jueves, 6 de enero de 2022

La razón no se doblega ante la peste


     En este segundo artículo de la serie dedicada al Renacimiento vamos a tratar de analizar la tesitura política que tiene lugar en la vieja Europa de los siglos XV y XVI, y que bascula entre el “realismo político” y el “idealismo utópico”. El “desmoronamiento del orden medieval” traerá como consecuencia una situación política verdaderamente catastrófica: si bien es cierto que las ciudades-Estado italianas (Florencia, Milán, Urbino, PisaVenecia...) fueron los centros más avanzados del continente gracias a su intenso “comercio” (que alcanzará a India y China), a su prospera “banca” y a una fuerte “concentración económica y cultural” sin precedentes, también lo es que estas ciudades eran saqueadas por invasiones internacionales, entre otras razones porque la Iglesia Católica se había convertido en un verdadero ejemplo de corrupción y decadencia. En este periodo de crisis se forjan las condiciones para el florecimiento de nuevas “estructuras democráticas republicanas”, en las que los individuos más audaces, fuertes y emprendedores, serán a la par los más despiadados. Y si bien el Renacimiento se inicia en Italia a mediados del siglo XIV, su poder de fascinación alcanzará al resto de países europeos en tan solo unas pocas décadas.

     Según nos describe el historiador Jacob Burckhardt: “En la historia de Florencia se encuentran la más elevada conciencia política y la mayor variedad de formas de la evolución humana, y en este sentido bien merece la ciudad el título de primer Estado moderno del mundo”. Florencia se convertirá en la patria de las nuevas doctrinas y teorías políticas, pero también de los “experimentos” y de los “cambios”, de la “estadística” y la “interpretación histórica” en sentido moderno. Muchos son los historiadores que sostienen que Florencia es no solo la cuna del Renacimiento, sino también su prototipo, y ello debido a dos motivos: sus convicciones políticas y su “estructura republicana y democrática”; y la ambición intelectual y “alta preparación humanística y filosófica” de sus funcionarios, líderes y gobernantes. Bajo el amparo de la familia Médici se produjo una exaltación de la “cultura clásica” y del “concepto de la naturaleza” pagano que llevó a una relajación de las costumbres, una laicización de la vida y un paroxismo del lujo y el refinamiento. Un buen ejemplo de ello será la creación de la Nueva Academia Platónica, en la que destacarán autores de la talla de Marsilio Ficino, (1433 a 1499) y Giovanni Pico della Mirandola (1463 a 1494).

     Pero frente al sentimiento utópico de ciertos autores, tanto renacentistas como clásicos, una reacción realista cristalizará en la figura de Nicolás Maquiavelo (1469 a 1527), autor de una de las obras políticas más reseñadas de la historia, fechada en 1532 y que lleva por título “El Príncipe” (Il principe), cuyas claves interpretativas son, de un lado, su “concepción de la Historia”, entendida objetivamente, como “sustancia inmutable de la organización social” que no es vista como proveniente de la Naturaleza ni de la Divinidad, sino generada por los propios hombres en su tortuoso devenir histórico. Y de otro lado, su “concepción del hombre”, en un doble sentido: como aquello “idéntico a sí mismo”, cualquiera que sea el tiempo en que se le considere (concepción antievolucionista) y la idea de que en la naturaleza de los hombres entra “tanto el bien como el mal”, lo que nos lleva a la idea de que el político, si quiere triunfar, no puede hacer cálculos sobre la supuesta bondad o maldad de sus súbditos, sino que debe considerar siempre “el peor de los casos”, entendiendo que todos los hombres son malos y que éstos estarán dispuestos a manifestárselo a la primera oportunidad que se les presente.




     Diferencia Maquiavelo entre dos formas de gobierno: la “República” (romana), forma de Estado en donde existe una tensión tal entre sus distintos “Estamentos” que ninguno de ellos domina sobre los demás; y el “Principado” (florentino) en el que el “Príncipe” gobierna sin la oposición de otros nobles y con los ciudadanos convertidos en “súbditos” que “obedecen y cumplen las leyes”. Estos Principados se sustentan sobre tres pilares: “el conflicto y la guerra”, la separación entre “la acción política y la conducta moral”, y el equilibrio que todo Príncipe debe tener entre “virtud y fortuna”. A nuestro autor no le cabe duda de que lo que hace crecer a un Estado es el conflicto directo con otros Estados: el “arte de la guerra” es parte fundamental de la “educación” de un político, engrandece los Estados y aleja de ellos el declive y la corrupción. El Príncipe debe saber adaptarse tanto a las limitaciones personales como a las circunstancias externas, debe saber cambiar de opinión o estrategia cuando lo exigen los tiempos, poder disponer de recursos ante situaciones nuevas e imprevistas, y contar con la suficiente sagacidad para prever el futuro y adelantarse a él... en definitiva: “debe ser capaz de hacer de la necesidad virtud”.

     Pero frente a este desmedido realismo político, el Renacimiento verá nacer también interesantes “propuestas utópicas”, ocurrentes "concepciones ideales” (al modo del proyecto platónico) que trascienden la realidad y rompen las ataduras del orden existente, en tanto que articulaciones de las aspiraciones humanas. Destacaremos a tres autores: en primer lugar, Tomás Moro (1478 a 1535), cuya obra principal de 1516 se titula de forma extensa “Librito verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor Estado de una República y sobre la isla de Utopía” (Libellus vere aureus, net minus salutaris quam festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopi) o simplemente "Utopía" (que juega con la etimología griega “ou-topos”: “en ningún sitio” o “fuera de lugar”), una isla en la que está abolida la propiedad privada y el uso de los bienes está libremente abierto a cada uno según sus necesidades. En la misma línea tenemos a Francis Bacon (1561 a 1626), que en “La Nueva Atlántida” (1627) idea un paraíso de la ciencia y la técnica (sin entretenerse en proponer formas nuevas de organización social y política) que aumente el conocimiento de las causas para incrementar los límites de la mente y de sus poderes sobre la Naturaleza. Finalmente, Tommaso Campanella (1568 a 1639) en su “Ciudad del Sol” (1623) presenta un régimen político teocrático, jerarquizado y comunitario fundado en una concepción más ético-religiosa y cósmico-mágica que propiamente burguesa.

     La película que os muestro a continuación se titula “Los señores del acero” (Orion 1985) del holandés Paul Verhoeven: corre el año 1510, y Europa entera esta anegada por toda suerte de conflictos, batallas, guerras y revueltas, fruto de la insaciable sed de poder y dominio de los “señores de la guerra”, viejos resquicios de una forma de entender el mundo, la sociedad feudal, que vive sus últimos coletazos. Porque estos caducos señores feudales tienen hijos que leen a Nicolás Oresme (1323 a 1381), Leonardo da Vinci (1452 a 1519) y Giordano Bruno (1548 a 1600), hijos que reniegan de las viejas formas, obsoletas, para apostar por la verdad a través de la ciencia. Me ha costado mucho encontrar un vídeo adecuado de esta película, así que os propongo esta mezcla que recupera algunos fragmentos en su original inglés. El arranque resulta muy interesante para comprobar cómo se toma un castillo al asalto, pero más interesante aun es ver a un joven y noble aprendiz cantarle las cuarenta al curandero, empeñado en hacer “sangrías” a todo aquel que tiene la lepra, en lugar de utilizar los “nuevos métodos” que nos aportan la medicina y la química (en un estado rudimentario, bien es cierto, pero algo es algo).

miércoles, 5 de enero de 2022

Antes que la manzana fue la naranja


    Nos adentramos ahora en un momento de la historia verdaderamente fascinante que conocemos bajo la rúbrica de “Renacimiento”, y al que sus propios protagonistas conocieron como “nuevo mundo” (denominanción que nos trae a la memoria la llegada a América, fenómeno de enorme relevancia histórica, como veremos a continuación). Es este un periodo realmente “convulso”, en el que se sucedieron una serie de acontecimientos significativos en muchos órdenes, desde el puramente “geográfico” al “técnico” y “científico”, pasando por los cambios que se producen en el ámbito “cultural”, “religioso” y “político”. Iniciamos aquí una serie de tres artículos que nos permitirán conocer más a fondo el “pensamiento filosófico renacentista” (eso que comúnmente se ha conocido con el nombre de “humanismo”) a partir de los “acontecimientos históricos” más relevantes. Hablaremos sobre todo de “cambios”, tanto en los aspectos más informales de la vida cotidiana como en los “grandes hechos”, además de analizar las tendencias, tanto técnicas como ideológicas, que sustentarán estos cambios, pero insistiremos siempre en el hecho de contemplar este periodo de la historia no como un “corte”, una “ruptura” o “revolución” con respecto a la edad previa, sino más bien como un “proceso evolutivo” que surge precisamente del estado precedente, el Medievo, entendido como “mundo heredado”.

     Os propongo un pequeño repaso a la película “1492: La conquista del paraíso” (JRC 1992) del cineasta Ridley Scott, que en su momento sirvió para conmemorar el 500 aniversario del descubrimiento más importante de la historia. Os incluyo un primer vídeo que recopila escenas dispersas de la película, todas muy atractivas, si bien la que más nos interesa es la que abre la historia: Cristóbal Colón (Gerard Depardieu) apostado a la orilla del mar, contempla un barco alejarse mientras explica a su hijo que, “si la tierra fuera plana”, el barco se alejaría cada vez más hasta ser imperceptible a la vista, y sin embargo el barco no decrece, sino que, llegado a un punto, parece como si se hundiera poco a poco en el mar infinito (conservando su tamaño, eso si), con lo que “solo cabe suponer que la tierra es redonda”. En fin, parece ser que mucho tiempo antes de que Isaac Newton (1642 a 1727) determinase su famosa “Ley de gravitación universal” en sus conocidos “Principios matemáticos de la filosofía natural” (Philosophiæ naturalis principia mathematica) inspirado, según cuenta la leyenda, por la caída de una manzana, nuestro amigo Colón ya había echado mano de una naranja para explicar la “circularidad del planeta”, que luego probará experimentalmente yendo hacia las Indiaspor el oeste”.

     Hemos elegido esta película para hablar de un acontecimiento determinante: el Descubrimiento de América (1492), y esto merece una explicación, pues hemos tomado este momento concreto de la historia para ejemplificar el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, frente a otros posibles acontecimientos como la Caída de Constantinopla (1453) o el Concilio de Trento (1545 a 1563) por varios motivos. Los inicios de la Modernidad suelen atribuirse generalmente al Quattrocento y el Cinquecento italianos y al movimiento humanístico de ellos derivado. Sin embargo, hay que reconocer un conjunto de “hechos” de primer orden como verdaderos determinantes del paso de una edad a otra. En primer lugar, la constitución del “Estado Moderno” sobre la base de un “territorio homogéneo” y de una “centralización burocrática”, que permiten el establecimiento de un “poder central” suficientemente fuerte; en segundo lugar, el desarrollo del “protocapitalismo”, que surge de una “técnica financiera y bancaria” novedosa que va unida al aporte de nuevos metales traídos del mundo recién descubierto; y en tercer lugar, la irrupción de una “nueva cosmovisión”, que caracterizaría lo que hoy conocemos como “humanismo” y “revolución científica”, como elementos fundamentales de la cultura de la nueva época.

     Por aquel entonces, los “grandes descubrimientos” respondían a exigencias prácticas e inmediatas: la necesidad de hallar una “vía marítima” que permitiera continuar el comercio con las Indias tras la ocupación de Constantinopla por los turcos otomanos y aumentar de nuevo el capital financiero. Los navegantes estaban al servicio de Portugal y de España, y en menor medida de Inglaterra. Será Cristóbal Colon (1451 a 1506) quien, confiado en un proyecto elaborado por el cartógrafo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli (1397 a 1482) a partir de la concepción de la “Tierra esférica” pergeñado por Eratóstenes de Cirene (276 a 194 a.n.e.) afronte el reto de encontrar un “nuevo camino” hacia Cipango bajo el padrinazgo de los Reyes Católicos. Las consecuencias inmediatas de este descubrimiento son evidentes: en lo económico, la repercusión sobre las formas de vida se hace notar de forma inmediata, pues la introducción de “nuevos productos alimenticios” hará posible el cultivo de terrenos hasta entonces poco fértiles, lo que repercutirá en el “crecimiento demográfico”; la afluencia de “metales preciosos” supone una verdadera revolución, pues trae consigo un “aumento de la circulación de capital” que impulsa la actividad económica; por otro lado, la constatación de la existencia de extensísimos “nuevos territorios” evidenciará un nuevo modo de ver y entender el mundo y contribuirá a desarrollar una revolución que acabó por imponer una "concepción astronómica heliocéntrica".

     Pero nosotros queremos destacar el descubrimiento por ser un acontecimiento constitutivamente “moderno” en su sentido más preciso, que tiene la virtualidad de incorporar a su esfera otros acontecimientos históricos. Su impacto cambiará por completo las concepciones de la “ecumene” (οἰκουμένη) clásica, y hará tambalearse la “concepción teológico-religiosa” de la época: la convicción de que la Tierra carecía de una organización tricontinental, como se suponía hasta entonces, obliga a un cambio de “paradigma”, que con Nicolás Copérnico (1473 a 1543) y Galileo Galilei (1564 a 1642) pondrá los cimientos para la entrada en el mundo moderno. Desde el punto de vista antropológico, el “contacto con los indígenas” de las nuevas tierras hizo que se plantease de nuevo el problema de la “unidad o pluralidad de la especie humana”, y ligado a él, el problema del “origen y filiación de las lenguas”, lo que nos retrotrae a la formulación de “nebulosas ideológicas” vinculadas a la "exaltación de la Naturaleza" y a la "vuelta a la Arcadia", así como las corrientes utópicas que verán en las nuevas tierras una suerte de “Paraíso Perdido” (como bien destaca el título de la película que estamos analizando). El descubrimiento de estas “nuevas tierras” y de estos “nuevos hombres” supone un cambio profundo, no sólo en aspectos económicos o políticos, sino en aspectos ideológicos y culturales que determinarán la textura política y económica del momento.

     El filósofo Gustavo Bueno (1924 a 2016) ha señalado que el descubrimiento de América se explicaría porque en el siglo XV ya había ciertas “estructuras objetivas” en marcha, “normas” que siguen su propia “ley de desarrollo”, y sería en el marco de estas estructuras objetivas donde habría que reconocer los componentes del “mundo heredado” que vendrían madurando desde tiempos antiguos y medievales. Así por ejemplo, cuando se habla de la “ruta de las especias” con relación al descubrimiento, la demanda europea de las mismas no dependería de motivos subjetivos (necesidades o enriquecimiento) sino de “dispositivos culturales objetivos” ligados a estructuras políticas y técnicas muy precisas. Entre estos componentes hay que considerar la “concepción esférica del Universo” (tanto astronómico como geográfico) y las teorías helénicas desarrolladas ya por Eudoxo de Cnidos (390 a 337 ane.), Hiparco de Nicea (190 a 120 a.n.e.) o Claudio Ptolomeo (100 a 170) que, a través del Medievo, llegaron al siglo XV. Pero también los desarrollos cartográficos previos, los “portulanos” y las “cartas medievales”, la invención del “astrolabio” y la “brújula”… Todo ello conduciría a la “teoría esférica de la Tierra”: es esta teoría la que posibilitó el descubrimiento de América, de manera que solo a través de ella es posible el "concepto de América" como dado en una teoría objetiva verdadera.

lunes, 3 de enero de 2022

Un repaso a la filosofía medieval


     Un último artículo de repaso a la filosofía de orientación cristiana, desarrollada tanto en el Imperio romano como durante la Edad Media, con nuestra acostumbrada visita al canal de YouTube Unboxing philosophy, del filósofo Daniel Rosende, en el que encontraremos abundante información sobre la vida y obra de nuestros dos autores fundamentales: Agustín de Hipona y Tomás de Aquino (sin olvidarnos de Guillermo de Ockham) y sobre sus ideas respecto de las “relaciones entre la fe y la razón”, sobre la “demostración de la existencia de Dios” y sobre el “problema de los universales”, que nos resultará muy útil para repasar el pensamiento de Aristóteles y de su maestro Platón. También es recomendable el canal La Travesía filosófica, del que os dejo dos enlaces para completar este repaso medieval.

 Travesía filosófica: "Aquino y el auge de la Escolástica" (canal YouTube)


     Y como siempre una recomendación para la preparación de nuestro próximo examen: además de estudiar las aportaciones teóricas de los distintos autores, podéis hacer uso de los apuntes de vuestro profesor (que están colgados en Teams y también están disponibles en esta bitácora) en los que se incluyen varios textos de autores medievales con los que podéis ejercitar el comentario de textos. Disponéis además de bastantes textos en las páginas Webdianoia y Wikillerarto, así como en el blog La lechuza de Minerva; y como siempre, para revisar el vocabulario específico de los distintos autores, nada mejor que darse un paseo por el Diccionario filosófico de Centeno del profesor Salvador Centeno.

domingo, 2 de enero de 2022

La polémica sobre los universales


     Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los “universales”, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre...), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las “cosas particulares” (“este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…). El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480 a 524) en su obra "Introducción a las categorías" (Introductio in Praedicamenta): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los “universales” les corresponde una “existencia propia”, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellos (como afirmaba Platón); o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son “meros conceptos” formulados artificialmente por el hombre (como postulaba Aristóteles). Esta agria polémica medieval dará lugar a tres respuestas posibles, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.

     Según los partidarios del "realismo", los "universales" existen exclusivamente “en sí”, y las cosas particulares existen solo como formas subordinadas de la esencia “que tienen en común”. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070 a 1121), quien postula que “a todos los hombres les es común una sola esencia”, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta esencia a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de la realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo), que "a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias": así por ejemplo, si tanto el “hombre” como en el “animal” comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional. Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones al postular que la “universalidad” que hay en los miembros de un “género” consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.

     Según los partidarios del "nominalismo", en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos concretos: “este” árbol, “este” pájaro, “este” hombre…) mientras que los "universales" existen solamente "en la mente humana", pudiendo concebirse entonces bien como “conceptos abstractos” de las cosas, bien como meros “nombres convencionales” para referirse a ellas. Será Roscelino de Compiègne (1050 a 1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como "conceptualismo", y sostiene que los "universales" existen en las cosas como “presencia de lo común”, pero esta coincidencia de lo común “no es una cosa” (res) “en sí misma existente”, sino que es algo “captado por la mente humana” mediante un proceso de “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079 a 1142) quien postule la idea de que el “concepto” de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas mismas.

     Nuestro viejo conocido Guillermo de Ockham (1280 a 1349) pasa por ser uno de los nominalistas más reputados, y seguramente el primero en postular que los “conceptos” son “signos”, que por tanto nos remiten “a algo distinto”: un concepto es aquello que está “presente en el alma” pero que significa “algo distinto de lo que representa”, es decir, de lo que “supone” en el enunciado (por lo que un universal, en tanto que signo, se puede referir a muchas cosas). Es precisamente por ese motivo que, para conocer el significado de un término, es necesario conocer lo que este supone, y en este sentido Ockham distingue entre tres tipos posibles de “suposiciones”: “suposición personal”, cuando el término representa aquello que designa, que siempre es algo particular (“Sócrates es un hombre”); “suposición simple”, cuando el concepto se representa a sí mismo (“hombre es una especie”); y “suposición material”, cuando el término representa una palabra o una letra (“hombre es un sustantivo”).

     Una "proposición" será verdadera cuando "el sujeto y el predicado supongan lo mismo”. Diferencia con precisión nuestro autor entre los llamados “conceptos absolutos” (aquellos que designan directamente un objeto particular real) y los “conceptos connotativos” (aquellos que significan algo tanto en un primer como en un segundo plano); por otro lado distingue igualmente, en lo referente a la comprensión de los hechos o fenómenos, entre el “conocimiento intuitivo” (que permite la aprehensión sin ningún género de dudas de la existencia de un objeto, pues comprende aquello que es sensorialmente perceptible, o que puede derivarse de la propia introspección) y el “conocimiento abstractivo” (que posibilita la formulación de enunciados sobre la base de conceptos previos en ausencia del objeto que se menciona, y que por tanto no nos dice nada respecto de la existencia real de un objeto y depende siempre y en todo momento del conocimiento intuitivo).

     Os he seleccionado el arranque y el final de la película “El nombre de la rosa” (WB 1986) de Jean-Jacques Annaud. El primero de los vídeos me permitirá sugeriros la lectura de un pasaje del libro de Umberto Eco en el que se comenta la historia del caballo Brunello, y de cómo Guillermo de Baskerville (Sean Connery) llega al conocimiento y ubicación de este ser en particular incluso antes de haberlo visto personalmente (utilizando su famoso “principio de economía”, del que tenéis otras muestras en este enlace). El segundo nos sugiere una posible explicación al título de la obra: cabría plantearse la cuestión de si los “universales”  están ligados a una denominación subyacente al fondo de las cosas o si, a causa de su significado, podrían existir aun cuando las cosas denominadas ya no existan (v.g: "el nombre de una rosa", si ya no hubiera rosas). Será Pedro Abelardo quien establezca una diferenciación entre la función “denominativa” y la función “significativa” de una expresión: el “nombre” de una rosa no puede ser dicho de nada más, si ya no existen rosas, pero sí tendría significado en la frase “no hay ninguna rosa” (que por cierto, es la frase con la que concluye la novela, tras la destrucción por el fuego de la biblioteca “con forma de rosa”, y de la que desgraciadamente, al igual que del monje moribundo que relata la historia, “solo queda el nombre”).

sábado, 1 de enero de 2022

Manifiesto en defensa de la filosofía

 

NECESIDAD DE LA FILOSOFÍA EN LA ENSEÑANZA DE ADOLESCENTES

(DEMOSTRADA SEGÚN EL ORDEN GEOMÉTRICO)

DEFINICIONES:

1. La filosofía es el amor a la sabiduría.

2. La sabiduría es la capacidad humana para alcanzar la verdad.

3. La verdad es la correspondencia del pensamiento con la realidad.

4. La realidad es la verdadera y efectiva existencia de algo o alguien.

5. La existencia es el hecho de vivir.

AXIOMAS:

1. Lo que es, es, y lo que no es, no es.

2. La felicidad es el fin de la vida buena.

3. Pienso, luego existo.

4. Todo efecto es producto de una causa.

5. El ser social determina la conciencia.

PROPOSICIONES:

1. Solo sé que no sé nada. (Socrates).

Demostración: A partir de la def.1, es evidente que si amo la sabiduría es porque no soy sabio, ya que (por axi.1) no se puede ser y no ser a un mismo tiempo y en un mismo sentido, y por tanto (por def.2) el ejercicio de la filosofía tiene como objetivo salir de mi propia ignorancia para alcanzar la verdad.

2. Amigo es Platón, pero más amiga es la verdad. (Ammonio).

Demostración: Por def.3 sabemos que la verdad es la adecuación de las ideas con la realidad, y que (por axi.3) el pensamiento propio determina nuestra existencia, ya que (por axi.4) una idea lleva a otra y esta a otra más, en una suerte de entretejimiento de las ideas consigo mismas, por lo que resulta evidente (a partir de pro.1) que debemos prescindir que cualquier opinión ajena y ejercitar nuestra razón para tratar de alcanzar la verdad por nosotros mismos.

3. El hombre es por naturaleza un animal político. (Aristóteles).

Demostración: Sabemos por axi.5 que la sociedad es la responsable de nuestra forma de pensar y de actuar, ya que (por def.3) el pensamiento propio es el resultado de la interacción con la realidad social en la que uno vive y se educa, puesto que (por axi.4) mi conciencia será la consecuencia necesaria de una causa que la determina y la hace ser lo que es.

Escolio: El hombre solo puede desarrollarse como tal en contacto con otros hombres, en el intercambio de ideas con otros hombres.

4. La muerte no significa nada para nosotros. (Epicuro).

Demostración: Es evidente por axi.1, ya que la vida es la negación de la muerte, y la muerte es la negación de la vida, y esta última (por def.5) no es más que la consumación y disfrute efectivo de la propia existencia, tanto corporal como intelectual, y que por tanto (por axi.3) la existencia humana solo podrá considerarse como plenamente realizada mediante el ejercicio del pensamiento.

5. Los entes no deben multiplicarse sin necesidad. (Ockham).

Demostración: Si consideramos por def.4 que un ente es real cuando existe verdaderamente, y que (por axi.1) las cosas son o no son, resulta evidente (por axi.4) que el conocimiento consiste en encontrar la causa real que determina un fenómeno, y que (de nuevo por axi.1) esta causa será única, por lo que (por def.4) solo será necesario hacer uso de esta única causa para la comprensión de la realidad.

Escolio: A la hora de abordar un problema es preferible renunciar a explicaciones dementes y optar por la solución más sencilla y cabal.

6. No basta tener buen ingenio, lo principal es aplicarlo bien. (Descartes).

Demostración: A partir de la def.1, resulta claro que la filosofía tiene como objetivo la verdad, y que para alcanzarla (por axi.4) será preciso encontrar las causas de los fenómenos, pero para encontrar estas causas (a partir de la pro.5) es necesario disciplinar el pensamiento por medio de algún tipo de método, ya que (por def.3) cualquier ocurrencia personal debe ser contrastada con la realidad, a fin de comprobar (por axi.1) si verdaderamente es así y no de otra manera.

7. La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. (Kant).

Demostración: Por def.5, es evidente que estoy vivo, y que (por axi.3) mi vida consiste en ser una realidad que piensa, y puesto que el ejercicio del pensamiento es (por def.2) la capacidad humana para llegar a la sabiduría, el uso de la razón (a partir de la pro.2) me permitirá realizar todas mis potencialidades por mi mismo, lo que (por def.4) hará mi existencia verdadera y efectiva, puesto que la auto realización (por axi.2) es el objetivo vital que me he propuesto.

Escolio: Negar a los jóvenes el ejercicio de la filosofía es forzarles a ser niños perpetuos, a que jamás se hagan adultos, a que no desarrollen su propia humanidad.

8. Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho. (Mill).

Demostración: Por axi.2 sabemos que todo hombre busca la felicidad, que no es otra cosa (por def.4) que la realización verdadera y efectiva de la propia existencia, toda vez que (por axi.3) nuestra existencia consiste en el hecho de ejercitar el pensamiento, por lo que (por def.1) solamente la práctica de la filosofía nos facultará para alcanzar la verdad, que es tanto como decir que (a partir de la pro.7) es preferible hacer uso de la razón antes que comportarse como un ser irracional, ya que (por axi.1) las cosas son o no son, y el pensar (de nuevo por axi.3) nos permite realizar nuestra humanidad y nos aparta de las bestias.

9. El hombre está condenado a ser libre. (Sartre).

Demostración: Es evidente por axi.3 que el hombre es un ser pensante, y este solo motivo (a partir de la pro.8) le diferencia de los seres irracionales, por cuanto (por def.2) un ser racional es capaz de ejercitar su propio intelecto con el fin de alcanzar la verdad, que no es otra cosa (por axi.2) que la posibilidad de desarrollar una vida buena, puesto que (por def.4) esta será la realización plena y efectiva de su existencia, que es de facto (de nuevo por axi.2) la posibilidad de ser feliz, lo que le obliga necesariamente (por def.5) a tomar sus propias decisiones respecto al hecho de vivir.

Escolio: El hombre es por definición un ser infecto (que se está haciendo), un proyecto inacabado, al que nada define o sujeta.

10. Una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida. (Socrates).

Demostración: Puesto que por def.1, la filosofía es la necesidad humana de buscar el saber, y que (por axi.3) solamente el ejercicio de la razón nos hace verdaderamente humanos, es evidente (por def.2) que la actividad de la filosofía consiste en encontrar la verdad, y que ésta (por axi.2) nos permitirá alcanzar la auto realización, lo que significa que (por def.3) habremos logrado comprender la realidad, que es tanto como decir (por def.5) que somos verdaderamente humanos.

COROLARIOS:

1. Si usted no entiende nada de lo mencionado con anterioridad… es usted un pobre hombre.

2. Si usted cree que todo lo mencionado es superfluo y prescindible… es usted un necio.

3. Si a usted todo esto le resulta innecesario para la vida… es usted un esclavo.

ESCOLIO FINAL:

Sapere aude (Ten la audacia de aprender).

Los profesores de filosofía de secundaria nos dedicamos a corromper la mente de los jóvenes con esta verdad infinita, y jamás dejaremos de exhortarles a filosofar, y a encaminar su vida a la búsqueda del conocimiento, la verdad y el mejor bien del alma.

Y si hay que beber la cicuta, ¡se bebe!

Alberto Fernández Fernández

jueves, 30 de diciembre de 2021

Las relaciones entre la razón y la fe

     De los muchos ejemplos que ha aportado el cine sobre la época medieval, sin duda uno de los más interesantes es “El nombre de la rosa” (WB 1986) del francés Jean-Jacques Annaud, basado en la novela homónima del filósofo italiano Umberto Eco, un notable ejercicio de estilo de uno de los mayores especialistas en filosofía medieval del que se tiene noticia. El relato tiene lugar en una recóndita abadía del norte de Italia, hacia mediados del siglo XIV. Ya hemos visto en clase que es esta una época de renovación intelectual: la Escolástica, como forma de educación cristiana integral, ha entrado definitivamente en crisis. La película cuenta la historia de Guillermo de Baskerville, trasunto de Guillermo de Ockham (1280 a 1349), con el que Eco quiere que comparta el nombre (y para dejarlo más claro, toma el apellido de la novela “El sabueso de los Baskerville” (1901) de Sir Arthur Conan Doyle, la primera obra en la que aparece el personaje de Sherlock Holmes, con el que nuestro protagonista tiene notables similitudes, en especial en la utilización del “método inductivo”). El tal Guillermo (Sean Connery) es testigo de una serie de “hechos asombrosos y terribles” que su inteligencia racional y empírica no puede evitar desentrañar.

     Sólo por admirar el ambiente que rodea a la película, la "autenticidad de los lugares", la "dramatización de los personajes" y el "rigor histórico" con que se muestra esta época convulsa y fascinante, merece la pena verla: fijémonos en la recreación de la abadía, con los distintos lugares de uso: la iglesia, el coro, el claustro, la biblioteca, la herboristería, la huerta, la cocina…; pero también en los modos y ademanes de los personajes: el abad, los escribanos, los novicios, la gente del pueblo que paga los diezmos…; además de los objetos, los vestidos, los libros… y por supuesto las conversaciones. Aunque el argumento principal se centra en la resolución de una serie de "enigmáticos crímenes" (en torno a la posesión del libro II de la “Poética” (Περὶ Ποιητικῆς) que Aristóteles dedica a la "comedia", y del que no se tiene constancia), la película desarrolla una interesante polémica entre los monjes dominicos y los monjes franciscanos, orden esta última que predica la "pobreza de Cristo" y asume esa misma pobreza para "la Iglesia" (algo que los dominicos no están dispuestos a tolerar, por lo que llegarán a acusar a los seguidores de Francisco de Asís de herejes). Junto al inicio de la película, podéis consultar estos dos interesantes videos: “La risa” y “El juicio”.

     Estos dos ejemplos pueden servir de muestra para comprender las delicadas “relaciones entre la razón y la fe”, tema central de toda la filosofía escolástica. Recordemos que, mientras los averroístas se acogían a la teoría de la “doble verdad” al afirmar que la “verdad teológica o de fe” y la “verdad filosófica o de razón” son dos principios irreconciliables, los tomistas insistían en que es posible establecer una conexión entre ambas, los llamados “preambula fidei”, suerte de “verdades mixtas” (que permitirían explicar la “inmortalidad del alma” o la “eternidad del universo”) accesibles tanto por medio de la fe como a través de la razón, con lo que se salva la polémica asegurando el conocimiento de Dios desde los dos enfoques metodológicos.

     Como sabemos, Guillermo de Ockham y la tradición crítica del siglo XIV renegará de tales presupuestos tomistas, volviendo a asumir que la fe y la razón no pueden intersectar jamás, puesto que tratan de temas completamente diferentes. Para Guillermo, la fe sostiene sus premisas en un “mundo sobrenatural”, mientras que la razón sostiene sus premisas en la “naturaleza” y el “conocimiento intuitivo sensible certero”: ambos pertenecen a planos epistemológicos distintos, y no tiene sentido que la fe busque en la razón justificación o argumento, sea este del tipo que sea; de hecho, las “verdades comunes a ambas” que postula el tomismo serán consideradas "indemostrables racionalmente", por lo que solamente podrán ser objeto de "fe religiosa".

     La película nos sirve además como excusa perfecta para introducir el pensamiento de Tomás de Aquino (1225 a 1275), quizás el más representativo de los teólogos vinculados a la Escolástica. Si bien Alberto Magno (1193 a 1280) fue el primer pensador medieval que distinguió entre el “pensamiento teológico” y el “saber científico y filosófico” (centrado en cuestiones mundanas y atento al mundo natural, siguiendo la teoría del conocimiento de Aristóteles), a Tomás le corresponde sistematizar este “desafío griego”. En “Suma de teología” (Summa theologiæ) vindica para la teología el carácter de “ciencia”, si bien en la medida en que sus “premisas” dependen de la “revelación”, pues se trata de una ciencia subordinada a la “ciencia divina”: la filosofía goza de autonomía, garantizada por la estructura de la mente humana, pero es capaz de alcanzar la verdad porque “Dios lo quiere”. En lo tocante a la "demostración de la existencia de Dios", dividió la prueba en tres grandes grupos: “a priori”, inferencias que van de la causa al efecto; “a simultaneo”, argumentos que van de un atributo de la esencia divina a otro; y “a posteriori”, razonamientos que van del efecto a la causa y que Tomás sintetiza en las archiconocidas “Cinco Vías” (Quinque viae), que parten de cinco “principios generales” que rigen el orden de los fenómenos y, por prohibición de regreso al infinito, constatan la existencia de cinco entes, que en realidad son el mismo: “Primer motor inmóvil”, “Causa eficiente primera”, “Ser necesario”, “Causa de todas la perfecciones” y “Suprema inteligencia”… y concluye: “y esto es a lo que todos llaman Dios”.

     Pero ya que hemos hablado de Guillermo de Ockham, convendría echar un vistazo a una de sus aportaciones más relevantes, la llamada “Navaja de Ockham”, un principio metodológico de enorme modernidad que se conoce también como “principio de economía”, determinante para el desarrollo de la ciencia posterior, que dice así: “entia non sunt multiplicanda praeter necesitatis”, lo que dicho de otro modo significa que “dadas dos explicaciones para un mismo hecho, la más sencilla siempre es la correcta” (a tal efecto, conviene consultar también los enlaces en los que Guillermo resuelve los crímenes de la abadía: “Primeras deducciones” y “Conclusiones finales”). La reciente “Contacto” (WB 1997) de Robert Zemeckis, a partir de un relato de ciencia ficción de Carl Sagan, trabaja sobre este presupuesto. La joven científica de la NASA Eleonor Ann Arroway (Jodie Foster) estudia el cielo en busca de una posible señal de vida inteligente fuera de nuestro Sistema Solar, cuando recibe una misiva extraterrestre en la que, en lenguaje matemático, se ofrecen los planos para la construcción de una nave espacial capaz de transportarla a otra galaxia. Construida la nave, nuestra científica viaja en el espacio durante “unas 18 horas”, pero al volver se entera de que la nave no se ha movido de su sitio. Por tanto: ¿qué es más sensato, pensar que ha viajado en el espacio, como ella cree, o que todo ha sido una ilusión, como creen todos los demás? El final de la película nos tiene reservada una pequeña sorpresa… que no os revelo para no estropearos su visionado (consúltala en este enlace).

martes, 21 de diciembre de 2021

El imparable ascenso del Islam


     El Islam (الإسلام) o “sumisión” es una “religión monoteísta” de culto a Alá (الله) fundada por Abū l-Qāsim Muḥammad ibn ‘Abd Allāh ibn ‘Abd al-Muṭṭalib ibn Hāšim al-Qurayšī, conocido como Mahoma (570 a 632), como una fusión de diferentes elementos judeo-cristianos y tradiciones árabes que el profeta interpreta de modo personal, y cuya dogmática fundamental queda recogida en el “Corán” (القرآن) o “recitación”, su libro sagrado, y que se sustenta sobre “cinco pilares” (أركان الإسلام): la “profesión de fe” o “shahada” (شهادة), la “oración” o “salat” (صلاة), la “limosna” o “azaque” (زَكاة), el “ayuno” o “sawm” (صَوْم) y la “peregrinación a La Meca” o “hajj” (حَجّ), a los que algunos musulmanes añaden un sexto pilar, la “yihad” (ﺟﻬﺎﺩ‎) o “esfuerzo en defensa de la fe”. Precisamente, la huida de Mahoma desde La Meca hacia Medina (“Medinat el Nabi”, que significa “Cuidad del profeta”) el 15 de julio del año 622 de la era común, marcará la “Hégira” (هِجْرَة‎) o punto de partida del calendario islámico, que permite el arranque de una primera expansión religiosa y militar por la región de Hiyaz. Tras la muerte del profeta, sus sucesores, los llamados “Califas” (خليفة), continúan esta expansión en medio de fuertes turbulencias y rebeliones entre “sunníes” y “chiíes”. Tras la muerte del Califa Ali ibn Abi Tálib (marido de Fátima az-Zahra, la hija predilecta de Mahoma) se instaura un régimen monárquico hereditario con la dinastía de los Omeyas, lo que coincide con el mayor momento de expansión y esplendor del “Imperio islámico”, caracterizado por una notable tolerancia religiosa, la asimilación de la cultura bizantina y una estructurada organización política: bajo el “Califa” estaba el “Vali”, gobernador en cada provincia, y a su lado el “Emir”, en tanto que jefe militar.

     Para conocer un poco más la historia del surgimiento del Islam, os propongo el visionario de esta película, ya clásica, titulada “El Mensaje (Mahoma, mensajero de Dios)” (Coproducción Líbano-GB-Libia 1979) de Moustapha Akkad, interesantísima obra que recoge algunos de los aspectos fundamentales de la vida del profeta desde que decide refugiarse en una cueva para comenzar sus primeras reflexiones (y donde tiene sus primeras “revelaciones”), hasta su muerte a la edad de 63 años, pasando por la huída a Medina. Podéis consultar la película completa en este enlace, en el que se advierte el inicio de los primeros “ritos islámicos”, con la construcción de la primera “mezquita” o “masŷid” (مسجد) y la primera llamada al rezo, además de la definitiva conquista de La Meca (مكة المكرمة‎) o “Ciudad Santa del Islam”. La película se muestra muy respetuosa con el sentir islámico: recordemos que, de acuerdo con las creencias musulmanas, Mahomano puede ser representado”, ni su voz puede oírse (norma que se extendió a sus siete esposas, sus hijas y sus yernos), por lo que, cuando Mahoma estaba presente o muy cerca, se optó por sugerir su presencia con una suave música de órgano, y sus palabras eran repetidas por otra persona, y cuando la escena requería su presencia obligada, esta se desarrolla desde su punto de vista (lo que se logra con el uso de la “cámara subjetiva”), mientras los otros personajes asienten ante el diálogo no oído.

     En este contexto cultural que acabamos de describir tiene comienzo la “filosofía islámica”, que culminará con el desarrolló de un poderoso “pensamiento hispano-musulmán”. Surgen aquí figuras como Abū Yūsuf Ya´qūb ibn Isḥāq al-Kindī (800 a 873), primer receptor del legado griego aristotélico, que mostrará especial interés por los problemas relativos al “entendimiento agente” y propondrá una concepción de la filosofía como “medio para el acercamiento a Dios”. La tradición continúa con Abū Naṣr Muḥammad ibn al-Faraj al-Fārābī (872 a 950), que une influencias aristotélicas y neoplatónicas para elaborar un sistema filosófico-teológico que permita demostrar la existencia de Dios desde la necesidad de un “primer motor como acto puro”, que identificará con “lo Uno” plotiniano; será además el primer autor en postular explícitamente la “contingencia del mundo”, lo que obligará a una separación tajante entre “esencia” y “existencia”. En esta línea de análisis nos encontramos también a Abū ‘Alī al-Husayn ibn ‘Abd Allāh ibn Sĩnã (980 a 1037), conocido por los latinos como Avicena, que desde la distinción precedente establecerá una dicotomía entre “Ser necesario” (Dios) y “seres posibles” (criaturas): el autor considera al “Dios-Uno” como “inteligencia primera”, que crea el mundo por un “proceso de emanación” absolutamente necesario y no dependiente de su “voluntad” (pues su propia esencia conlleva la necesidad de la creación, que afecta también a los seres creados, “necesarios en virtud de una causa”).

     Esta tradición filosófica islámica se perpetúa en la península ibérica, el Al-Andalus (الأندلس) bajo el esplendor del Califato de Córdoba, donde destacará sobremanera la figura de Abu´l-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rusd (1126 a 1198), al que los latinos llamarían Averroes, que culminará la filosofía árabe y anticipará las más osadas ideas del pensamiento occidental independientes de todo postulado teológico. Averroes insiste en que la filosofía conduce al saber, y que solo por esto queda legitimada, sin necesidad de “concesiones teológicas”, pues opera desde otra estructura. A esto se le conoce como teoría de la “doble verdad”: desde la eternidad (desde el punto de vista de Dios), “el mundo es contingente y posible”, pero para el ser humano históricamente dado es “eterno e inherente a su causa”. El saber metafísico, por tanto, posee una certeza mayor que el saber físico, si bien este último resulta útil, pues permite interpretar los “fenómenos del mundo sensible” y el “movimiento o cambio”, que exigen la existencia de un “primer motor” (en tanto que “causa eficiente” a la que deben remontarse los movimientos materiales). La estricta necesidad lógica de la existencia de esta causa suficiente para nuestros actos (físicos y psíquicos) resulta evidente como “realidad intelectual que rige todo el mundo físico”, sin necesidad de buscar sus raíces en la supuesta “voluntad bondadosa” de Dios que postulan los agustinistas.

     Y aunque estamos hablando de filosofía islámica, no está de más comentar algo al respecto de los dos autores judíos más importantes de la Edad Media, por cuanto ambos nacieron en España y escribieron sus obras más importantes en lengua árabe. El primero de ellos es Salomón Ibn-Gabirol (1025 a 1058), llamado por los latinos Avicebrón, quien trata de conjugar las doctrinas aristotélicas con la fe judía al sostener que todo ser alcanza la “existencia” en la unión de la materia y de la forma gracias a la “voluntad de Dios”. Por materia no ha de entenderse la corporeidad, la cual solo es una forma determinada de la materia, sino la pura potencialidad de adquirir la forma, de modo que sólo con la unión de ambas se obtiene la existencia. El segundo de nuestros pensadores es Moshé Ben Maimón (1135 a 1208), que ha pasado a la historia como Maimónides, quien postula una “teología negativa” (en la misma línea que Agustín de HiponaPseudo-Dionisio Areopagita) al sostener que solamente puede hablarse de la “esencia” de Dios mediante negaciones (pues las afirmaciones se refieren únicamente a sus efectos, pero no a su esencia). Es autor de la conocida “Guía de perplejos” (دلالة الحائرين) donde se dirige a aquellos que por su ocupación con la filosofía han perdido la fe y les muestra cómo la pueden recuperar por mediación de la ciencia, llegando a afirmar que “si los pasajes bíblicos contradicen los acontecimientos físicos, entonces han de ser interpretados alegóricamente”, una tesis de una modernidad fascinante.

     Las tesis de Averroes encontrarán amplio eco en la “escolástica cristina”, sobre todo de la mano de Sigerio de Brabante (1240 a 1285), iniciador del llamado “averroísmo latino”, cuyas ideas sobre la “doble verdad” serán rápidamente contestadas por los dominicos Alberto Magno (1193 a 1280) y Tomás de Aquino (1225 a 1275). Pero la amenaza que suponía el Islam, y la consiguiente necesidad de combatirla, no se quedó en meras discusiones teológicas, y obligó a diferentes papas a proponer una serie de campañas militares, las Cruzadas (que se libraron durante un período de casi 200 años, entre 1095 y 1291), con el objetivo específico de restablecer el control cristiano de Tierra Santa, La Primera Cruzada arrancará en 1074, cuando el papa Gregorio VII llama a los "soldados de Cristo" (milites Christi) a acudir en defensa del Imperio bizantino, lo que se concretó con la toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon en el año 1099. En la Segunda Cruzada participaron importantes reyes de la cristiandad, encabezados por Luis VII de Francia y por el emperador germánico Conrado III. La Tercera Cruzada, recreada recientemente en la película “El reino de los cielos” (20yh Century Fox 2005) por Ridley Scott, se opuso a la hegemonía en Egipto del poderoso Saladino, y finalmente la Cuarta Cruzada, proclamada en 1199 por el papa Inocencio III, intentó aliviar la situación de los “Estados cruzados” tras las anteriores escaramuzas. Con posterioridad se dieron una serie de “cruzadas menores” (Quinta Cruzada, Sexta Cruzada, Séptima Cruzada y Octava Cruzada), y aunque algunos papas intentaron predicar nuevas cruzadas, ya no se llevó a efecto ninguna más.

sábado, 18 de diciembre de 2021

De la esencia a la existencia de Dios


     Se conoce con la expresión genérica de “literatura patrística” a los escritos cristianos de los primeros siglos que ayudaron a la elaboración de una primera doctrina cristiana, y cuyas ideas han sido asumida por la Iglesia. La Patrística tendrá como misión elaborar una “terminología religiosa precisa y unificada” que le permitiera acabar con las interminables disputas entre las inúmeras sectas cristianas de la época (“gnósticos”, “maniqueos”, “arrianos”, “donatistas”, “pelagianos” y “nestorianos” entre otros). A estos primeros autores cristianos se les conoce como “Padres de la Iglesia”, y se suelen diferenciar conforme a tres etapas de actuación: hasta el año 200 destacan los llamados “Padres apologetas” (Justino, Taciano, Ireneo, LactancioClemente y Tertuliano); los años 200 al 450 comprenden la conocida como “Patrística media” (Orígenes, GregorioAmbrosio, JerónimoAgustín); finalmente, a partir del año 450 la relevancia filosófica de la patrística comenzará a declinar (Boecio, Isidoro, Beda) quizás con la excepción del enigmático Pseudo Dionisio Areopagita. Desde el origen del cristianismo, tanto en el periodo romano como en el medievo, se reprodujo continuamente un conflicto entre la “religión” y la “filosofía”, conflicto que partió siempre del cristianismo, una vez que este fue reconocido como “religión oficial del Imperio” gracias al “Edicto de Tesalónica”, sancionado por Teodosio (347 a 395), y pudo al fin imponer por la fuerza su “ortodoxia” (ὀρθοδοξία).

     Un buen ejemplo de este conflicto entre “cristianos” y “paganos” lo encontramos en el arranque de la película “Ágora” (Himenóptero 2009) de Alejandro Amenábar, que muestra los enfrentamientos entre ambos bandos en la Alejandría del siglo IV de nuestra era. Aunque la película desarrolla la vida y obra de la matemática, astrónoma y filósofa Hipatia de Alejandría (355 a 415), ejecutada a manos de los cristianos por su negativa a aceptar los dogmas de las Escrituras, lo más interesante de la cinta es precisamente el clima de enfrentamiento y desorden entre las dos facciones. El contacto entre ambas posiciones fue decididamente hostil, y es lógico que así fuera, dadas las profundas discrepancias existentes entre las “doctrinas filosóficas griegas” y las “creencias dogmáticas cristianas”. Inicialmente, el cristianismo se opuso radicalmente a la filosofía, y la filosofía, a su vez, atacó duramente al cristianismo. Pero posteriormente se produciría un proceso de asimilación de la filosofía griega por parte de los pensadores cristianos, que permitió que la nueva religión se formulara en un “cuerpo doctrinal” a partir de conceptos “básicamente platónicos”, y ello por dos razones: en primer lugar, porque la corriente platónica (definitivamente impulsada por el neoplatonismo) era la más vigorosa y dominante de la época; en segundo lugar, porque era la que ofrecía mayores semejanzas con la doctrina cristiana que estaba en germen.

     Entre los siglos II al V, los primeros Padres de la Iglesia reaccionaron de modo diverso ante la filosofía, y como resultado cabe hablar de tres tendencias, que pueden resumirse como sigue: “concordancia entre cristianismo y filosofía” (utilización de la razón desde la fe, así Justino y Clemente); “irracionalidad de la fe cristiana” (la fe no necesita justificación racional, así Taciano y Tertuliano); y “racionalización de la fe cristiana” (reducción de la fe a los límites de la razón, así las corrientes arriana (Arrio) y gnóstica (Carpócrates) que, como hemos dicho anteriormente, fueron declaradas heréticas). La figura más destacada de la época será el numidio Agustín de Hipona (354 a 430) quien no plantea una demarcación clara entre “razón y fe”, tema que aparentemente no le preocupa demasiado, si bien distingue entre el conocimiento de las reglas eternas del mundo (“scientia”) y el verdadero conocimiento de Dios (“sapientia”). Agustín tampoco verá la necesidad de probar la existencia de Dios (dada la evidencia que nos proporciona la fe), como hará Tomás de Aquino (1225 a 1275), y se centrará sobre todo en determinar “qué es Dios” (cual es su “esencia”), tratando de dar respuesta a su “naturaleza trinitaria”, además de afrontar problemáticas como la “existencia del mal” en el mundo (tanto moral como físico) y la justificación del “libre albedrío” del ser humano.

     Agustín será considerado el “gran maestro” durante toda la Alta Edad Media en materia de lucha contra la herejía, al afirmar la “unidad de la Iglesia” y el “fundamento critológico de los sacramentos”. Llegará a dar incluso una lista, por orden creciente de maldad, de los futuros condenados: “paganos”, “cismáticos”, “judíos” y “herejes” (a los que hay que llamar a volver a la Iglesia, primero por la persuasión y, si no se dejan, por la violencia). Nuestro autor manifestó una abierta hostilidad hacia la ciencia antigua y hacia el conocimiento del mundo natural, pues este solo sirve si ayuda al conocimiento de las Escrituras (lo que no suele pasar frecuentemente). Pero frente a Tertuliano (que postula una fe irracional), afirma que “la fe necesita de la razón” y propone una mutua colaboración entre ambas: “la fe debe preceder a la razón” dando los primeros principios evidentes (por “iluminación divina”) para elaborar una interpretación coherente de los datos de la experiencia. A partir de los primeros principios de la fe, la razón debe deducir verdades por si misma, pues la afirmación de la “verdad revelada” es el punto de partida para poder comprender. Pero por otro lado “la razón debe preceder a la fe”, demostrando la necesidad de creer y probando la verdad de lo creído. Agustín, a menudo irónico, respondía a los racionalistas: “Cree para comprender” (Crede ut intelligas) y a los fideístas: “Comprende para creer” (Intellige ut credas).

     Este mismo punto de vista será el adoptado por Anselmo de Aosta (1033-1109) arzobispo de Canterbury, al tratar de demostrar por la razón las verdades de la fe. Anselmo será el primero en mostrar un punto de moderación entre el rigor lógico de los filósofos y la intransigencia ciega de los teólogos, al comportarse como un “dialéctico” que valora la “gramática” y la “lógica” como “artes que enseñan a discutir y a pensar”, pues lo que se busca son “razones necesarias” para entender lo que se cree. Su famoso lema “la fe en busca de la inteligencia” (fides quaerens intellectum) sigue la línea agustinista de “armonía entre razón y fe”: la fe continúa siendo el punto de partida de la búsqueda intelectual, pero esta fe debe ser explicada por la “luz natural de la razón”, y hay que esforzarse en comprender lo que se cree. Por eso Anselmo parte de la fe para “demostrar a Dios por la razón” y se dirige al incrédulo, que no es más que un necio, pues niega lo que admite en su conciencia, quedando atrapado en la contradicción dialéctica. “El cristiano puede avanzar por medio de la fe hacia la inteligencia; no llega por el entendimiento hasta la fe, ni se aparta de esta si no la entiende… sino que cuando puede alcanzar la comprensión, se deleita, y cuando no puede, venera”. A tal efecto, Anselmo echará mano de su célebre “argumento ontológico”, un razonamiento apriorístico que se basa únicamente en premisas analíticas y necesarias para concluir que Dios existe.

     Para ejemplificar algunas de estas ideas, vamos a remontarnos un poco en el tiempo hasta la catástrofe aérea del Fairchild 227 ocurrida en 1972 en la cima de los Andes chilenos, que ha sido recogida por Piers Paul Read en una novela titulada “Alive: The Story of the Andes Survivors”, que a su vez dio lugar a dos notables películas, de las que destacamos la versión de Frank Marshall (Touchstone 1993) titulada precisamente “¡Viven!”. La vuelta a casa de estos héroes fue verdaderamente dramática, un contraste entre la alegría por su regreso y la tristeza por el reconocimiento de su “humanidad” (recordemos que se vieron obligados a practicar la “antropofagia” para sobrevivir, motivo por el cual fueron duramente criticados por muchos y despreciados por algunos). Uno de los supervivientes, Carlitos Páez (John Malkovich), da inicio a la narración de la película con una explicación de los sucesos realmente interesante: “La carencia de lujos materiales nos elevó a otro plano de la existencia, en el que fuimos conscientes de un plan espiritual superior”. Es entonces cuando comprende que Dios permanece escondido tras todo lo que nos rodea, tras las distintas “máscaras de la civilización”, y que es necesario desvelarlo, más allá de lo que nos enseñaron desde pequeños, en la escuela, pues es preciso volver a buscar de nuevo, encontrar su esencia: “Fue a Dios lo que encontré en aquella montaña”.