o no lo hacen. Cuando el resultado de esta prueba es negativo, decimos que la hipótesis es "falsa" (y deberemos comenzar de nuevo el proceso, planteando una nueva hipótesis explicativa), pero si resulta que es positiva, entonces la hipótesis se torna "verdadera" y pasa a tener cuerpo de “ley científica”, y se irá afianzando a medida que acumulemos, una tras otra, nuevas corroboraciones positivas del mismo hecho físico.

jueves, 5 de octubre de 2023

¡Ver la luz!

     A vueltas todavía con el "mito de la caverna" de Platón, vamos a comentar un caso de cierta actualidad para comprobar hasta que punto la filosofía puede resultar esclarecedora de la realidad humana. Seguramente todos habéis oído hablar de los "33 mineros chilenos" que sobreviven encerrados en lo más profundo del yacimiento San José, ubicado a 45 km al norte de la ciudad chilena de Copiapó y propiedad de la compañía minera San Esteban, 700 metros por debajo del Desierto de Atacama, lugar en el que se montó un campamento de aprovisionamiento y rescate que los familiares de los mineros denominan “Campamento Esperanza”. Tras 17 días sepultados, los mineros fueron encontrados con vida en una emotiva jornada que, efectivamente, nos dio a todos esperanzas de poder recuperados. Las labores de rescate comenzaron inmediatamente al día siguiente, mediante rescatistas que trabajaban incansablemente bajando por una "chimenea de ventilación". Un nuevo derrumbe se produjo unos días después, por lo que fue precisa la utilización de "maquinaria pesada" para continuar con las labores de salvamento.

     Tras 33 días de perforaciones, interrumpidas sólo por problemas en la maquinaria, uno de los tres planes originalmente diseñados, el Plan B, ejecutado con la máquina T-130, consiguió "romper fondo", a 623 metros de profundidad. Inmediatamente se comenzó a idear un "plan de encamisado" (entubamiento del ducto), y se decidió recubrir parcialmente la perforación. El día 11 de octubre de 2010, a las 3:00 horas, se anunció que los trabajos de encamisado habían alcanzado 56 mts, y se decidió terminar a esa profundidad el trabajo. El mismo día, el gobierno chileno anunció que el rescate comenzaría a las 00:00 horas del miércoles 13 del mismo mes, con una duración aproximada de 48 horas. Pero en las últimas horas se precipitaron los acontecimientos, adelantándose en un día el rescate, que tuvo lugar a partir de las 20:00 horas del 12 de octubre. El rescate comenzó "por la noche", para evitar que los mineros, encerrados en la más profunda de las oscuridades, sufran daños que podrían resultar irreparables al contacto con la "luz del sol", que no veían desde hacía ya 67 días.

     “- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza -dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
      - No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
     - Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
     - ¿Cómo no? 
     - Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
Platón, “La República” (Gredos, Barcelona, 2010)

     Para comprender la realidad de la mina, que tanto vosotros como yo conocemos, os propongo estos dos vídeos: el arranque de “¡Qué verde era mi valle!” (20th Centuty Fox 1941) de John Ford, el clásico de los clásicos sobre el tema, que nos muestra el trabajo bajo tierra de su joven protagonista y más tarde documenta el rescate de unos mineros enterrados vivos tras un terrible derrumbe; y una escena de la película “Germinal” (Renn 1993) de Claude Berri (según la novela homónima de Émile Zola), cuyo inicio explica detalladamente el modo de vida característico de una familia minera en la Francia de finales del siglo XIX, y las dificultades que debe soportar para traer un poco de comida a la mesa. Ambos magnificos ejemplos de las duras condiciones de trabajo que suponen la lucha diaria en un pozo de carbón, bajo una oscuridad total en la que es complicado percibir un destello de luz.

     Mucho se ha hablado de estos mineros chilenos atrapados, de las "condiciones penosas" en las que han tenido que sobrevivir y de los esfuerzos técnicos realizados para traerlos de vuelta a la superficie. Afortunadamente, los medios han tratado con especial delicadeza la noticia, no queriendo hacer de ella un "show mediático" al estilo “Gran hermano”, cosa que hubiera resultado muy plausible y seguramente muy beneficiosa para los organizadores, dado el cariz que han tomado algunos programas televisivos últimamente, y que algunos espectadores festejan como “el no va más de la libertad de expresión” (os recuerdo solo el ejemplo del programa italiano de televisión que recientemente comunicó a una madre, en directo, el descubrimiento del cadáver de su hija desaparecida). Mi amigo Antonio Rico comentaba en tono irónico esta posibilidad en uno de sus recientes artículos para La Nueva España (que podéis leer siempre que queráis en el excelente blog de crítica televisiva “625 ranas”).

     A nosotros nos interesa más señalar las consecuencias que la vuelta a la luz pueda suponer para los sufridos mineros. Nos recuerda esta situación a la vivida por los supervivientes de la catástrofe aérea del Fairchild 227 ocurrida en 1972 en la cima de los Andes, precisamente, en Chile, que ha sido recogida por Piers Paul Read en una novela titulada “¡Viven!” (“Alive: The Story of the Andes Survivors”), que a su vez dio lugar a dos notables películas, de la que destacamos la versión de Frank Marshall (Touchstone 1993) titulada precisamente “Alive”. La vuelta a casa de estos héroes fue verdaderamente dramática, y el reconocimiento por parte de los demás de su “humanidad” (recordemos que se vieron obligados a practicar la “antropofagia” para sobrevivir, motivo por el cual fueron duramente criticados por muchos y despreciados por algunos) nos hace pensar en qué puede pasar ahora, cuando descubramos por voz de los propios mineros las "terribles miserias" sufridas durante tantos días de aislamiento entre roca y polvo.

     Lo primero que tendrán que hacer los mineros, tras 17 días de "aislamiento hospitalario" para prevenir cualquier tipo de incidente médico no deseado (muchos de ellos están realmente débiles, sus músculos se han atrofiado por la falta de ejercicio y su sistema respiratorio no conoce el aire no contaminado desde hace semanas, lo que unido a la reaparición de la luz puede suponer un contraste nefasto para sus organismos) será acudir al "registro civil" a darse de alta como “personas vivas”, pues su condición actual es la de “desaparecidos”. Estamos hablando por tanto, literalmente, de “volver de la tumba” y de comenzar una nueva vida “a otro nivel”, pues es evidente que nuestros protagonistas han alcanzado "otro nivel de conocimiento". Tanto a ellos como a nosotros nos espera "la luz", una vez superado el escarpado muro que nos tenía sujetos a las tinieblas, siguiendo el mito platónico, y entonces podremos reconocer verdaderamente al “hombre”. 

viernes, 29 de septiembre de 2023

El engaño, el progreso y el regreso


     Acabamos de comentar en el aula el conocido “mito de la caverna” del filósofo griego Platón de Atenas (427 a 347 a.n.e.), del que podéis consultar el texto original al principio del VII libro de “La República”, además de repasar su "simbología" en la interpretación que se nos ofrece en la página web Torre de Babel y en el portal Youtube, y del que el cine nos ofrece innumerables ejemplos formales, pues siempre ha sido fuente de inspiración para escritores y directores, tal es su fuerza de atracción y el enorme magnetismo de este "mito fundacional de la filosofía". El relato nos sumerge en una “morada subterránea”, en el interior de la cual se encuentran confinados unos "hombres esclavos", que en realidad nos representan a nosotros mismos, forzados permanentemente por un "engaño" que les hace creer que lo que tienen delante es el “mundo real”, cuando lo cierto es que no es más que una "apariencia", una falsa realidad puesta ante nuestros ojos que nos "oculta la verdad". Es necesario darse cuenta del engaño: llega el proceso de la “aletheia” (αλήθεια), nos conducirá al “desvelamiento de lo real”.

     En “The Truman Show” (Paramount, EEUU, 1998) de Peter Weir, su protagonista, Truman Burbank (Jim Carrey), es un hombre corriente y algo inocente que vive en una idílica población donde todo es perfecto. Lleva toda la vida allí, y nunca ha salido más allá de los límites del pueblo. En esta vida idílica no hay problemas pero, poco a poco, "extraños sucesos" hacen sospechar a Truman que algo extraño ocurre, que las cosas no encajan como debería, que "algo funciona mal". En realidad, Truman es propiedad de una empresa de televisión y se encuentra prisionero en un gigantesco "plató de cine" que emite 24 horas al día la vida "en directo" de nuestro protagonista. Cuando éste despierta del engaño (y os ofrezco un momento sublime de la película, cuando el barco en el que huye “tropieza con el horizonte"), cuando descubre que todo lo que tiene ante sus ojos es una farsa, un mundo irreal y meramente "aparente", cuando descubre su propia condición de prisionero en un mundo que no existe, su reacción natural es de estupefacción y desengaño, pero esto no le arredra y decide largarse, literalmente, "de la caverna". Este es el primer paso: "descubrir el engaño".

     En el clásico de ciencia ficción “THX-1138” (Warner Bros, EEUU, 1969), la primera y singular película de George Lucas, se nos presenta una “distopía” (una “utopia negativa”): una sociedad futurista localizada bajo tierra donde "el amor es perseguido por ley" y se ha "prohibido el sexo", y donde los poderosos utilizan "métodos de tortura y drogas" para controlar a las personas. En medio de este desastroso destino, los trabajadores prisioneros THX 1138 (Robert Duvall), LUH 3417 y SEN 5241 intentan escapar, pero sólo el protagonista consigue llegar al final de la meta, librarse de los secuaces que le persiguen y "ascender las escaleras" que le llevan a la superficie. Ignorando lo que se encontrará al salir de la caverna, el bueno de Lucas nos ofrece un final impagable: THX consigue alzarse por encima de la "caverna" y se encuentra con un enorme "Sol" que le ciega la vista. Recordemos que en el mito platónico el Sol representa la idea de “Verdad” (o si se prefiere, la idea de “Bien” o de “Belleza”, que todo es lo mismo en Platón). Este es el segundo momento: el "ascenso en el conocimiento" hasta alcanzar la "idea suprema", superando el engaño previo y progresando hasta la “aletheia” o "verdad".

     Finalmente, en la muy reciente “La Isla” (Warner Bros, EEUU, 2005) de Michael Bay, se nos plantea una situación pareja a la pelicula anterior. Lincoln Eco-Seis (Ewan MacGregor) y Jordan Delta-Dos (Scarlett Johansson) se encuentran entre los cientos de residentes de un "complejo cerrado" a mediados del siglo XXI en el que las vidas cotidianas de todos sus habitantes está "controlado", aparentemente por su propio bien. La única salida (y la esperanza que todos comparten) es ser elegido para ir a "La isla": el último rincón sin contaminar del mundo tras un desastre ecológico que, según se dice, se cobró las vidas de todos los habitantes del planeta excepto las de ellos. Pero Lincoln sufre pesadillas inexplicables, está inquieto y se cuestiona cada vez más las "restricciones" que le han impuesto a su vida. Su creciente curiosidad le lleva a un terrible descubrimiento: en realidad es un "clon" (como todos los demás es esta “granja de cuerpos”) de una persona famosa, que ha pagado una gran cantidad de dinero para disponer de “órganos útiles”, caso de necesitarlos para un futuro trasplante. Pero al escapar de esta prisión y encontrarse con su “original”, entiende que no puede hacer otra cosa que regresar a la ciudad subterránea para "contar al resto el engaño", para liberarlos de sus cadenas y ayudarlos a "ascender", nuevamente, hacia la "verdad". Es el tercer momento, y el trabajo que se encomienda a los filósofos: el "retorno a la caverna" para enseñar a los demás que otro camino es posible para acceder a la verdad, y que es necesario renunciar a la "apariencia" para buscar la “verdadera realidad”, que son las “ideas”.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Comenzamos por el principio

 

     Damos inicio a este curso con una nueva materia del departamento de filosofía titulada muy rimbombantemente “Educación en valores cívicos y éticos”, que la mayoría de vosotros denomináis “Valores” pero yo prefiero llamar simplemente “Ética”. Como veremos en próximos artículos, la ética es una parte de la filosofía que se ocupa de la “conducta moral”, de determinar lo que está “bien” y lo que está “mal” en las acciones y actividades prácticas de los seres humanos, que tiene que ver con la “libertad” de elegir, la “responsabilidad” de asumir las consecuencias de nuestros actos, y la “necesidad” de reflexionar sobre nuestras decisiones vitales (no solo una vez las hemos tomado, sino, precisamente, antes de tomarlas).

     La filosofía, por su parte, es una disciplina de conocimiento peculiar, un “saber” que se entiende como opuesto a otros “saberes”: la ciencia, la técnica, el arte, la religión, la magia, el mito… todos ellos suponen una "explicación de la realidad" que nos rodea, más o menos razonable (puesto que hay saberes que podemos considerar abiertamente como “verdaderos” y otros que podemos calificar rotundamente como “falsos”). La religión, la magia y el mito serían saberes falsos, pues nos ocultan la verdadera realidad, "nos engañan" con cuentos más o menos poéticos que nos alejan de la comprensión de las cosas. La ciencia, la técnica y el arte serían saberes verdaderos, que buscan dar una explicación "coherente y sensata" sobre la realidad, pero que se limitan a analizar tan solo una parte de esa realidad, sin comprenderla en su totalidad.

     La filosofía es el único saber que pretende dar una respuesta “total” (universal) a todos los problemas, que trata de comprender la realidad en su conjunto. Mientras la matemática se ocupa del “número y la proporción”, la astronomía de las “estrellas y planetas”, la física del “movimiento”, la biología de la “vida”, la lingüística de los “signos”, la psicología de la “mente y conducta”, y la historia de los “acontecimientos del pasado”, la filosofía se ocuparía de todas esas cosas a la vez: saber filosofía implica saber de todo lo anterior, pues el objetivo es poder “criticarlo todo”. Y criticar no significa aquí “juzgar de forma negativa” sino más bien “examinar con detenimiento”. La filosofía no acepta nada, no da nada por sentado, antes de haberlo reflexionado con serenidad, antes de haberlo recorrido en su totalidad. Por eso la filosofía se plantea como un “saber frente a otros saberes” ya existentes.

     Una buena manera de iniciarnos en la filosofía es ver el vídeo que abre este artículo, extraído de la serie de televisión de los años 80 “Cosmos: Un viaje personal” (BBC 1980) de Carl Sagan, en el que el conocido astrónomo y divulgador científico nos acerca a la realidad griega del siglo VII a.n.e. y a las “nuevas formas de vida” que operan un significativo “cambio de perspectiva” en la mente de los hombres griegos de la época y en su comprensión de la realidad: el nacimiento de la filosofía. También es interesante esta primera reflexión sobre la filosofía que nos ofrece el canal de YouTube SmartSchool titulada “¿Qué es la filosofía?”.

Comenzamos el viaje: ajustaos el cinturón y tomad aliento… vamos a volar.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Principales escuelas de psicología

     Comenzamos nuestra andadura por el mundo de la psicología con un acercamiento a las principales “escuelas psicológicas”, que analizaremos de una forma muy general, pues tendremos ocasión de profundizarlas a medida que avance el curso. Esta primera aproximación nos permitirá ver como la psicología se ha ido construyendo como ciencia desde hace relativamente muy poco, pues los estudios científicos sobre la “psique” son muy recientes: a finales del siglo XIX, las condiciones para el conocimiento de la “mente” se hicieron efectivas, y los recientes avances desarrollados por las “neurociencias” han allanado el camino.

     Todo comenzó con un tipo llamado Wilhelm Maximillian Wundt (1832 a 1920), fisiólogo y médico alemán que organizo el primer “Laboratorio de psicología experimental” en la ciudad de Leipzig en 1879, que hace uso de un método introspectivo denominado “estructuralismo” o “asociacionismo”. A esta primera iniciativa en el estudio de los “procesos mentales” siguieron las aportaciones llegadas desde el otro lado del Atlántico de William James (1842 a 1910) y su perspectiva “funcionalista”, y la respuesta de los europeos gracias a la famosa “escuela de la Gestal”, desarrollada en Alemania por teóricos como Max Wertheimer (1880 a 1942), Wolfgang Köhler (1887 a 1977), Kurt Koffka (1886 a 1941) y Kurt Lewin (1890 a 1947), que realizarán un preciso análisis de las estructuras mentales en su intento de percibir el mundo físico.

     Deberemos dejar madurar estas titubeantes propuestas iniciales para alcanzar la eclosión de la disciplina en los albores del siglo XX, gracias a la aparición de las grandes teorías científicas en psicología. En primer lugar, el “psicoanálisis”, iniciado por Sigmund Freud (1856 a 1937) y continuado por sus discípulos Alfred W. Adler (1870 a 1937) y Carl Gustav Jung (1875 a 1961), que a su propuesta teórica unen un “método terapéutico” que ha resultado muy productivo en la resolución de los problemas mentales. Tras el periodo de entreguerras, irrumpe con fuerza la corriente del “conductismo” de la mano de John Broadus Watson (1878 a 1958), heredero de las teorías sobre el comportamiento aprendido de los animales de Ivan Pavlov (1849 a 1936), que tendrá su epítome con el desarrollo del “condicionamiento instrumental” de Edward Lee Thorndike (1874 a 1949) y sobre todo del “condicionamiento operante” de Burrhus Frederic Skinner (1094 a 1990) que introduce en la disciplina una interesantísima perspectiva social.

     A partir de los años 60 irrumpe con fuerza la “psicología humanista”, resultado del lanzamiento en Estados Unidos del “Manifiesto Bugental”, inspirado en presupuestos filosóficos que deambulan de Sócrates a Sartre (pasando por Kierkegaard, Nietzsche o Heidegger), y que se concretan en las propuestas de autores como Karl Ransom Rogers (1902 a 1987) y Abraham Maslow (1908 a 1970) y su idea de “autorrealización”. Más recientemente, la “psicología cognitiva” ha tomado el mando de las operaciones gracias a las aportaciones de Jean Piaget (1896 a 1980), Jerry Alan Fodor (1935 a 2017) o Avram Noam Chomsky (1928-), que proponen una interesante “metáfora” que identifica la mente humana con la “inteligencia computacional”.

     La teoría de la Gestalt nos será muy útil para abordar los temas de la “percepción”, la “atención” y la “memoria”. Trataremos el psicoanálisis principalmente al hablar de la “conciencia”, la “personalidad” y los “trastornos mentales”. El conductismo nos permitirá adentramos en el estudio del “aprendizaje” y la “socialización”. La psicología humanista nos ayudará a comprender en qué consiste la “comunicación”, la “afectividad” y la “psicología cultural”. Y finalmente, la psicología cognitiva nos será imprescindible para trabajar las temáticas relativas a la “inteligencia”, el “pensamiento” y la “psicología social y de las organizaciones”.