Respecto de la corriente conocida como iusnaturalismo moral, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino (1224 a 1274) pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la “moral católica”, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF, Alemania, 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del “comportamiento humano”. Mientras Jorge de Burgos (Feodor Chaliapin) argumenta que la risa es “antinatural” en el ser humano, porque deforma sus facciones y le aproxima al estado animal, Guillermo de Baskerville (Sean Connery) defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento “distintivo” del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, una ley que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (¿Dios?) que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo “logos”, que puede encontrar en su interior para fundamentar su propio “comportamiento moral”.
El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera “el mayor bien” al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta “ley natural” y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede “hablar de la risa” (y muchísimo menos “reír”) cuando la abadía está inmersa en unos acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha “obrado mal”. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de “placer o deseo físico”, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el “recato en la conducta” y la “expiación de los pecados”, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riese o no riese… algo muy difícil de dilucidar.
Un ejemplo interesante de lo que significa ser un “estoico” lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros, EEUU, 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente en los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio (334 a 262 a.n.e.) y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa nueva” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película, centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los inpúberes espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por “comportamiento estoico”: se trata de la “negación de cualquier deseo o pasión”, de la “indiferencia hacia los placeres y dolores externos”, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” (ἀπάθεια) entendida como “insensibilidad ante el placer y el dolor”, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que "nos vincula a la naturaleza" y nos hace comprender su “lógica” (λóγος) y el “destino inexorable” que la rige, al que necesariamente deberemos adaptarnos.
El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde su más tierna infancia en la necesidad del “esfuerzo” personal, el “sacrificio” físico y la “perseverancia” mental en las situaciones más extremas: forzado a medir sus fuerzas "con la naturaleza", contra sus inclemencias e impiedades, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente “acomodándose a su ritmo” (a su “logos”, a su “razón de ser”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a "soportar el malestar y los sufrimientos" y a no mostrar dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese “logos racional” que le marca la naturaleza, algo que se aprecia en la forma en que el rey Leónidas (Gerard Butler) se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo. Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con "moderación" y cumple con "su deber como espartano": aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos”, y que morir en el campo de batalla por la defensa de su patria es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida”.
Hemos terminado de repasar recientemente las “teorías éticas materiales”, las llamadas “éticas de los fines”, algunos de cuyos autores ya han pasado por esta bitácora en forma de artículos, con vídeos incluidos. Nos queda por ejemplificar el pensamiento de John Stuart Mill (1806 a 1873) y su ética utilitarista, una vuelta de tuerca a la “filosofía hedonista” defendida por Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.), solo que menos individual y egoísta y mucho más “social y altruista”. Supongo que todos tenéis aún frescas en la memoria las tres escenas seleccionadas que hemos visto en el aula. Para los despistados, os recuerdo que se trataba de la película “Master and Commander: Al otro lado del mundo” (FOX, EEUU, 2003) de Peter Weir, a partir de una de las novelas más conocidas del increíble Patrick O'Brian. Nos centramos en la amistad de los dos protagonistas, el rudo y decidido capitán Jack “Lucky” Aubrey (Russell Crowe) y su compañero de sesiones musicales, el medico de a bordo, Stephen Maturín (Paul Bettany), hombre de ciencia y experto naturalista, interesado por el hallazgo de nuevas especies, por aquel entonces desconocidas en Europa.
La primera escena seleccionada ejemplifica a la perfección el “sentir utilitarista” respecto de la moral: herido accidentalmente por un oficial, el doctor Maturín se debate entre la vida y la muerte por culpa de una bala que puede empezar a gangrenarle el estómago, mientras su amigo el capitán, con el barco francés al que ha de dar caza a un tiro de piedra, debe decidir si "continuar la persecución" o "desembarcar en tierra" para procurar operar a su amigo. Y la decisión es plenamente utilitaria: “el mayor bien para el mayor número de personas”. Jack sabe que no le serviría de mucho entrar en combate sin disponer de un médico para curar las heridas de sus marineros, y que la figura del "médico" es clave en un viaje tan largo (los que habéis visto la película completa recordaréis que la tripulación francesa carece de doctor, lo que probablemente decanta la partida en favor del barco británico al final de la historia). Sin duda, salvar al doctor merece “un sacrificio momentáneo” (dejar escapar a la presa) en busca de “un beneficio mayor”. El propio Maturín, una vez curado, tendrá ocasión de devolver el favor a su amigo, pensando antes en el "bien común" que en su "beneficio personal", como también hemos visto.
La segunda escena es mucho más dramática: si recordáis, nos encontramos en medio de un temporal con vientos elevados y lluvia torrencial, y la situación en cubierta es un "caos absoluto", a pesar de los esfuerzos de los oficiales por mantener la calma (qué importante es la "prudencia" es momentos así, nos recordarían Platón y Aristóteles). Finalmente, el “palo de mesana” cede y se precipita al mar, arrastrando consigo a uno de los jóvenes grumetes. Las amarras se tensan y el palo hace de “ancla flotante”, escorando el barco hasta casi volcarlo; los hombres rezan y se encomiendan a Dios: es la perdición, si alguien no lo remedia. Y entonces el capitán toma la decisión “más útil”, la más beneficiosa para todos y la que supone el “mal menor”. Se trata de una “decisión moral”: cortar las amarras que atenazan el barco, sacrificando la vida de uno de sus marineros, que morirá engullido por las olas, pero asegurando la supervivencia del resto. Es una “decisión dura para todos” , incluso para el mejor amigo del condenado, que ayuda a cortar las cuerdas y llora amargamente la pérdida de su compañero. En ocasiones “lo correcto no implica placer”, como tendremos ocasión de comprobar en unos pocos días al abordar la ética kantiana.
Y un último apunte. En alguno de los vídeos anexos es posible que encontréis información sobre el doctor Maturín y sus esfuerzos por describir y catalogar nuevas especies, una labor muy propia de los “naturalistas” europeos de principios del siglo XIX, con Charles Darwin (1809 a 1882) a la cabeza, pero también con Alfred Russel Wallace, Jean-Baptiste Lamarck, Carl Nilsson Linnæus (Linneo), Georges Léopold Cuvier y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y muchos otros. Si tenéis ocasión, fijaros en el mimo que ponen en sus observaciones, la precisión de sus dibujos a carbón y la meticulosidad con la que "recogen, organizan y almacenan los datos". Todo un alarde de “ciencia empírica”, preludio de una época de renovación científica que alcanzará su cenit a mediados de siglo con la aparición de los primeros pensadores “evolucionistas”, con sus nuevas ideas sobre el “origen y evolución de las especies” y con el desarrollo de la “ciencia biológica” tal cual la conocemos hoy en día (de hecho, el doctor Maturín es un trasunto evidente de Darwin en su edad juvenil, con su poblado pelo rojizo y sus gafas redondeadas, una imagen del descubridor de la “selección natural” alejada el viejo calvo y con enormes barbas al que estamos acostumbrados).
Os sugiero un acercamiento a la ética emotivista desarrollada por el empirista escocés David Hume (1711 a 1776) de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC, Francia, 2001) de Jean-Pierre Jeunet. Podéis comenzar con el arranque de la película (disponible en este enlace), y continuad con el vídeo que inicia el artículo, en el que se muestran los “gustos” de la protagonista, la joven Amelie Poulard (Audrey Tautou) o comprobad cómo se divierte en esta escena cambiándole las cosas de sitio a su vecino (en este enlace), un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter. Al provocar en este hombre un “sentimiento de confusión”, trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a contemplar la vida desde una perspectiva más “emocional”. Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la monotonía de la vida, al robarle su preciado “gnomo de jardín” y hacerle viajar por medio mundo: al torturar al padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en él un sentimiento de aventura, un "interés por el mundo" y una "alegría de vivir" que parecían olvidados.
Toda "norma moral" y todo “juicio moral” debería basarse, según Hume, en el “sentimiento de aprobación” que provocan las acciones sinceras y en el “sentimiento de rechazo” que generan las acciones engañosas. Para los filósofos emotivistas, la moral no pertenece al ámbito de lo racional, no puede ser objeto de "discusión o argumentación": la función que poseen los juicios y las normas morales es “influir en los sentimientos y en la conducta de los demás”. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto “apasionamiento” por la vida que parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir con ellos, al considerarlo bueno: comportarse educadamente con los demás y ser más "transigente y respetuoso" con los defectos ajenos, así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone la existencia. Todo esto son “sentimientos” que consideramos “agradables”, y por ello mismo “moralmente buenos”.
Un buen ejemplo de “hedonismo” que nos permitirá reflexionar sobre la filosofía de Epicuro de Samos (341 a 271 a.n.e.). El pensamiento ético de este autor se caracteriza por identificar la “felicidad” (εὐδαιμονία) con el “placer” (ἡδονή), y por considerar a este último como “fin" o "meta” de nuestras vidas. Por supuesto, como en casi toda la filosofía griega, el acceso a este bien último debe darse de forma calculada, a través de la “razón” (λóγος), la única de nuestras facultades que nos permitirá alcanzar “el mayor placer y el menor dolor”. He seleccionado varias escenas de la película “Hannah y sus hermanas” (Orion, EEUU, 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa casi toda la película inmerso en una crisis existencial ante la duda de si Dios existe o no, si la vida tiene algún sentido, o si tenemos motivos para vivirla...
Podéis empezar por el capítulo titulado “El gran salto”, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna (podéis consultar este divertidísimo vídeo tecleando sobre el enlace). Woody se cuestiona “¿por qué existieron los nazis?” (que es una forma de decir “¿por qué existe el mal en el mundo?”, un tema filosófico de difícil solución). Las respuestas del padre respecto a qué será de mi vida tras la muerte son verdaderamente interesantes: “¿A quién le importa? Cuando esté muerto, estaré muerto, ya no tendré que preocuparme”.
Esta forma de pensar nos remite directamente al “tetrapharmakos” (τετραφάρμακος) de Epicuro: ciertamente, existen motivos para ser infeliz, motivos que nos amargan la existencia y nos impiden disfrutar de una vida placentera. A estos cuatro miedos (la muerte, los dioses, el destino y los males) les pone solución Epicuro con sus famosos “cuatro remedios”, y esta escena ilustra perfectamente el primero de ellos: “cuando yo soy (estoy vivo), la muerte no está; y cuando la muerte está presente, yo ya no soy, porque he dejado de existir”; y puesto que ni siento ni padezco, no tiene sentido temer a la muerte, porque nunca llegamos a encontrarnos con ella… y si lo hacemos, siempre podremos retarla a una partida de ajedrez… ¡o de gim rummy! (para comprender este pequeño chiste, echadle un vistazo al relato “El séptimo sello”, extraído de su memorable libro de relatos cortos “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”)
Por desgracia, estos argumentos no convencen al bueno de Woody (el vídeo que abre el artículo nos muestra las terribles "dudas existenciales" del protagonista), que, asolado por tanta incertidumbre, decide poner término a su vida (con las simpáticas consecuencias que podemos ver en el vídeo que cierra el artículo seleccionado, propias del mayor patoso de la historia del cine). Finalmente, nuestro amigo se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount, EEUU, 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas las preguntas y toma la opción de un sabio griego: “incluso aunque Dios no exista y esta sea la única vida que tenemos, aunque no tenga ningún sentido… ¿acaso no te interesa esta experiencia? ¿No te apetece sacarle el máximo partido?”
Y la conclusión del “sabio” Woody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!” Es la imagen perfecta para ejemplificar la actitud de Epicuro: la búsqueda del “placer” como fin último de la vida, como verdadero generador de felicidad, entendidos ambos como la “satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales”, lo que Epicuro llamaba “aponía” (ἀπονία) o “ausencia de dolor” unida a la "serenidad que proporcionan los placeres intelectuales del alma", la conocida “ataraxia” (ἀταραξία) o “imperturbabilidad del alma”, pues en el placer de las pequeñas cosas se encuentra la verdadera felicidad, la “autorrealización”, que consiste en alcanzar la “autarquía” (αὐταρχία), la “autosuficiencia” o “dominio de uno mismo”, renunciando a todo aquello que nos perturba y, simplemente, disfrutar de una buena película: la nuestra, esa en la que nosotros somos los protagonistas.
Acabamos de ver la película "Alejandro Magno" (Warner Bros, EEUU, 2005) de Oliver Stone, para ejemplificar el pensamiento ético de Aristóteles de Estagira(384 a 322 a.n.e.). Pocas veces una película nos muestra directamente al pensador que estamos estudiando, pero aquí tenemos al "Filósofo" en persona impartiendo clases al joven Alejandro Magno. Comienza la escena con una lección de geografía, para avanzar poco a poco hacia el estudio de la "virtud" (en este caso, el conocimiento del "amor"). Las palabras del maestro son significativas: Aristóteles desacredita a la tradición, “niega los mitos y ensalza la razón”, y su uso en la búsqueda de la virtud o excelencia. Convendría echar un vistazo al arranque de la película (en este enlace) y a su final (en este otro enlace), un breve relato de la vida del conquistador de la mano de uno de sus generales, Ptolomeo I Sóter, que pasaría a la historia como fundador, en el siglo III a.n.e. de la célebre Biblioteca de Alejandría, y que se esmera en contarnos las virtudes del gran Alejandro, que fue quien mejor supo entender el pensamiento ético de Aristóteles, y de llevarlo a la práctica.
Hay también un ligero toque de Sócrates de Atenas (470 a 399 a.n.e.) en el uso del "diálogo": la lección de geografía es un monólogo del maestro, pero sobre virtud es mejor "razonar a través de preguntas y respuestas". La "virtud" o "excelencia" (ἀρετή) no es un "don propio de los nobles" (los "aristós", los mejores en virtud y sabiduría) sino una "cualidad propia de todo ser humano", con independencia de su nacimiento o de su condición social (incluso de su género: recordemos que Platón, discípulo del gran maestro, proponía que debía “educarse por igual a hombres y a mujeres”, ya que ambos podían ser igualmente virtuosos, una forma de pensar no muy extendida por aquel entonces). Frente a los persas, que son considerados unos "bárbaros" por "ceder ante sus instintos naturales", los griegos son tenidos por hombres superiores, ya que practican “el control sobre sus pasiones” y se esmeran en la virtud de la "moderación" (σοφροσυνη), que es aquella que se alcanza con el ejercicio de la razón: hacer uso siempre del "término medio" (aurea mediocritas), “el justo medio entre el exceso y el defecto” porque eso nos garantizará una mayor felicidad.
Aristóteles enseña no sólo a Alejandro, sino también al resto de hijos de los nobles macedonios, los "aristoi" (los que luego serán sus generales en el campo de batalla), y se muestra como un "maestro de virtud". Lo que sin embargo debe llamarnos la atención es el uso que Alejandro hace de las enseñanzas de su maestro (contrarias a las de su padre, como podéis comprobar en este enlace), que se revelan de forma clara en la siguiente escena de la película, la "doma de Bucéfalo", cuando el niño aparta de sí los pensamientos míticos ("es el dios Apolo") en favor de la razón ("es sólo un truco"). Fijaros en cómo se acerca al caballo; no se muestra cobarde o con miedo, ni tampoco se comporta de forma atolondrada y temeraria, sino que adopta el "término medio": la "valentía" (ανδρεία). Actúa con mesura, con "prudencia", pero también con "determinación", consciente de sus actos, y se deja guiar por la razón, no por el corazón. Fijaros en su cara de felicidad a lomos de Bucéfalo, cuando consigue el triunfo, cuando alcanza su finalidad. Una buena lección sobre el coraje, que nos proporciona un niño de doce años. Intentemos todos tomar buena nota.
Comenzamos nuestro repaso a las teorías éticas con el concepto de intelectualismo moral, introducido por Sócrates de Atenas (470 a 339 a.n.e.) un autor que ha tenido, y tiene aún, innumerables seguidores, como el polémico y divertido doctor GregoryHouse (Hugh Laurie) protagonista de la serie "House M.D." (NBC, EEUU, 2004). Ya hemos comentado la filiación de este médico televisivo con el pensador griego en lo tocante al ámbito "epistemológico" a través del concepto de “dialéctica” (διαλεκτική) el famoso método de la "mayéutica" (μαιευτικη´). Nos centramos ahora en sus parecidos "morales". El "intelectualismo" es una teoría ética que sostiene que no sólo es posible conocer el "Bien", puesto que tiene “existencia objetiva" y "validez universal”, sino que además este mero hecho es el único requisito para cumplir con él, para "actuar bien". Al igual que Sócrates, el doctor House concibe la moral como un “saber”, y considera que las personas malas lo son no por pura maldad sino por simple "ignorancia", al igual que las personas buenas no lo son por pura bondad sino por poseer la "sabiduría". Al principio del vídeo que os presento podemos ver una caracterización de los personajes de la serie, cada uno de los cuales remite a una “virtud” o “ateté” (ἀρετή), a una "excelencia de carácter". Lo que los hace buenos médicos es precisamente su "conocimiento" de la medicina. Del mismo modo, el uso de la "ironía" (algo por lo demás muy socrático) permite a House diferenciar entre "el bien y el mal" (físico y moral) desde una posición sapiente, y hacer uso de este conocimiento para poder obrar con "justicia".
La novedosa idea que nos plantea Sócrates es que la “sabiduría” no le viene al hombre desde fuera, sino “desde dentro”, de su interior, de “uno mismo”: el sabio no es el que vive de seguridades, el que por tanto se ha cansado de buscar, sino el "incansable", el que "duda" de forma permanente y se "interroga" sobre los problemas del mundo, sobre todo aquello que le rodea y que determina su vida. Su verdadera filosofía es descubrir por sí mismo la verdad: "mientras viva no dejaré de filosofar", puesto que "una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida". Su doctrina “identifica la virtud con el saber”: el que sabe es virtuoso, mientras que el que obra mal es un ignorante, porque el bien, que es "lo útil para el individuo y para la ciudad", influye de tal manera sobre el entendimiento del que lo conoce que, una vez aprehendido, determina su "voluntad", la cual no puede menos que quererlo y practicarlo. El que no lo ha practicado es porque no lo ha conocido, es decir, porque no sabe lo que es el bien: "Solamente sabiendo qué es la justicia se puede ser justo, solamente sabiendo lo que es bueno se puede obrar el bien". Es imposible que el entendimiento conozca el mal, de la misma manera que es imposible que la voluntad quiera el mal, porque "la voluntad está determinada al bien", y el que peca no lo hace por mala voluntad, sino por desconocimiento. En último término, afirma Sócrates, a quien no actue guiado por el bien no se le debe imponer un castigo, sino procurarte una "instrucción"... en lugar de cárceles, deberíamos construir escuelas.
Nos centramos ahora en el debate en torno al concepto de “libertad”, y su relación con los conceptos de “determinismo” e “indeterminismo”, tomando como ejemplo un par de películas que, aunque aparentemente diferentes, nos introducen en la misma temática. En primer lugar, la histórica “Lawrence de Arabia” (Columbia, UK, 1962) de David Lean, que hemos tenido ocasión de ver en el aula, plantea esta disputa entre libertad y destino. En el primer vídeo seleccionado vemos como una caravana de camellos atraviesa el desierto en dirección a Aqaba, uno de los porteadores cae de su montura y queda expuesto al peor de los destinos en medio de un abrasador "mar de arena". Cuando T. E. Lawrence (Peter O´Toole) sugiere que deben volver a rescatarlo, todos los árabes le dicen que está loco, que ese hombre ya está muerto, que “era su destino” morir en ese desierto, que “estaba escrito”. Pero Lawrence toma la decisión de volver sobre sus pasos, adentrarse de nuevo en el desierto y regresar con el moribundo, desafiando a los demás al decirles: “nada está escrito”. Incluso se atreve a decir: “Yo iré a Aqaba; eso está escrito... aquí” (señalando su cabeza), es decir, “está escrito porque es mi decisión”.
Lawrence rescata al infortunado porteador (podéis consultarlo es este emocionante enlace). Pero ¿tiene razón Lawrence? ¿Realmente el hombre es "libre para decidir sobre su futuro"? En la siguiente escena, que aquí reproducimos, tras el encuentro de las dos tribus árabes rivales, un hombre mata a otro. Para evitar el conflicto, se debe aplicar la ley: “Ha matado, luego debe morir”. El propio Lawrence "ejecuta la ley", para contentar a ambas partes, pero al hacerlo, descubre que el "asesino" es el mismo hombre que él había rescatado de una muerte segura en el desierto. Tras confesar el condenado su culpa, Lawrence no tiene más remedio que disparar, y entonces el caudillo local repite “entonces, estaba escrito”, queriendo significar que, efectivamente, el "destino" había querido que aquel hombre muriese en aquel desierto. Quizá "todo esté escrito", todo esté determinado de antemano, pero como dice Platón (427 a 347 a.n.e.): “los humanos somos marionetas movidas por los dioses, pero a los muñecos agitados por los tirones de sus hilos les cabe una limitada libertad, si eligen lo razonable”. (Por cierto, el teniente Lawrence finalmente avanza sobre Aqaba y toma la ciudad por las armas... que era justamente lo que "se había propuesto" en un principio).
En segundo lugar, os presento algunas escenas de la futurista “Gattaca” (Columbia, EEUU, 1997) del director Andrew Niccol. Os recuerdo que su título surge de la recombinación de las cuatro bases nitrogenadas que conforman la "doble hélice de ADN": “Adenina”, “Timina”, “Citosina” y “Guanina”, y de qué modo esta determinación genética afecta a la condición humana. La película se centra en la polémica entre “genetistas” y “ambientalistas” al respecto de la idea de libertad humana. En un utópico mundo futuro, aunque muy cercano en el tiempo (y muy probable, visto el avance de las "biotecnologías" y las "antropotécnicas" actuales) la mayoría de los bebes son engendrados de forma artificial a través de "fecundación in vitro”, lo que permite a los ingenieros genéticos desarrollar solamente aquellos "óvulos fecundados" que ofrezcan los “mejores caracteres genéticos” para su futuro desarrollo post uterino: ausencia de problemas cardiacos, alopecia, miopía, propensión a la violencia… ¿Qué pasaría en un mundo como este si un bebé fuera concebido de forma “natural”, a la antigua usanza, como resultado de un coito inesperado?
Vincent Freeman (Ethan Hawke) es un joven con innumerables problemas: al ser gestado de forma “convencional”, nace pequeño, miope y con riesgo de enfermedad coronaria grave a partir de los 30 años de vida. Su hermano Anton Freeman (Loren Dean) es otra cosa: ha sido seleccionado como "el mejor candidato" de entre una serie de óvulos fecundados artificialmente, y por tanto goza de "todas las prestaciones posibles" en grado óptimo, lo que le permitirá desarrollar su vida de forma plena sin temor a enfermedades o deficiencias. Ambos hermanos (que comparte un apellido familiar revelador, pues ambos son "hombres libres", teóricamente no atados a un destino o determinismo prefijado, capaces de actuar por "voluntad propia") juegan un particular juego llamado “el gallina”, que consiste en ver cuál de los dos "se rinde antes" en una competición a nado por el océano. Anton resulta ser siempre el ganador, porque no hay motivo ni excusa que le impida imponerse siempre, puesto que está mejor dotado genéticamente… pero el azar interviene, al menos una vez, “haciendo que todo lo demás sea posible”.
En una vieja canción de blues, el cantante californiano Tom Waits (1949-) al que le gustaban las “melodías bonitas que contaban cosas tristes”, sugiere que en algún momento de nuestra vida todos fuimos un minúsculo espermatozoide que, "por puro azar", se impuso sobre millones de espermatozoides rivales. Pero viendo lo que algunos han hecho con su vida (pues el mundo está lleno de “perdedores”, esos que tan habituales son en las canciones de Waits), cuesta creer que todos nosotros, incluso "los peores de todos", al menos una vez “ganamos algo”. Al final de la película que nos ocupa (que podéis consultar en este enlace), Vincent contempla las estrellas mientras su cohete espacial lo eleva en dirección al cielo, hacia el nebuloso satélite Titán, en la órbita de Saturno (un lanzamiento para el que "se ha preparado" casi desde que tuvo conciencia, desde que abandonó a su familia para buscar un futuro alternativo verdaderamente prometedor): ha alcanzado su propósito, "se ha revelado contra sus genes", superando este determinismo para "construir su propia vida", para “llegar lejos”… puesto que “todo es posible”, y el límite es el infinito, un infinito plagado de posibilidades, de opciones, de tentativas, de elecciones, en definitiva, plagado de "caminos para la libertad"… un infinito plagado de estrellas.
El término "libertad" tiene su origen en el mundo romano: cuando un joven alcanzaba la edad de 14 años, se le investía con la llamada “toga virilis” o “toga libera”, que le identificaba como “hombre libre”, lo que quería decir dos cosas, a saber: que no era un esclavo, y que ya era mayor de edad y, por tanto, que era "responsable de sus propios actos" (también del latín “spondeo”, que significa “responder”, ser capaz de valerme por mí mismo y de “dar razones” de mis acciones). La idea de “libertad” queda unida, desde su origen, a la idea de “responsabilidad”. Cuando hablamos de ser libres, no nos referimos al hecho simple de poder hacer “lo que nos de la gana”: debemos de ser conscientes de que cada una de nuestras elecciones tendrá unas “consecuencias” (tanto para nosotros como para los demás), por lo que conviene elegir, no “lo que nos apetece”, sino más bien “lo que nos conviene”, esto es, lo que consideramos mejor para nosotros, lo que resulta más beneficioso o cuyas consecuencias nos sean más favorables.
Vamos a abordar el estudio del concepto de libertad tomando como ejemplo una película que nos introduce perfectamente en esta temática. Se trata de “El club de los poetas muertos” (Touchstone, EEUU, 1989) interesante reflexión sobre la libertad de pensamiento dirigida por el australiano Peter Weir. El profesor JohnKeating (Robin Williams) alecciona a sus alumnos sobre el valor de la poesía, del arte, de la belleza... y lo hace de la mejor manera que sabe: enseñándoles a “pensar por sí mismos”, porque cada uno puede proponer su propia “perspectiva” sobre el mundo, sobre la vida, puede aportar una nueva visión, un enfoque propio. Basta para ello con un ejercicio de libertad: “caminar”. Y si bien al principio los alumnos se coordinan para andar todos a la vez, Keating insiste en que cada uno debe “seguir su camino”, encontrar “su propio ritmo”. Porque la libertad debe ser “indeterminada”, basarse en una acción “no causada”, porque no debemos dejarnos llevar por los movimientos de otros, o por los aplausos que condicionan nuestra marcha, sino que debemos caminar al ritmo que nosotros marcamos, o bien “no caminar”, que es otra manera más de mostrar un "punto de vista" diferente, al margen de toda determinación (podéis consultar este interesante enlace, en el que Keating nos habla de la libertad aplicada a la "creación artística", y lo pone en práctica con uno de sus alumnos).
En el segundo de los vídeos seleccionados abordamos precisamente el tema de la “perspectiva”, un interesante concepto que debemos comentar. Cuando utilizo este término me refiero generalmente a “punto de vista”, entendiendo que cada ser humano tiene su propia visión sobre las cosas, porque las ve “desde sí mismo” (nadie puede ver o pensar lo que yo veo o pienso), y por tanto es el punto de vista lo que nos hace "diferentes y únicos", lo que nos configura como “individuos”. En el vídeo que nos ocupa, tras una clase sobre la importancia de la poesía (que podéis consultar en este enlace), Keating señala a sus alumnos que lo que hace grandes a los mejores autores de la literatura es precisamente su particular punto de vista, la capacidad que tienen para “ver lo que los demás no vemos” (y también la capacidad para expresar en palabras esa "visión", esa "idea"), y sugiere a cada uno de ellos que mire el mundo desde “otra perspectiva”, para así tratar de buscarle “otro significado”, para poder ver el mundo “de otro modo”.
Este tercer trimestre vamos a centrar nuestro estudio en el análisis de la idea de “acción”, que hemos dividido en tres grandes apartados: la “acción ética”, la “acción estética” y la “acción política”. Pero antes de ello, conviene introducir el concepto de forma general, especificando las características de la “acción humana”, su especificidad respecto de, pongamos por caso, la “acción animal” o la “acción computacional”. Tomaremos como ejemplo un clásico contemporáneo que seguramente conoceréis: “2001: Una odisea del espacio” (MGM, UK, 1968) del director neoyorkino Stanley Kubrick. Rindo así homenaje al profesor Santiago González Escudero (1945 a 2008), uno de mis maestros, el que definitivamente me influyó a la hora de aplicar el cine como elemento didáctico en mis clases, y que desgraciadamente nos abandonó hace algo más de una década “para irse a caminar entre las estrellas”. De sus enseñanzas sobre literatura griega surgió la idea que os presento a continuación.
Esta película recrea, de un modo más o menos evidente, según el intérprete, el relato clásico propuesto por Eurípides (484 a 406 a.n.e.) en “Medea”. Eurípides recoge en su tragedia parte de la trama mítica entorno a Jasón y los “Argonautas”. Jasón es un héroe en el sentido pleno, capaz de "elegir siempre lo correcto", lo adecuado en cada situación; junto a él, Medea representa el "consentimiento" de la esposa fiel, sumida en la "cotidianeidad", que admite la conducta de Jasón en tanto esta representa la “alétheia” (αλήθεια), “lo establecido”. Eurípides rompe el mito en algún punto de la trama, procurando a Medea un “logos” (λóγος) propio que varía respecto del de Jasón: Medea mata a sus propios hijos, para así dejar a su marido sin descendencia. Eurípides da a Medea "carta de naturaleza" con su actuación; la conducta de Medea es seguramente reprobable, como lo es la de Jasón, pero esto no es lo importante: lo que realmente importa es que Medea toma una “determinación” (movida ciertamente por un sentimiento de “cólera”, por “miedo”, pero también por una “razón”) y la toma por su propia cuenta y riesgo, esto es, determina su propia “conducta” (no sólo su “discurso”) y la ejecuta, impone un "nuevo logos”, y lo hace "al margen de los dioses", sin necesidad de que esta conducta le sea impuesta o se ajuste a un patrón estandarizado y previamente asumido.
En la película que nos ocupa se nos plantea esta misma situación en el episodio central de la trama: el Sistema Solar es el espacio mítico equivalente al Mediterráneo de la ”Odisea” de Homero (ca. VIII a.n.e.), y lo es en el sentido en que está "dominado por los dioses"; la nave “Argo” se ha transformado en una nave espacial que se mueve en este espacio gravitatorio impelida por el "sentimiento la atracción" que provoca el “monolito” (que no es otra cosa que un gigantesco “imán” estelar), y el dominio de la nave está en manos de un "héroe": HAL 9000. HAL es una maquina programada para "seguir una ruta" (un algoritmo), y su conducta responde a un "patrón establecido"; al igual que Jasón, HAL desarrolla el “discurso de lo oportuno”, hace siempre lo correcto, lo más adecuado en cada situación, movido por la necesidad que esa situación impone (las leyes físicas de la gravedad y de la inercia, que domina a la perfección) y su objetivo es igualmente claro: "llegar a Júpiter". Frente a él, el astronauta protagonista, Dave(Keir Dullea), se deja llevar por su "cotidianeidad", asume la autoridad de mando de la máquina y confía en su "buen hacer", puesto que, como Medea, es un “extranjero” en una tierra extraña que desconoce.
Pero en algún momento Kubrick rompe la trama: como Jasón, HAL comete una "torpeza" (un fallo mecánico, un "error de programación"); el astronauta toma conciencia de ese error y reconoce en él un peligro para su propia existencia; al igual que Medea, al sentir esta "amenaza" (que la involucra a ella tanto como a sus hijos, a Dave tanto como al resto de astronautas a sus órdenes) responde tomando una determinación que no le es impuesta, y responde con su propio “logos”, un logos de igual fuerza y sentido contrario, el “discurso de la protección”. HAL tiene una única misión: conducir la nave a Júpiter, y este dato de programación se convierte para él en una "prioridad", y por ende en una "obsesión"; el astronauta desestima Júpiter como prioridad frente a la necesidad de "salvar su vida" (y la del resto de astronautas), reconoce en HAL a su enemigo (“el otro”) y decide desconectarlo, asumiendo la contradicción de quedar literalmente “a la deriva” en un espacio que desconoce: al igual que Medea, Dave no se resigna, asume el mando y desautoriza el “logos” de HAL, al punto de destruirlo, de desconectarlo, de “sacarlo del mundo”: HAL pierde, como Jasón, toda su capacidad operativa, y queda "neutralizado", se muere. Nótese que al igual que Medea es calumniada por los espectadores griegos en la representación teatral, el televidente moderno reprueba la acción del astronauta y "toma partido" por HAL: las muertes de los otros astronautas no producen sentimiento alguno, son "asépticas", pero la desconexión de HAL es "dolorosa", provoca una "conmoción" porque, como en Eurípides, quiebra la fe en "lo establecido" y supone una “ruptura en la comunicación”, ruptura por lo demás inevitable.